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Colombia, año cero

una hora tras otras, esta primera jornada larguísima del anteinfierno llega a su fin

Primo Levi, si esto es un hombre.


[Primo Levi menciona en La Tregua que la Europa comprendida entre los frentes de guerra, luego de terminada esta, no era más que un infierno de hierro retorcido, todo era eisen y feuer[1], edificios derruidos, la ausencia total de hombres, el hambre brutal y los quiméricos esperpentos que se arrastraban entre las ruinas, como el pianista de Polanski. También Roberto Rossellini, en Alemania año cero, se centra en el colapso de la poderosa Alemania, aquella potencia que postro a media Europa ante su bota militar.

Rosellini expone la miseria espiritual del pueblo alemán posterior a la guerra; las ciudades hechas un vertedero de cadáveres, soterradas desde sus cimientos por los bombardeos, desaparecidas para siempre, junto con sus hombres; los niños -como las aves del lager de Levi- que nacían entre ruinas, volviéndose aves salvajes, como los alcaudones -o verdugos, llevando a sus víctimas incautas a sitios oscuros para sacrificarlos.

El protagonista de la película es un niño, puede ser víctima o victimario inconsciente, no se habla de su pertenencia a las juventudes hitlerianas o cualquier cuadro del partido nacionalsocialista; su existencia toma forma después del espejismo del nazismo; si fue parte de alguna asociación, como los chicos de Napola, de Dennis Gansel, no se dice nada. El niño es solo la representación de la barahúnda de hombres que la guerra arrastra como un haz de paja.

Tanto los hombres que llevaron la guerra hasta las fronteras de países indefensos, como los que se vieron sometidos ante la violencia inmisericorde, vivieron las noches ominosas del horror, se contagiaron de su fiebre homicida, entornaron himnos de muerte para animar a las tropas en el frente, participaron en los crímenes y sintieron la fuerza volitiva del ideal fanático. La guerra los pario y los formo en sus paisajes de muerte.

¿Qué culpa tienen?, la guerra pudo haberse impedido evitar esta deforma monstruosa del ser del hombre y de los espacios en qué habita; fueron arrastrados a la vorágine, a los hornos crematorios del infierno por los hombres que tomaban las decisiones, por esas fieras propias de la escuela de pintura flamenca (como Goya y Jean Malouel), con sus ojos perversos inflamados de matanza, lanzando piras de cadáveres a las fauces de los hornos, esparciendo las cenizas por los campos para crezcan flores deformes. Habían contemplado el horror como meros autores sin conciencia, impulsados por la violencia de su entorno, la locura maniaca de la guerra. Contemplaron el Leviatán feroz desapareciendo metódica e industrialmente a pueblos, razas y credos de la faz de la tierra.

La guerra daña en la esencia del hombre tanto al que la perpetra como al que la padece. El chico se suicida ante la opresión excesiva de las culpas por los crímenes que no había cometido, por el resquebrajamiento de la verdad incontestable, por la derrota de sus aspiraciones -conquistar al mundo con la guerra-, por el lado de los verdugos; por el lado de las víctimas, los hombres se marchitaban por la culpa que nacía de la impotencia de poder salvar a los suyos, los gritos estridentes de sus niños y mujeres, por no poder evitar los episodios de la muerte y los escenarios del terror.

Los hombres que nacieron durante la guerra -como el niño de la película de Rossellini y los chicos de Una vida violenta de Passolini-, los hombres que lucharon en ella y volvieron -como esa turba de Karl Krauss en los últimos días de la humanidad-, los hombres que contemplaron el fondo de la esencia humana, el hundimiento de la misma, desde cualquier lugar, estaban rotos, dañados, mutilados en su esencia.

