El lamento de las musas

“Ardiendo con más fuegos… Animal cansado, un látigo de llamas me azota con fuerza las espaldas. He hallado el verdadero sentido de las metáforas de los poetas. Me despierto cada noche envuelta en el incendio de mi propia sangre.” Marguerite Yourcenar


A occidente llegan las cenizas de los hiyab que arden a las afueras de los palacios de Irán. También rezagan impávidas las ideas de que una Kardashian, a otra mujer, como a horno para hacer pasteles, pueda alquilar. Ver la desgarradora historia de una artista tan famosa que en la banalidad de la farándula vio naufragar lo sagrado del poeta en un ser que define con el placer, la moralidad. Esta caja de cristal en la que se guarda el globo, parece las noches asfixiantes en que no deja de doler el estigma ni cesan los secretos de llorar; a tomar por loca, es casi un puñal frontal.

Una realidad hiperrealista como las niñas que se comercian para el sexo en una calle conocida a nivel mundial y las jóvenes que sueñan con producir contenido pornográfico para monetizar, y surrealista como el hecho de que existan lugares en el planeta en que se decreta que ninguna persona sin falo debe pensar, en los que se apedrea a una joven de 22 años por decidir no ocultar su rostro porque ha leído que tal situación no es natural. Sublevación morada en una universidad de renombre porque en su claustro el poder del prestigio de los profesores es categoría para que sea impune el acoso sin que la academia se logre sonrojar. Empatizo en el asco hacia lo obsceno que se impone normalidad.

Tres mujeres asesinadas en la capital, ninguna es titular porque ya sabemos que no eran horas de andar una ciudad que ya no es segura para nadie en ningún tiempo ni lugar. Menos que nadie es ella, a quien su novio desaparece, porque de todas formas la cifra de desempleo en el distrito descenderá. En este país de libertades trastocadas en verdad no se prohíbe porque existe licencia para los que adoran la maldad. La paz total es promovida por una colectividad en la que aceptan machos que han sido atrapados llamándose a sí mismos “padres de la patria” para que parezca un favor el turismo sexual. Quiero vomitar los días en que fui testigo y anonadada solo pude callar.

Es terrorífica la esperanza de que los hombres, al sufrir, comprendan que algo debe cambiar. Nos instrumentalizamos para enemigos porque entendernos lograría invertir el orden en que nuestros cuerpos solo sirven para acrecentar el capital. Un tipo gana dinero en redes sociales humillando a su hija, mientras la madre observa resignada en lo que cree que es amar, justificando la degradación estructural. Pandemia de soledades preconcebidas en el algoritmo que provoca la esclavitud complaciente y la anulación de cualquier emoción que al incomodarnos nos invite a expandir nuestro proceso civilizatorio, que es tolerar, rentabilizando la polarización sin temor ni respeto por la vida y la integridad del otro y los demás.

En afrenta contra el miedo de escribir y revictimizar; hecho político relevante y el feminismo de las que gritan en sus libros que fingir ser hombres en autoría es insostenible para que la humanidad consiga avanzar. Claro que hay mujeres líderes, pero sigue estando en la vitrina la feminidad. Voces casi mudas que susurran no soportar más, una voz en muchas lenguas lamenta herida que fue violada y que, en algún lugar, ahora mismo, le pasa a alguien más; sin razón ni justicia, nacer en cuerpos que son la presa de un hambre absoluta, complejo de superioridad es enajenación mental, en la que no se concibe el derecho de quien, siendo evidentemente diferente, pueda sensatamente cuestionar. Asignar la oscuridad.

Cortarse las venas con el vidrio partido del espejo del ego y la vanidad. Superficie restaurada, pero el olor a podredumbre, la seda no lo puede ocultar. Todo arde, como la Amazonía, hasta rendirle culto a la infertilidad. Abortar la consciencia no es algo de lo que un sapiens, a la luz, se quisiera ufanar. De la represión al caos de identidad, es irrelevante ante el bombardeo, la geopolítica dura y una amenaza nuclear; salud por quien de su pecho alimenta a una nueva generación sin reparar en este absurdo sin más. Poco más de la mitad de la población total busca reconocerse con el otro superando la ignominia, y un porcentaje entre esto anhela perdonar; mientras unos pocos que mandan muchos solo deliran con tener la más grande y a los demás arrodillar… Ojalá las lágrimas de las musas se viertan sobre el fuego del odio rencoroso de quien, sin ser Dios, juega a exterminar.


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María Mercedes Frank

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