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El covid-19, la vida y el ser humano cápsula

¿Qué es la vida y es ésta posible sin comunidad? Claramente lo que motiva esta pregunta es el aislamiento, el confinamiento, la cuarenta y la ausencia de contacto social que vivimos hoy. El estado actual en que se encuentran millones de habitantes del planeta, donde es imposible el contacto, el cara a cara, el poder apreciar los gestos del otro, su sonrisa y sus dubitaciones, sus afectos expresados en un beso o en un abrazo, hacen pensar en la posibilidad de un destino donde eso que la sociología ha llamado lazos sociales, integración y cohesión social se transformarán radicalmente. Es una posibilidad.  Pero, ¿implica esta nueva situación que el hombre podrá vivir sin el otro, sin la comunidad? Ahora, responder esas preguntas implica partir de la idea de que cuando aludimos a la vida, nos estamos refiriendo a la vez a la vida biológica y a la compleja vida humana en sus relaciones complejas, dialécticas. Debe ser así, pues, al fin y al cabo, somos un pedazo vivo de cosmos, de naturaleza.

La vida es ese proceso en permanente devenir, cambio, que lleva millones de años en la tierra. La vida empezó de la manera más simple y se fue auto-organizando desde los seres unicelulares hasta los más complejos. La vida en este proceso explotó en millones de especies diversas, y dentro de esas, apareció una, el homínido. Éste apareció en una esquina de la zoología, fue un producto tardío en la escala cósmica de la vida biológica. Con el tiempo, y gracias a algunas transformaciones anatómicas, el caminar erecto, la liberación de su tórax, el aumento craneal, etc., desarrolló un aparato fónico y gracias al lenguaje, el pensamiento, la inteligencia, la razón, se puso por encima del mundo natural y creó un proyecto propio. Fue la trascendencia la que le permitió al hombre ir más allá de la legalidad inmanente del mundo natural. De todas maneras, allí operó una ruptura fundamental, pues la especie humana representa un gran “corte” en el mundo natural, un corte que sólo significa que tiene un pie en la naturaleza, pero otro más allá de ella.

El ser humano es un ser trascendente y por ello mismo metafísico. Ese ser desplegó su poder con su acción y pudo crear la civilización con las formas de organización social, política, económicas; creó el Estado, el derecho, la ciencia, la técnica, el arte. En síntesis, el ser humano que no era más que otra especie, creó con su trascendencia un mundo propio, un mundo nuevo, superpuesto al mundo meramente natural. Así apareció el ser humano soberbio, narciso, que se concibió como amo y señor de lo existente.   Y ese poder, en la actualidad, es justamente el que se le ha enfrentado a él mismo. El hombre de hoy es víctima de su propia arrogancia civilizatoria. ¿Cómo fue posible esto? La respuesta la encontramos en los albores de la modernidad.

Desde el siglo XVII la modernidad produjo, a mi parecer, una cuádruple ruptura. La primera, la ruptura con la vieja teología, que explicaba y legitimaba el orden del mundo. Con la modernidad se da paso a lo que Weber llamó el “desencantamiento del mundo” y la razón y el hombre empezaron a sustituir a dios. Fueron los nuevos demiurgos. La segunda ruptura viene dada por el pensamiento baconiano y cartesiano, donde la naturaleza aparece como algo externo, afuera, un objeto para ser dominado y puesto a los pies del poder humano, consecuencias que se vieron ya desde la Revolución Industrial. Desde ese momento se empezó a explotar la naturaleza hasta llevar a la crisis ambiental y ecológica actual. La tercera ruptura tiene que ver con la anterior, pues si el ser humano es una cosa pensante (res cogitans) y la naturaleza una cosa extensa, entonces mi propio cuerpo es una máquina desligada de la mente. En esta tercera ruptura el pensar se separa del cuerpo, como si el pensamiento no tuviera nada que ver con nuestras vísceras, nuestras emociones, nuestros estados corporales, nuestras afecciones. De esta manera, el cuerpo humano también se cosificó, y apareció entre los otros entes operables, mientras su conciencia creció, desligada de todo vínculo. Y, finalmente, el pensamiento liberal, produjo la ruptura del ser humano con la comunidad. Se pensó en un individuo aislado, que existe por sí mismo, y que después se une con otros para formar el Estado. Desde luego, esa fue una abstracción errónea, porque cuando decimos seres humanos, necesariamente implicamos al otro, a la alteridad. No hay ser humano que no presuponga al Otro, pues nuestra razón, nuestra inteligencia, nuestro lenguaje, ya son sociales. El ser humano es un producto social, que presupone a la naturaleza, la vida biológica, y presupone al otro. Somos sociales hasta cuando estamos defecando en el baño.

