Cultura Selección del editor

Días de fútbol

(Un flashback a las jornadas felices de los partidos barriales)

La pared, esa faena que se piensa en fracciones de segundo para hacer el toque preciso al compañero, que ya te la propuso, se inventó, dicen, en la barriada porteña. En Buenos Aires así la bautizaron. Porque se le hacía un pase al muro, que te retornaba la esférica. No podía ser, claro, con pelota de trapo, porque esta rodaba, avanzaba, mas no rebotaba. Un recurso como de billaristas es la pared.

Las paredes que nos inventábamos en las mangas y otros baldíos de Bello, en sus calles, casi todas más o menos niveladas, aunque muchas de ellas sin asfalto, eran un modo de demostrar lo que después supimos que dijo un académico y escritor francés: que el fútbol era la inteligencia en movimiento. Había a veces unas maravillas del repertorio “la toco y me voy”, de “te la doy y me la das”, que eran parte de la fantasía. Una belleza, sobre todo cuando esa armazón, esa obra de albañilería futbolera, culminaba en gol. La estética callejera. Cuando era el juego por el juego mismo.

Digo que en aquella población, entonces una ciudad fabril, de chimeneas y talleres, de obreros y bicicletas con dinamo, el fútbol era esencial a la cotidianidad. Se jugaba por doquier. El barrio era un estadio. O muchos estadios. Porque en cada cuadra, en cada manzana, había siempre, día y noche, partidos, o, mejor dicho, los “picados”, con la escogencia previa de jugadores a punta del pedestre “pico y monto”, una aleatoria metodología casi siempre realizada por los dos mejores futbolistas.

El juego, con pelotas de carey o plástico, con balones raspados, con deterioradas esféricas, era una demostración de la imaginación y la creatividad. Se buscaba siempre bordar alguna filigrana, una gambeta humillante para el contrario, un túnel u ordeñada, la bicicleta, los taquitos, y un sartal de “rutinas” que pertenecían al mundo de lo extraordinario.

Y era en aquellas topografías, semiplanas, con leves pendientes, porque casi todo Bello era así, antes de que comenzara la urbanización desbocada hacia las laderas del Quitasol y otras montañas, donde se practicaban los prodigios de un juego solidario y que en esencia era un canto a la amistad y la vida reciente. A la libertad. Claro, cuando se trataba de desafíos entre cuadras, o entre barrios, el asunto era a otro precio. Porque estaba en disputa la dignidad de la tribu, de los clanes, de las galladas. Y la liza futbolera tenía otros carices y entusiasmos.

Lindo era aquello de jugar por el honor, por la satisfacción de ganar, sin pretensiones de grandeza, nada más por sentir alegría. Y en un partido de aquellos se daba el todo por el todo. Aunque, por supuesto, no faltaba el “perezoso”, el desganado, que era objeto de insultos y otros denuestos. El fútbol de aquellas jornadas memorables era una fábrica de placenteras sensaciones. Una ensambladora de creatividades y desparpajos.

Aquel fútbol, con todos los ingredientes de un aquelarre, con magias y conjuros, se gozaba como si fuera lo único en la vida, la satisfacción más esperada, como una fiesta existencial. A veces se soñaba con jugadas y trucos, con dribles y nuevas maneras del amague, de los regates, de la habilidad. Y todo porque ya era una emoción, un pensamiento, una cultura introyectada, como un microbio.

Tanto en la calle como en el potrero el fútbol era una manera de vivir, que se representaba como una aventura, como una película, como un cuento de hadas o de fantasmagorías. Siempre lo precedía el suspenso, la emotividad, el frotamiento de manos, una especie de cosquilleo en la espalda, en el estómago y en las piernas. Una elementalidad que no sabíamos que estaba atravesada por tantas sensaciones, como fintas.

Creo que aquellos días de infancia y adolescencia, cuando ni siquiera se aspiraba a ser parte de un equipo de empresas, y menos de uno profesional, porque lo que interesaba era el presente, la flor del día que se abría con una pelota y un grupo de “gomosos” que estábamos dispuestos a la ensoñación, eran días felices.  Todavía —o al menos no era muy evidente ni tan notorio— el fútbol no era una mercancía, ni los futbolistas eran un eslabón de la cadena productiva, digamos, como en el fordismo capitalista, un engranaje de la producción en serie.

Solo era una diversión con las únicas pretensiones de pasar bueno, de la sabrosura y la vida muelle. Y daba además para afinar camaraderías y establecer charlas, y hasta para contar chistes. Sin que Bello fuera una planicie, no supimos de aquellas luchas en otros barrios, digamos como muchos de Medellín, que estaban en laderas. Barrios faldudos. Y así había que jugar: un tiempo en el arriba, otro en el abajo. Los que empezaban tirando a favor de la gravitación propinaban su correspondiente castigo. Y cuando ya se cambiaba de portería, a veces no era ya fácil descontar lo perdido en esos ascensos. Gajes del fútbol en loma.

Otra cosa era jugar a orillas de una quebrada. Si bien de vez en cuando nos tocó hacerlo con la García (entonces limpia y viva) como una delimitación de la cancha, hubo en otras partes una sola posibilidad: jugar así, durante años, en la misma situación inestable de que a cada rato el balón cayera a las aguas, y entonces había una persecución orillera, y alguno se lanzaba a disputarle la pelota náufraga a la corriente.

Visto desde la distancia, aquel fútbol de barrio, de callecitas y potreros, era el romanticismo en flor. Un afinado canto al hecho de vivir. Era un fútbol poético. No cabía en él lo prosaico. Ni las racionalizaciones. Nada de preparativos guerreros, con tácticas, con esquemas rígidos. Nada de eso. Era un lenguaje abierto a las metáforas y las improvisaciones, como si de una pieza de jazz se tratara. Cada uno hacía solos y luego les cedía a los compañeros la sucesión, la continuación para el lucimiento. Era música interior.

Solo quien lo vivió podrá tener la dimensión real de lo que se trataba: una canción que comenzaba a sonar desde la casa, desde el ponerse los tenis, desde ir al encuentro de los otros y de pronto ver el balón y comenzar, en un preludio feliz, el “tecniqueo”, parte de una calistenia de acrobacias y funambulismo de pavimiento o de arenilla o de grama alta. Se ensayaban pirotecnias con la pelota, se demostraban hallazgos en la manera de pararla, de darle efecto, de ponerla a rodar por la espalda, de recibirla con elegancia, de acariciarla, de imprimirle belleza y sensibilidad al contacto con el esférico.

Eran días de solaz, de descubrimientos, de un eterno presente. El fútbol era una especie de fruto del paraíso, no prohibido, sino conquistado para el ejercicio de la felicidad más elemental: la de celebrar hasta el paroxismo un gol después de una tocata de lujo en la que los rivales, babeando, solo atinaban a ver cómo eran hipnotizados, embrujados, y eran incapaces de desajustar esa maquinaria de relojería fina. Se rendían y solo les tocaba esperar a volver a tener en sus pies el balón para intentar, como vindicta, otra exquisitez colectiva.

Como en un tango, solo resta decir “¡qué tiempos aquellos!”. Quien los vivió no los olvida. Porque eran como los días de escuela y de las primeras cartillas. O como el primer amor.

(Escrito en Medellín el 17 de agosto de 2021)

Esto fue escrito por

Reinaldo Spitaletta

Bello, Antioquia. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia y egresado de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello.

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