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Desigualdades

Pareciera que no es solo el coronavirus el que se propaga de manera exponencial, también las reflexiones en torno a la pandemia. Mientras leemos un texto, ya han sido publicados muchos otros y cada reflexión se va convirtiendo en la pieza de un rompecabezas cuya imagen final aún desconocemos.

Los intelectuales más renombrados fueron los primeros en pronunciarse, no solo para reafirmar sus propias categorías de análisis e imponerlas como bloques de cemento sobre la coyuntura, sino para tener la primicia. Saben que quienes escribirán después tendrán que entablar un diálogo con ellos, ya sea para reafirmar sus ideas o para refutarlas. Sin embargo, a pesar de la cantidad abrumadora de escritos, todavía no encontramos una idea que pueda ser considerada hegemónica. Esto porque existe una tensión entre los pesimistas, los que creen que nada va a cambiar en el mundo pospandemia, y los optimistas, los que creen que nuestro presente se abre como una grieta para dar paso a algo nuevo. Como vivimos tiempos inciertos, estas ideas siguen en disputa.

En esta ocasión me referiré a dos textos que me han parecido valiosos para entender la coyuntura, además de los escritos en clave feminista sobre la centralidad de los cuidados y de las actividades reproductivas, tema que abordaré en una próxima columna. El primero es un texto del sociólogo Ángel Luis Lara. En este artículo, Lara muestra la relación entre la producción agropecuaria capitalista y las epidemias, alertándonos sobre el peligro de considerar el coronavirus “como un fenómeno aislado, sin historia, sin contexto social, económico, cultural”. Es lo que está pasando ahora: los diferentes países están concentrados en atender la crisis sanitaria como si ella no estuviera ligada a nuestro sistema económico o a nuestra forma de vida. Es decir, al enfrentar la pandemia sin atender sus causas estructurales, los gobiernos no están haciendo nada para evitar que en un futuro situaciones como estas se repitan.

Otro ejemplo de considerar la pandemia como un fenómeno aislado es la afirmación de algunos tecnócratas según la cual la cuarentena sería un mecanismo elitista, esto para defender el regreso al trabajo. Pensar que la cuarentena —la más eficaz medida sanitaria en la ausencia de una vacuna— es una medida elitista es desconocer las desigualdades estructurales que atraviesa la sociedad colombiana. Lo elitista no es la medida, sino nuestra sociedad. Al criticar la medida se omite el debate sobre cómo erradicar esas desigualdades, al paso que se normalizan las mismas y se exculpa a los gobiernos que las han profundizado. En estas condiciones, la cuarentena debe ser entendida como un derecho, no como un privilegio y, por lo tanto, debe ser garantizada por el Estado.

El segundo texto es un artículo del sociólogo, antropólogo y filósofo Bruno Latour, en el cual esboza dos ideas centrales. La primera es que, así como pudimos desacelerar la marcha de un sistema económico que, nos decían, era imposible interrumpir, podemos también imaginar unos “gestos-barrera contra la vuelta a la producción anterior a la crisis”. La segunda es que esta “parada imprevista” le podría permitir a los políticos conservadores llevar a cabo sus proyectos sin ningún tipo de obstáculos, pero también nos permite a nosotros imaginar caminos diferentes: “Si la oportunidad aparece para ellos, se abre para nosotros también”.

Para alguien familiarizado con la historia de la violencia en Colombia y con los relatos de sus protagonistas, esta situación se asemeja a la lucha guerrillera. En este tipo de lucha, que ha caracterizado al país desde la guerra de independencia, se sabe que el factor sorpresa es fundamental. Cualquiera diría que, al encontrarse con una pequeña organización armada, casi rudimentaria, los soldados profesionales de un ejército regular, mejor dotados militarmente y mejor entrenados, no sentirían miedo. Y la realidad es que, frente a un ataque sorpresivo, el poderoso siente miedo y así es cómo se solventa la disparidad propia de la guerra asimétrica.

Los diferentes gobiernos del mundo son esos ejércitos regulares que han sido atacados sorpresivamente, no por el virus, sino por lo que este está manifestando: una desigualdad social de proporciones abismales. Los gobiernos que ahora dicen preocuparse por la vida de las personas saben que los proyectos políticos que ellos encarnan no solucionan el problema, sino que lo incentivan. Por eso avanzan y reculan, porque una acción equivocada ahora podría provocar levantamientos populares en un futuro no muy lejano. Ellos saben que perdieron, como dice Latour, y tienen miedo. Los mismos que nos han llevado a esta crisis son los que pretenden sacarnos de ella, ¿existe algo más absurdo?

Si establezco un paralelo con el conflicto armado es también porque la violencia endémica que ha caracterizado a nuestro país es lo que ha permitido normalizar la muerte. No es, entonces, extraño que surjan voces que subestimen la pandemia y caractericen la lucha por salvar vidas como un “pánico absurdo”. En Colombia tenemos que volver a valorar la vida, y tal vez este sea el momento, ahora que vemos con claridad cómo la especie humana se dirige, cada vez más rápido, hacia su propia extinción. A los “gestos-barrera” propuestos por Latour hay que sumarles un proyecto colectivo que nos impida volver a la ‘normalidad’: un proyecto político cuyo eje central sea el cuidado de la vida.

Sara Tufano, vía El Tiempo