Cuando el guion no le importa a nadie

La verdad tenía mucho miedo de ver esta película. Sucede a menudo que cuando uno de nuestros directores favoritos estrena un film que a simple vista parece ser una obra menor nuestro voto de confianza tiene un sentido más de fidelidad que de expectativa. Me pasó, recientemente, con Inside Llewyn Davis (Hermanos Coen) y con Gravity (Alfonso Cuarón). Sin embargo, al igual que la película protagonista de este texto, los resultados terminaron siendo más gratificantes de lo pensado.

Tenía mucho miedo porque Wong Kar Wai venía de realizar My Blueberry Nights, hasta el momento su mayor fracaso narrativo y de paso su única producción occidental. Al ver el trailer de The Grandmaster temí lo peor: este maestro del cine había perdido ese locuaz lenguaje que tantos halagos le había hecho merecer, por más que el estilo siguiera ahí. Es más, ese era mi mayor recelo: ver al director surcoreano convertirse en uno de tantos (Tim Burton, Terry Gilliam o, así me haga merecedor de uno que otro insulto, Wes Anderson) que se entregaron a la imagen y se olvidaron de las ideas.

Pero, y como dije al principio, este no fue el caso. Y eso que si algo tiene para reprocharle es el mismo guion que, como es costumbre en sus producciones, ni siquiera existe, literalmente.

Su cine no es diferente, es único. La crítica, su público e incluso él mismo lo saben. El director de obras maestras como Chungking Express (1994), Fallen Angels (1995) oDeseando amar (2000) ha mantenido una línea de cine más lírico que narrativo, con una hegemónica poesía visual y unas desgarradoras historias que tratan al desamor y al destino con la misma vara.

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No me atrevería a decir que The Grandmaster, película que abrió el Festival de Cine de Berlín de 2013 en donde además fue jurado, sea la cúspide de su talento cinematográfico. Pues esa falta de preparación en el guion termina pasando factura en puntos claves de la historia. Aunque, como ya nos tiene acostumbrados, el exorbitante universo creado a partir de imágenes y sonidos logran lo impensado: que las reglas generales del relato dejan de importar. Pero, a diferencia de ese temor que me aquejó hasta no más presenciar la primera escena, las ideas están ahí, tan claras y a la vez tan abstractas que el juego inconcluso se convierte en una fiel representación de las relaciones afectivas. Esas que, como la solidaridad orgánica de Durkheim, dependen de un flujo constante de individuos con características específicas para prolongar el equilibrio, en este caso, el emocional.

Tuvieron que pasar veinte años para que Kar-Wai, quien creció queriendo asemejarse a Godard y a Antonioni, volviera a realizar una película alrededor de las artes marciales. Allí narra una parte de la vida de Ip Man, conocido por ser el maestro de Bruce Lee, a través de la difícil situación política y social de la China de mediados del siglo XX. La esencia del film radica en un sentido homenaje a lo que representa esta técnica de combate para la cultura oriental: una tradición con raíces tanto artísticas como filosóficas que hoy día se resiste a desaparecer.

Al hacer una retrospectiva a la filmografía de este maestro, ya no oriental sino mundial, encontramos un cine que se reinventa: idóneo para desafiar los géneros sin perder esa sensibilidad técnica, única y diferenciada, capaz de ser su carta de presentación en cualquier rincón del planeta. Parte de su lenguaje se logra gracias a ese pacto tácito hecho con Christopher Doyle, quizás junto a Emmanuel Lubezki y Bruno Delbonnel los mejores directores de fotografía del momento, quien ha congeniado con el sentir poético que brinda un encuadre y, con mayor énfasis, la iluminación y la resonancia cromática.

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La meticulosa banda sonora es otro baluarte indispensable, pues junto a la cámara lenta y la expresión dramática son trazados icónicos en cada una de sus películas. Para él no es suficiente entretener con un emplazamiento armónico y estimulante: su arte radica en aprovechar las circunstancias que la propia historia va soltando y de allí sugerir estados de ánimo que trascienden con lucidez en el imaginario del espectador.

De la industria cinematográfica surcoreana no queda mucho por agregar: junto a Kar-Wai directores de la talla de Kim Ki Duk y Chan-Wook Park poseen el suficiente renombre para llamar la atención de la cinefilia internacional cuando se sumergen en un nuevo proyecto. Así la estética y la manera de ver el mundo sean tan disímiles a los moldes occidentales resuenan con mayor fuerza los puntos en común. Pues, como bien dice Kiarostami, la función del cine es representar, a pesar de las disparidades y las particularidades de cada sociedad, que somos más parecidos de lo que creemos.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-b-mia.xx.fbcdn.net/hphotos-xpa1/v/t1.0-9/10356220_10152575733628112_5221994349825380317_n.jpg?oh=7131973ae7d67aa81c54d493a9deb9f6&amp;oe=5460205C[/author_image] [author_info]<strong>Diego Pérez Torres</strong> Estudiante activo de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia y de Comunicación Social en la Universidad EAFIT. Ha participado en la elaboración de diversos documentales y cortometrajes que han alcanzado presencia en diversos festivales de cine. Apasionado por el cine, la literatura y las artes visuales; con proyección en la realización e investigación cinematográfica.[/author_info] [/author]</p>
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