Consumidor consumido

“Ser o no ser ya no es la cuestión, tener o no tener es la gran situación actual”.


¿Cuánto me dijiste que te llamas?, usted ¿qué tiene? ¿cuánto tiene? Las coordenadas cambiaron, hace mucho tiempo cambiaron y merece la pena detenerse a pensar en la importancia del tener en nuestra vida cotidiana. Antes que ciudadanos, somos consumidores, y de todo tipo, de objetos, de experiencias, incluso de personas. ¿este nivel de consumo tiene algún impacto en nosotros? ¿tiene alguna influencia en nuestras relaciones? Afortunadamente algunas disciplinas y áreas del saber se interesan mucho en pensar asuntos como estos y nos regalan reflexiones de una profundidad asombrosa.

Pensadores como Bauman, Han, Zizek, Alemán y Lipovestky, solo por mencionar algunos, reflexionan estos fenómenos del mundo contemporáneo desde la filosofía, la sociología y el psicoanálisis. El capitalismo como discurso que programa y orienta la vida de los sujetos, empuja al consumo desmedido como forma de habitar el mundo. Incluso las categorías morales, la forma de representación y el valor de un sujeto en la sociedad está mediada por su capacidad de consumir. La riqueza material aplasta a la riqueza espiritual en su sentido más pleno. No importa qué piensa un sujeto, cómo asume su posición en la vida frente a sí mismo, los semejantes y las circunstancias del entorno. Las preguntas de profundidad insondable como ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Son reducidas por las preguntas ¿Cuánto tengo? ¿cómo ser exitoso? En este cambio de perspectiva radica un problema ético profundo en las nuevas generaciones que ven con gran admiración los sujetos que exhiben su riqueza por redes sociales y son grandes conocedores de las marcas que dominan el mundo, de la extravagancia. Ser o no ser ya no es la cuestión, tener o no tener es la gran situación actual.

El atractivo del consumo es enorme, asociado a la felicidad y al reconocimiento, y divulgado con una facilidad enorme en canciones, películas, redes sociales, publicidad, entre otros. Los objetos y un estilo de vida se homogenizan para todos y entre la moda, la fama y el supuesto lujo, la pregunta por la vida queda supeditada al consumo, a la capacidad, el alcance, la satisfacción que genera la vida para consumir. Sin embargo, todo esto se puede derrumbar como un castillo de naipes a las preguntas más simples, hasta parecen tontas, pero ¿para qué? ¿para qué consumir tanto? ¿para qué un auto de lujo? ¿para qué la ropa de marca? ¿para qué la mansión? La filosofía entendida como la pregunta infinita, con un simple ¿para qué? Hace caer en el sinsentido más absoluto a la sociedad del consumo.

De bruces a una vida de consumo, hay que insistir en las preguntas una y otra vez. Cuesta escribir esto pensando que tal vez es un tema muy trillado, posiblemente lo es y no cambie en nada la situación, no obstante, merece ser nombrado, porque la vida de consumo está cargada de una irreflexión un poco chocante con unas consecuencias en la forma de vida que puede reducir la capacidad de los sujetos para pensar en otra alternativa que no sea la vida de consumo o consumir la vida en el consumo. En este tiempo histórico hay un gran desafío, que debe comenzar por la reflexión sobre la relación individual con el consumo, de este modo, la apropiación que hace el capitalismo del consumidor-consumido queda cuestionada y emerge en el sujeto una posibilidad de emancipación a partir de la propia vida. Sin duda, muchas cuestiones quedan por fuera, sobre la crítica y reflexión en este tema hay libros enteros y autores que dedicaron su vida para pensar al sujeto actual. Empero, estas palabras son para repetir un problema actual que vale la pena ser pensado, a pesar de todo y como este medio ¡a pensar de todo!


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Santiago Restrepo Betancur

Licenciado en filosofía y letras, psicólogo con orientación psicoanalítica.

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