El olvido, ¿única venganza y único perdón?

Foto: Spitaletta

(Nota sobre el perdón y las ofensas)

Más allá de su origen religioso y confesional, de ser una mediación entre los dioses y los humanos (“perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: se dirige al dios y se anuncia luego como un hecho terrenal con el semejante), el perdón es una revelación de la palabra y su poder transformador, una contención de la venganza y un neutralizador del odio.

Pese a su origen religioso (también hay una historia laica del perdón), se ha proyectado a ámbitos de lo social, del derecho y la política. Y a la compleja relación entre los individuos. “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”, enuncia Borges en Fragmentos de un Evangelio apócrifo, en el cual también se dicen cosas como estas: “No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.”

¿Qué es el perdón? Puede haber disímiles definiciones, entretejidas con memorias y olvidos, (“Las palabras crean las cosas”, decía un filósofo), con palabras que se instalan en la conciencia individual y colectiva. ¿Perdonar es olvidar? ¿Es esperar una reparación más allá del acto de contrición o de pesar que puede hacer el victimario? El perdón, un acto en el que hay que desarmarse, aherrojar el orgullo, desprenderse de vanidades, es una apertura. Una posibilidad del acercamiento, por lo menos en el instante de la formulación (un ritual), entre ofensor y ofendido.

¿Es un nuevo comienzo el perdón? ¿Puede hacer desaparecer la herida? Es un elemento curativo o terapéutico, pero, además, es una suerte de paisaje de la tranquilidad en el que las tensiones se resguardan o se agazapan. Mejor dicho, se puede admitir que perdonar es dejar de pensar en la venganza, o en el castigo a la ofensa. Sucede entre dos (aunque no es solo individual) y se establece un tácito pacto, una cesación. Una descarga. Y se puede decir que, aunque las heridas sigan abiertas, hay una interrupción del odio, de un lado, y del peso de la culpa, del otro.

Es bello, además de necesario, que existan jornadas del perdón, caminos para ir a su encuentro, celebraciones y conmemoraciones sobre la culpa y su expiación. Como escenarios para propiciarlos. Así es posible que quien impetrará el perdón reconozca y sienta la presencia estorbosa de la culpa, del acto agresor, de su condición de victimario y entonces estará listo para beber la pócima del arrepentimiento.

Con tantas cosas está conectado el acto del perdón. No desaparece o anula la memoria, ni es para borrar (no siempre es adecuado aquello de “borrón y cuenta nueva”). Es para renacer. O sea, para tener nuevas perspectivas de relación con el otro, que vayan más allá del agravio y el desagravio. La sensación que puede flotar luego del perdón (se insiste, es una transacción entre dos instancias, entre categorías de pensamiento, entre formas de ver el mundo, etc.) es la de la ingravidez. Uno y otro se despojan. Uno, del peso de la culpa; el otro, de las ansias punitivas, cuando no de vindicta. Y así se abre un camino.

El perdón, entonces, es un acto de reconocimiento de la culpa, de la vergüenza por lo cometido, que trasciende escenografías y utilitarismos. El paso que sigue (suponiendo que sea un proceso en etapas) es la reconciliación. ¿Y dónde queda la justicia? Puede ser un interrogante válido cuando se advierte que el perdón se presenta cuando no ha habido un castigo previo, una pena, una punición. Esto no es un absoluto, porque puede haber un precedente de aplicación de justicia penal al agresor y luego de esta pueden venir también ofrendas de perdón y arrepentimientos.

¿El perdón niega la justicia? Este interrogante siempre ha estado en la formulación de la duda y las alertas acerca de una y otra categorías, y permite indagaciones y perspectivas analíticas. ¿Y si hubiera justicia sobrarían los escenarios del perdón? Aquí pudiera recordarse, entre tantos ejemplos que hay en la historia, aquella muestra de arbitrariedad, como fue el amañado juicio y condena a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, en la década del veinte, en los Estados Unidos. Se les aplicó la pena de muerte a dos inocentes, solo porque eran distintos en sus ideas, porque no encajaban en los moldes del poder, hechos para uniformar al ciudadano, para adormecerlo y erigirlo en ser dócil y obediente. Después, pasados cincuenta años del atropello judicial, las autoridades de Massachusetts pidieron perdón, cuando ya los dos inmigrantes italianos habían ascendido a la categoría de “héroes del pueblo”.

