La política de no elegir

“La existencia de solo dos opciones no obliga, por lógica ni por principios democráticos, al ciudadano a considerar que alguna de ellas merece su respaldo. […] La libertad de pensamiento y expresión tiene valor incluso cuando la posición de una persona es minoritaria; por eso, la existencia del voto en blanco y el derecho a elegirlo como alternativa constituyen un mecanismo de expresión dentro de la democracia.”

Con la reciente posesión de Abelardo De La Espriella como presidente, recordé que tenía pendiente por escribir sobre una situación que viví hace poco y que era necesario convertir en columna. Aquella situación tiene su origen en una palabra que ha tenido que sobrellevar el peso de consecuencias inesperadas, de usos inapropiados y de una popularidad que la ha desvirtuado continuamente: esa es la palabra política. Es un tema del cual trato de mantenerme al margen, sobre todo en un país como Colombia que todavía vive polarizado, donde las diferencias pueden convertirse en sentencia de muerte. No obstante, si vemos los asuntos políticos estrechamente ligados a la cultura y a la sociedad, significa que, sin pensarlo demasiado, ya he venido investigando y escribiendo sobre cuestiones políticas. Después de todo, la crítica cultural también puede ser entendida como un análisis de lo político manifestado en diferentes producciones que dan identidad a una sociedad.

Para entender esto mejor, vale la pena empezar por una idea presente desde hace un tiempo en la filosofía política: la diferencia entre los términos la política y lo político. Gramaticalmente, la primera es un sustantivo concreto acompañado de su respectivo artículo y designa una actividad, una disciplina —que puede ser práctica y teórica— o unas instituciones; mientras que lo político, se refiere, desde la estructura gramatical, a un artículo neutro sumado a un adjetivo sustantivado. Es decir, este segundo término constituye más una cualidad o una dimensión abstracta que se ha relacionado con el poder, el conflicto y la vida colectiva.

Autores contemporáneos como Carl Schmitt y Hannah Arendt han llevado esta diferencia gramatical a un asunto con profundas bases teóricas, donde interactúan la ontología, la ética, la religión y la estética. Sin embargo, el principal antecedente de esta reflexión ya lo encontramos en Aristóteles. Mientras lo político es una condición natural derivada del hecho de ser miembros de una comunidad que busca el bien común para sobrevivir —de ahí el concepto de zoon politikon—, la política es una ciencia práctica que busca organizar los distintos grupos humanos en favor de ese mismo bien común. Lo político es natural, instintivo y necesario; la política, en cambio, es racional y casi artificial si la observamos desde el entramado actual de las estructuras de gobierno.

En ese sentido, todos seríamos seres políticos al habitar y depender de una comunidad para garantizar nuestra supervivencia; pero, en lo que concierne a una relación continua y directa con la política, esta solo se da cuando se tiene el poder para decidir sobre el bien común. Así, somos siempre políticos, pero intermitentes en la política. Suena como un juego de palabras que, sin embargo, deberíamos comprender y utilizar adecuadamente para no caer en afirmaciones que solo reflejan el desconocimiento de esta doble condición humana. Este estado de ignorancia se hace evidente cada cuatro años, o cuando hay elecciones “democráticas” para algún cargo público. De hecho, en las recientes elecciones presidenciales volví a notar el mismo problema, incluso entre familiares y otras personas cercanas.

Este error frecuente en el uso de los términos, lo he vivenciado más en los últimos años, cuando decidí ver en el voto en blanco una opción pertinente. No temo decirlo porque es una realidad en mi vida y de una porción mínima de nacionales. Es cierto, el voto en blanco no es mayoritario; representa, inclusive, una minoría que no alcanza un valor significativo de todos los votantes. No obstante, es un grupo que existe y eso no puede desvirtuarse a partir de razones que alaban el valor práctico del voto mayoritario. Quienes votamos en blanco tenemos razones; quizá no las mismas, pero las tenemos, o sea que también podemos ser comunidad. Tristemente, nuestras razones siguen siendo subestimadas, incluso cuando quienes las cuestionan aseguran hacerlo pensando en el bien común.

