¿El cambio?


El cambio como concepto usado en el marketing político suele ser muy vendedor, ya que sitúa, desde la dialéctica, un escenario en el que las adversidades por las que pasan diversas naciones, son producto de malas decisiones del pasado, y que el futuro que se vende, pretende corregir todos los errores.

Psicológicamente hablando, ubica a los ciudadanos en la balanza del contraste de una realidad con muchas dificultades, versus un mundo ideal donde todos nos tomamos de las manos, nos abrazamos y cantamos kumbayá.

Ese sabroso paraíso hippie suena tentador, especialmente cuando no se ha hecho un análisis profundo, real y pragmático de las situaciones específicas sobre las que se propone el cambio, y aquí es donde el anhelo irracional vence sobre la razón y los hechos. En pocas palabras, ese discurso de “cambio” normalmente viene acompañado de un positivismo tóxico que censura cualquier punto de vista crítico y viene acompañado de un idealismo colectivista sacado de los mejores guiones de Disney.

Ahora bien ¿Por qué se suele caer en la tentación de una mentira embellecida? De entre las posibles opciones que hay, yo me iría con la de la poca capacidad de lidiar con la realidad, la cual nos hace elegir caminos simplistas, con líneas de pensamiento facilistas, ignorando que desde que el mundo es mundo, la verdad es algo complejo y no acepta premisas mediocres. Por eso, normalmente el “cambio” se vende desde la emocionalidad (ira, frustración y rabia contra el pasado), ignorando que el pasado también nos ha llevado a un estado de bienestar con el que ni siquiera se soñaba unas cuantas décadas atrás.

Refleja además entre sus impulsores, una fuerte tendencia hacia el narcisismo mesiánico que se traduce en autoritarismo, lo cual puede llevar al desbarajuste institucional, porque normalmente creen que determinado apoyo popular los blinda contra los contrapesos de poder, las leyes, lo divino y lo humano.

Este discurso de “cambio” también conecta desde lo emocional con las masas frustradas, porque suele vender adicionalmente un escenario de víctimas y victimarios, en donde el mesías viene a restaurar la dignidad de los nadies (como diría Eduardo Galeano). También es mucho más fácil sentirse víctima y pensar que el mundo nos debe algo desde esa posición victimista.

Ahora, no quiere decir que el “cambio” como concepto esté mal, pero si nos debe invitar a reflexionar no desde la emocionalidad sino desde la razón: un cambio de qué, por qué, para qué, cómo y a qué precio. Si la respuesta es clara y argumentada desde la lógica, seguramente nos encontramos ante una propuesta seria, de lo contrario, muy seguramente estamos ante un caso de evidente manipulación.
PD: En Rebelión en la Granja (George Orwell) los cerdos, liderados por Napoleón, unen a todos los animales para exigir un cambio sacar al señor Jones, y establecen los nuevos mandamientos, los cuales cambian a lo largo de la historia para beneficiar a los propios cerdos y a costillas del resto de animales. Lo que inicio como una revolución, terminó siendo una dictadura de cerdos que al final del libro caminaban, se vestían y caminaban como humanos.

¿Será que quienes compran los discursos de un cambio que nunca llegó o que fue un cambio para mal, aceptarán que están siendo gobernados por cerdos?

César Augusto Betancourt Restrepo

Soy profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Defensor del sentido común, activista político y ciclista amateur enamorado de Medellín.

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