Este tipo de perdones, tardíos y todo, sirven, en general, como un acto de contrición y desahogo del poder frente a sus desafueros, y, en particular, a la historia, a la revisión, al volver atrás para saber qué pasó. Cuando acaeció esta situación de pedir perdón por los errores cometidos con Sacco y Vanzetti, ejecutados en la silla eléctrica, muchos tornaron a la revisión, a los anales históricos a ver de qué se había tratado aquel abuso. Y pudieron escarbar en un momento de la historia de EE.UU., cuando se declaraba el “miedo al rojo” y se perseguían contradictores del establecimiento.

Igual ha acontecido con los perdones —tardíos y todo— pedidos por la Iglesia católica por sus crímenes y persecuciones a los que ella consideraba herejes, opositores al dogma, cuestionadores del poder terrenal de esa institución, en fin. Desde el establecimiento del tribunal de la Inquisición en 1233 por el papa Gregorio IX, la sucesión de autos de fe, quemas en la hoguera, juicios infames a los considerados heréticos, brujas, científicos, filósofos, reformadores, en fin, fue una aciaga muestra del dogmatismo y autoritarismo eclesial.

Y digo que las invocaciones al perdón realizadas por pontífices como Juan Pablo II y Francisco son, además de una especie de purgatorio de sus afrentas, una posibilidad para que los feligreses, y por supuesto cualquier otra persona creyente o no creyente, se interesaran por la historia de aquellas infamias. De tal modo que fue posible, al menos como repaso, volver los ojos a la pavorosa quema de brujas, que eran, en esencia, mujeres sabias, experimentadoras de los nuevos conceptos científicos, forjadoras de caminos para otras maneras del conocimiento, y que fueron víctimas de la Inquisición.

O recordar a científicos como Galileo Galilei (condenado por demostrar que la Tierra giraba alrededor del Sol, aunque este astrónomo se salvó de las llamas), Giordano Bruno y a los miles de víctimas de la denominada “evangelización” de América, una sangrienta purga de indígenas consistente en que millones de habitantes nativos fueron sometidos a las más enconadas maneras de barbarie de los invasores.

El papa Francisco, en su visita a Bolivia en julio de 2015, pidió “humildemente perdón” no solo por “las ofensas de la propia Iglesia católica, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”. Así que estas muestras de reconocimiento de sus aborrecibles atrocidades, además de darles dignidad a los representantes del poder religioso católico, les concede una posibilidad del arrepentimiento, aunque, como se podría inferir, la historia no los absolverá. Dicen por ahí que la iniquidad cometida se puede perdonar, pero no olvidar.

En Colombia, país de la ofensa, de los agravios y las inequidades, el perdón ha sido, sobre todo en los últimos tiempos, una posibilidad —aunque todavía remota— de la reconciliación y el acercamiento entre víctimas y victimarios, en particular en los del conflicto armado. Exguerrilleros y exparamilitares han podido, debido a las instancias de la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción para la Paz (JEP), pedir perdón a las víctimas. Lo que no deja de ser significativo en una nación sometida durante años a todas las violencias y arbitrariedades.

Es hora, dice uno, de que el Estado y algunos de los que han sido gobernantes comiencen a pedir perdón por sus actos desalmados, como, por ejemplo, los “falsos positivos”, las reformas antipopulares, la corrupción (todavía, como quería un viejo presidente, también desalmado, no han podido reducirla a “sus justas proporciones”) y otra lista casi infinita de arbitrariedades y de mal gobierno.

Esos son los perdones grandes. Los pequeños, muy necesarios y restauradores, están más en la vida cotidiana, en las relaciones de vecinos, en el mundo doméstico. Y ayudan a la convivencia y la comunicación. Hablo aquí de perdones, no de venganzas. Estas las podemos dejar en algunas obras literarias (maravillosas, como la venganza de la ballena Moby Dick o la de Edmundo Dantès, conde de Montecristo, en El barril de amontillado y otros tantos cuentos y novelas) y en las deleitosas revanchas futboleras.

(Escrito en Medellín el soleado 18 de septiembre de 2021)


 

 

Reinaldo Spitaletta

Bello, Antioquia. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia y egresado de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello.

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