El futuro se desarrolla con capacidades

“Los pobladores del Medio San Juan cuentan con nostalgia que la mejor época que tuvieron como pueblo fue cuando la Choco Pacific estuvo en su territorio”.


Está claro que como seres humanos vivimos en un constante aprendizaje, que por ser la única especie que desarrolló el lenguaje, tenemos la capacidad de soñar, de prospectar y de aprender de las equivocaciones que hemos tenido a lo largo de la historia, aunque en algunas ocasiones, como en las guerras -en este momento palpable con la de Ucrania y Rusia-, parece que no aprendiéramos la lección de que son un absurdo. Pero, en general, la historia nos ha enseñado que, como especie, aprendemos y mejoramos constantemente: establecemos nuevos derechos y llegamos a acuerdos sociales; tenemos nuevas invenciones y usos tecnológicos que nos mejoran las condiciones. No en vano, la expectativa de vida que tenemos es hoy, es probablemente la más alta que hemos tenido en nuestra existencia.

En el texto Ñamérica, del cronista argentino Martín Caparrós, se acoge la teoría de que los primeros pobladores que llegaron a América lo hicieron por el estrecho de Bering hace 30 mil años cuando en la edad de hielo, este estrecho que separa por el Océano Ártico a Asia y Norteamérica se cubrió de hielo permitiendo a estos primeros hombres llegar a este continente y empezar a poblarlo lentamente desde el norte (Alaska) hasta el sur (La Patagonia). Dice Caparrós que aquellos primeros hombres que llegaron a nuestro continente vivían como mucho, 25 años. Miles de años después, a las puertas del siglo XV, los europeos “descubrieron” a América e instauraron su cultura.

En esa colonización se cometieron actos que hoy son reprochables pero que para la época eran aceptados, como convertir al catolicismo a los indígenas porque tenían creencias distintas (hoy tenemos libertad de culto); comprar y vender esclavos provenientes de África que no eran tratados ni vistos como seres humanos sino como animales aptos para el trabajo pesado; violar a las mujeres indígenas o africanas porque eran posesiones más que semejantes; la exclusión de las mujeres para estudiar, su impedimento para votar y ser elegida y otros más derechos que con los años se han ido estableciendo para tener una sociedad más justa y equitativa.

Es desgarrador lo que cuenta Caparrós acerca del ritual que tienen los chocoanos del municipio Medio San Juan (Andagoya) cuando muere un niño: “Cuando se muere un niño hay alegría porque antes los africanos cuando se les moría un hijo decían qué bueno que no va a ser esclavo, no va a tener esta vida que tenemos. Morirse para ellos era liberarse”.

Justo allí, en Andagoya, se estableció por casi todo el siglo XX la empresa The Choco Pacific Mining para extraer oro y platino, una empresa operada y liderada por norteamericanos que contrataba mano de obra local para los trabajos no calificados y que generó como menciona Caparrós una segregación: los norteamericanos vivían de un lado del río y del otro, al que llamaron Andagoyita, vivían los nativos. A pesar de eso, según los relatos que documentó Caparrós en Ñamerica, los pobladores del Medio San Juan cuentan con nostalgia que la mejor época que tuvieron como pueblo fue cuando la Choco Pacific estuvo en su territorio. Hoy los jóvenes de este municipio no ven futuro en su tierra.

Esta historia refleja una de las razones de quiénes critican al sector minero: una empresa extranjera que se lleva las riquezas de un territorio, luego se va sin dejar legados positivos ni desarrollo de capacidades para que las poblaciones sigan teniendo futuro.

Por fortuna, como lo mencioné al inicio, aprendemos de las experiencias, y hoy, la minería sabe que para ser viable debe propiciar el desarrollo de capacidades, fomentar empleo local en todos los niveles de la organización, llegar a acuerdos con las comunidades donde tiene presencia, realizar compras locales y apalancar otros sectores e industrias para que no se genere dependencia y donde todos los actores, incluido el medio ambiente, salgan beneficiados.

About the author

José María Dávila Román

Comunicador Social - Periodista de la UPB con Maestría en Gerencia para la Innovación Social y el Desarrollo Local de la Universidad Eafit. Creo que para dejar huella hay que tener pasión por lo que se hace y un propósito claro de por qué y para qué, hacemos lo que hacemos. Mi propósito es hacer historia desde donde esté, para construir un mundo mejor y dejar un legado de esperanza y optimismo para los que vienen detrás. Soy orgullosamente jericoano.

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