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En medio de una derecha fragmentada y un centro que aún no termina de definirse, hay un fenómeno político que no puede ignorarse: el crecimiento acelerado de Abelardo de la Espriella. No es, ni de lejos, mi candidato favorito. Sin embargo, sería un error subestimarlo. Hoy, es quizá la figura que más rápido ha capitalizado el descontento y la desorientación de un electorado que no encuentra rumbo claro.
De la Espriella ha sabido ocupar un espacio específico: el de una derecha más radical, emocional y profundamente reactiva frente a la posibilidad de un proyecto de izquierda representado por Iván Cepeda. En contraste, el centro parece haber encontrado cierta cohesión en figuras como Paloma Valencia, acompañada de Juan Diego Oviedo, quienes han logrado interpretar mejor ese electorado intermedio que busca orden sin caer en los extremos.
Pero aquí es donde aparecen los errores y no son menore. La decisión de Abelardo de la Espriella de cerrarle la puerta a los partidos políticos y a las estructuras tradicionales recuerda peligrosamente la estrategia de Rodolfo Hernández. Una apuesta por la pureza política que, en la práctica, termina siendo ingenua. Gobernar sin acuerdos, sin estructura y sin aliados no es un acto de valentía: es una fórmula para el fracaso.
La historia reciente lo demuestra. Gustavo Petro entendió, después de décadas de intentos fallidos, que el poder no se alcanza en soledad. Su victoria no fue únicamente ideológica, fue estratégica: negoció, tendió puentes y reconoció la importancia de los partidos. Ese giro fue determinante.
En el otro extremo, Paloma Valencia parece recorrer el camino contrario: el de abrir las puertas sin mayor filtro, lo que también resulta problemático. Porque si algo debería tener la política es criterio. No se trata de excluir a todos, pero tampoco de recibir a cualquiera. La coherencia también se mide por las compañías.
En ese escenario polarizado, Abelardo de la Espriella se posiciona como el candidato de un voto emocional: el del inconforme, el del indignado, el del que decide más por impulso que por análisis. No es un voto despreciable, pero sí es un voto volátil, difícil de sostener en el tiempo y aún más de convertir en gobernabilidad.
Y mientras tanto, el verdadero riesgo avanza en silencio.
La división entre el centro y la derecha, sumada a una competencia más basada en egos que en proyectos, está construyendo, casi sin querer, el camino para que Iván Cepeda llegue a la presidencia. No por una mayoría contundente, sino por la incapacidad de sus opositores de entender que, en política, dividirse también es una forma de perder.
El país ya ha visto esta historia. Repetirla no sería un error ingenuo, sería una decisión consciente.













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