Cuando los vicios particulares generan beneficios públicos

No siempre la repartición justa de lo común es sinónimo del bienestar social, como suelen pensar los que hoy día defienden los pilares éticos, económicos y políticos del progresismo. Por ejemplo, en la historia del pensamiento económico clásico sobresale una obra desconcertante y a la vez desafiante: la del holandés Bernard de Mandeville (1670-1733). En su conocida Fábula de las abejas, una obra reescrita y mejorada por el autor en más de una ocasión, allí expone una tesis social y económica que produce cierta incomodidad: según esta idea, los vicios particulares de los habitantes que conviven en una colmena, convertidos en ganancias personales que se han maximizado en todo el conglomerado, dejan, finalmente, réditos públicos.

Es decir, cuando los vicios particulares generan los beneficios públicos se produce de cierta manera una suerte de felicidad social. Acá la mano invisible es propiamente el vicio y el caos de los egoísmos luchando unos con otros, siendo los motivos morales negativos los que siembran un modelo de virtud en el marco de una sociedad civil (Onfray, 2017, p. 14).  Sin embargo, a diferencia de Mandeville, Smith distinguía cuidadosamente entre interés legítimo y avaricia destructiva —la ‘mano invisible’ presupone un marco ético institucional, no el caos moral.

Cabe aclarar que esto es afirmado a finales del siglo XVII, en medio de una época que inicia el proceso capitalista a través de la forma del mercantilismo. Es un periodo de la historia europea que hace apertura a los ideales de una sociedad ilustrada, es decir, aquella que asume que a través de la razón y de la ciencia se podrá garantizar la transformación generalizada de las antiguas estructuras medievales, en especial en su condena del ánimo de lucro y el afán de riqueza.

Claramente, la fábula de Mandeville plantea una inversión radical de estos valores confesionales, para asumir otros nuevos, principalmente los expresados por una burguesía laica y atravesada de cabo a rabo por los valores del naciente modelo social moderno.

Las pruebas de Mandeville que le dan sustento a sus tesis filosóficas son variadas y todas ellas son tomadas a manera de fábula en su poema, pero con un claro correlato del clima moral que se vivía en aquellos inicios del capitalismo mercantil. Por ejemplo, sobre los abogados considera que su aparente lucha contra la injusticia y la desigualdad es sustituida por un interés manifiesto de prolongar los casos, mientras que la prórroga va actuando en su beneficio al generar el aumento de sus ingresos; los médicos dan prioridad a sus honorarios, mientras que los enfermos mueren lentamente en las salas de espera de los hospitales; los soldados, antes formados en las virtudes de la templanza y el amor soberano (patriotismo), son comprados para integrar ejércitos de mercenarios, mientras que los verdaderos profesionales en el oficio, en muestras de valentía y desinterés, fallecen en las grandes batallas; los reyes y los ministros, bajo el aspecto de querer mejorar las obras sociales, se quedan en privado con los recursos del erario público; los vendedores y comerciantes hacen trampa mientras especulan con los precios en el mercado y se quedan con el dinero de sus clientes; los representantes de la justicia, jueces y magistrados, venden sus sentencias al mejor postor y así las altas instancias de las cortes de justicia hacen la vista gorda frente a las fechorías de los más poderosos, mientras condenan a los más miserables.

En suma, el vicio y la trasgresión son la norma y, mientras cada parte pone en práctica el vicio que mejor sabe dominar, el todo se mantiene próspero. Los canallas aportan con sus fechorías al bien común y de este modo surge un nuevo modelo ideal para el bienestar social, en el corazón más turbulento de la sociedad civil: su deseo de propender por el propio interés. Bajo este ropaje surge una laxa democracia donde conviven la mentira, la villanía y la hipocresía.

Sin embargo, la fábula adquiere un nuevo matiz en este cuadro, cuando los dioses castigan la perversidad de los hombres. Es Júpiter quien condena a la humanidad y crea un drama político a través de una suerte de golpe de Estado, donde es deber terminar con el vicio para imponer la virtud. El dios soberano del trueno y la luz acaba con los vicios y surge el tiempo de la virtud, es decir, impera la acción cuya finalidad no es otra cosa distinta que la de buscar el bien por el bien mismo.

Y las consecuencias de esta revolución son visibles: el mercado de los objetos pierde valor porque los comerciantes ya no desean estafar a sus clientes, de tal modo que la lucha a muerte con la competencia desaparece por cuenta de estos excesos de honestidad; las salas de justicia se vacían porque desaparecen los litigios entre los deudores y los prestamistas; los guardianes y alguaciles ya no tienen que proteger propiedades porque no hay ladrones y, en consecuencia, las cárceles se descongestionan de los infractores de la ley; los médicos no enferman a las personas; los curas pierden efectividad en su prédica y los ministros viven de la frugalidad.

A su vez, todos los artesanos que trabajaban alrededor de la reparación de castillos, casas de gobierno y, en general, del mantenimiento de las propiedades de los ciudadanos pierden estrepitosamente sus ingresos, de tal modo que albañiles, carpinteros, artesanos de todos los niveles, mayordomos y las personas del servicio todos quedan en la miseria, ya que sus talentos no son necesarios en una sociedad donde ha desaparecido el deseo de dañar las cosas de los demás.

En definitiva, el consumo y el lujo se van al traste, de tal modo que modistas y costureros, diseñadores, banqueteros, orfebres, joyeros y toda esta clase de oficios que hacían la vida más ostentosa ya no son necesarios porque el deseo de comprar y el despilfarro no son norma en esta sociedad. Con el paso del tiempo, la opulencia y la riqueza que dominaba en la colmena por cuenta de la maximización de los vicios es sustituida por la pobreza. La virtud ha hecho retroceder el modelo de la felicidad social basado en la trampa, la astucia y el ánimo de lucro.

Esta lección de la historia, o más bien de la fábula, nos dispone a considerar lo siguiente: los reproches que solemos hacerles a quienes practican el vicio como si se tratara de una nueva ley en el mundo olvidan que el ordenamiento de la virtud no siempre es sinónimo de riqueza o de prosperidad social, porque querer ser honesto es condenarse a vivir de bellotas…

Abora bien, ¿lo descrito es acaso al contrario a lo que se vive hoy día? La crisis financiera de 2008 parece confirmar a Mandeville: la codicia de banqueros generó crecimiento… hasta que colapsó el sistema. Pero aquí radica su límite: los ‘beneficios públicos’ fueron efímeros, mientras los costos (desempleo, recortes) se socializaron. A diferencia de la colmena de Mandeville, en el capitalismo real los vicios privados no generan prosperidad sostenible, sino ciclos de crisis que exigen rescates estatales —es decir, virtud pública para salvar vicios privados.

Mandeville nos legó una provocación valiosa: desenmascarar la hipocresía de quienes predican virtud mientras practican el interés. Pero su error fue convertir esa denuncia en una apología del vicio. La verdadera lección no es que necesitemos egoísmo para prosperar, sino que los sistemas que dependen de él son inherentemente frágiles. Una sociedad digna no debe elegir entre la pobreza virtuosa y la opulencia corrupta; debe construir instituciones que canalicen el interés legítimo sin normalizar la explotación. Porque vivir de bellotas no es el precio de la honestidad: es el fracaso de imaginar un orden mejor.

Bibliografía

Onfray, Michel (2017). El eudemonismo social. Contrahistoria de la filosofía V. Buenos Aíres. Teoría y ensayo.

 

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Amigo de los libros y de la buena compañía. Filósofo de profesión y profesor universitario:

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