Opinión Política

El liberalismo de hoy se llama Petro

Como consecuencia del arribo de muchos dirigentes y bases del liberalismo al Pacto Histórico que lidera Petro y, debido al deterioro programático, ideológico y organizativo de ese partido, en las últimas semanas se ha escrito y hablado profusamente del tema: entrevista de María Isabel Rueda a Luis Fernando Velasco, carta de renuncia de Piedad Córdoba al Partido Liberal, entrevista de Vicky Dávila a Gloria Pachón, el duro cruce de palabras entre Alejandro y César Gaviria.

Sin hacer un examen exhaustivo, conviene leer la historia, más la no escrita ni la contada oficialmente. Aunque los primeros postulados del liberalismo hayan hecho su aparición en Colombia durante la Rebelión de los comuneros, la guerra de la independencia y en la naciente república de comienzos del siglo XIX, solamente el 16 de julio de 1848 apareció el primer documento liberal publicado por Ezequiel Rojas, en el periódico El Aviso de Bogotá. En ese escrito, Rojas se cuestionó sobre los deseos y la teoría del Partido Liberal y, como respuestas él mismo reclamaba que las libertades públicas y que los derechos individuales fueran realidades y no engañosas promesas. «En resumen —dijo— el liberalismo quiere que se organice un gobierno en beneficio de los gobernados».

Desde aquellos tiempos en el liberalismo coexistieron dos corrientes. Una, conformada por una variopinta gama del pensamiento, que iba desde aquellos sectores que luchaban por la modernización del Estado y la renovación de los partidos políticos, hasta los que pedían una efectiva función social de la propiedad. La otra corriente  se movía entre la producción feudal y el Estado monárquico, autoritario y represivo. La primera, es la corriente, progresista, democrática, popular o de izquierda, y la segunda, regresiva, fascista o de derecha. Fue tal el predominio de la corriente progresista, que Carlos Lleras Restrepo, en los años sesenta del siglo XX definió el Partido Liberal, como «una coalición de matices de izquierda». Esa preponderancia de matices de izquierda se mantuvo durante el siglo XIX y hasta el comienzo de los años setenta del siglo pasado.

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En los primeros tiempos, la corriente progresista estuvo acompañada por los artesanos, los comerciantes y los pocos intelectuales. Más tarde se le unieron los movimientos obreros, campesinos y estudiantiles, la clase media y los profesionales de las distintas disciplinas. Con el respaldo de esos estamentos sociales, el liberalismo vivió  momentos estelares: José Hilario López y la libertad de los esclavos, José María Melo y los artesanos, los gobiernos radicales y la revolución educativa de 1870, López Pumarejo y los dos primeros años de su Revolución en Marcha (1934-1936), Rafael Uribe Uribe y su programa socialismo de Estado de 1904, Gaitán y su programa de 1947,  López Michelsen y su MRL y Galán y su programa de 1985, que incluía, entre otros puntos, elección popular de alcaldes, doble vuelta presidencial y educación gratuita y obligatoria de nueve años para todos los colombianos.

Con la ilusión de que ese partido abrevara en sus antiguos fuentes, en 1985 escribí el libro Liberalismo hoy. Opción de cambio o agónica supervivencia, que presentó Luis Carlos Galán en la Biblioteca Nacional, el 18 de noviembre de ese año. Era entonces, la última división liberal del siglo XX —Oficialismo  y Nuevo Liberalismo— y muchos pensábamos que las condiciones estaban servidas para que esa disidencia, junto con otras fuerzas pudieran promover los cambios de fondo en la sociedad colombiana. Sin embargo, esa idea no fructificó, ganó de manera abrumadora el Oficialismo Liberal y lo que se impuso fue la agónica supervivencia de ese partido, cuyos resultados hoy son inocultables.

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Al despuntar el siglo XXI y, luego de que Álvaro Uribe violentara la Constitución, cada una de las dos corrientes del agonizante Partido Liberal, tomó sus cauces naturales. De la derecha se desprendieron tres partidos de extrema derecha: Cambio Radical, Partido de la U y Centro Democrático. Entre tanto, la corriente popular se juntó con movimientos sociales y partidos de izquierda y fundó el Polo Democrático Independiente y más tarde el Polo Democrático Alternativo. Esas bases liberales, así coaligadas, le dieron el triunfo a las tres alcaldías alternativas que ha tenido Bogotá (2003-2015) y  el segundo lugar a Carlos Gaviria en las presidenciales de 2006, por encima del candidato liberal que ocupó el tercer lugar. En suma, la estructura del Partido Liberal se quedó en un centro derecha desdibujado, clientelizado y convertido en tren de cola de la extrema derecha, que es la que ha gobernado en este siglo.

Mientras que el Partido Liberal, como estructura e ideología, transitó desde los años  ochenta del siglo XX por el camino de una lenta agonía, Petro, desde la misma época, ha recorrido una vigorosa senda progresista, agitando las ideas liberales, como lo hicieron en su momento José Hilario López, José María Melo, Murillo Toro, Uribe Uribe, López Pumarejo, Gaitán y Galán. Pero, no solo es ese discurso vibrante y emotivo, lo que lleva a que Petro llene las plazas públcas, sino el bagaje académico que hay en su mensaje, respaldado entre muchos otros, por un liberal intervencionista puro: John Maynard Keynes.

Por eso, no es gratuito que las unidades más valiosas del liberalismo, como Piedad Córdoba, Luis Fernando Velasco y muchos líderes de base hayan llegado al Pacto Histórico que encabeza Petro. Con alguna anticipación ya lo habían hecho dos figuras de extracción liberal: Roy Barreras y Armando Benedetti.

Con la mirada y la razón puestas en su formación intelectual y en su trayectoria política, es imposible no reconocer que el liberalismo en Colombia hoy, en este tramo del siglo XXI,  es y se llama Petro. De ahí que,  en el transcurso de la campaña presidencial que está a punto de comenzar, sea pertinente volver, una y otra vez, sobre el mismo asunto.

Esto fue escrito por

Rafael Ballén

Es un profesor, investigador y escritor colombiano, con doctorado en Derecho Público por la Universidad de Zaragoza-España. Fue magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, procurador delegado para la Vigilancia Judicial, Fuerzas Militares, para Asuntos Ambientales y Agrarios, para la Policía Judicial, ante el Consejo de Estado y ante la Corte Suprema de Justicia (1989-1996), Secretario General del Fondo de Desarrollo Rural Integrado, presidente del directorio Liberal de Carmen de Carupa.​ Su obra destaca por el estudio profundo de la teoría y la ciencia del Estado, y la corrupción en las diferentes instancias del poder y niveles sociales.

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