Columnas que no salen y ojos que no ven

Ojalá tuviera grabadas aquellas clases en las que el profesor Juan José Hoyos, de la Universidad de Antioquia, solía decirnos que para ejercer el noble oficio del periodismo, entre otras cientos de cosas, era necesario “prestar el servicio militar obligatorio”.

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Los medios de comunicación públicos locales podrían ser secuestrados por un grupo de prohibiciones clásicas del periodismo. Dispuestos a saltarse todas las reglas tendrían cita en las pantallas, sin un correcto control ciudadano, la informalidad, la subjetividad y el no intercambio de opiniones. A la luz de los diálogos privados, espero equivocarme en mis temores.

Ojalá tuviera grabadas aquellas clases en las que el profesor Juan José Hoyos, de la Universidad de Antioquia, solía decirnos que para ejercer el noble oficio del periodismo, entre otras cientos de cosas, era necesario “prestar el servicio militar obligatorio”.

No se trataba de conversaciones lejanas. Cuando Juan dejaba esa sentencia, el mensaje entre los entonces estudiantes era claro: ser reportero debía convertirse en una especie de obligación. En suma, la premonición buscaba hacernos entender que acumular experiencia era clave. Una necesidad. Un mandato.

Deslumbrados, para luego inmolarnos en la decepción, muchos llegamos a las redacciones buscando hacer el mejor periodismo. Soñando ser, en un país donde los intereses económicos son incluso mucho más fuertes que los políticos, la esperanza de un oficio apasionante que se clavaba en lo más espeso de nuestro torrente sanguíneo. Una muestra clara de pasión.

Actitudes irrealistas y otras engreídas llevaron entonces algunos de nuestros votos al abismo del arrepentimiento. Unos nos fuimos y seguimos estando, por lo menos desde la pasión y el pensamiento. Otros se olvidaron de las promesas que profesaban la verdad. Y algunos, valientes y obstinados, aún permanecen en las filas de aquel servicio militar.

También hay excepciones no meritorias. Aquellos que no renunciaron jamás y que, albergados en una idea falsa de poder, tienen la suerte de estar vivos esperando un movimiento de barajas que los lleve a ocupar lugares predilectos donde la ética y la verdad poco valor representan. Herederos del que podríamos llamar “Periodismo Maquiavélico” justifican en los medios un fin. Estos últimos son sobrevivientes peligrosos. Zombies de las voluntades políticas y económicas.

Se cree que los muertos  – aquellos que ya no ejercemos el oficio – no estamos autorizados para opinar con respecto a lo que sucede entre periodistas y medios de comunicación. Dejemos el oficio de lado y en nombre de la labor que la sociedad y la historia nos encomendó, nombrémonos audiencia, público y esa bonita palabra en vía de extinción: lectores.

Como audiencia, público y lectora hoy me convocan tres preocupaciones del panorama periodístico de Antioquia que me hacen recordar esa máxima memorable del “servicio militar obligatorio”.  La primera hace referencia a la acelerada participación en política de buenos periodistas que alejados de las filas ahora servirán a la institucionalidad pública. La segunda, la vinculación de Minuto 30 a los ideales del periodismo local en internet y la tercera la aparente uniformidad de visiones que existirá en los próximos cuatro años entre Telemedellín y Teleantioquia.

No seré yo quien lance una solución sobre la pertinencia o no del panorama mediático público actual. No tengo ni idea de qué es lo más adecuado para abanderar las buenas prácticas del oficio e ignoro qué hay que hacer, y aún más cómo. Pero de lo que no me cabe duda es que prefiero equivocarme en mis temores, también que se equivoquen quienes he escuchado, antes de tener una razón premonitora, la imagen onírica de una máquina demoledora que ve surgir el sueño de Maquiavelo en la comunicación pública de Medellín y de Antioquia.

Comenzaré por el primer punto.

Yo sigo creyendo en la utilidad de distinguir entre un comunicador y un periodista, como en la de distinguir el periodismo y la opinión política.

Soy periodista. Siempre lo fui y aunque desde hace un año y medio estoy por fuera de los medios, es probable que siempre lo sea. Así que más vale aceptar que no estoy de moda. Lo cierto es que mientras lo estuve – o creía estarlo –  siempre consideré no extraño, pero sí difícil, el partidismo político al interior de las salas de redacción. No quiere decir esto que crea yo en la fantasiosa objetividad, como  humanos que somos siempre distinguimos una posición. Pero, dicho esto, creo que abanderar las biografías de izquierda o de derecha en los mensajes comunicativos, no es sano a la hora de informar masivamente.

