Opinión Selección del editor

Gays, mujeres y feministas: ¿La política de Sodoma y Gomorra?

La primera alcaldesa de Bogotá es lesbiana. Como si fuera poco la primera imagen de su victoria fue un prolongado beso entre Claudia López y su ¿primera dama? Angélica Lozano, en público y bajo el lente de todas las cámaras. Inmediatamente mis redes sociales estallaron: ¡Sodoma y Gomorra!, ¡La falta de valores!, ¡Delante de los niños!

Si en Bogotá llueve, en Medellín no escampa: un movimiento que apenas nace se gana un escaño en el concejo en su primera elección. “Estamos listas” es un movimiento repleto de mujeres, homosexuales y feministas que ha superado a partidos de izquierda históricos como el Polo Democrático Alternativo. El “Polo” se caracteriza por ideas “raras” en la economía, pero por lo menos es prudente y disciplinado en el respeto por la familia tradicional. Mejor dicho, quedamos peor, ¡El acabose!, ¡Apague y vámonos!

A pesar de lo escandaloso de estas noticias, una mirada rápida de la historia nos demuestra que la homosexualidad siempre ha existido. Es más, en todas las áreas se han destacado personas de “sexualidades diversas”: Freddie Mercury (Queen) en el rock, Alejandro Magno y Roberta Cowell en la guerra, Oscar Wilde y Virginia Woolf en la literatura, Aristóteles y Michel Foucault en la filosofía, Alan Turing y Leonardo Da Vinci en la ciencia, Miguel Ángel Buonarotti y Vincent Van Gogh en la pintura, Julio César y Eleanor Roosevelt en la política, Peter Tchaikovsky en la música, Walt Whitman en la poesía, Gianni Versace en la moda, y John Maynard Keynes en la economía, entre muchos otros.

Más aún, las “sexualidades diversas” no solo han existido siempre, la ciencia ha demostrado que este tipo de preferencias sexuales no conllevan ninguna limitación física, mental, moral o emocional y son biológicamente normales (no son antinaturales). Es decir que, desde el punto de vista científico, estas personas no son ni “raras” ni tienen enfermedad alguna. Entonces, ¿Cuál es el escándalo?

El escándalo subyace en el valor cultural de la familia como núcleo de la sociedad. Esto implica que (1) el sexo está atado estrictamente a la reproducción; (2) la reproducción humana sólo puede darse a partir de relaciones sexuales entre un hombre y una mujer; y (3) la familia “tradicional” es el núcleo básico para el funcionamiento de una sociedad.

Todas estas premisas eran ciertas, por ende social, cultural, y económicamente la “prohibición” de las sexualidades diversas tenía todo el sentido. El problema es que la tecnología ha hecho que ninguna de estas premisas sea cierta, ni en la actualidad ni hacia el futuro.

El sexo siempre ha estado atado al placer. Los abuelos se casaban más jóvenes no porque se querían más, sino porque era la única manera de tener sexo sin esconderse de sus respectivos padres. De la misma manera, tenían más hijos y desde más jóvenes, no porque eran más responsables o tenían más recursos, sino porque no existían maneras seguras de tener sexo sin tener hijos. Los métodos anticonceptivos cambiaron para siempre esta realidad. Hoy los humanos podemos tener sexo sin reproducirnos y podemos reproducirnos sólo cuando lo decidamos. Es decir que la primera premisa ya no se cumple.

La segunda premisa tampoco se cumple hoy. La biotecnología ha creado un amplio número de alternativas para tener hijos sin que medie una relación sexual. Alquiler de útero, inseminación intrauterina, y fertilización in vitro son apenas tres de las maneras más básicas de tener hijos sin tener sexo (sin hablar de métodos de reproducción genética aún no aprobados por ley).

Sin embargo, desde el punto de vista económico el argumento más poderoso es el de la familia tradicional como núcleo de la sociedad. La economía mundial siempre ha dependido de una mano de obra obediente, acrítica y de tareas repetitivas. Para lograr una economía productiva era importante adiestrar a los hombres para que siguieran órdenes de un jefe o supervisor, se mantuvieran en lugares cerrados por amplios periodos de tiempo, haciendo tareas repetitivas y sin hacer cuestionamientos críticos sobre su vida y su trabajo.

Para asegurar su adecuado funcionamiento, este modelo debía repetirse en todas las etapas de la vida: el hogar, el colegio, la fábrica. En el caso del hogar se necesitaban roles muy específicos dentro de la familia que por motivos biológicos y antropológicos se dividieron en: el padre proveedor, la madre supervisora, el hijo futuro trabajador y la hija futura supervisora. Bajo este modelo económico era fundamental que se mantuviera la familia “tradicional”.

Hoy las tareas repetitivas las está reemplazando la robótica y la inteligencia artificial, las personas trabajan cada vez más desde cualquier computador en cualquier lugar del mundo gracias al internet, y las habilidades más necesarias no son las de la competencia individual, la obediencia acrítica y la memoria; sino las de la colaboración, el pensamiento crítico y la creatividad.

Bajo el nuevo modelo económico  las madres se liberan de su actividad supervisora y empiezan a ser agentes activos de la economía en sectores cada vez más amplios, la economía del cuidado se expande a ambos sexos, y, en general, la familia “tradicional” con sus roles y personajes establecidos pierde relevancia.

En efecto, venimos de una economía tradicional que necesitaba prácticas tradicionales donde “los trapos sucios se lavan en casa”, el sexo para el placer se hace en prostíbulos y moteles, y el sexo de la reproducción en la cama matrimonial, y donde todos “sabemos” pero nadie dice en público acerca de aquel hijo “que le salió torcido” a aquél padre y aquélla madre.

Bajo esa cultura del secreto y la hipocresía es por supuesto un escándalo que en la era de la información pocas cosas sean un secreto, que todo se sepa, y que los grupos humanos se abran hacia culturas más apropiadas a las nuevas estructuras y realidades económicas.

Hay que entender la reacción. Todo cambio es incómodo y escandaloso. Solo queda pedirles a los protagonistas de este cambio cultural que entiendan que el feminismo no es una guerra contra los hombres como han querido algunas, que ser mujer o hombre por sí solo no hace a las personas buenas o malas como han argumentado otros y otras, y que el tratamiento meramente estético e idiomático del género antes que avanzar nos hace retroceder.

Respecto a la nueva alcaldesa de Bogotá y demás lesbianas “públicas” no tengo la autoridad moral para criticarlas. Como a Claudia López a mí también me encantan las mujeres. Si fuera mujer seguramente también sería lesbiana.