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Entonces… me alejo

Ilustración: Edward Hopper

Qué irritable me he vuelto. Carne soterrada con ganas de un propósito o un trabajo que me libre de esta misantropía y de estos pensamientos rumiantes. ¿Viajar? ¡Ay! qué posibilidad tan aparentemente grata y, sin embargo, que costoso, que gasto innecesario de energía y que poco significativo han sido mis viajes de turista. ¿Conectarme en las redes sociales? ¿para qué? ¿Para imitar como todos la pantomima de la cercanía, la representación de la presencia de ese otro que no tocamos, no olemos ni sentimos? Si, para ser honesto, es ante esa imposibilidad de reconocer al otro que, todos sus logros, sus expectativas, sus más infantiles o profundos deseos me resultan baladíes. Es por eso que me alejo.

Me alejo de los muy felices; de esos que han logrado cosechar éxitos en medio de una pandemia, de los que este revolcón les permitió reinventarse y ahora son dichosos, de los que enclaustrarse, aceptar la esclavitud del teletrabajo, no sentirse asfixiados con el tapabocas, alegrarse por no tener la posibilidad de escogencia sobre salir o no a la calle no representó, para ellos, ningún tipo de angustia. Y lo hago porque les envidio, y la envidia es mortal para la felicidad. Pero también me alejo de las personas tristes. Para quienes todo se les ha roto, para los que esté año ha sido, indiscutiblemente, la peor hecatombe hasta el momento. De los que se ven sin posibilidades, de los que las lágrimas se le desbordan por la cara porque sí y porque no. De los que ya no saben dormir y la incertidumbre los carcome. Y me alejo de los melancólicos, de esos extraños seres que son felices estando tristes.

Me alejo de los ególatras izquierdosos, de los ocurrentes centristas, de los intransigentes de derecha. ¡Chao, cariño! es que les digo, con sus demostraciones de sabiduría; de un ojo puesto en la doctrina y el otro en el espejo de sus vanidades. Me alejo de los promotores de la Marihuanización de la legalihuana, de los tecnócratas del cannabis que no les basta con trabarse sino que necesitan argumentar por qué lo hacen con unos cogollos cultivados por Koguis en la sierra nevada de santamarta. De los puristas que creen que el mundo está equivocado menos ellos, de los que creen que el reggaetón es lo peor que le ha pasado a la humanidad y de los que defienden el género a capa y espada, de esos también me aparto. De los muy citadinos, de los campesinos, de toda persona que haya nacido en los últimos ciento veinte años y este viva; de los renuentes al chocolate, de los que creen que el arroz no puede ir con el sancocho ni las pastas, de los que toman y no toman, de los que comen carne y los que no, de los que meditan, de los que buscan convencerme de que el agua fría es mejor para mi salud. De los intelectuales que encontraron las razones de la debacle contemporánea en el capitalismo y el liberalismo. De los convencidos de que Hayek dijo todo lo necesario para contradecir los planteamientos marxistas. De los que buscan libros sobre cómo superarse a sí mismos, de los que tienen algún instrumento guardado hace diez años. De los que pagan por todo y de los que todo lo quieren gratis. De los que nada les basta, de los que viven conformes, de los que son injustos con los otros y de quienes son injustos consigo mismos.

A los que se acoplaron por completo al sistema, a los que no buscan amigos sino contactos, a los que les gusta arrimarse a la copa de un árbol y a los que no saben cultivarse. A esos que ponen moral pal chorro pero les falta ética, a los que no les gusta que los corrijan cuando se equivocan. De todos me alejo. De las feministas, los liberales, los músicos, los escritores, los narradores, los cristianos, los ateos, los sin luz ni techo, los conscientes e inconscientes de clase, los psicoanalistas, los ajedrecistas y los hinchas. De los patricios, los burgueses y aristócratas. Me aparto de los que se proclaman kantianos, de los mentirosos y de los que necesitan un Ismo. Especialmente me alejo de aquellos que están vivos.

A ninguno los soporto, entonces me alejo… pero solo un poco. Pues yo he sido igual que ellos y es en ese sentido que ellos (ustedes) han sido igual a mí, por eso somos. Y hemos mentido, y hemos engañado, y hemos roto a un par de personas y lo lamentamos pero también hemos sido fuente de luz para unos cuantos. Hemos puesto moral pal chorro, hemos sido esclavos de algún vicio y lo hemos superado. Por suerte para nosotros los mortales no existe una tristeza absoluta, no estamos condenados a la desdicha y es nuestro derecho y casi un deber ser felices cuando la felicidad se nos presenta aunque difícilmente sepamos reconocerla pues, como diría Camus, la felicidad es una herida que no se saborea. Pido disculpas si dicha cita (mal citada) no fue realmente lo que el autor quiso expresar. He de decir que hemos escrito muchas cosas que no entendemos, pero la vida es así. Qué vamos a negar la ignorancia de lo que sabemos, qué vamos a negar, por otro lado, que hemos sucumbido a los ismos. Si hemos tomado partido sobre asuntos que no comprendemos pero que no podíamos quedarnos callados. Cómo también es cierto que la fortuna de la reflexión cuando llega puede liberarnos de los dogmas aunque caigamos luego a unos nuevos. Porque hemos sido felices, porque hemos estado tristes, porque envidiamos, porque hemos estado de acuerdo con asuntos que al son de hoy nos da pavor.

Porque no me puedo alejar del todo, porque compartimos genes, porque andamos en la misma búsqueda de aprender a vivir, porque quiero estar vivo para ver qué cosas hacen sus manos, sus pies, sus ojos. Porque quiero leerlos y verlos y escucharlos, porque también soy consciente de las bondades y virtudes que tenemos. Y porque los quiero.

Esto fue escrito por

Andrés Felipe Pérez Tamayo

Politólogo UPB. A veces escribo sobre lo que me da la gana y otras sobre lo que necesito. Ex cuerpo de paz. Me gusta narrar.

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