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El remake de Netflix avanza despacio, y quizá por eso alcanza a decir algo que hoy casi nadie dice: que el sufrimiento no interrumpe la vida; el sufrimiento es parte de la vida.
Nacemos sufriendo. El primer respiro duele. Nadie nos advierte que ese llanto con el que llegamos al mundo no es un accidente ni un mal comienzo, sino la primera lección: vivir cuesta. Y sin embargo, hemos construido una época entera dedicada a convencernos de lo contrario. Pensé en todo esto viendo La casa de la pradera, la nueva versión que Netflix estrenó este verano bajo la mirada de Rebecca Sonnenshine. Ya sé lo que se dice de ella: que es lenta, que se toma demasiado tiempo, que parece filmada con el pulso de las series de los noventa y no con el de una plataforma que mide la paciencia del espectador en segundos. Es cierto. A muchos no les va a gustar. Pero creo que ese reclamo se equivoca de tema.
La historia es la de siempre y a la vez no lo es. Los Ingalls dejan Wisconsin y llegan a Independence, Kansas, buscando tierra y una vida nueva. Charles, interpretado por Luke Bracey, creyó que bastaba con reclamar un pedazo de pradera para construir un hogar. Lo que encuentra es deuda, enfermedad, incendios, disputas por una tierra que ya tenía dueños. La serie no le ahorra nada a esa familia. Y ahí está, su verdadero mérito: se atreve a mostrar la vida sin el filtro.
Ahora usamos la palabra proceso para darle nombre a lo que nos pasa. Pero no son procesos. Es la vida.
Porque hoy las personas no entienden que los problemas son parte de la vida. Y no las culpo. El sistema no lo enseña, pocas películas lo enseñan, las conversaciones tampoco. Vivimos rodeados de discursos que prometen soluciones, atajos, bienestar inmediato, versiones de nosotros mismos libres de dolor. Ahora usamos la palabra proceso para darle entendimiento a lo que nos pasa, como si todo lo doloroso fuera una etapa transitoria con fecha de salida. Pero no son procesos. Es la vida misma. Y créanme que se lo dice alguien que aprendió a llevar el conteo de sus problemas, y que aprendió también a perdonar cada abuso, cada pérdida, cada situación sin sentido. Perdonar no fue una técnica ni un ejercicio de superación personal. Fue, más bien, dejar de exigirle a la vida una explicación que nunca me iba a dar. Los Ingalls no superan sus inviernos: los vivieron. No resuelven la escasez: la cargan. Esa distinción, tan pequeña, hoy me parece enorme.
La serie también me llevó a pensar en las malas decisiones, en las equivocaciones que uno toma creyendo que hace lo correcto. Charles se equivoca con frecuencia, y sus errores no caen sobre él, caen sobre sus seres queridos. Así funcionan casi siempre: el que se equivoca rara vez es el que paga. Y aun así, la serie no lo convierte en villano. Lo deja ser lo que es, un hombre haciendo lo que puede con la información que tiene.
El daño más grande no lo hacen los que se equivocan. Lo hacen los que están seguros de que no se equivocan nunca.

Pero hay otra cosa que la serie muestra sin subrayarla, y es la que más me inquietó. El daño que provocan los que creen saberlo todo. Los que llegan con el mapa en la mano y la certeza de que su versión del mundo es la única posible. Esta adaptación tuvo el cuidado de incorporar la mirada de la comunidad osage, la gente que ya vivía en esa tierra que los colonos consideraban vacía. Y esa decisión cambia todo. Porque de pronto uno entiende que el sueño de unos también se levanta sobre el despojo de otros, y que quien está convencido de tener la razón es incapaz de verlo. El daño más grande no lo hacen los que se equivocan. Lo hacen los que están seguros de que no se equivocan nunca.
Quizá por eso, esta versión avanza despacio. Porque el dolor no se cuenta rápido, y la vida tampoco. Es curioso: la propia showrunner ha dicho que, hasta el nombre del pueblo, Independence, es una mentira. Nadie sale adelante solo. Necesitamos comunidad, necesitamos que alguien se quede. Eso lo sabían quienes vivían en la pradera hace ciento cincuenta años, y lo hemos ido olvidando entre tanto discurso de autosuficiencia. En la pradera nadie hablaba de procesos. Había inviernos, había pérdidas, había mañanas en las que no quedaba nada más que volver a empezar. Y, aun así, cada mañana, alguien volvía a respirar. Aunque doliera. Como el primer día.
Rubén Eduardo Barraza
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