Resumiendo, la cuádruple ruptura que produjo la modernidad, la ruptura con la espiritualidad cristiana, con la naturaleza, con nosotros mismos y nuestra interioridad, y con la comunidad, le imprimieron el sello a la civilización moderna. El resultado, una humanidad con un elevado desarrollo de las fuerzas productivas, con majestuosos complejos tecnológicos, pero que produjo el calentamiento global, la crisis ecológica, las armas nucleares y las guerras, la humanidad que ha entrado en contradicción con la vida biológica misma. Esa humanidad quebró lo que el pensador colombiano Darío Botero Uribe llamaba el “puente vitalista” entre el mundo natural y la civilización, cortando así los flujos vitales. Y cuando entramos en contradicción con la vida biológica, nos estamos suicidando, pues la vida biológica, la naturaleza, es la condición de posibilidad de la existencia humana.

En este contexto, el covid-19 nos pone de presente que no hemos escapado a la naturaleza. Y que ésta nos condiciona, nos determina, al nivel de poder extinguirnos. Lo que ocurrió hoy es que la naturaleza, desde sus entrañas mismas, nos ha enviado un virus que cuestiona la arrogancia del ser humano. Y ese virus se vale, usa, el gran complejo civilizatorio que el “hombre” mismo ha creado. El virus usa las creaciones humanas, los transportes, las grandes ciudades, la globalización en general, para globalizarse a su vez y poner en jaque nuestra vida y nuestras instituciones. El virus se desliza usando el sistema-mundo moderno colonial como un instrumento, como un medio. Es como si Gaia se rebelara contra la humanidad.

Hoy el ser humano se da cuenta de que pertenece al rio de la vida y que la naturaleza sigue siendo su suelo, su matriz, su placenta, sin la cual no puede vivir, y que incluso, nos puede destruir. Pero también se da cuenta que sus creaciones, esta civilización, tiene sus patologías, sus desajustes, sus injusticias y sus desigualdades, y que todo esto contribuye, a la vez, para que el virus se expanda, cada vez más amenazante y ponga en peligro a las sociedades más frágiles. Y, por fin, en el horizonte, aparece la plena conciencia de que este proceso sólo es indetenible con el otro, de que para salvarse tenemos que salvarnos, en conjunto, con todos. Literalmente, ¡todos o ninguno!”. Ahí, la supervivencia no es la del más rico, pues el virus no discrimina entre ricos y pobres. Hoy día, la riqueza sirve para vivir un poco mejor y llevar mejor la crisis, pero si la crisis no es trascendida, y si colapsa la producción de alimentos, de medicamentos, la enfermedad, nos afectará en conjunto y nadie podrá salvarse. Será la debacle humana.

Si la vida biológica y su evolución fue posible por medio de la cooperación y de procesos complejos moleculares, como creía Kropotkin, la vida humana hoy sólo será posible por medio de la ayuda mutua, la solidaridad, la cooperación, la empatía, el cuidado, el amor, la amistad. Hoy tenemos que tejer, de nuevo, al menos tres de los lazos rotos de la modernidad, específicamente, los lazos con el cosmos, la naturaleza, con nosotros mismos y la comunidad.  Si no se superan esas rupturas, la vida humana colapsará. El lema es cooperar o perecer, ser conscientes o perecer. No hay de otra.

