Opinión Selección del editor

Gotas de saliva sacuden la universidad en Colombia

En un capítulo titulado Consideraciones sobre la universidad, la formación profesional y el maestro universitario, presentado en el II Congreso Internacional de Antropología Pedagógica en la Universidad de San Buenaventura sede Cali en el año 2016, planteamos lo siguiente:

después   de la   II   guerra   mundial   las   ciudades   fueron reconstruidas desde las universidades y la iglesia –véase los casos de las ciudades de Lovaina, Dresde, Colonia, entre otras ciudades europeas reconstruidas a partir de estas dos instituciones de la modernidad (Pérez y Ríos, 2017, p. 8).

Tras las semanas de pandemia y de las medidas que se han tomado a nivel mundial, nacional y local, cabe preguntar ¿qué oportunidad tiene la universidad en Colombia de organizar las fuerzas necesarias para aportar a la reconstrucción del país en medio de la crisis del COVID-19 y de sus inevitables efectos? El Observatorio de la Universidad Colombiana publicó en su página web el pasado 22 de marzo del año en curso que, como consecuencia del coronavirus, se vislumbra un año crítico para la educación superior colombiana. El artículo centra su reflexión en términos de los efectos que trae la calamidad en la salud pública que tiene eco directo en la economía formal e informal y, por ende, en las finanzas de las universidades públicas, pero, sobre todo, de las privadas que dependen fundamentalmente de las matrículas de los estudiantes. Así mismo, se pregunta si la modalidad virtual entrará a hacer parte de las condiciones de calidad de las universidades, dada la oportunidad que ofrecen para la no suspensión del semestre en medio del aislamiento preventivo. Además, el artículo pone el acento en los menores ingresos en el 2020 y que pondrán sobre la balanza de las universidades su supervivencia o su acreditación. El artículo termina planteando que en medio de la crisis universitaria antes del COVID-19, la universidad como sistema social ya estaba debilitado y no respondía a las necesidades sociales, lo que implicaría un replanteamiento de la universidad y de su papel en la integración del proyecto de país (2020).

Desde otro lugar de reflexión, en febrero del presente año, en un artículo de opinión titulado La invención de una epidemia, Agamben (2020) escribía que la sobredimensión de una gripe genera pánico en la población, justificando el surgimiento del estado de excepción que luego legitimará, en emergencia, la intervención militar y el cierre de fronteras. No obstante, los datos tres meses después de la publicación, indican que van más de 54.000 italianos infectados, de los cuales 6.800 han perdido la vida, lo que hace muy difícil aceptar hoy que se estuviese sobredimensionado dicha gripe.  Por su parte, Nancy (2020) en respuesta al texto de Agamben publicó otro artículo al que denominó Excepción viral; aquí señala que quien impone el estado de excepción es la técnica soberana, no solo la soberanía política. Dicho estado de excepción es biológico e informático. La técnica es, al mismo tiempo, posibilidad o aniquilación de nuestra especie.

Así mismo. Zizek (2020) en su artículo titulado Un claro elemento de histeria racista en el nuevo coronavirus, se refiere a la crisis como posibilitadora de modos de vida que trasciendan los Estados-Nación, promoviendo la solidaridad y lo comunitario como formas de autogobierno, lo que en Butler (2020) es el ideal de los movimientos sociales en medio de la antinomia aislamiento-interdependencia que enfrenta el secuestro de nosotros mismos a un virus que no conoce fronteras y nos trata a todos por igual. Mientras Chul Han (2020) afirma que el virus no vencerá al capitalismo y tampoco vendrá la revolución viral porque, según el filósofo, el virus que aísla no genera ningún sentimiento colectivo fuerte, lo que hace pensar que, por el contrario, tras el virus, puede llegar la revolución humana que restrinja el capitalismo destructivo y nuestra movilidad ilimitada catastrófica. Esto último lo clarifica el doctor Omar Vesga quien nos alerta cómo “la invasión humana desbordada de los espacios biogeográficos y de los nichos ecológicos nos ponen en contacto con patógenos que nuestro sistema inmune nunca había encontrado antes, y por ello no estamos preparados para defendernos de ellos” (2020, p. 1).

Volver a la pregunta ¿qué oportunidad tiene la universidad en Colombia de organizar las fuerzas necesarias para aportar a la reconstrucción del país en medio de la crisis del COVID-19 y de sus inevitables efectos? Comienza a tener respuestas, desde mi perspectiva en cuatro momentos: 1. Suspensión-preventiva, 2. Formación, alistamiento y acomodación, 3. Propositivo científico-social y 4. Interior y de reinvención (los tres primeros se han o están dando, el cuarto, es utopía necesaria).

  1. Suspensión-preventiva: desde el pasado 16 de marzo la Universidad de los Andes, Universidad de Antioquia, Universidad Nacional, Universidad Javeriana, Universidad Católica de Oriente y, en general, la totalidad de universidades del país cerraron sus campus aportando al aislamiento preventivo que luego sería decreto nacional.
  2. Formación, alistamiento y acomodación: apertura de campus virtuales (teletrabajo para sus docentes e investigadores), así como para sus estudiantes. En este proceso muchas universidades saldrán avante, otras no tanto. La llamada flexibilidad pedagógica, metodológica y evaluativa también tiene sus límites, no solo según disciplinas y campos de conocimiento (¿cómo aprender expresiones acuáticas en la licenciatura en educación física, recreación y deportes en modalidad virtual?, pero, además, hay que considerar la precaria infraestructura tecnológica del territorio nacional, así como los límites que se presentan en términos de la disposición y actitudes humanas frente a la tecnología y su ideologización.
  3. Propositivo científico-social: en estos últimos días de pandemia la Universidad de Antioquia, en asocio con otras organizaciones, creó un respirador para pacientes con enfermedades respiratorias de fabricación local a bajo costo; entregan sin mezquindades el diseño del prototipo a todo el mundo para que lo fabriquen. Así mismo más de nueve universidades del país se están preparando en los protocolos de testeo para realizar la prueba de covid-19 en sus laboratorios. Se dirá que, como universidades, deberíamos estar desarrollando la vacuna (como lo hacen hoy la universidades asiáticas, estadounidenses y europeas) y no solo la prueba. A esto solo recordaré las palabras de Arciniegas (1932) “la universidad es la síntesis de cada pueblo” (p. 256). Miremos qué tipo de pueblo somos y descubriremos qué tipo de universidades seremos capaces de construir.

