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Harry Harlow, Aristóteles y el aislamiento en las prisiones

Foto: psych.neocities.org

Harry Harlow, Aristóteles y el aislamiento en las prisiones.

Basta imaginar los experimentos de Harry Harlow para reconsiderar cuan crueles pueden llegar a ser nuestros métodos para castigar. Y aunque nuestro primera y justa reacción para con los experimentos de aquel son, espero yo, de desaprobación, debemos de recordar que lo que para él era unos experimentos con monos, para nosotros son castigos con humanos. Los experimentos de Harlow, palabras más, palabras menos, consistían en aislar desde el nacimiento a unos monos por semanas, meses e incluso años. Y aunque los animales tenían lo estrictamente “necesario para vivir” (comida y agua), las consecuencias sobre los monos fueron evidentes. A los 30 días del experimento, los monos empezaron a comportarse de manera un tanto extraña, pues parecían romper con su entorno, como si ya nada los conectara con el mundo exterior. Arrojados en un rincón de la jaula, los monos terminaban negando el mundo que les rodeaba, ignorando la realidad más allá de sí mismos, entregados a un ensimismamiento congelante. Harlow, luego de tan cruel experimento, concluye que los monos, como los hombres, necesitan, no solo curar el hambre y la sed, sino curar la soledad, el aislamiento. Según podríamos concluir nosotros, la necesidad de compañía parece tan apremiante como el afán de alimento, como si una y otra se situaran en el mismo nivel de necesidad. Algunos de estos monos desarrollaron problemas para socializarse, naturalmente, luego de acabado el aislamiento. Se dice que incluso algunos de ellos no conseguían pareja, ni lograban aparearse. De hecho, el impacto podía ser tan grave que algunos dejaban de comer y morían finalmente por inanición.

Desde los inicios del pensamiento filosófico se nos había enseñado que debemos tomar la asociación entre hombres, no como un capricho humano, sino como un instinto, como un impulso natural. Si bien Aristóteles reconoce que necesitamos al otro en tanto no somos autosuficientes, también afirma que “en todos existe, por naturaleza, el impulso hacia tal comunidad”.  Es decir, no solo necesitamos del otro para conseguir alimento y dividirnos el trabajo, sino que también hay algo en nosotros que, de manera natural, nos impulsa a crear una sociedad. “Está claro que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es, por naturaleza, un animal cívico.” De tal manera que el aislamiento resulta ser una práctica que va en contra de la naturaleza e imponerlo es coartar el instinto básico de buscar compañía. Personalmente, la idea de que la comunidad o la sociedad nacen de un instinto y no de un contrato de intereses o del reconocimiento de necesidades mutuas, me resulta sumamente llamativa.

Creo que los experimentos de Harlow y las reflexiones de Aristóteles nos deberían invitar a pensar sobre el tipo de castigos que utilizamos hoy y el que, al parecer, estamos aceptando. Algunos activistas en contra de este tipo de castigos aseguran que solo en Estados Unidos hay 80.000 personas sufriendo este tipo de punición. El abogado americano Nick Trenticosta, quien ha tenido la oportunidad de sostener conversaciones con reclusos en condición de aislamiento, asegura que “casi todas las personas (reclusos aislados) están gravemente afectadas. No tienen deseos de vivir… Se convierten en sombras de lo que fueron. Si los llevo al área de visitantes pasarán dos horas antes de que pueda obtener una respuesta a mis preguntas, y las respuestas puede ser una serie de incoherencias”.

Si uno quiere pensar la cárcel como un espacio para corregir conductas, para hacer social al antisocial, es claro, según las voces que hemos escuchado hasta ahora, que el aislamiento es un método inútil y esencialmente perjudicial. Pero si queremos ver en la prisión el medio perfecto para vengarnos de nuestros presos, es claro, por las horribles consecuencias que trae, que el aislamiento es el procedimiento adecuado.