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¡Gracias por Chesterton!

«¡Gracias por Chesterton!»
Prólogo de Andrés Felipe López López Ph.D., a la obra «Cinco ensayos. G. K. Chesterton», traducción de Juan Camilo Perdomo. Libro publicado recientemente por Fallidos Editores. La obra fue finalista en el Premio Nacional de traducción José Manuel Arango, en su tercera edición, que convoca la misma editorial.
(Reproducimos el Prólogo con permiso del autor y de Fallidos Editores).

Libro disponible en: https://www.fallidoseditores.com/product/64/cinco_ensayos_de_g_k_chesterton

¿Qué puedo decir de Gilbert Keith Chesterton en un prólogo si ya un Merlín como Jorge Luis Borges escribió uno para La cruz azul y otros cuentos, con ocasión de la muy conocida selección suya llamada «Biblioteca Personal»? Poco o nada si me comparo con Borges. ¿Qué podría decir con valor si, por poner otro ejemplo, Alfonso Reyes prologó su traducción de El hombre que fue jueves? Otra vez, poco o nada si me comparo con Reyes. Tampoco podría escribir un ensayo, si persisto en la timidez, pues el mismo Borges escribió un Sobre Chesterton. Muy por debajo de ellos, entonces, sin ponerme en sus alturas, aun cuando soy como ellos al menos en el hecho de hacer el introito a un libro de Chesterton, lo que hago es una confesión de gratitud. A Dios, a la naturaleza, al universo, al «divino laberinto de los efectos y las causas», no sé a quién o a qué, por haber nacido en un tiempo en el que Chesterton ya era un antecesor. Dar gracias por su vida y por su obra. Si Chesterton me leyera diría: «No sea idiota, usted sabe a quién debe dar las gracias: a Dios».

Como Jorge Luis Borges confesó, yo también he vivido horas muy felices leyendo a Chesterton, ya sea poesía, ensayo, breve escrito periodístico, novela, cuento, biografía o semblanza, incluso diálogo transcrito como es el caso de ¿Estamos de acuerdo?, uno de los debates públicos con su amigo-rival George Bernard Shaw, moderado por Hilaire Belloc, también amigo y mucho menos rival.

La felicidad de la bella literatura y de la literatura seria que escruta los avernos y los paraísos del alma humana; la felicidad de aprender, en lo que Chesterton es maestro, que las paradojas son método de pensamiento y de creación literaria porque las cosas tienen tantos rostros que unos son contradictorios respecto de otros, así como nosotros mismos somos múltiples y enigmáticos; la felicidad de entender, porque Chesterton nos lo enseña, que las analogías y las parábolas también son método de pensamiento y de composición porque todo hecho se encuentra conectado con otros hechos y estos con otros ad infinitum y, por tanto, todos lo están. La felicidad, la dicha, el gozo de contemplar que alguien es tan poético, como Chesterton, que es capaz de ser bromista con toda la seriedad; tan seriamente poético y desvergonzado que sentía gusto por el sentido de una paradoja; tan lúcido que encuentra relaciones entre cosas o realidades que nunca antes habían sido captadas o se encontraban olvidadas; tan lógico y tan poeta que pensó y escribió como si su mente fundiera las virtudes de las navajas afiladas del logos puramente racional y las facultades creativas del logos puramente artístico. Por esto último, siempre que mi mente piensa en el nombre «Gilbert Keith Chesterton» también piensa en nombres como «Kurt Gödel» y «William Shakespeare». Es otra forma de decir que Chesterton es lógico, audaz y penetrante como quien provoca una revolución en la ciencia, así como sensible, consciente e inventivo como quien reinventa poéticamente lo humano.

En los ensayos La abuela del dragón, El ángel rojo y Cuentos de los hermanos Grimm Chesterton reduce al absurdo a los que no creen en los cuentos de hadas: si la vida cotidiana está llena de maravilla y de horror ¿por qué serían increíbles los hechos fantásticos, que tantas veces son superados en prodigio o en espanto por los hechos de la vida humana? Nuestra fe en los procesos causales de la naturaleza es tan mística como la magia que gobierna en el mundo de las hadas. Le parece imposible considerar humano al incrédulo de los cuentos de hadas, porque no amar la imaginación es inhumano. Yo juzgo imposible considerar humano, en un sentido pleno, así como juzgo imposible la existencia de un tal que haya leído a Chesterton sin ser embargado por la felicidad o que haya leído algo de Chesterton y ese algo no se extienda a más; es absurda la existencia de alguno que lea a Chesterton y desde la primera lectura no lo convierta en un compañero de aventuras para toda la vida. Con Chesterton la soledad no parece tan extrema y la vida es mucho menos mostrenca. Con él la literatura es algo tan serio como el juego del niño en el que imaginerías e invenciones son llevadas a cabo como lo más definitivo y total.

 

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¡Gracias por Chesterton!, y ¡gracias por estas nuevas traducciones que aparecen en este libro! ¿Ensayos, fragmentos biográficos, semblanzas, perfiles de espíritus humanos? Todos los anteriores. En las vueltas de tuerca y su poner de cabeza al mundo, y con el mundo a todos nosotros, que Chesterton tanto operaba, Lord Byron es revelado como optimista inconsciente, ¿optimista inconsciente?, sí, para sorpresa de muchos. Por la intuición, la mano y la pluma de Chesterton, Alexander Pope es descubierto como materia prima de una lírica admirable para cualquier poeta moderno. En Robert Louis Stevenson, por otro lado, Chesterton encuentra un símbolo de la destreza artística, a un artista con la habilidad para mostrarnos que todo paisaje o escenario tiene un alma y esta alma una historia, porque todo existe en el alma humana. A partir de Edmond Rostand y su Cyrano de Bergerac, por ejemplo, Chesterton expone que la poesía no es disfraz o distorsión, por el contrario la poesía repara y completa el lenguaje, porque la poesía es lenguaje universal. Por último, Carlos II, a partir del cual, Chesterton ironiza que el ateísmo es tanto un sistema como lo es el catolicismo. De hecho, el ateísmo, a su juicio, es «el más osado de todos los dogmas». Y llama al orden al escepticismo, que es tan místico como material, pues el escéptico cree —¡sí, cree!—, o piensa, que el salvaje en su danza alrededor de un ídolo africano tiene tanta oportunidad de estar en lo cierto como lo estaba Darwin; y considera o asume que el misticismo es igual de racional que el racionalismo; pero, a la par, duda si san Mateo escribió el Evangelio de san Mateo, así como duda si el árbol que ve en un presente de conciencia es en verdad un árbol y no un rinoceronte. Pero, agrego yo, y este pero podría escribirse enteramente con mayúscula, ¿acaso podría dudar de dicho presente de conciencia, del acto de ver al árbol o al rinoceronte y dudar del acto mismo de dudar? Chesterton no fue tanto un cartesiano, al menos no en sentido estricto, y hasta donde sé tampoco conoció el trabajo de Edmund Husserl, pero sí que conocía a Platón, a su díscolo discípulo Aristóteles y a los vástagos en la Edad Media de ambos Árboles de Jesé filosóficos. Uno vivió entre ideas o dioses, Platón, y otro entre hechos llenos de dioses, Aristóteles.

Andrés Felipe López López, Ph.D.

Mayo de 2021.

 


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Al Poniente

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