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Ese doloroso amor por una divisa de fútbol

(El llamado Rey de Corazones sigue “homicidando” a sus hinchas)

“Te odio y te quiero…
porque a vos te debo
mis horas amargas,
mis horas de miel.”
(De un tango de Reinaldo Yiso y Enrique Alessio)

 

El lazo umbilical con el fútbol emerge en la infancia. Así como la generación de la sociabilidad, el contacto con los otros. Y el fenómeno del gusto por la práctica universal de ese deporte que seduce a millones, bebe, o, de otra manera, mama, como si hubiera una teta materna, en los días felices de la niñez. Partamos de una elementalidad: una pelota (de cualquier material) es un objeto seductor, porque no se cae. Está hecha para que con certidumbre sea manejada, utilizada, manipulada sin temores a quebrarse, sin posibilidades a que a un chico le digan: “¡cuidado!”, “¡eso no se toca!”. El encanto le viene de forma, de uso, de nacimiento: un balón es la posibilidad de jugar con uno mismo y con otros.

Establecidas estas hipótesis, digamos que el gusto por un equipo también surge de esa edad sin tiempo en el que sin saberse cómo hay enamoramientos. Y de pronto, como me sucedió a mí, el sonido de un nombre, la voz de un locutor deportivo, el canto de un gol, la pronunciación de una especie de palabra-mantra, se fue quedando en uno, sin explicación, internalizándose. Gol del Deportivo Independiente Medellín, declaraba con elegancia don Jaime Tobón de la Roche, y así, porque mamá solo sintonizaba los partidos de ese equipo, sin ser ella hincha, ni siquiera una aficionada al fútbol, los ponía y a mí cada domingo (“los domingos me levanto de apoliyar mal dormido”, cantaba Gardel para ir al hipódromo) se me transfería, como un microbio, aquel equipo. Era, lo supe después, 1962, el mismo año en que el mismo señor de la radio narró los partidos de Colombia en el Mundial de Chile.

Y así, sin darme cuenta, me fue gustando el nombre, los goles de domingo, la sonoridad de apellidos: Pécora, Ávila, Ramacciotti, Perfecto Rodríguez… y así, hasta cuando ya, más grandecito, tal vez de diez años, convoqué muchachos del barrio El Carmelo, en Bello, para ir a pie (a veces en bus) los domingos hasta el estadio Atanasio Girardot para ver al Deportivo Independiente Medellín. Jugaban de primera, estéticos, de una versatilidad que desde la tribuna popular (oriental) se veía, bajo el sol de la tarde, con una gracia suprema. Y seguimos yendo. Ya con los de otro barrio (íbamos, cual gitanos, de barrio en barrio), porque nuestra curiosa simpatía se iba tornando en amor, y había que estar en el estadio para ver la divisa rojiazul.

En esos días, cuando los partidos siempre eran en la tarde dominical, había un jugador de maravilla, que, al ver cómo pateaba, cómo driblaba, cómo se corría por la punta derecha dejando atrás un reguero de rivales y cómo pateaba con efecto, nos enamoró a todos los pelados que ya coreábamos su nombre, o, más bien, su apellido: Corbatta. Todos queríamos ser como ese puntero infernal que cobraba con maestría penaltis, tiros libres, tiros de esquina y ponía a girar la pelota sobre su eje a una velocidad que casi hacía ver la esférica como aquellas monedas de diversión que uno hacía voltear, por una cara un hombre, por la otra una mujer, y se besaban en la veloz rotación. ¡Corbatta, Corbatta!, el rey del chanfle. Recuerdo sus chutes de magia, el balón se montaba al travesaño, lo recorría y volvía al campo. Era el mismo señor que en los entrenamientos (eran públicos) pateaba cien veces para darle al paral derecho, o al izquierdo, como si fuera un tirador, un experto disparador. No fallaba. Prodigio. Quién no iba a ser hincha de un equipo como aquel, que jugaba para hacernos sentir en lo que podría ser el paraíso del fútbol (también hay un infierno futbolero).

No se me olvida aquel partido contra Millonarios, pudo ser en 1964, cuando el DIM (mantra misterioso, sonoridad, mágica palabra) venció al muy encopetado albiazul. Le clavó seis goles. Y tres los marcó el paisano John Jaramillo, que vivía, creo, en el barrio Obrero, en Bello. Uno de ellos, un golazo de taquito. Fue nuestro gran bautismo rojo y azul, sangre y cielo. Era estar en la gloria. Y ya nunca más pudimos zafarnos de esa hipnosis, de ese canto de sirenas, de esa atracción fatal que es querer a un equipo de fútbol. Esos días eran más cercanos a la apoteosis que a la desazón.

