Opinión Política

El ocaso de la esperanza

Hace no más de dos años celebrábamos el júbilo que nos generaba el saber que la guerrilla que por cincuenta años combatió un sector de la sociedad colombiana se desmovilizara y firmase un acuerdo de paz. Por más escépticos que fueron algunos, muchos veíamos en el horizonte un cambio: no más sangre, no más dolor, no más noticieros inundados de conflicto armado. Hoy, dos años más tarde, nos enfrentamos a un proceso de paz que por el momento es más fracaso que éxito. Un ocaso a nuestra esperanza. ¿Qué fue lo que sucedió?

Fotos de la marcha por la paz. Foto: archivo.

1. La JEP y el discurso de impunidad

Para muchos colombianos era inconcebible el hecho de que un militante del conflicto no estuviera tras las rejas. Aunque se explicó mucho el concepto de “justicia transicional” en conflictos armados (para saber más sobre este concepto, ver justicia transicional), se les dijo que la justicia era un concepto muy ambiguo y que no implicaba únicamente la cárcel de barrotes; que podía tener otro tipo de medidas sancionatorias, reparativas y restaurativas. Pero fue inútil. Un sector político aprovechó la cultura de la violencia para adquirir más poder en todo el país: una presidencia, un congreso y hasta, quien sabe, algunos cuantos magistrados. La estrategia fue clara: se vendió el discurso de “impunidad” en delitos que, sabíamos todos, serían condenados por la Jurisdicción Especial de Paz.

Y aquí es donde entra el primer tema que está haciendo fracasar al proceso: la JEP. Este cuerpo de magistrados de todos los rincones del país tendría en su misión el tema más coyuntural del proceso: la condena a los actores del conflicto. Guerrilleros, paras, políticos, militares, narcos y demás. Nadie quedaba por fuera (y por eso les perjudicaba tanto dejarla funcionar). La situación fue que, justamente para mantener este poder y resguardarse de sus juicios, dicho sector político usó sus fichas en todas las esferas del Estado para obstaculizar abruptamente la entrada en funcionamiento de este tribunal y así permitir que el proceso se desestabilizara. Mientras el presidente Duque aseguraba que estaba simplemente “estudiando” la mejor forma para que este tribunal trabajara, todos sabíamos que lo único que estaba haciendo era dejar para el último día posible su tarea de hacer que dicha entidad entrara en funcionamiento. A eso, por supuesto, se le suman los sabotajes de senadores del Centro Democrático y Partido Conservador que, todos sabemos, no son nada improvisados.

Organismos internacionales como la ONU y la Corte Penal Internacional exigieron al presidente Duque reglamentar la JEP.

Puede parecer algo insignificante, pero para nada fue así: el mero hecho de que la JEP no funcionara nos trajo decenas de enredos con personajes de todo tipo, como el de Santrich por ejemplo. Incluso, investigadores del posconflicto aseguran que los obstáculos a la JEP han incidido a que la matanza a los líderes sociales incremente por sus exigencias de justicia restaurativa. Todo bajo el discurso de que, según ellos, la JEP iba a ser “la casa de la impunidad”.

En una entrevista concedida y en su lejanía habló el otrora jefe de las FARC, alias Timochenko, quien con mucha sinceridad admitió que el proceso va en picada. Criticó el hecho de que el Centro Democrático y el Partido Conservador le estén poniendo tantas trabas al proceso y que esto podría traer, a futuro, consecuencias espeluznantes como el resurgimiento de una nueva guerrilla (ver entrevista completa en El Espectador).

Admitió finalmente que la culpa no es toda de este sector político sino también de algunos personajes de la Farc. Allí va la segunda razón del ocaso de la esperanza.

2. Santrich, Iván Márquez y la venganza

Lo llamativo de la entrevista realizada por Timochenko no es sólo las predecibles criticas al sector político del Gobierno, sino en realidad las críticas a sus mismos excompañeros de combate: Iván Márquez y Jesús Santrich. Aseguró que son ellos quienes están de cierta forma dejando mal parada a la ex guerrilla y al proceso de paz como tal, evadiendo la justicia y siendo prófugos de la misma. Afirmaba además que éstos nunca fueron lo mejor de las FARC y que, incluso, se fueron al margen del recién creado partido político por considerar que no estaban obteniendo las garantías adecuadas. ¿Garantías?

En la época de las negociaciones. Santrich y Márquez se mostraban prestos a entregarse a la justicia y luego luchar por su causa política en el Congreso.

