Como corderos llevados al matadero

Parce, honestamente, pensé mucho tiempo en escribir esta columna. La pensé demasiado. La pensé para la fecha de mi cumpleaños 38 (1 de abril). La pensé para el pasado 17 de mayo (Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia). La pensé para hoy, y todavía la sigo pensando porque a más de uno le va a incomodar lo que aquí escrito está. Pero después de todo, me vale verga.

Quiero, antes que nada, señalar dos cosas.

La primera: chicos, la verdad, las lesbianas, los gais, los bisexuales y las personas trans, inter, queer y demás, tenemos de comunidad lo que yo tengo de pelo, es decir, ¡nada! Y es así. No somos una comunidad. Si bien LGBTIQ+ es un acrónimo que agrupa orientaciones sexuales e identidades de género distintas, no significa que constituya una comunidad en sentido sociológico. Compartir una característica no implica compartir intereses, valores, objetivos, cultura o formas de relacionarnos socialmente.

Una comunidad implica vínculos, interacción frecuente, identidad compartida y ciertos grados de organización. Quizás, en los inicios de la lucha por el reconocimiento de nuestros derechos como individuos existía. Ahora no.

Internamente echamos mano de muchísima diversidad. Tenemos a múltiples personas LGBTIQ+ con estilos de vida y orientaciones religiosas, políticas y culturales completamente diferentes, muchas de las cuales no se identifican con una identidad colectiva, y eso es totalmente respetable.

Ninguna organización, persona o grupo habla en nombre de todas las personas LGBTIQ+. Nadie habla en mi nombre: yo hablo en mi propio nombre. Yo no le permito a nadie que pertenezca a mi población, ni a ningún heterosexual, ni a ningún amigo o pariente, ni a ningún creyente o ateo, y menos a un político de mierda que hable en mi nombre. Yo hablo en mi propio nombre. Punto. Por eso mismo el único responsable de lo acá consignado soy yo.

Y por supuesto que existen comunidades que levantan la bandera de la causa LGBTIQ+: asociaciones, centros comunitarios, grupos de apoyo, organizaciones, entre otros espacios sociales. Sin embargo, eso es muy diferente a afirmar que todas las personas LGBTIQ+ formamos una sola comunidad. Así como existen comunidades médicas o comunidades científicas, no todos los médicos o científicos participan en ellas.

Entonces, ¿qué somos? Una población. Eso sí somos, claramente. Y es precisamente respecto de ello que va la segunda cosa que quiero decir.

Segunda: parce, no se esfuercen en que la gente pendeja nos acepte. Eso no va a pasar. Gente dogmática y estúpida que no comparte quiénes somos ni cómo manejamos nuestras vidas siempre va a existir. Siempre. Gente idiota aferrada, sin cuestionar, a libros históricos sometidos a todas las interpretaciones posibles (la Biblia, por ejemplo), siempre va a existir. Eso es de ahí.

Y la mejor manera de rebatir a esos puritanos, la mayoría en el fondo doble moral, es demostrándoles que, más allá de lo que nos une como población, somos individuos. Individuos con ideas, pensamientos, anhelos y pasiones. Individuos que, tristemente, hemos padecido toda clase de improperios y que al final nos hicieron más fuertes. Es demostrándoles también, con hechos, que ellos están equivocados y que sus fetiches religiosos no se encuentran por encima de la realidad. La ignorancia se combate con educación; el odio, con amor.

Esto me lleva al que sí es el verdadero problema.

Porque el problema jamás ha sido que existan personas que me desaprueben. Eso me importa un carajo. El verdadero problema aparece cuando una persona decide convertir su prejuicio en violencia. Una cosa es que alguien me odie; otra muy distinta es que pretenda imponer ese odio por medio de la fuerza.

El problema es el odio transformado en fanatismo enfermizo que ha logrado que muchas personas de nuestra población hayan perdido la vida por una atrocidad (siendo el caso de Sara Millerey el más sensible para mí).

