La causa palestina y la vieja izquierda

La ofensiva en la Franja de Gaza por parte del Estado de Israel ha suscitado críticas y protestas en buena parte el mundo occidental. Y no es para menos. El hecho es absolutamente condenable. No solo me refiero a aliados políticos que han mostrado su descontento y han levantado su voz de diversos modos, sino además a demandas de ciertas masas que se autodenominan de izquierda y que incluye a grupos de estudiantes que se identifican con dicha ideología.

Pero, ¿cuáles son en el fondo los motivos de estos grupos? ¿Es un interés genuino por los derechos humanos? ¿O solo son usados como una excusa para solapar consignas antisemitas?

Como primera aproximación hay algo que no debemos pasar por alto: los gazatíes sobrevivientes han notado con toda razón que las voces críticas han venido de un Occidente que detestan y no del mundo musulmán al que pertenecen. Y es cierto, nadie de los países árabes ha salido en defensa del pueblo palestino. Ven morir a sus hermanos de fe ante sus ojos con indiferencia.

La causa de tal paradoja perece obvia, la denominada izquierda desde hace décadas ha levantado el asunto palestino (que nada tiene que ver con las formas disímiles del marxismo ni con ninguna filosofía política afín) como estandarte propio para oponerse a una supuesta derecha que, según creen, en el Medio Oriente es representada por el Sionismo.

No obstante, dichos grupos lo han hecho bajo las categorías de su subjetividad y a la sombra de su cerrazón dogmática y no en base a un sustrato real: el conflicto árabe israelí es peculiar a cualquier otro, y obedece a causas mayormente políticas, pero sobre todo teocráticas, es decir, es de fondo religioso ancestral, y los militantes de estos partidos “progresistas” no siempre tienen idea de qué están defendiendo. Si lo hacen por la vida es válido, pero si lo hacen para protestar contra el mundo capitalista al que denostan pero disfrutan, su reclamo ha quedado algo vetusto. El “Muro” cayó hace casi treinta y cinco años.

Las categorías “izquierda” o “derecha” son solo un rasgo más del mundo libre. Estas denominaciones -como bien notó el sociólogo Juan José Sebreli- en la actualidad pueden seguir siendo usadas, pero no como sustantivos, sino como adjetivos calificativos. Hoy no tienen volumen. Por consiguiente, hablar en estos términos fuera del orbe donde están afincadas las democracias liberales es improcedente. No existe tal discusión en los totalitarismos como en la Rusia de Vladimir Putin o en el capitalismo socialista de la China de Xi Jinping y menos en las teocracias del mundo árabe. En la tierra de los imanes y los ayatolás, por ejemplo, un levantamiento social terminaría en la pena capital como ya ha sucedido, y en China quizás concluiría como fue la incómodamente recordada masacre de Tiananmén.  ¿Se imaginan dichos fenómenos en la Corea de Kim Jong-un? Hablar de izquierda fuera del orden liberal aplicado a otros contextos hace que el asunto quede arrojado a un “significante vacío”.

Las revoluciones románticas y los levantamientos juveniles a veces son simplemente humo, “gatopardismos”, simulaciones que no cambian ninguna realidad. Son catarsis de una pubertad perdida. Romances de un siglo pasado que no retornará. Son frecuentemente reaccionarios de café. Como ironizó Jean Baudrillard, el Mayo Frances terminó no porque hayan conseguido lo que buscaban, sino porque se avecinaba junio y las vacaciones no podrían postergarse. Es atractivo jugar al “Che Guevara” si después vamos a descansar a la playa.

Las revueltas sociales actuales deberían admitir que no podrían sobrevivir sin la cuna del liberalismo. Albert Camus, refiriéndose al grupo de Jean-Paul Sartre y “Les Temps Modernes” y, sobre todo a André Malraux por el ala del “gaullismo”, se quejó ante la ignorancia francesa sobre la cuestión argelina diciendo que “es fácil ser anticolonialistas en los bistrós de Marsella o de París”.

En Gaza se está cometiendo un genocidio. No demos olvidarlo. Personas inocentes están siendo acribilladas por el ejército israelí bajo la excusa de la legítima defensa. Es cierto que Israel sufrió un terrible atentado terrorista el 7 de octubre pasado. También es cierto que la yihad islámica pone a su gente como escudos humanos. Pero el razonamiento aquí es otro: si definimos al terrorismo como un ataque de milicias a una población civil e indefensa, Israel está cayendo en lo mismo que combate. No se puede acabar con el terrorismo con más terrorismo, sino con la ley. La “civilización” que aplica la “barbarie” conta la “barbarie” licúa los bienes de dicha “civilización” reemplazando finalmente un mal por otro.

Dicho esto, hay que meditar muy cuidadosamente si las protestas que estamos viendo en el mundo disfrazadas de una “causa palestina” no esconden, en el fondo, un empuje xenófobo, “confundiendo” la responsabilidad del Estado de Israel con la población judía que reside en cada uno de esos países de manera pacífica, que nada tiene que ver y que hoy es objeto de agresión.

En suma: la denominada izquierda debe rever sus valores, si estos son la vida del prójimo como meta suprema, no se necesita pertenecer a ninguna ideología ni izar ninguna bandera para tan noble fin; ahora, si estos supuestos imperativos son tratar de desestabilizar las democracias, el único sistema que permite su existencia, las pancartas no dejan de ser un histrionismo más y una manera de mostrarse en medio de una sociedad del espectáculo expuesta, tanto en las calles como en vidrieras digitales cuyo reclamo será efímero, aunque la excusa que se esgrima sea verdaderamente justa.


Todas las columnas del autor en este enlace: Sergio Fuster

Sergio Fuster

Filósofo, Teólogo y ensayista.

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