Bajo el sol y el frío

Cada aspiración es un descubrimiento; cada exhalación un cataclismo. Porque ya no es solo sentir cosas nuevas, sino también pensarlas y vivirlas. Las mil dudas respondidas acerca del continente europeo y su dinámica solo han servido para la formulación de miles más. Este lugar, colmado de gente joven y jornadas fugaces, responde a un deber terrible de acogimiento, albergue y casi que adopción. Aquí un individuo más, una persona más, entre miles de esta ciudad plagada de sueños, bares y harina.

Salamanca es relativamente pequeña pero tiene una increíble capacidad para albergar las cosas. Hay de todo. Hay tiendas de abarrotes y charcuterías, ventanas, terrazas y balcones color miel, sangre de todos los rincones del mundo y hasta algunas fuentes que, en las noches de esta parte del año, suelen tener su agua congelada. La ventisca fría ignora los edificios y se mete por los callejones y corredores, empujando el polvo y el cabello de una calle a otra.

Hay también días en los que no parece amanecer del todo hasta las horas de la tarde. El sol sale, casi dormido y muy perezoso, despacio y ya después de las 7:30. En verano los días son muy largos y puede haber luz solar desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche, con temperaturas de más de 30º incluso en la sombra. Invierno, en cambio, es la época en la que un sol radiante de mediodía, en cielo despejado, no significa un día caluroso.

En estos días hay nieve, viento, lluvia, -2º y narices rojas. Casi todo el cuerpo hay que buscar cubrirlo con accesorios para mitigar el frío y huir del resfriado y la fiebre. Los horarios cambian, y en enero, es correcto decir que a las 9 se madruga, que la mañana va hasta las 2 y que podemos quedar a las 7 de la tarde debajo del reloj.

El ritmo de vivir, entonces, cambia.1, 2,3, 10 días en este lugar y el cuerpo va empezando a ver que todo le llega distinto. Los sentidos, configurados casi de manera biológica, a veces tratan de ver, oler, oír, probar y sentir a Colombia, cuyas cosas lejanas no tienen casi ninguna injerencia en Salamanca. Con una lógica lenta y difícil, el cerebro va reaccionando al cambio de realidad y de ambiente, y cambia de fe a sus órganos, tejidos, glándulas y hormonas, que al rato o a los meses podrán creer que están en otra cosa. El hombre se hace con el hábito, pero a veces también el hábito lo deshace o lo renueva.

“Repara tu trineo en el verano, y tu carreta en el invierno”. Proverbio armenio.

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De la misma manera en la que el horario, la temperatura y el ambiente de Salamanca son distintos a los de Medellín, también lo son su gente y sus costumbres. Aunque a veces se pueda comparar a un español con un colombiano en su físico y haya similitudes en la piel, el cabello o el biotipo, lo cierto es que las personas paisas, cachacas, vallunas, costeñas, llaneras, chocoanas y demás poco o nada tienen que ver con los salmantinos, andaluces, extremeños, catalanes, gallegos, asturianos, madrileños y demás. Ellos nos dejaron solo pocas cosas cuando llegaron a América, y ni se diga de los demás europeos.

Aquí no hay oportunidad para los desayunos de arepa con huevo, pero sí la hay para la cena a las 11 de la noche a punta de jamón y pan. Un día puede exigir abrigos y dos medias para cada pie mientras que el siguiente puede exigir gafas de sol. Para saludarse a veces se dice hasta luego y se puede hablar con extraños como si fueran compañeros de toda la vida. No hay un solo semáforo inútil, así como no existe algo ni medianamente parecido al servicio al cliente que hay en Colombia. Hay toros y hay iglesias, hay historia, fútbol, cultura y novedad. Hay herencia del islam, de reyes, de edad media. Hay tintes del renacimiento, de conquistas, de guerras y corrupción. Hay gente. Hay vida.

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About the author

Juan Pablo Sepulveda

Tengo 20 años, estudiante de periodismo, apasionado por el deporte y la escritura.

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