La democratización de la manipulación

Creo que vale la pena luchar por la democracia y por las libertades individuales, pero temo que todo parece indicar que esas banderas colapsarán ante los problemas que no han sido capaces de resolver.”


Llevaba meses sin entrar a Facebook. Nadie de mi generación, y menos de las que vienen después, utiliza ya la plataforma, ni siquiera para revisar los cumpleaños de los amigos, que era la última función que nos obligaba a entrar a la aplicación.

Recientemente, sin embargo, decidí volver a entrar y me sorprendió lo que encontré. En Colombia, parece que cada plataforma digital se ha convertido en territorio exclusivo de un grupo etario. TikTok es el dominio de los más jóvenes, Instagram se sitúa en un punto intermedio, y Facebook ha evolucionado en una constelación que aglutina chistes de señores mayores, oraciones con imágenes de Jesús y la Virgen María (o de Mafalda), y, por supuesto, una avalancha de memes sobre nuestros dos caudillos. Facebook es ahora mayoritariamente utilizado por personas mayores de 35 años, lo que representa más de 20 millones de votantes según el censo electoral.

Por otro lado, tenemos a X (Twitter), un universo aparte. Es el espacio del odio por excelencia: todos atacan y todos reciben, nadie se salva. Sin embargo, en Twitter hay algo rescatable: ocasionalmente, aunque no con frecuencia, se da espacio para debatir con cifras y argumentos sólidos respaldados por bases teóricas.

Pero la regla general es que en las redes las discusiones políticas se llenen de verdades a medias, frases vacías y afirmaciones diseñadas para generar clics, ‘me gusta’ y viralidad. Esta viralidad se traduce en el éxito electoral del próximo personaje que logre aglutinar a más indignados que lo sigan ciegamente.

No obstante, debemos recordar que nada de esto es nuevo. La manipulación política siempre ha sido una constante. Autores como Nikolaos Zahariadis han explicado que, debido a que la ambigüedad es dominante y clave en la política, la manipulación es el esfuerzo por controlar esa ambigüedad. Para los políticos, la política es una lucha por crear ganadores y perdedores, proveer significado e identidad, y buscar el interés personal.

Un concepto central para lograr esto es la información, cuyo valor no es neutral. Zahariadis explica que la información se manipula estratégicamente para servir a diferentes objetivos dentro del proceso de políticas públicas. Uno de esos objetivos es proporcionar significados, claridad e identidad. En un mundo lleno de ambigüedades, la actividad más importante de un político no es la búsqueda del interés personal, sino clarificar o crear significado para aquellos con preferencias problemáticas.

Las facilidades que otorgan las redes sociales para manipular la información nos han llevado a una crisis de la democracia (o, en otras palabras, y de algún modo irónico, se democratizó la posibilidad de manipular a grandes masas). Esta debilidad ha permitido que influencers cristianos o periodistas incendiarios se perfilen como favoritos a la presidencia, superando a políticos profesionales que se han preparado toda la vida para dirigir al país. Dado este panorama, y considerando que nuestra democracia no está resolviendo problemas fundamentales como la guerra, el hambre y los bajos niveles de educación, vale la pena plantearse algunas preguntas: ¿Podría afrontarse la crisis de la democracia solo con la regulación jurídica de las redes sociales? ¿Si se resolviera el problema de la manipulación mediante redes, un mejor sistema democrático sería capaz de resolver los problemas de la sociedad colombiana?

Además, ante la urgencia de los problemas que agobian a los colombianos podríamos preguntarnos entonces: ¿No sería momento de considerar otro sistema político? Y con esto no quiero sugerir que necesitamos un dictador y mucho menos invitando a cambiar la Constitución como lo ha sugerido el presidente, quien considero ha sido el presidente más incapaz para el cargo en nuestra historia. Simplemente planteo la pregunta como invitación a pensar en nuevos sistemas de organización social y política, no solo para Colombia sino para todas las sociedades.

El orden mundial está cambiando, hay tendencias hacia el autoritarismo en muchos países democráticos, resultado de la incapacidad de estos sistemas para atender las necesidades de la gente. Creo que vale la pena luchar por la democracia y por las libertades individuales, pero temo que todo parece indicar que esas banderas colapsarán ante los problemas que no han sido capaces de resolver.


Todas las columnas del autor en este enlace: Pablo Güete Álvarez

Pablo Güete Álvarez

Abogado con énfasis en Derecho Comercial Internacional de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente cursa un Master en Gobierno y Administración Pública en la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como abogado litigante en firmas internacionales.

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