La guerra -la segunda para ser exactos- causo daños materiales, morales y físicos que aún persisten. Pero -más allá de las precisiones que deban hacerse para no caer en anacronismos- no tuvo una duración, más si una intensidad, considerable. Para el tiempo en que se desarrolló, un periodo de 5 años de guerra -luego de la monstruosidad de la primera- era algo impensable. Se buscaba evitar la guerra, y sus percances, a toda costa. La guerra era un mal prolongado ad infinitum.

Pero ¿qué harían los alemanes si conociese de un país que lleva 60 años en guerra?; de un país que no busca expandir sus fronteras mediante la guerra, ni siquiera conquistar nuevas tierras -como un fin en otro tiempo del Estado- mediante la guerra; un país que solo hace la guerra internamente, destruyéndose a sí misma, pariendo hombres muertos; qué pensarían de una guerra que tiene a un país desmembrado; donde las elites que insisten en la guerra ¿qué pensarían de un país que se obstina en la guerra, que pervive en la guerra eterna, prolongada?

Si los alemanes hubiesen triunfado en el frente oriental, posiblemente la guerra  se hubiese prolongado; pero también existe la posibilidad de que hoy en día tuviésemos que existir como alimañas rastreras, escondidos en cuevas, sin identidad, deshumanizados, animalizados -siguiendo a Levi-, seria un mundo apocalíptico, lo mas cercano al fin del mundo; sería imposible habitar en él, los daños de las armas químicas, los daños de las bombas, el peligro de los obuses y de la metralla, la harían inhabitable. No sería el mundo del hombre, sino el mundo de la guerra, donde solo las armas hablan.

«En esta lúgubre comparación entre dos infiernos», diría Levi, es necesario recalcar que Colombia lleva décadas devastándose a sí misma, se empeña por continuar en las condiciones propias de las antípodas de la humanidad; manipulada por hienas pletóricas de sangre inocente, las mismas que firman decretos con las manos manchadas de los jugos venenosos del carbón y el petróleo -afirmaba Levi-; sucias de los saludos con los poderes oscuros de este país en el que abundan, obligando a los hombres a escuchar las sirenas con su canto frenético de guerra -como lo mencionaba Kertesz- para que caven con los ojos cerrados las tumbas de sus propios hijos.

Europa paso los episodios de la guerra, la zona gris donde todo es permitido, ese umbral donde el hombre se retrotrae a su condición bestial. Pero en Colombia la guerra no ha dejado avanzar el país, los tomadores de decisiones no han querido aceptar que no es el camino para transformar. La reconstrucción del país, superar los profundos y arraigados problemas que padece, es un proceso arduo y difícil. La reconstrucción de Europa fue un proceso colosal, desde el año cero, no paro de construirse. Colombia tuvo su año cero al inicio de los diálogos de paz, pero un poder destructivo -el genio de la destrucción-, un proyecto político dedicado a la contracreación, es decir, una fuerza negativa que solo busca muerte y miseria -la necropolítica de Achille Mbembe-, nos retiene en la guerra eterna, en esta cosa difusa que no puede llamarse existencia, en la pobreza espiritual y material más ruin, la misma pobreza que se necesita para que el hombre pueda ser un objeto de fácil manipulación y se pueda tranzar con él, hacerle defender el lager, sus migajas de brot-chleb-pain-lechem-kenyer gris y duro.

Nos hemos acostumbrado a habitar en la horrible noche, en el corazón del infierno -como el texto de Zalmen Gradowski-, Sonderkommandos sobreviviendo el día a día del trueque con la muerte. Tenemos derecho a disfrutar del frescor del alba sin tener una magnum 41 silbando en la nuca.]


[1] Hierro y fuego. Traducido del alemán

Esto fue escrito por

Steven Cadavid Echavarría

En mis inquietudes esta la búsqueda de una forma autentica y novedosa de retratar las problemáticas sociales (conflictos armados, emergencias ambientales, actualidad política, la cultura). Ello me ha llevado a incursionar en la novela de ideas, el cuento, y demás formas narrativas como herramienta de teorización sobre la política y la sociedad.

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