Guía elemental para votar “ilustradamente” en las elecciones presidenciales

     

I

 

Vivimos en la época del marketing político. El objetivo es vender un candidato de la misma forma en que se vende la crema dental o el desodorante. Aunque se recurra a expedientes que parecen tontos – como el de un candidato que se quiere hacer pasar por el zorro o el de aquel que quiere hacernos creer que adora tanto la arepa y como el bollo limpio – la publicidad y el mercadeo político suministran cierta información. También la suministran las respuestas triviales que dan los candidatos a las preguntas igualmente triviales que les formulan los periodistas. Los antecedentes de los candidatos son por supuesto muy importantes al igual que los antecedentes – o los prontuarios – de aquellos que los rodean. También importan esos catálogos de promesas que llaman programas y sabe Dios qué más.

 

Votar ilustradamente es extremadamente costoso. De hecho, cuando son tantos los votantes y el voto ilustrado cuenta lo mismo que el comprado o el emitido por cualquier imbécil, informarse adecuadamente para “votar a conciencia” es un acto completamente irracional habida cuenta de su extremadamente baja relación beneficio-costo. Sin embargo, sorprendentemente son muchos los irracionales que actúan de esta forma. Para ellos es esta guía que tiene el propósito de permitirles procesar de forma ordenada el cúmulo de información que se divulga en las campañas y también la que se omite o se oculta pero que de alguna forma se conoce.

 

II

 

Esta guía no consiste en una comparación de las promesas bien intencionadas que hacen los candidatos. Todos están de acuerdo y todos los votantes con ellos en que queremos una sociedad próspera, pacífica, equitativa, tolerante, educada, empleada, innovadora, solidaria, deportiva, aseada y, cómo no, ambientalmente sostenible, cualquier cosa que ello signifique. Admitimos también que todos los candidatos y candidatas son seres sencillos, amables, simpáticos y que aman a sus hijos y a todos sus familiares.

 

Lo que se propone esta guía es tratar de establecer la capacidad del candidato – y la tropa que lo acompaña, esto no hay que olvidarlo jamás- para hacer un buen gobierno o mejor aún su capacidad de no hacer un gobierno extremadamente malo.

 

Los atributos de un buen gobierno son difíciles de establecer y su definición puede dar lugar a discusiones interminables. Es más fácil señalar los rasgos de un mal gobierno o mejor aún las formas de actuar con las que el gobierno puede garantizar el estancamiento y el atraso económico. Hace años Arthur Lewis identificó 8 formas de ese actuar nefasto de los gobiernos:

 

  1. La incapacidad para mantener la paz y el orden dentro de las fronteras y garantizar la vida y la propiedad de las personas es el primer ingrediente de la contribución del gobierno al estancamiento económico y el atraso. Las 23 guerras civiles y las nueve constituciones de nuestro siglo XIX probablemente expliquen por qué Colombia estuvo al margen de la revolución industrial hasta bien entrado el siglo XX.
  2. La rapacidad y la corrupción es el segundo rasgo de los gobiernos malos. Aquí basta con recordar la perentoria afirmación de Stuart Mill: “Peor que cualquier violencia, como obstáculo a la acumulación, es la acción de un gobierno rapaz y corrupto”.
  3. Los gobiernos entorpecen el crecimiento cuando, en lugar del interés general, su acción está orientada a favorecer el interés de castas, gremios y grupos particulares de presión; obstaculizando de esta forma la movilidad económica y social.
  4. Obstaculizar el libre comercio dentro y fuera de las fronteras viene en cuarto lugar. Esta es una actuación en la que repetidamente caen los gobiernos y no puede explicarse más que por la acción de los intereses creados, no como fruto de la ignorancia, puesto que los beneficios del libre comercio son evidentes para cualquier inteligencia que examine la cuestión con una dosis mínima de objetividad.
  5. La incapacidad de garantizar una oferta adecuada de bienes y servicios públicos. Ya nadie discute que existen una amplia gama de bienes y servicios cuya provisión debe ser garantizada de alguna forma por el gobierno. A menudo el fracaso en este ámbito se explica más que por la insuficiencia de recursos por la orientación de la acción pública hacia campos que no le corresponden al gobierno en detrimento de aquellos que si son de su competencia.
  6. La sobre regulación de la actividad económica es una tentación en la que frecuentemente caen los gobiernos de toda laya. Los políticos, probablemente en razón de su oficio, tienden a desconfiar de los mercados y sienten la necesidad de proteger a productores y consumidores, los unos de los otros y de sus supuestos excesos. Se dice que Colbert prescribía el tamaño de las telas y el peso del pan, amén de los precios a los que debían transarse. Esto parece exótico pero no es algo que esté definitivamente en el pasado. No es infrecuente que algún ministro hable de control de precios para reducir la inflación.
  7. Gastar demasiado y agobiar a la población con impuestos excesivos. La revolución francesa se inició con la divisa: “un governement bon marché” – un gobierno barato. Después vinieron  otras cosas – Robespierre, al guillotina y todo lo demás – pero en principio la aspiración del pueblo francés no parecía injusta o excesiva. La revuelta tributaria de California en los años ochenta no desencadenó ninguna revolución pero, al menos durante algunos años, puso en la agenda pública la austeridad en el gasto y la responsabilidad fiscal.
  8. La incapacidad para mantener el valor de la moneda es quizás el rasgo más característico de los gobiernos mediocres. La moneda fiduciaria moderna es una creación de los estados y la expansión de su cantidad es una atribución de los gobiernos, a pesar de la supuesta independencia de la banca central. Greenspan, el más célebre de los banqueros centrales, ha destacado lo difícil que es controlar la inflación de la moneda fiduciaria.

III

 

Establecidos los rasgos de los malos gobiernos, el ejercicio consiste en asignar a cada candidato un puntaje en la escala de 1 a 10. Un puntaje de 10 significa que se espera que el candidato de ganar las elecciones presidirá un gobierno que tendrá en el mayor grado posible ese rasgo indeseable. El puntaje máximo alcanzable es 80. El candidato que más se acerque a esta cifra es el peor.

 

 

Llenar la tabla no resulta difícil, aunque exige algo de información y un poco de reflexión. Pero si esto resulta aun extremadamente penoso puede dejarse de lado, no tiene mayor importancia. Quizás el sorteo es un mejor mecanismo de decisión si se quiere estar con el ganador. Toda mi vida he tratado de votar ilustradamente y casi siempre resulto votando por algún perdedor.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://fbcdn-sphotos-g-a.akamaihd.net/hphotos-ak-ash2/t1.0-9/432067_261695500576282_873614282_n.jpg[/author_image] [author_info]Luis Guillermo Vélez Álvarez Economista, docente de EAFIT y consultor. Leer sus columnas. [/author_info] [/author]

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