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El triaje ético, una dura realidad

Cuando corren momentos críticos como el que nos ha correspondido en la atención de la sindemia, nada es fácil ni resulta sencillo. Aun en países con mejores condiciones de desarrollo que el nuestro, la capacidad de respuesta ha resultado insuficiente para los desafíos que el coronavirus le ha planteado a la humanidad. Pero aquí, como en todos los lugares, le hacemos frente con lo que tenemos, con el talento y la dedicación del personal de salud, con las medidas posibles y el llamado al compromiso individual de los ciudadanos, una batería que nos pone en una circunstancia en la que nadie quiere estar ante la escasez de recursos.

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En ese escenario se hace preciso recurrir a un triaje ético para la optimización de los recursos limitados e insuficientes, para poder darles la mejor destinación y el más óptimo aprovechamiento. Y conviene subrayar que los dilemas éticos no corresponden a la elección entre el bien y el mal, o lo correcto y lo incorrecto, sino que se trata de un conflicto aparente entre dos imperativos éticos, dos caminos del bien, que en un momento dado se enfrentan, se contraponen y nos imponen elegir, a sabiendas de que tomar un camino es abandonar el otro.

El triaje es un término que se usa en medicina para referirse a la clasificación de los pacientes de acuerdo con un sistema de prioridades, previamente establecido, para que se les pueda brindar la asistencia necesaria y posible. Es un sustantivo derivado de la palabra francesa trier, que quiere decir escoger, separar o clasificar. Y es justamente con esa acepción que se utiliza en medicina, la clasificación de los pacientes de acuerdo con el nivel de prioridad de urgencia para su atención.

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Y como se trata de parámetros previamente establecidos, de modo que haya un equilibrio entre el cuidado de los pacientes y los deberes de lo público, el Comité de Bioética definió una serie de criterios que tienen como base el marco ético general adoptado por el Ministerio de Salud, con fundamento además en planteamientos científicos y académicos, que pretenden servir de herramienta para atender la situación en un escenario de escasez de recursos, con una mirada ética.

En esencia se busca eliminar la posibilidad de discriminación por situaciones socioeconómicas, políticas, religiosas, de edad, de clase social, nacionalidad, lugar de residencia o cualquiera otra razón que no esté sustentada en datos científicos, evaluación clínica de los pacientes, que es lo que debe animar la decisión del personal médico. Se busca eliminar la posibilidad de exclusión, de uso indebido del poder de decisión, tráfico de influencias u otras prácticas que no tienen que ver con el fundamento clínico.

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En ese sentido lo que debe primar es el criterio de máximo beneficio.  Suena duro, pero es real. Implica darles prioridad en las Unidades de Cuidados Intensivos a aquellas personas que realmente necesitan de este recurso, pero que al mismo tiempo pueden obtener mayor beneficio de él, porque tienen la mejor posibilidad de salir bien después de recibir esa atención. Se pretende, sin duda, darle el mejor uso a un recurso escaso, no hacer daño, actuar con justicia sobre las personas y mantener la integridad profesional, todo ello en un ambiente de ética y justicia social.

La valoración de los pacientes no tiene que ver en ningún caso con un juicio de valor sobre las personas. Se debe tener en cuenta que quienes reciban el recurso tienen la mejor posibilidad de sobrevivencia, de recuperación, de rehabilitación, de funcionalidad, de volver a reincorporarse en su rol en la sociedad, no desde el punto de vista económico o productivo, sino desde el desempeño social. Por supuesto eso implica tener en cuenta la voluntad del paciente, la edad, las condiciones de comorbilidad, la posibilidad de requerimientos prolongados de soportes y las condiciones particulares de quienes están en circunstancias similares de necesidad de atención.

No son decisiones sencillas, por eso no pueden tomarse en soledad en un momento crítico de escasez de recursos y agotamiento del personal. Además de los criterios previamente establecidos, en los hospitales y clínicas hay comités de bioética y, de manera subsidiaria, el CRUE tendrá que tomar decisiones sobre el conjunto de la red hospitalaria.

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Esa es la triste realidad. Por eso es tan importante que cada uno de los ciudadanos ponga de su parte y se cuide, para proteger su vida y la de sus cercanos, pero también para no presionar más al sistema de salud. El camino es largo todavía, no podemos rendirnos, porque como he repetido, nos faltan todavía lágrimas por derramar, pero no podemos perder la esperanza ni la cordura: todos debemos esforzarnos en superar la crisis y salir de ella siendo mejores seres humanos.