Masacre en Altavista, el laboratorio del proyecto paramilitar en Medellín

Fotografía tomada por el autor de la columna. Acto simbólico de conmemoración de los 24 años de la masacre. Tomada en el lugar de los hechos

“En esta casa todos estamos enterrados vivos”
Fragmento de “La Patria”
María Mercedes Carranza

 

De manera estrepitosa llegaron las camionetas al corazón de Altavista, sujetos armados con subametralladoras se bajan rápidamente. ¿Su misión? arrebatar la esperanza, la alegría, la vida de los jóvenes que se encontraban departiendo en un billar y un estacionamiento de buses. Esos hombres armados, hicieron de un bus un paredón, enfilaron a los jóvenes y sonaron las balas que marcarían un antes y un después en este corregimiento de Medellín. El 29 de Junio de 1996 fueron asesinados 16 jóvenes en el corregimiento de Altavista, la masacre fue perpetuada por paramilitares. Ante el silencio sistemático del Estado nos quedan  las voces de las personas que vivieron y viven el conflicto armado en todo momento y en todo lugar, estas líneas nacen del relato de Mauricio Mejía, líder comunitario, educador popular, politólogo y sobretodo, habitante de La Perla, barrio de Altavista

La guerra de los carteles del narcotráfico marcó  los primeros años de los 90’s en Medellín. “Medellín fue el epicentro de la disputa por el control de las drogas, la ciudad fue el laboratorio de los mercenarios, de todo el desarrollo social político y cultural del sicariato”. La guerra entre carteles necesitó de un entorno favorable para desarrollarse. Ese entorno estaba compuesto principalmente por “los jóvenes sin futuro, pelaos que no tenían acceso a la educación ni al trabajo”, eso fue el combustible que propagó y estallo el conflicto.

Además de esto, nos cuenta Mauricio que, “los errores de la izquierda armada, la manera de escalar el conflicto a la zonas urbanas, y la forma de reclutar a los chicos “sin futuro”  era a lo maldita sea, sin ideología y  sin política; eran unos muchachos que solo querían ascender socialmente; la falta de politización y el entorno en el que se encontraban resultaron en toda clase de atropellos contra la comunidad, generando así, un profundo descontento contra el actuar de las milicias urbanas, que eran principalmente las del ELN y FARC”.

En este contexto llegó el fatídico día de la masacre; Mauro cuenta que ese día se encontraba en Belén visitando a la mamá de su hijo, al caer la noche termina la visita e intenta abordar transporte público pero le queda imposible, ni los taxis querían subir, la respuesta que le daban era “eso está muy caliente por allá arriba”, él logra llegar donde un familiar y juntos encienden el televisor, ponen el canal del noticiero TeleAntioquia y se entera de lo sucedido, inmediatamente llamó por teléfono a un familiar que logró ir hasta el lugar de los hechos y en medio de su relato “me comienza a dar nombres, fue muy estremecedor saber que eran compañeritos del colegio, el muchacho que colaboraba en el paradero de buses, él siempre le fiaba a uno, un chico muy servicial. Con la misma desgracia corrió un chico de 17 años, era cristiano, -recuerdo que me había insistido que estuviera en la iglesia- y justo saliendo de la iglesia fue masacrado […] todos eran pelaos muy nobles, gente buena y trabajadora. Fue doloroso, incluso,  me hizo odiar el lugar que estaba habitando”

Después de esta masacre, la respuesta por parte del Gobernador Álvaro Uribe fue militarizar el barrio, eso fue condenado por la comunidad porque todos sabían que la masacre tuvo complicidad de las fuerzas militares.

Sabemos que nada sucede al azar, que las acciones tienen razones. La masacre tenía por lo menos tres objetivos “El primero, altavista como laboratorio para el desarrollo del proyecto paramilitar en Medellín. El segundo, la guerra contrainsurgente que se desprende de los manuales de la seguridad nacional, lo que se busca instaurar en el corregimiento es la doctrina del miedo que sirva como hecho ejemplarizante para ser replicado en otras comunas de la ciudad, especialmente en las comunas 13, 1, 2 y 3 y el tercero, es empezar la escalada que conlleva a la expulsión definitiva de los grupos de izquierda que habitaban el corregimiento”

El miedo es la emoción que posibilita la instauración del autoritarismo. Asesinar 16 jóvenes en el corazón de Altavista tenía como objetivos acabar con las expresiones democráticas para la instauración de una figura autoritaria en la segunda ciudad más importante de Colombia. “Altavista es el laboratorio, acá se ensayan varias armas, todo en el marco de la guerra de baja intensidad, la implementación de dispositivos como el miedo para poder desarrollar el proyecto de la seguridad democrática en cabeza de Álvaro Uribe Vélez. Al instalarse el miedo, lo único que queda en la cabeza de la gente es que la única posibilidad de salvarnos es la presencia militar del Estado, eso posibilita la inserción de una ideología muy propia de los regímenes fascistas”. Lo contrario del autoritarismo es la democracia, por esto, la búsqueda por la negación de expresiones democráticas  después de la masacre fue evidente. “recuerdo que cuando fui profesor, me tildaban de subversivo por hablar de la tutela o por enseñar a instaurar un derecho de petición; el miedo a movilizarse por los derechos”.

Por otro lado, en Colombia es imposible pensar la democracia sin memoria histórica, sin embargo, la apuesta política de los habitantes por construir memoria se ve opacada por la inacción estatal. “El Estado es condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por no cumplir con la responsabilidad de garantizar la seguridad y el derecho a la vida y el perdón que pidió fue a doble cara, fue falso”. Así mismo, existe un hecho que representa esa disputa por la memoria en Altavista “recuerdo que en una semana por la paz, hicimos un mural en honor a las víctimas y tiempo después la  instalación de las Autodefensas Unidas de Colombia estuvo acompañada con la borrada del mural que teníamos en honor  a las víctimas”. El silencio como arma para el olvido.

Tan solo 10 minutos bastaron para dividir la historia de Altavista en dos, 10 minutos de sangre, gritos, armas, lagrimas, desesperanza donde la ruta 176  sirvió como paredón de fusilamiento, la esperanza y risas de 16 jóvenes y cientos de familias fueron apagadas por el ruido de la guerra.  24 años de heridas que tienen que ser escritas  para no olvidar.

Rafael Nuñez

Politólogo de la Universidad Nacional.

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