La crónica roja: entre la mercantilización y la decadencia del periodismo

La crónica roja ocupa grandes apartados en la agenda mediática actual; sea por la narrativa, lenguaje explícito y fotografías de hechos cruentos, o por la opresión a la que somete, en apariencia, al condicionamiento de las masas.

Tratar un tema como el periodismo, que evoca tanto pasiones como sinsabores, puede resultar álgido, inconcluso o condicionado solo a la necesidad que produce la información. Lo cierto es que el ejercicio periodístico suscita todo tipo de curiosidades o, en ocasiones, contradicciones que devalúa, por la dinámica del mismo, el quehacer actual.

En el marco del día del periodista en Colombia, el cual se ha celebrado a partir del 9 de febrero de 1791, son muchos los entramados que cuestionan la deontología o la ética en esta profesión; en particular, cuando se analiza la primitividad con la que es ejercida por medios locales, nacionales, privados, o con aparente experticia en el negocio de la comunicación.

La crónica roja, conocida con todo tipo de denominaciones, es definida como una modalidad expresiva de diferentes géneros periodísticos. Sus antecedentes provienen de EE. UU., siglo XIX, época en la que nació el periodismo informativo, y en la cual participaron rigurosos escritores, literarios, novelistas, especializados en la investigación.

Entonces, estando inmerso el hombre en una progresión constante, en teoría, ¿cómo narrativamente existe una degradación en el lenguaje, en el contenido informativo, en el contraste de fuentes, para relacionar todos los hechos noticiosos con el sensacionalismo irascible de la controversia?

Juan José García, escritor galardonado por el Círculo de Periodistas de Antioquia (Cipa), infirió, en relación con este asunto, que “La crónica roja es, en cierta forma, un espejo de parte de la ciudad, pero a veces es un espejo empañado, no es la totalidad de una ciudad. Ha contribuido a que se tenga una visión negativa, que se descalifique, todo a partir de la producción periodística sobre los hechos siniestros, delictivos, sangrientos y lamentables de cualquier sociedad”.

Por tanto, que la omisión no es reflejar, a través de fotografías o textos, el accionar cotidiano o la basurilla que se cuela, por naturaleza misma, en una población. Lo verdaderamente reprochable es el tratamiento que se la da a la noticia para generar tráfico en la información; diferente a la respetada novela negra, judicial o policíaca narrada en antaño, sin busca de aquel oportunismo mediático.

A propósito, Reinaldo Spitaletta, acreedor del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, argumentó “(…) cuando la crónica roja está bien hecha refleja la enfermedad de la sociedad, pero lo que tenemos ahora es solamente mercurocromo, algo bestial, ensangrentado; se quedan en eso. No hay un rastreo de efectos o causas. Ni siquiera es prensa popular, es populachera”.

Para no provocar ambigüedad con el término, el mercurocromo es un desinfectante para heridas leves, un antiséptico que, sin ahondar en otros enfoques, revierte en metáfora la dualidad del periodismo contemporáneo.

Lo producido no es otra cosa que sensacionalismo en dosis desproporcionadas, que no es un error si se analiza que la escritura exquisita evoca todo tipo de emociones, desdibuja o recrea de forma anecdótica cualquier situación; sin embargo, el amarillismo o la prensa amarilla, que, originariamente su designación tenía que ver con el color del papel, difunde la necesidad de caos en una sociedad, de relatos escalofriantes, de adoctrinamiento camuflado en la conjugación de verbos indelicados o de una jerga impresionista sutilmente empleada por medios del común, analfabetas, aliados a algún fortín político, vagos en contexto, e interesados en la mercantilización o inmediatez de sus productos, que no parecen ligados a circunstancias mediadas por la racionalidad sino al volumen de contenidos, imprecisos, por supuesto.

No es desconocido que un periodista debe ser un estratega, un apreciador del buen discurso, pero, sobre todo, de una argumentación afable o certera, de veracidad, de humanismo, de cuestionamiento, crítica o capacidad de análisis. El tacto periodístico es respeto hacia los lectores, y eso, aunque se presuma, no es formación de la academia. Entretanto, que continúe la conmemoración de un periodismo libre, que la objetividad, por demás, es otro tema en discusión.

About the author

Andrea Marín Noreña

Oriunda de la región Caribe. Interesada en asuntos de comunicación estratégica, periodísticos, o de geopolítica. En constante formación.

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