La Constitución de ángeles y el buen liberal

La Constitución del olimpo radical representó un hito histórico que merece especial estudio y consideración. Los principios del liberalismo en su versión jacobina, popular, antidogmática, anticlerical, laica y pacífica se ven representados en la bella constitución de 1863 como expresión necesaria y urgente para nuestro tiempo, tal vez para resucitar el ideario liberal que ha sido sepultado por un partido que lleva su nombre, pero no su arte.

La carta del 63 Para algunos fue una utopía, para los hombres de la guerra un agravio a las costumbres, pero es un poema para quienes observamos con la mirada puesta en la historia de las ideas y que nos fascinamos con la arquitectura constitucional, fundamentalmente por su esencia democrática. Sobre la carta del 63 según se dice en los anaqueles de historia que el poeta  Víctor Hugo la habría  llamado como una  «Constitución para ángeles», y que semejante afirmación nos remite a Gabriel García Márquez, quien lo pone en duda en su novela El amor en los tiempos del cólera: «Alguien dijo que había dicho (Víctor Hugo), sin que nadie lo hubiera oído en realidad, que nuestra Constitución no era para un país de hombres sino de ángeles». (Oveja Negra. 1985, página 223). No hay prueba de que el autor de los miserables la haya expresado, sin embargo, no le quita su valor autentico y profundamente humanista.

En un marco comparativo el proyecto medieval «constitucional» de 1886 fue un retorno al pasado del centralismo colonial, que no supuso una descentralización administrativa eficaz. La autonomía en las regiones apartadas de nuestro país  es como la autonomía en los individuos: fuente de emancipación, valía individual, de carácter y criterio propios de entidades dignas, por eso la idea federal de la Constitución de 1863 es una postura necesaria  hoy por hoy, para la irresuelta cuestión territorial.

El proyecto del 63 y la constitución de 1991 son la mejor versión de nuestros incipientes intentos constitucionales, a pesar de que la primera no tiene un elemento consensual con relación a la del 91, excepto los procesos constituyentes que la anteceden, re significan el verdadero valor de la libertad y la dignidad; la primera entendida como el derecho a decidir y la segunda como posibilidad pacífica de entender diversas formas de vida,  otro de su valor es la tolerancia que se traduce términos como lo expresaba el humanista De Lla Pico Mirandola como: «En ser lo que yo quiera ser».

En el siglo XXI necesitamos una respuesta  que se encuentra en el liberalismo, en su versión jacobina, con sus luces y sus principios emanados por la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, el liberalismo debe volver a su opción popular  representada en sus tres grandes héroes del siglo XIX: Simón Bolívar, Tomás Cipriano de Mosquera y Rafael Uribe Uribe, inspirarse en sus ideas fortalecería el debate democrático tan vacío en la institucionalidad.

Se habla poco de  Tomás Cipriano De Mosquera que fue un apóstol del liberalismo jacobinista, un liberal radical adelantado a su tiempo que elevó  su conciencia a un Estado superior debido a sus inicios conservadores se consolido tiempo después como un liberal de liberales, y no es para menos, era un auténtico líder que con los escasos medios económicos y sociales que tenía a su alcance impulsó una amplia reforma democrática que terminó con los exagerados privilegios del clero, derrumbó el régimen tributario y actualizó el anacrónico sistema educativo de la época como lo expresa el economista Salomón Kalmanovitz «La educación se tornó laica, apoyándose en las ciencias modernas —la física, la química, la biología y la filosofía, para lo cual se trajeron profesores alemanes—, frente al horror que despertaban entre las almas aterrorizadas por el dogma católico; el propio clero denunciaba los pactos con el diablo europeo que sellaban los liberales». Igualmente, modernizó a Colombia para tener una relación con el mundo occidental, entre su ejecución como estadista impulso al desarrollo comercial e industrial. Se impuso la soberanía de cada Estado e incluso ellos contaban con su propio ejército. La historia tiene que mirar a Tomás Cipriano De Mosquera y darle su lugar como el iniciador, como un hombre que se adelantó a su época, un visionario que tuvo el carácter necesario de enfrentarse a la iglesia católica poder de poderes,  optar por la anticlericalidad es elegir la razón,  por eso Tomás Cipriano De Mosquera fue un buen liberal.

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Alejandro López Lasso

Abogado Universidad Libre y Diplomado en derechos humanos y cultura de paz. Docente constitución política