Cuando uno piensa que Segovia es España, la jodida es la paz.

Segovia tiene una plaza municipal rica en cemento, con pocos árboles pero muchos muros que tratan infructuosamente de competir con una irregularidad del terreno que no permite la plaza amplia, plana y dominada por una gran iglesia que es la  usual de todos los pueblos de Antioquia, de la mayoría de los pueblos de Colombia.

En las plazas de los pueblos colombianos, trazadas a la usanza de los pueblos españoles de la época colonial, primero se hacía la iglesia y, frente a ella, se dejaba el espacio para los edificios públicos, alcaldía, estación de policía y algún estanco.  Los costados laterales de la plaza eran para las casas de las “personas principales” que gobernaban hacienda, pobladores y comercio. Así la tratan de hacer todos pero Segovia no puede, no ha podido.  Segovia, la de ahora, pertenece a otra Colombia, la Colombia minera y esa poco o nada se parece a la lánguida imagen de los pueblos coloniales.

Tiene la plaza un quiosco, pero no el central con techo de paja, no, es lateral, todo de cemento y lleno de cajas de cerveza y queda muy cerca del “palacio municipal”, grande y feo.

Vive Segovia del oro, todos viven del oro. Y el oro trae miseria, violencia y prostitución al pueblo y riqueza a algunos que no viven en Segovia, que no conocen Segovia.

Hay calor, y vallenatos, y guasca.

Está en el nordeste de Antioquia. Una vez llegué a ella desde Medellín por una vía que se hace amplia y rápida luego de las incomodidades de Barbosa y el basurero de La Pradera, que se asoma a Yolombó y pasa por Vegachí; en otra ocasión, más loca, lo hice por una trocha increíble desde Puerto Berrío solo por demostrarme a mí mismo y mis compañeros de andanzas que teníamos el coraje de entrar por una inexistente vía que, se supone, une Berrío con Yondó.  Tiene Segovia veredas a 12 horas del pueblo (sí, a 12 horas; tres en carro y 9 más a caballo. En pleno siglo XXI).  Recuerdo particularmente a una concejal joven y bajita que le ponía la cara a un mundo de machos tratando de introducir conceptos tan exóticos como equidad, medio ambiente o desarrollo sostenible en una región donde el mercurio es rey y los chorros de agua lavan los potreros para encontrar la riqueza sin importarle mucho términos como “niño”, deforestación o biodiversidad.  Guapa la chica.

El viernes 11 de Noviembre de 1988 entraron en Segovia unos tipos armados y encapuchados en el silencio y la noche, recorrieron esa plaza y sus calles vecinas, matando, rematando a todos los que aparecían en una lista macabra que señalaba a los enemigos políticos de cierto gamonal regional – gran señor – que  luego fuera condenado por estos hechos (lo condenaron muchos, muchos años después y con muchos, muchos millones más); mataron 43 personas, nadie hizo nada.  Fue en Segovia.

El martes 23 de Febrero de 2016, sí, hace dos días, encapuchados entraron en la noche, silenciosos, llegaron hasta donde algunas personas departían y dispararon, sin dudarlo, sabían para donde iban, a quien buscar.  Mataron 4, dejaron 2 heridos, nadie hizo nada.  Fue en Segovia.

Segovia se parece muy poco al resto de Colombia o tal vez se parece mucho, la refleja mucho.  Esa Colombia que no sabe lo que es la justicia, esa Colombia donde la policía no pasa de la calle del cementerio, “nosotros no subimos por allá” parece que dicen cuando alguien se anima y denuncia la presencia de los bandidos en las veredas. Los encapuchados antes se llamaron “la chusma”, luego fueron “los muchachos”, en el 88 les decían “paracos”, hoy toman nombres como “urabeños”, “úsugas” y otros más.

Para la gente de Segovia son siempre los mismos.  Los llaman de “ellos” para poder diferenciarlos del “nosotros” aun cuando con frecuencia son los mismos.

La paz no se construye en tierra urbana.  La guerra ha vivido y vive hoy en tierra rural, allí donde ni Estado ni mercado son términos que signifiquen algo real.

A pocas semanas de firmar – ojalá – la paz con un grupo guerrillero en una lejana ciudad del Caribe colombiano, qué bueno sería volver la mirada a Segovia y a tantas Segovias regadas por Antioquia, Santander, Putumayo, Córdoba y Casanare donde los anuncios de los diálogos suenan como letras muertas, tan muertas como los cuatro ciudadanos que el martes fueron asesinados por, como siempre, “fuerzas oscuras”.

About the author

Alejandro Gómez López

Médico, especialista en auditoría y finanzas. Experto en Sistemas de Seguridad Social.
Docente universitario y consultor.

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