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De la centralización y otros demonios

Colombia es un país megadiverso y complejo, no solo en su parte geográfica, sino también en lo cultural, social, y por ende en su política. Esa heterogeneidad ha sido en gran parte la responsable de otorgarnos una identidad y carácter propio, pero que muchos colombianos no comprenden del todo, porque, en muchas ocasiones, no hemos visto una figura (gobernante) que aliente a las regiones a asumir su desarrollo desde sí mismas en medio de nuestras diferencias. No se trata del hecho de solo afirmar que somos una mezcla cultural objeto de estudio de muchas tesis de antropología, se trata más bien, de exponer que, para la mayoría de nuestros gobiernos, ha sido difícil de entender la responsabilidad que conlleva el ejercicio de trabajar para que cada región reconozca sus potencialidades y capacidades manejando mejor sus recursos.

Pretender gobernar desde una óptica miope, haciéndole creer al mundo que somos una sociedad unificada, es una de las principales causas de la desigualdad y rezago que presenta el país, es así, que, como resultado, se tiene que las relaciones de poder en el país, se han construido bajo una estructura de arriba hacia abajo, excluyente, elitista y que poco o nada ha servido para asegurar nuestro desarrollo. En concordancia gracias al esquema establecido por un centro y una periferia, muchos han sido las comunidades que han quedado relegadas y que solo han tenido que conformarse con la leve esperanza que por más alejados que estén del centro de poder, el algún momento llegará el gobierno con sus programas y políticas. Caso contrario a esta realidad ocurre cuando se aproximan las elecciones, donde curiosamente estas poblaciones adquieren visibilidad y aparecen en el mapa.

Si bien que el territorio colombiano es vasto en extensión y accidentado geográficamente, la carencia de gobierno en algunas poblaciones, no es más que el resultado de décadas y décadas de exclusión desde las oficinas centrales y deficiente implementación de políticas públicas encaminadas a integrar los territorios. Para muestra de ello, algunas localidades fronterizas se han visto mejor identificadas con los gobiernos de los países vecinos, más que con las propias, e incluso han llegado a optar las costumbres y símbolos de los países con los cuales colindan.

Ahora bien, desde la misma época colonial, pasando por el proceso independentista y republicano, la desconexión entre las regiones de Colombia con el centro del poder ya era evidente, no solo geográficamente, sino también desde la visión limitada de los gobernantes, incapaces de ver más allá de sus círculos sociales. Incluso hoy, cuando la sociedad está inmersa en complejos procesos de inclusión cultural y tecnológica, muchos de nuestros compatriotas desconocen la realidad política, social y económica del país, así que, no se sienten parte de un país que muchas veces les ha dado la espalda e ignorado casi todo el tiempo.

En este orden de ideas, con la Constitución de 1991, nuestro país dio un paso muy importante en cuanto a la implementación de un modelo de administración descentralizada de las entidades territoriales, sin embargo, debido a variables internas, este esquema tuvo que ser reformado y se tuvo que seguir manteniendo directrices administrativas que provienen desde un centro de poder central. Solo algunos casos excepcionales, se han mantenido al margen de este sistema de administración, al optar por una visión basada en el reconocimiento de una cultura regional o local capaz de potencializar las oportunidades que ofrecen sus territorios y plantear soluciones a sus propias necesidades.

De la misma forma, la dependencia con la que conviven algunas regiones del país con la capital del país, no ha permitido que se pueda optar por una cultura de autodeterminación y autorreconocimiento de sus capacidades para transformar su realidad, lo que ha dado lugar a que la corrupción y el clientelismo, acaparen los recursos de las regalías y otras compensaciones, solo por citar un ejemplo. Es justo aquí que es clave el papel de la educación, sobre todo la universitaria, en su misión de formar ciudadanos que sean capaces de cuestionar el modelo existente y plantear nuevas soluciones a las problemáticas locales, dotándolos de las herramientas para ello, asumiendo un rol de veedores y fiscales.

Es tan importante que las regiones sean autónomas en la toma de decisiones y manejo de sus recursos, que de allí se desprenden casi todas las relaciones que permiten el correcto funcionamiento de las entidades territoriales, y por ende el bienestar de los ciudadanos. No es el hecho de forjar una conciencia independentista que termine en la segregación de territorios, pero es importante empoderar a los funcionarios regionales y locales, y que aprovechen las múltiples oportunidades que ofrecen por ejemplo la cooperación internacional descentralizada para llevar a cabo proyectos y apoyar los planes de desarrollo.

En definitiva, el Estado colombiano ha demostrado ser incapaz de responder a todos los requerimientos de la complejidad que representa la administración de nuestro territorio, pero hoy en día con el desarrollo de las TIC, por ejemplo, se pueden establecer conexiones más eficaces entre las regiones, incluso se habla de una cooperación interregional y de éstas con otros países del hemisferio sur, enmarcado en la cooperación Sur-Sur. Por último, es importante que en las regiones exista en primer lugar una voluntad de despertar del letargo y empezar a reconocer potencialidades desde los territorios. Esto con el objetivo de que se convierta en un factor de desarrollo para sus habitantes, pero más importante aún, es que la legislación nacional les proporcione más autonomía y capacidad de maniobra que dentro el excesivo centralismo, no los condene a permanecer en el atraso.

 


Bibliografía

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