Contagio, la superficialidad de los abismos

Tengo una cita con otros tiempos probables que se perdieron en el azar, juego de dados, las vibraciones de la existencia; cosas que nunca pasaron porque no asistimos a un lugar distinto que al de la cárcel de la conciencia… Y hemos llegado al siglo XXI donde el templo es un centro comercial. El deseo, un caballo que ha perdido toda rienda. Del hacer con nuestros sentidos lo que hacemos con nuestras penas: inhibirlos hasta que se agoten o nos agotemos nosotros en ellas. Las pantallas no tienen células, ni alma el algoritmo.

Límites invisibles, máscaras imaginarias para que no noten tu contagio. Hay un virus sin materia en tu mente que a tus pensamientos está arrinconando, tener al verdugo dentro de una y desarrollar el síndrome de Estocolmo, es como una adicción a las destructivas emociones que agitadas nos expulsan al placer para que el golpe por la culpa no destruya la defensa mínima pero vital de la esperanza. Un virus que mata y en justas dosis tratadas nos hace fuertes, nos sana de melancolía con la anestesia de la costumbre, más no hay retorno después del salto, es un paso mínimo casi imperceptible, fuego.

Afuera te sonríen, pero tú temes que, al abrir la boca, alguien pueda contagiarse o estigmatizarte hasta aislarte con esas voces que de las entrañas te socavan cicatrices, sueños fantasmagóricos que ya no señalan pesadillas, realidad distorsionada. Hablan de salud mental mientras conviven con creencias malsanas, ciudades de plástico y corazones de silicona suscriben ‘tóxica’ para ignorar la creciente curva de frustraciones que te convierten en papel. Creer que eres el monstruo que psicológicamente te viene arrinconando, en la soledad te convence de ceder tu cuerpo pálido arrastrándolo hacia la cama, sin cerrar los ojos, ya la inopia es un lugar seguro. El amor propio hecho religión sin habitad de espíritu, excreciones de ingenuidad no transitada.

La pregunta por la felicidad incomoda cuando apelando a trascendencias que noten lo irrelevante del poder, el estatus y la fama; destruyen muros, escombros caen a puentes ante el precio impagable de la estructura, todo valor parece poco, la civilización se desbarata como castillo de naipes en el que se barajan cuerpos objetivados, categoría basura. Sentir el miedo que nadie abraza, perder contra la propia voluntad. Engañan espejismos, aspiraciones de cercanía ilusoria, identidades vacías que se exhiben en pasarelas, al acecho de consumir la gota que en ti de ti todavía queda, sociedades que se lucran de presencia, pero ya nada te conoce, ego incapaz.

Saga de víctimas, un círculo decadente como toda guerra hipócrita que abre la puerta del horror tentado de lo prohibido, desconsuelo, mirarse con los ojos apagados. Quita una palabra de rescate, anular lo otro evitando nuestra propia herida cercada, un niño que duele en todas partes.

 

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María Mercedes Frank

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