¡Y ojo!, damas y caballeros, que entre nosotros mismos está produciéndose una segregación que me pudre. Podemos reñir ideas y pensamientos entre nosotros todo lo que queramos; lo que me resulta de muy mal gusto es que lleguemos al punto de dejarnos de hablar por ello, y hasta maltratarnos. Las últimas elecciones de mi país son una muestra fehaciente. Presenciamos una pugna insufrible entre los que votaron por el derechista que se cree aristócrata y el oligarca izquierdoso disfrazado de pueblo: una pugna insoportable entre los LGBTIQ+ de izquierda y los de derecha. ¿Y los libertarios? Bien, gracias, aguantándonos los insultos y señalamientos de ambos bandos. ¡Qué horror!

¡Dejen la bobada!, ¿sí? A ese par ninguno de nosotros le importa; ni a ningún político. Pongámonos a resolver lo que sí nos compete y seamos, por qué no, ejemplo de que en las diferencias está lo valioso y de que la polarización se puede vencer (¡me lo sueño!).

Retomo, y para ello estableceré una analogía. El problema de los corderos no es que existan lobos. No. Los lobos han existido siempre. El problema es creer que alguien más llegará a tiempo para protegerlos… protegernos.

Las personas LGBTIQ+ no paramos de ser víctimas de agresiones, prejuicios, discriminación y homicidios simplemente por ocupar un lugar en este vasto universo. De acuerdo con un reciente informe de la Corporación Caribe Afirmativo, en 2025 la violencia alcanzó niveles alarmantes: cada 32 horas una persona LGBTIQ+ fue asesinada en Colombia, un incremento del 63,6 % frente a la cifra oficial registrada en 2024. Y nos siguen matando en 2026. En mi “México lindo y querido”, el panorama tampoco mejora: en lo que va de 2026, alrededor de 24 personas LGBTIQ+ han sido asesinadas y el 64,3 % de la población LGBTIQ+ ha experimentado actos de discriminación. Acá solamente involucro a mis dos patrias. ¡Imaginemos cómo debe ser la situación en el resto de la región!

Por todo esto y más es imposible no preguntarme: si sabemos que el monstruo de la violencia existe y no va a parar, ¿por qué tantos políticos y activistas quieren que nuestra única línea de defensa sea esperar a que llegue alguien más? Cuando existe una herramienta de autodefensa que seguimos empeñados en demonizar: el libre porte de armas. Sí, el libre porte de armas.

Muchos movimientos, tanto de izquierda como de derecha, que denuncian vehementemente la discriminación, el acoso y la violencia en contra de lesbianas, gais, personas trans, minorías raciales o religiosas, promueven restricciones severas al acceso a las armas. «Es que el monopolio de las armas solo le pertenece al Estado», dicen. ¿Al Estado? ¡La chimba! Ese monopolio le pertenece mucho más a la delincuencia que a cualquier otro grupo humano.

La policía rara vez está presente cuando comienza una agresión. Ningún gobierno puede garantizar protección individual permanente. Las víctimas suelen enfrentarse solas a su agresor. Por tanto, quienes más necesitan herramientas efectivas de autodefensa son precisamente quienes enfrentamos mayores riesgos: las minorías.

Y perdónenme por lo que voy a decir, pero cuando un ladrón entra a tu casa o un potencial agresor sexual decide convertir sus intenciones en actos, los discursos, las campañas de concientización y los comunicados institucionales dejan de importar. En ese momento solo importa una cosa: detener la agresión.

Lo siento: todo aquel que se atreva a pasar por encima de uno de tus tres derechos fundamentales —vida, libertad y propiedad privada; tu cuerpo incluido— debe asumir que automáticamente perdió los suyos. Esto va mucho más allá de las leyes y las normas; se trata del derecho elemental de todo ser humano a defender su propia existencia.

Es así: la historia está llena de lobos; lo que escasean son los corderos que sobrevivieron gracias a permanecer indefensos. Las persecuciones religiosas, los pogromos, la segregación racial, los ataques contra la población LGBTIQ+ y los regímenes autoritarios, por mencionar apenas algunos ejemplos, evidencian una verdad incómoda: la historia no favorece a los desarmados. Se puede decir que ninguna minoría ha sido salvada por llegar desarmada a una confrontación; la vida real no es un cuento de hadas.