El problema es que aquello que pueda llegar a ser un bien común no siempre coincide con lo que las mayorías consideran como tal. Aquí aparece una falacia de consenso por mayoría: se permite que los votantes elijan a quien consideran el candidato adecuado, asumiendo que por ser mayoritario es lo correcto. Pero, ¿realmente esa decisión mayoritaria, recoge el interés común? Asimismo, dentro de ese mismo sistema de elección, si se es minoría, esta debe aceptar lo que la mayoría eligió. Hay un carácter falaz y paradójico en esto: la democracia invita a todos a participar en la política, pero solo unos pocos ejercen realmente el poder político.

La democracia tiene variantes, no es uniforme y, dependiendo del caso, estará permeada por paradojas. Pese a ello, la existencia de la figura del voto en blanco es algo que celebro, en tanto le da valor a algo que para mí es más importante que buscar lo mejor entre lo peor, y es ser fiel a lo que, como individuo, encuentro favorable para el bien común. Aunque esto no represente efectos prácticos directos, la posibilidad de inclinarme por aquello que racionalmente encuentro como correcto, lejos de presiones y populismos de cualquier corriente, me resulta gratificante.

No todos vemos en otro ser humano convertido en candidato la clave de la salvación, al punto de ensalzarlo como si fuera un mesías que viene a rescatarnos del oscurantismo del gobierno de turno y, de paso, a protegernos del apocalíptico futuro que representa el candidato del bando contrario. Como seres humanos envueltos en relaciones sociales, somos altamente susceptibles al error. Ninguno de nosotros es un ser etéreo e incorruptible que marcha sin vacilar por el noble sendero y los candidatos también son humanos. En el mundo de lo político, y más aún en el de la política, el individualismo se solapa al disfrazarse de lo colectivo; el tráfico de influencias y, en general, el abuso de poder, tristemente guían el camino de buena parte de los cargos de elección popular y en eso, históricamente no ha habido excepción.

No obstante, en varios sectores de la sociedad actual, ver con sospecha las etiquetas políticas que se autoproclaman como el camino único y verdadero, antes que ser valorado como la expresión de un sentido crítico que va más allá de la retórica, es visto como una carencia de compromiso. Estar inconforme con los candidatos de turno asusta a ciertos sectores de la población como si se tratara de un vacío que amenaza con disolver el tradicional bipartidismo instalado en los extremos. Una supuesta ambigüedad manifestada en el voto en blanco circula dentro de una sociedad en la que, según los “comprometidos políticamente”, importa más la polarización que las posturas divergentes.

Este hecho lo viví hace poco cuando expresé mi intención de votar en blanco. Sin proponérmelo, la izquierda y la derecha de mi entorno tenían un punto en común: les incomodaba el voto en blanco. Por lo tanto, había que hacer todo lo posible para llevar a esa herejía blanca de la democracia hacia alguna de sus esquinas. Mis dos líneas familiares —materna y paterna— intentaron infructuosamente convencerme de no votar en blanco. Al final, mi voto terminó sumando a una minoría que no llega ni al 2%: 426.848 votos, el 1,63%, para ser exactos. Poco importa esto cuando se trata de tener la conciencia tranquila al saber que se actuó siguiendo aquello que, por principios, se considera correcto.

Votar en blanco o no votar no es apatía social ni una pérdida del valor real del voto, como muchos aparentes conocedores de la estructura de lo político quieren hacerlo ver. Es, sencillamente, la manifestación de otra cara de la vida política. Inclusive, medios y figuras que han tratado de mantener una postura crítica y objetiva frente a la actualidad política global han caído en el mismo problema de querer persuadir y llevar al votante hacia algún bando, bajo la premisa de una especie de peligro del voto en blanco.

Tal es el caso del canal de YouTube de La Pulla, que publicó un video exponiendo unas razones válidas y plausibles para no votar en blanco, pero que, pese a ello, no son completamente convincentes si se quiere aceptar la libertad de decisión en una sociedad plural como la colombiana. Veamos entonces cuáles fueron las razones que se mencionan en el video y porqué, aunque son plausibles, no constituyen la única decisión racional y ética.

Primero, en el video se señala, acertadamente, que el voto en blanco no tiene efectos performativos sobre el resultado y que, en segunda vuelta, se debe elegir entre alguno de los dos candidatos. Sin embargo, este hecho no debería desvirtuar el valor del voto en blanco como expresión democrática de una población que no se siente representada. El voto en blanco puede expresar un rechazo simultáneo a las alternativas disponibles. Que una opción no produzca un cambio inmediato en el resultado electoral no significa que carezca de valor político.