Por esta razón me sorprende, no gratamente, no el exceso, pero sí las visibles figuras que en estas últimas elecciones locales, en nombre del periodismo, terminaron ocupando cargos públicos directivos. No pongo en duda el hecho de que muchos llegarán a ejercer con un alto grado de responsabilidad y de compromiso sus cargos; pero, me siento obligada a decir que los regulares salarios que reciben los buenos periodistas en los medios, cada vez se convierten más en el perfecto aliciente para saltar de las redacciones a las campañas políticas y de ahí  a cargos secretariales y directivos.

No obstante, esta primera es una preocupación muy individual. Las dos siguientes me llevan a pensar en lo colectivo.

Cuando conocí el nombre del nuevo director de Telemedellín, Cristian Cartagena, no tuve mucho más opción que limitarme a preguntar quién era. Su nombre para mí no era un referente en el periodismo local; sí lo fue el medio con el cual me dijeron había tenido vinculaciones: Minuto 30.

Advierto que no conozco a Cristian Cartagena, tampoco su recorrido profesional y mucho menos si es buena, bonita o no tan calificativa persona. Pero, sí sé de Minuto 30.

Mirado como un ejercicio, tal vez interesante, de viralidad; como periodista y ciudadana siempre he cuestionado algunos de sus comportamientos éticos. En nombre de la información rápida (el clic) publican fotografías y videos de “supuestos delincuentes” sin confrontar las fuentes ciudadanas con las institucionales. Fusilan información de otros medios y en las últimas elecciones locales fue evidente su postura política cercana al expresidente Álvaro Uribe Vélez.

También tienen un par de cosas buenas: la ayuda que le brindan a las audiencias con la búsqueda de personas y mascotas desaparecidas. Pero, esto último no borra el sentimiento de odio colectivo que generan con sus publicaciones en una sociedad violenta que parece recogerse con entusiasmo en la barbarie desmedida.

Esta preocupación conecta con  el tercer punto que expongo en esta crisis de servicios militares en medios de comunicación locales: Teleantioquia.

Aunque muchos han visto con desanimo los sanos enfrentamientos informativos de estos dos canales – Teleantioquia y Telemedellín – , el tener televisión pública con miradas independientes es sano para nuestra democracia local.

La llegada de Mabel López, ficha clave del nuevo Gobernador de Antioquia, y también con posiciones políticas marcadas frente al uribismo, deja a ambos canales en un horizonte informativo en el que la informalidad, la subjetividad y el no intercambio de opiniones, se convierten en las principales amenazas del periodismo local. Más aún cuando el manejo que nuestros gobernantes, desde todas las bancadas, le han dado a estos medios ha sido el de plataforma de lanzamiento, escenario de propaganda – peor aún autopropaganda – política.

¿Tendremos sucursales de Minuto 30 en los ejércitos donde muchos hemos pagado con tanta pasión nuestros servicios militares? Ni para qué entrar en las posiciones de los nuevos directores de noticias. Sería una redundancia de carnés.

Si bien hace unos días, cuando no había terminado de escribir esta columna, pensaba que podían ser advertencias conspirativas de mi pensamiento, la noticia publicada ayer por Telemedellín que titula en la página web: “Ojalá fuera yo el último lesionado por pólvora”: Mauricio Tobón  vuelve a clavar en mí ese sinsabor de pensar que seguiremos siendo los mismos. Una unión desmedida que no dejará libre el pensamiento.

En dicha información, Telemedellín – que representa a la Alcaldía de Medellín – muestra a Mauricio Tobón, gerente del IDEA – ente de la Gobernación de Antioquia – y una de las fichas más cercanas a Cristian Cartagena y a Minuto 30, como una víctima convertida en héroe que luego de perder su ojo derecho “jugando” con pólvora quiere entregarnos una lección de vida. ¿Amigos defendiendo a los amigos? Mandato, ejemplo y arrepentimiento. Pobrecito.

No les quepa duda: la amistad de este “mandato” no es más que un anuncio de una información sin escrúpulos, con imposición y arbitrariedad. Sin pólvora, yo también me parezco a Mauricio Tobón. Desde que nací, no veo por el ojo izquierdo. Pero, aunque eso me hace medio tuerta; en ningún momento, me hace medio boba.

About the author

Perla Toro Castaño

Periodista digital con más de 10 años de experiencia. Magíster en estudios socioespaciales. Colaboradora de la FNPI . Ha participado en la construcción de ecosistemas digitales en medios de comunicación como Telemedellín y El Colombiano y en organizaciones como Medellín Digital y Parque Explora. Docente de periodismo digital y marketing de contenidos en la Universidad de Antioquia, la Universidad Eafit y la Universidad de Medellín.

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