Finalmente, el cuarto momento, interior y de reinvención debería despertar la interioridad humana y la posibilidad de reinvención de la universidad. El problema de la precariedad de nuestras universidades no solo es un problema de desarrollo tecnológico y científico, es ante todo un problema del orden interior y organizacional, de cada uno de nosotros de los que pensamos y hacemos universidad; aunque, sobre todo, de los que no piensan la universidad, pero sí la usan para fines contrarios a su naturaleza; la universidad no es solo su exterioridad, su campus, su infraestructura (muy necesaria por cierto), la universidad antes de ser institucionalidad es ante todo una actitud interior humana, esfuerzo espiritual y colectivo de la humanidad por alcanzar niveles superiores de sí misma como especie. La universidad es la actitud interior que cultiva la virtud y el conocimiento, es posibilidad de transformación de las estructuras sociales y culturales, la universidad es sobre todo poiesis y politeia

La universidad ‒entre poiesis y politeia‒ es el eco de una voz olvidada (silenciada), que convoca con su llamado a la comprensión de la universidad como creación humana, pero a la vez como creadora. No se trata de la simple cuestión de producir profesionales, es más que esto. La universidad tiene la potencia de crear incluso de las cenizas y las ruinas a las sociedades mismas, es capaz de recrearlas, de ahí su potencia poiética-politéica. Dicha potencia permite movilizar las estructuras sociales, así como ha de movilizarse ella misma en sus estructuras internas, con la responsabilidad destinal de que no solo es el espacio donde ha de circular lo público, sino donde se ha de formar lo público. Las universidades actuales son la síntesis de cada pueblo, lo que implica pensar en el tipo de pueblo que somos capaces de ser, ya que esto determina el tipo de universidades que nosotros mismos somos capaces de constituir. Hemos de detenernos a pensar en esto y actuar en virtud de lo anterior, pues toda universidad inicia en el fondo como una actitud interior del ser humano y termina allí mismo” (Pérez y Franco, 2018, p. 13).

Esa es la utopía: formar comunidades creadoras de otras posibilidades. Sin embargo, lo que se ha impuesto es la distopía (creación de comunidades inmunes, a quienes no les importa el otro, ni el sentido que engendra la universidad). Quizá, en lo que llevamos de vida -nosotros los cuarentones-, nunca habíamos enfrentado juntos y a este nivel una emergencia que nos confinara al aislamiento preventivo de toda la Nación. Pero, como nos lo ha enseñado Camus (1992) en La peste, a través de las palabras del doctor Rieux “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio” (p. 151). Esta enseñanza nos ocupa en la tarea diaria de formarnos como seres inconclusos que somos, pero no de manera individual, por el contrario, como comunidad (deshaciendo la inmunidad con respecto al otro, a lo diferente) y atendiendo el llamado de la naturaleza. En estos tiempos de pandemia unas gotas de saliva han sido capaces de sacudir la economía, las sociedades, sus formas de hacerse y a la organización de las universidades; nos han sacudido a todos en nuestra cotidianidad. Y, no obstante, juntos seguimos desde nuestros lugares evitando el olvido de las potencias poiéticas y politeícas de la universidad utopía; pero para eso, debemos arrinconar y deshacer sus distopías.

 

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (2020). La invención de una epidemia en Ficción de la razón. Recuperado de: https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/

Arciniegas, G. (1932). La universidad nacional. Argentina: Editorial CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Butler, J. (2020). El capitalismo tiene sus límites, en Lobo suelto. Recuperado de: http://lobosuelto.com/el-capitalismo-tiene-sus-limites-judith-butler/

Camus, A. (1992). La peste. España: Editorial Taurus.

Chul Han, B. (2020). La emergencia viral y el mundo de mañana. El país. Recuperado de: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html

El Observatorio de la Universidad Colombiana (2020). Por coronavirus se vislumbra un año crítico para la educación superior colombiana. Recuperado de https://www.universidad.edu.co/por-coronavirus-se-vislumbra-un-ano-critico-para-la-educacion-superior-colombiana/

Nancy, J. (2020). Excepción viral, en Ficción de la razón. Recuperado de: https://ficciondelarazon.org/2020/02/28/jean-luc-nancy-excepcion-viral/

Pérez, F; Ríos, O. (2017). Consideraciones sobre la universidad, la formación profesional y el maestro universitario, en Pedagogías críticas. Mendoza, W; Rengifo, C; Arias, J. Estados Unidos-Cali: Red Iberoamericana de Pedagogía REDIPE, Editorial Bonaventuriana.

Vesga, O. (2020) Entrevista: El COVID-19 nos está enseñando una lección que, con suerte, no olvidaremos. Recuperado de: https://vivirenelpoblado.com/covid-19-nos-esta-ensenando-una-leccion-que-con-suerte-no-olvidaremos-omar-vesga-md/

Zizek, S. (2020). Un claro elemento de histeria racista en el nuevo coronavirus, en Russia Today. Recuperado de: https://www.bloghemia.com/2020/03/slavoj-zizek-un-claro-elemento-de.html