John R. Lott Jr., autor de More Guns Less Crime: Understanding Crime and Gun Control Laws, ofrece en su fantástica obra algunos datos bien interesantes:

  1. Los delincuentes siempre buscan presas más vulnerables… siempre.
  2. La probabilidad de que una mujer sufra graves lesiones es casi cuatro veces mayor cuando esta resiste sin un arma que cuando resiste con una.
  3. El temor de un delincuente a encontrarse con una víctima armada lo obliga a asegurarse primero (sea lo que quiera hacer) de que ella no esté presente.
  4. Los delincuentes condenados revelan en distintas encuestas que les preocupan mucho más las víctimas armadas que cruzarse con la policía, y más de la mitad afirman que no atacarían a una víctima que supieran armada.

El principio de igualdad ante la ley implica que nadie tenga privilegios especiales y que nadie dependa de ellos para sobrevivir. Ni en Colombia ni en México esto procede. Y en países con una tradición histórica de violencia, las víctimas siempre hemos sido las mismas: las minorías.

Por supuesto, un arma no debe entregársele a cualquiera. Para tenerla debes llenar una serie de requisitos físicos, técnicos y, primordialmente, psicológicos. Esto lo digo antes de que lleguen los biempensantes de redes sociales con su típico argumento: «mire lo que ha pasado con las masacres en los Estados Unidos; un montón de locos que llegan a un lugar y le dan bala a todo el mundo». Desconocen que esas desafortunadas masacres siguen un patrón: suelen ocurrir en lugares “gun free”. En recintos del tipo de escuelas y colegios es donde debería tenerse más personal armado para proteger niños y jóvenes de tal situación. Otro ejemplo: si la mayoría de los asistentes hubiese estado armada y el lugar lo permitiera, el asesino de Pulse habría encontrado resistencia inmediata; quizás la tragedia no se evitara por completo, pero convertir aquella discoteca en un baño de sangre habría sido mucho más difícil.

Es claro que un arma no elimina los prejuicios, no vuelve virtuoso al criminal que te agrede y no erradica el odio, mas sí puede equiparar una situación que, de otro modo, estaría decidida por la fuerza bruta. Y esto al final beneficiaría a todo el mundo, porque creer que la población civil es tan débil, tan inútil, tan miserable, tan bruta y tan poca cosa como para no saberse defender, es el equivalente a creer que las leyes y decretos acabarán abruptamente con los criminales. Insisto: Gente dogmática, estúpida y fanática que no comparte quiénes somos ni cómo manejamos nuestras vidas siempre va a existir; corresponde hacerles frente con autonomía, determinación y soluciones concretas.

Mi objetivo es instar a mi población, y a todo el que guste, a poner sobre la mesa la discusión en torno al libre porte de armas. Dudo que la lesbiana, el gay o la persona trans que corre kilómetros a medianoche intentando salvaguardarse reciba ayuda del Estado; un arma de fuego a tiempo, en cambio, puede ser el mecanismo más efectivo para proteger su vida. No tenemos por qué asumir que carecemos de la inteligencia y la responsabilidad necesarias para manejar un arma, mucho menos temerle. A lo largo de la historia, múltiples miembros de la población LGBTIQ+ han hecho contribuciones únicas al arte, la ciencia, la tecnología y otras áreas del conocimiento humano. Tener un arma no nos va a quedar grande, ¡faltaba más! Porque a un lobo hambriento solamente puede confrontarlo un noble león: un noble león que se cansó de que él y los suyos fueran conducidos como corderos llevados al matadero.

¡Feliz Pride 2026!


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Cristian Toro

Paisa hasta la médula, hoy abriéndose camino en México. Ingeniero electrónico por la Universidad Nacional de Colombia (sede Manizales) y especialista en Gerencia de Proyectos por la Escuela de Ingeniería de Antioquia (EIA). Profesor de matemáticas, física y estadística; lector empedernido por vocación, aristotélico por convicción y serio aspirante a novelista y autor.

Editor en Al Poniente (Colombia), columnista en Conexiones (México) y Founder & Chief Operating Officer (COO) de El Insubordinado. Colaborador de organizaciones como The Atlas Society y Language of Liberty Institute. Lo mueven el arte, la ciencia, la historia, la filosofía y la buena música: del rock a la salsa, con escalas frecuentes en el tango electrónico.

Cree en el individuo como punto de partida; en las ideas que incomodan; y en la libertad entendida no como consigna, sino como responsabilidad. Desde ahí piensa, siente, concibe y comunica.

#ElHerejeDeLaTribu⚡ #EHLDT⚡

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