ENTRE LO FINITO Y LO INFINITO: UN TESTIMONIO DE MUERTE

Desconozco los límites del juego misterioso, y en momentos enloquecedor, que se mantiene en ese constante transcurrir de instantes, en el diario vivir que unas veces se confunde con un sueño, y otras tantas veces se confunde con la muerte en vida. Vivir, la finalidad y la causa de esta acción también la desconozco; sé que un día nací y que un día moriré; sé también que la vida se asemeja a una tragicomedia, cuyo guion se escribe con base en la memoria y a la relación que se traza entre los recuerdos y los sueños; sé, además, que todos debemos vivir y alcanzar ciertas metas, conseguir ciertos sueños que se alzan por encima de las particularidades del ser humano: tener un trabajo digno, estabilidad económica, una familia feliz y bienes materiales para garantizar la tranquilidad.

En esta tragicomedia del vivir un papel principal lo representa una suerte de conciencia que me convence de la imposibilidad de actuar en un vivir eterno, que me dice que un día llegará la muerte y me sacará de escena, pero cuando me cuestiono sobre el significado de morir y cuestiono a quienes me rodean, pareciese estar tocando un tema prohibido, es como si la muerte no fuese sólo el mayor miedo del ser humano, como bien lo dijo Thomas Hobbes, sino también el abismo de la existencia.

La pregunta sobre el sentido de la muerte tomó fuerza en mi pensamiento cuando, desde una charla literaria, conocí la historia de Eos, la diosa titánica de la aurora, quien conmovida por el deseo de alcanzar un compromiso inquebrantable, un amante que no sufriese los desgastes de la finitud y tras la condena de Afrodita por descubrir que Ares la engañaba con ella, le pide a Zeus la eternidad de Titono, uno de los tantos consortes de Eos, quien no duda en darle el regalo, pero no incluye el don de la juventud, por lo que Titono vive  eternamente pero bajo los estragos de la vejez.

Este mito nos muestra otra cara de la moneda, porque en él la muerte no es algo vedado si no algo querido, apreciado por un ser que pasó de la finitud a la condena de la infinitud, por lo que diariamente rocía el mundo con sus lágrimas, como petición de muerte ¿Será que esta misma petición le es permitida hacerla a los simples mortales?

Si bien, la vejez aquejaba a Titono ¿Qué pasa con los mortales a quienes les aquejan enfermedades, sin sabores, desesperos? ¿Por qué juzgamos a alguien que pide a viva voz terminar con su vida? ¿Por qué es más loable la actitud de quien persigue los sueños mencionados ya en estas páginas y se aferra a la vida, que la de quien decide no enfrentar lo que le aqueja y opta por la buena muerte?

Ese es el caso, por ejemplo, de Brittany Maynard, quien luego de que se le detectó un cáncer incurable en el cerebro, de padecer indescriptibles dolores de cabeza y de soportar las críticas tras renunciar al tratamiento de quimioterapia, ha decidido acabar con su sufrimiento el próximo 1 de noviembre. Ella tiene 29 años y hace poco tiempo contrajo matrimonio con Dan Díaz, quien ha acompañado a Brittany en todo el proceso de preparación de la muerte.

Cuando uno conoce casos como éste, casi de automático, surgen una serie de posturas, algunas a favor otras en contra, pero casi todas apelan al valor de la vida, sea porque se poseen arraigadas creencias religiosas, donde se cuestiona sobre la posibilidad de decidir sobre una vida que no es propia sino de posesión divina, o bien porque parece rendirse en el camino; y es, precisamente, estas posturas en contra las que quiero cuestionar.

¿Por qué no darle la posibilidad a alguien, a quien ningún tratamiento le puede salvar la vida, de prepararse para la muerte, en vez de seguir alargando la agonía? ¿Por qué el derecho a vivir dignamente se proclama de forma universal, pero el derecho a morir dignamente se prohíbe en gran parte del globo terráqueo? ¿Acaso la autonomía vale sólo para decir por una opción? ¿Por qué negarle a alguien la posibilidad de morir acompañado de sus seres queridos y buena música, de parar el sufrimiento?

Opto por que la autonomía no debe restringirse a credos, ni posturas personales, que no debe cerrarse el camino de las disyuntivas a un sólo carril jurídico, que debería respetarse la opción de quien no quiere sufrir más y ve en la muerte una posibilidad; me uno a quienes consideran que los sesgos religiosos no deben condicionar la vía del derecho, que las palabras muerte, libertad, autonomía nos deberían hacer pensar de forma más consciente y no sumirnos en una angustia, parecida al silencio, que es tan válido prepararse para vivir, como prepararse para morir.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-a-mia.xx.fbcdn.net/hphotos-xpf1/v/t1.0-9/10376713_10152544242313223_6084039276192950078_n.jpg?oh=b85f63f3dc9ab1107519ab31302be85b&oe=54E02857[/author_image] [author_info]Yeimy Tamayo licenciada en filosofía de la UdeA, actualmente estudio ciencia política en la misma universidad. [/author_info] [/author]

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