Y así nuestro afecto se volvió amor de amantes shakespeareanos. El DIM era nuestra Julieta. Era, quizá, la cara sonrosada de mamá con un radio prendido en una emisora que solo sabía decir Deportivo Independiente Medellín. Un equipo de domingo, día de sol, de lumbre, de agitar el corazón y hacerlo vibrar como una cuerda de guitarra. Era música. Era alegría. Hasta cuando comenzó la decadencia. Y se esfumó su nombre por un año. Y volvió. Había una suerte de calvario porque si bien estuvo muy cerca de la gloria estelar en los sesentas, cada vez se fue alejando más de la estrella polar, de la estrella de los marineros y los alucinados.

Independiente Medellín jugará de local con estadio lleno | Goal.com
La alegría sin par de la hinchada roja

Pasaron años. Y el equipazo aquel que nos despertó todos los amores por dos colores, por una camiseta, por unas insignias, por símbolos de ciudad, de obrería, de gentes diversas que iban desde el carga-mercados, el bultiador, el carretillero, el trabajador de fábrica, el cacharrero, en fin, el pueblo-pueblo, el del sudor y el rebusque, el del vago lúcido, el del poeta de todas las horas, se iba desmoronando. A los más viejos les hizo esperar cuarenta y cinco años para alcanzar la codiciada estrella (1957-2002).

Y de pronto, se tornó un hazmerreír, un rey de burlas, un escampadero de negociantes burdos, una recocha desdibujada (porque las recochas de barrio son un sentimiento hermoso y una alegría permanente). Y se destiñeron el cielo y la sangre. Habitábamos el infierno tan temido. Y, más que todo, debido a las administraciones desvergonzadas, a los mercaderes sin criterio.

Hubo, claro, momentos cumbre, como aquel 27 de junio de 2004, cuando se ganó el campeonato más importante en los más de cien años de historia de esta muy querida institución.

Ah, y se ha dicho que los dirigentes, los jugadores, los entrenadores pasan y la institución queda, permanece su historia, su representatividad popular. Pero todo parece indicar que ya se ha tocado fondo y subfondo. Que el irrespeto de los que compraron al DIM, equipo del pueblo, el equipo de filósofos ascetas y sufridores profesionales, es de una vulgaridad ilimitada.

Un equipo que representa una ciudad, una región, una cultura, unos modos de ser y de vivir, merece mejor destino. No es posible que se burlen los negociantes chabacanos y que desconocen la idiosincrasia, la memoria, la historia, para que hagan de una institución como la más antigua del fútbol colombiano un caldo de estiércol.

El decano del fútbol colombiano merece una mejor suerte. Y no recibir un tratamiento como si fuera el “hijo de la peor vieja”. Se ha dicho que lo que se aprende en la cuna se olvida en la sepultura. Es como una especie de agresión sin par, traidora, un intento criminaloide de cortarle a uno ese invisible cordón umbilical de las ensoñaciones y las caídas, del júbilo de los triunfos (no tan numerosos) y las tristezas (sí muy abundantes), lo que han hecho ciertos directivos-dueños de un equipo que, como lo decía el cronista Malevo, siempre nos pone en trance de “homicidarnos”.

Si fuera posible, uno mismo, en una especie de negación de la infancia, de aquella edad de la formación del carácter y del cultivo infinito de la imaginación, se cortaría de tajo ese cordón astral. Pero es imposible. No hay manera de renunciar a la historia personal, a esa afección sin remedio que es ser hincha de un equipo de fútbol, así sea tan perverso como es hoy el Deportivo Independiente Medellín.

Un hincha no abdica. ¿O sí? Y como eso lo saben los pervertidos empresarios, se burlan de tal condición de nobleza (o de bobada). ¿Cómo dejar de sufrir ante la adversidad aupada por unos desalmados que convirtieron un equipo de fútbol en una forma del desprecio por los aficionados? Que se vayan ellos. No hay vacuna contra esa enfermedad endémica que es ser seguidor del DIM.

Esto fue escrito por

Reinaldo Spitaletta

Bello, Antioquia. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia y egresado de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello.

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