Lo importante de estas declaraciones es que están muy cercanas a la realidad: es completamente indignante que luego de firmar un proceso completo y de incluso entregar garantías suficientes hasta para ser congresista de la República, estos personajes estén en el exilio, cobrando uno salario de congresista, y además afirmando en medios que “haber entregado las armas fue una mala decisión” y que definitivamente “la única salida factible era la armada”. Uno entiende que se sientan defraudados por el Gobierno y sus trabas, pero ello no obsta para que lancen indirectas que, de una u otra forma, parecen indicar la intención de refundar una nueva guerrilla. Si en cincuenta años no pudieron refundar al Estado, menos lo podrán ahora en su vejez.

Santrich, por su parte, debía enfrentar a la justicia. Aunque no estoy para nada de acuerdo con sus actuaciones, tanto él como cualquier otro colombiano tenía que afrontar un proceso penal y defenderse en él; pero muchos opinamos lo mismo en pensar que sus supuestos delitos de narcotráfico, sumados a su exilio, sólo le dan más tela para cortar al Gobierno con el fin de, precisamente, ponerle todas las trabas posibles al proceso.

Timochenko dijo algo que fue muy interesante, y fue que en realidad las disidencias de las FARC, de cierta forma influenciadas por el exilio de Márquez y Santrich, buscan para él sólo la vida fácil. Fácil no en el sentido de calidad de vida, pues todos sabemos que gran parte de estas milicias las componen personas marginadas del campo que viven en cautiverio. Fácil, en realidad, en el sentido de querer obtener dinero fácil del narcotráfico, extorsiones y demás. Su invitación fue a que regresen al país y aporten todos sus esfuerzos para el crecimiento del partido político de las Farc y, así, poder aportar al debate de las palabras y no al de las balas.

3. Las deudas del campo y las drogas

El último componente que está haciendo fracasar al proceso es el abandono que tiene el campesinado y el campo en general por parte del Gobierno. Esto es un tema completamente trillado, pero es impresionante que todavía tengamos que ponerlo sobre la mesa.

Al campesino en muchas ocasiones no le quedaba de otra que sembrar coca y marihuana para poder sobrevivir. Otros, por su parte, querían dinero fácil. Pero independientemente de las razones, el común denominador de estos casos es el ser familias humildes, controladas por señores poderosos (algunos narcos), que sólo buscaban obtener grandes ganancias de esto. En el acuerdo de paz (para quien se lo leyó) se había establecido un plan detallado para la sustitución de cultivos ilícitos y la intervención al campo como reforma rural integral (para conocer más, ver drogas ilíticas y reforma rural integral). No bastó esto porque, obviamente, al Gobierno no le beneficiaba defender a las drogas y a los “jíbaros”, entrando en el gran debate de la aspersión con glifosato a la lata.

Desde hace décadas la causa del conflicto siempre ha sido el abandono al campo colombiano. Sin su intervención, el conflicto nunca cesará.

Uno esperaría poder contar con que el interés principal del Gobierno es el desarrollo del campo (más que allí estuvo su principal sector votante), pero esto está alejado de la realidad. El glifosato trae efectos nocivos para el campo y, sin oportunidades laborales, formaciones e intervenciones de ningún tipo en éste, lo único que se está haciendo es agrandar más el problema.

Se ha dicho muchas veces y se repite de nuevo: el problema de las drogas no está en el campesino, en el “jíbaro” o en el microexpendedor. Ese problema está en la cultura, en la forma de consumo responsable, en los valores de la casa y en los grandes poderosos del narcotráfico que usan el “todo vale” para aprovecharse de la marginalidad de muchos pobres con tal y obtener muchos dólares.

La educación y el despertar del pensamiento crítico es lo que traerá la paz integral.

Un último mensaje por dar es que, para mí, no todo está perdido. Para nadie es un secreto que la opinión en Colombia se ha vuelto cada vez más crítica. Las nuevas generaciones van cada vez más dándose cuenta de todas las mañas que existen en nuestra política tanto de un lado como del otro. Muchos quieren ver un cambio, una esperanza, y mientras se mantengan las marchas de la exigencia no todo estará perdido. Llegará un día en que el poder que tanto tienen algunos se esfume, en que sea el debate y no la sangre el que marque la parada de nuestra agenda pública. Mientras esa conciencia se mantenga creciendo, la violencia tendrá sus días contados.

 

 

Esto fue escrito por

Santiago Osorio Moreno

@SantiOsorioM | Soñador de la transformación social y política de Colombia. Abogado de la Universidad EAFIT. Director de la Corporación Convicción. Analista y activista político. Trabajó como asesor jurídico en el Concejo de Medellín, voluntario en Handicap International y apoyo jurídico a la elaboración de políticas públicas para posconflicto en la Alcaldía Mayor de Bogotá. Exsubdirector de Al Poniente. Amante de la música y la lectura.