Por otro lado, la pregunta de si es posible la vida sin comunidad surge del aislamiento en el que estamos sometidos y a la posibilidad de que este se convierta en norma en el futuro. Millones de personas en sus casas, pasando su soledad, acudiendo lo más mínimo posible al otro, evitando todo contacto, y escapando de las multitudes. Esa soledad humana nos debe llevar a la pregunta: ¿podemos vivir sin el otro, sin pertenecer a una comunidad? Aquí las respuestas pueden variar bastante. En términos futuristas, distópicos, podemos pensar en individuos producidos de manera serializada, como en el mundo feliz de Aldoux Huxley, a quienes incluso se les enseña un lenguaje. En este caso, los individuos aprenderán a repetir mas no a pensar por sí mismos. Serían una especie de autómatas parlantes…sería “el hombre operable” como dice el filósofo alemán Peter Sloterdijk.  También podemos pensar en individuos que puedan prescindir de la comunidad en el sentido más tradicional, entendida como una agrupación humana más o menos homogénea, con solidaridad mecánica y sus tradiciones; o en una comunidad en sentido más amplio, simplemente entendida como la familia, la escuela, etc. En estos casos, ¿cómo sería posible un ser humano sin procesos de subjetivación o socialización?, ¿cómo se prepararía para vivir en su “jaula de hierro” para usar el concepto weberiano?

Pero pensándolo en un nivel más elemental, ¿cómo puede sobrevivir un niño sin la protección de un ser humano? ¿Puede dejarse al cuidado de un robot que lo alimente y le enseñe a hablar? Parte de las distopías lo piensan así. También ciertos post (o trans) humanistas, o aquellos que han puesto la mirada en la automatización completa de la sociedad que puede eliminar millones de empleos como los del cuidado o el de los servicios sociales. En estos casos, habría una producción artificial de seres humanos. Seres humanos tal vez sin afectos, sin sonrisa, sin esa maravillosa luz en los ojos que deja entrever parte de su humanidad.

Ahora, siendo posible el aislamiento total, pensando en la realidad de seres humanos en sus capsulas, en sus casas, en sus celdas, hiperconectados, o viviendo en una realidad virtual que haya casi reemplazado a la actual, tal como lo muestran algunas películas, ¿qué pasaría con la reproducción de su cuerpo, de su corporalidad viviente…en fin, ¿cómo mantendrían a flote su existencia?: ¿a través de superproteinas y superalimentos sintéticos? Es posible. Sin embargo, un mundo así tampoco sobreviviría sin una gran producción. Es difícil imaginar un mundo sin producción material para millones de seres-tipo, seres capsulas prisioneros en sus hogares. La parálisis de la economía actual, de tener razón Marx, muestra que sólo el trabajo vivo es fuente de valor. Sea la civilización que venga, requeriría de grandes cantidades de productos y mercancías, de alimentos. Y, ¿cómo se producirían y distribuirían tales?, ¿se eliminaría la división social del trabajo y tendríamos robots mensajeros, domiciliarios, distribuidores de productos, comidas? Estas opciones ya se han imaginado. Y tal vez falte mucho para que las mismas se materialicen.

Por ahora, prescindir de la comunidad, en los sentidos expuestos, no parece posible. La vida biológica está fundada en el principio de relacionalidad; la vida humana, también. Por eso, el confinamiento, que nos genera ansiedad, angustia, desesperación; que nos reconecta con nuestros propios abismos y nuestro ser más íntimo, remueve desde los cimientos la normalidad patológica en que vivíamos, nos pone de presente, justamente, que hoy en día la comunidad humana es más necesaria que nunca; nos enrostra que somos los otros, que el otro me constituye, que la reproducción de la vida social, de la vida humana, tal vez no es posible sin la alteridad que nos recuerda que en estos mismos momentos la lucha humana por la vida requiere del más alto compromiso colectivo. Y sobre las distopías mencionadas…ya veremos.

Por: Damián Pachón Soto.

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Esto fue escrito por

Damián Pachón Soto

Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander. Miembro de la Red Colombiana de Estudios Marxistas. Ha sido profesor invitado en varias universidades nacionales y extranjeras, ente ellas, la Universidad Nacional de Colombia, La Universidad de Antioquia, El Instituto Cervantes de Tokio, La Universidad de Nanzan en Nagoya y la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe en Japón. Autor de varios libros, entre ellos: Estudios sobre el pensamiento colombiano, Vol.1, Estudios sobre el pensamiento filosófico latinoamericano, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse (2a ed.).