Opinión

Beber

Si algo maravilloso pudieron inventar las peligrosas manos del hombre, ha sido el licor, desde antes y después de Cristo y en todas sus presentaciones. Desde la cerveza hasta el whisky pasando por el ron y el vino, y por supuesto esa belleza a la que llamamos guaro.

Ha sido el licor el ‘cuartero’ perfecto para conseguir amistades y amores, sin que así me lo proponga. También ha sido el acompañante en desastrosos momentos de mi vida, pero tampoco puede faltar aun cuando estoy en mis mejores días. Sin embargo,no suelo llegar al punto de estar borracho. Solo una vez he llegado a ese deplorable estado en el que soy incapaz de gobernarme a mí mismo.

Quienes me conocen saben que no suelo emborracharme, y es que además ese no tiene por qué ser ese el objetivo de beber. Beber desmedidamente puede llevar a unos actos de tales proporciones que el día de mañana en medio del guayabo puede uno lamentar. Bebo, y si siento que ya no puedo más, paro, descanso y sigo al rato, pero bebo.

Me encanta  beber con aquellos con quienes nos convertimos en críticos sociales, políticos, consejeros y psicólogos. Por supuesto, llegará un punto en la noche en el que puede uno llorar por algo o alguien que no pudo alcanzar. Por lo anterior, precisamente, no gusto de beber hasta emborracharme y llegar al punto de borrar cassette. Horas después me gusta recordar las conversaciones, y quizá escribir sobre ellas. De hecho, cuando bebo solo, acostumbro elaborar ideas y escribir siguiendo aquel consejo de Hemingway: escribe ebrio, edita sobrio.

Muy razonable cuando debo y bastante emocional y sentimental cuando bebo. Muchas veces el beber lleva a que recuerde momentos con aquella mujer de cuyo nombre no quisiera acordarme y en eso colabora el sitio que frecuento para tomar los ‘chorros’ solo o acompañado. Ese bar ha sido testigo de inicios y rupturas. Allí planee proyectos con ella y con otras, y allí mismo cayeron. Esa misma barra fue la misma de tan bellos y tan desastrosos momentos, y sin embargo, ahí sigo. Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, dice aquella canción de Mercedes Sosa, aunque pueda eso ser levemente siniestro, diría Sabato.

Por otra parte, cuando bebo (y cuando no) me encuentro con todo tipo de personas, pero desconfío especialmente de dos: la primera esa que no bebe. Es bien sabido que uno afloja la lengua cuando esta ebrio y la cantidad de confesiones y secretos que podamos contar es directamente proporcional a la bebida que consumamos. El vino hace desbordar los secretos más íntimos a los que han bebido demasiado, decía Montaigne. Por eso desconfío de esos que no beben porque creo que tienen un pasado turbio, y quizá oficios y costumbres peligrosas, que prefieren no compartir, y con justa razón. Por supuesto, también desconfío de esas que llegan al otro extremo y que, sin conocerlos, me cuentan todos sus más oscuros secretos.

También desconfío de esas personas que ya ebrias les da por admirar y querer a todo el mundo. Son personas hipócritas que estando sobrias no quisiera imaginarme cuántos halagos falsos no me darían.

Confío y quisiera entablar algún tipo de amistad con quien ebrio no es extremadamente sincero y que suelta su lengua pero no para alardear de lo que tiene o para admirar a quien no conoce, sino para contar lo que verdaderamente quisiera hacer en la vida, de lo que se arrepiente, de lo que no quisiera hacer, de cómo quisiera morir, de que aún no ha superado a su ex estando falsamente enamorado y todo ese tipo de cosas que no rayan con la zona oscura de los secretos de un mortal.

Lo único que me aburre de beber, es que a veces es el licor quien hurga en recuerdos que ya estaban domados. Los revive y me rematan. Empiezo entonces a recordar amores pasados que fueron y ya ahora son de un tercero. Y eso combinado con algunas canciones que puedan sonar sin yo pedirlas hacen una combinación fatal, y seguramente a muchos les sucede igual.

Invito a quienes no beben a que beban guaro, ron, cerveza o lo que sea, pero que doblen ese codo. Usen el alcohol para avivar los sentidos y desmembrar los momentos, desautomatizar situaciones y rememorar el pasado. El licor, que si bien puede ser causante de rotos en nuestras economías, puede subsanarse con lo que se aprende y valora mientras alzamos los brazos y doblamos los codos. Si se bebe solamente con el fin de perder el conocimiento, mentar la madre a cualquier desconocido, o peor aún, admirar y querer mucho a uno de esos mismos, muy mal invertido que está ese dinero.

Salud.

Esto fue escrito por

Santiago Molina Roldán

Licenciado en Humanidades, Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia.​

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