Segundo, La Pulla plantea que, al votar en blanco, se deja que sean otros quienes decidan entre los dos candidatos. Por eso, aunque ninguno represente completamente al elector, sería preferible escoger al candidato que se considere menos perjudicial o más cercano a las propias convicciones. El problema de este razonamiento es que supone necesariamente una suerte de desaparición del votante en blanco, pero al figurar en los resultados finales de conteo de votantes, nadie está votando por quienes decidimos votar en blanco. Sencillamente, no se representa una mayoría, pero vivir en lo político no es solo una carrera para ser el primero, ni tampoco ser uno más del grupo mayoritario.

Tercero, en el video se nos pide votar por alguno de los candidatos casi como si se tratara de una obligación moral de escoger entre las alternativas disponibles, y aunque ante dos opciones imperfectas puede considerarse razonable elegir aquella que resulte menos perjudicial, más cercana ideológicamente o menos peligrosa, un ciudadano también puede considerar que ninguna opción representa aquello que considera correcto.

En ese caso, votar en blanco constituye una decisión consciente: decidir no respaldar a ninguno. Desde una perspectiva ética, la elección del “menos malo” puede ser una justificación coherente con una búsqueda realista del bien; pero, este criterio puede convertirse, con el tiempo, en una vía expedita para que el vicio se instale a cambio de la virtud, lo cual, poco a poco, nos ha llevado a tener niveles de tolerancia frente a la incompetencia que resultan escandalosos. El mérito arraigado en la integridad cede así su lugar a un conformismo que no puede convertirse en la nueva brújula para la elección popular. Quien menos errores tenga puede ser una alternativa, sí, pero no todos tenemos principios morales con una maleabilidad capaz de adaptarse a esa máxima del “menos peor”.

Cuarto, La Pulla sostiene que el voto tiene una dimensión colectiva y que, por esta razón, las elecciones no afectan únicamente al individuo que vota. Las decisiones del nuevo presidente tendrán consecuencias sobre millones de personas, incluyendo a quien decide no votar o a quien votó por el otro candidato. Por eso, aunque ningún candidato sea ideal, existiría una responsabilidad social de escoger entre las alternativas disponibles.

Frente a esto, la dimensión colectiva del voto no debería eliminar la autonomía del elector. Pensar en el bien común no implica necesariamente aceptar que la mayoría siempre tiene la razón sobre aquello que debe entenderse como bien común. Hacerlo sería caer nuevamente en una falacia de la mayoría. Cada ciudadano puede considerar que votar en blanco es precisamente la manera más coherente de actuar según sus principios.

La existencia de solo dos opciones no obliga, por lógica ni por principios democráticos, al ciudadano a considerar que alguna de ellas merece su respaldo. Desde Rousseau, pasando por Mill y hasta Arendt, podemos encontrar elementos para cuestionar la idea de que una posición minoritaria carece de valor político por el simple hecho de no modificar directamente el resultado. La libertad de pensamiento y expresión tiene valor incluso cuando la posición de una persona es minoritaria; por eso, la existencia del voto en blanco y el derecho a elegirlo como alternativa constituyen un mecanismo de expresión dentro de la democracia.

Una acción política puede tener significado, aunque no produzca inmediatamente un cambio institucional. Votar en blanco, como votar por cualquiera de las otras dos opciones, es ejercer el poder que cada ciudadano posee en virtud de su libertad. La diferencia está en que, en este caso, ese ejercicio no consiste en escoger entre dos candidatos, sino en afirmar que ninguna de las alternativas disponibles merece el respaldo de quien vota. Y quizá ahí radique la paradoja que motivó estas líneas: participar de la política también puede significar negarse a elegir entre aquello que no representa lo que uno considera correcto.

Andrés Camilo Atehortúa Sequeda

Soy filósofo, docente y músico. Soy magíster en filosofía egresado de la Pontificia Universidad Javeriana y licenciado de la Universidad Pedagógica Nacional. Dentro de mis intereses están la filosofía de la música, el arte en general y asuntos de tipo bioético.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.