Opinión

La ciudad frente al espejo

Fuente: Wikipedia

Nadie daba un peso por nada, era inevitable albergar la desesperanza, estaban en el fondo del abismo y nadie entendía muy bien cómo habían llegado allí. Fue tan rápida y dramática la caída que era casi imposible encontrarle el origen a la desgracia y, muchísimo menos, cuál era la solución a la misma. Medellín no se entendía, el relato histórico de la tacita de plata y la capital industrial se había ido al traste en medio de las bombas, los sicarios, la sangre y el No futuro. En su valle se había afincado la dolorosa contradicción de ser la ciudad de la eterna primavera y, a la vez, la más violenta del mundo. Primavera, que es la vida misma, junto a la muerte implacable.

Aparecieron muchos “hechiceros” con fórmulas mágicas que pretendían solucionar, con una firma en un decreto, la dolorosa guerra que el narcotráfico y la injusticia social habían establecido en la ciudad. Fórmulas tan complejas como el bombardeo a la ciudad entera, el cierre de sus fronteras, el pago de la deuda externa del país por parte de los capos a cambio de la legalización de sus fortunas o la colaboración con estos para desbancar a los mayores jefes del negocio. Era la fuerza desmedida o la rendición total del Estado, sin puntos medios ni noción social alguna. Era una derrota implícita para todos.

Y entonces pasó, quienes se tenían que encontrar lograron verse. Aquellos a los que la fuerza o la rendición les parecía una muerte mayor que la del plomo y la calentura lograron ponerle a la ciudad un espejo en frente. El pelaito que no duró nada, el Rodrigo D. No Futuro y La vendedora de Rosas de Víctor Gaviria, el No nacimos pa´semilla de Alonso Salazar, el punk, la salsa y el rock de los jóvenes y la inexplicable capacidad creativa de los que no tenían el final del día seguro, pudieron llevar -aunque fuera a rastras- a Medellín y la paró frente al espejo. La ciudad entendió que el fuego no apagaría el fuego, que la guerra desatada se había originado en la desigualdad social, y emprendió una conversación dura y necesaria para establecer lo que nos debieron dar cuando a Miguel de Aguinaga le dieron la real cédula en 1675: un propósito común.

La meta era una, dejar de ser la más violenta del mundo. Llegó la Consejería Presidencial, llegó Región, Arriba mi barrio, Los marinillos, el metro, el espacio público, el Museo Interactivo, los Parques Bibliotecas, llegaron los Proyectos Urbanos Integrales, llegó la educación, Buen Comienzo, los Cedezos, la recuperación de Moravia, los Juegos Sudamericanos, llegó el SITVA, EnCicla. En menos de 25 años Medellín entendió que su propósito colectivo no era simplemente dejar de liderar un ranking, sino el de superar una guerra y garantizar las condiciones que impidieran alguna nueva. Empezó a caminar por ese sendero con aciertos y desaciertos, porque también llegaron Naranjal, Pajarito, Nuevo Occidente, la mala venta de Une, la desconexión ciudad-región, la engavetada de la Clínica de la Mujer, entre otras.

Pero, también sin darnos cuenta, un día regresó la desesperanza en un run run callejero. Lo que nos había hecho sentir orgullosos ahora nos enemistaba. La ciudad perdió el propósito común, la ciudad abandonó el espíritu transformador, Medellín volvió a conjugar imposibles.

La dinámica del proselitismo electoral -que no política- en el plano local, regional y nacional, supo construirnos muros donde otrora había puentes. La imperiosa necesidad de ubicarnos en bandos enemigos y nuestra propia incapacidad para reconocernos puntos de encuentro hoy tiene en peligro grandes pilares de aquello que recuperamos y logramos desde aquellos años dolorosos en los que la muerte se nos instaló como vecina.

El espejo sigue allí, Medellín, un poco desgastado, pero firme. Ahí sigue esperando que nos volvamos a parar enfrente, todos, los que están en el efímero poder público y los que están en el a veces lejano poder privado. Nos tenemos que parar allí los ciudadanos, todos, los propios y extraños.

Tenemos una conversación pendiente, tenemos un propósito colectivo por construir.

A Medellín debe regresar la alegría.


Esto fue escrito por

Santiago Henao Castro

Antioqueño. Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Hincha de los guayacanes, Carlos Vives, el cine colombiano, el vallenato y el más veces campeón. Aspirante a ganarle al olvido.

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