![]()
La película mexicana de Netflix, filmada en buena parte en Chihuahua, es hoy la más vista del mundo en habla hispana. Cuenta una historia de narcotráfico, sí. Pero México, como ese cielo que aparece en cada plano, es mucho más que la historia que el algoritmo elige contarnos.
Antes de hablar de cine, tengo que pedir una disculpa. Dejé de escribir esta columna durante un tiempo. No fueron falta de ganas, ni falta de historias; fue que mi mamá enfermó de gravedad y, hace poco, partió de este mundo. Hay silencios que no se eligen. Uno simplemente se queda sin palabras, y las pocas que quedan se guardan para lo que de verdad importa. Pero también hay historias que nos toman de la mano y nos devuelven al teclado casi sin pedir permiso. Eso me pasó con La Captura.
La película, dirigida por Chava Cartas y estrenada en Netflix este mes, es hoy la más vista del mundo entre las producciones de habla hispana. Recrea la recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán en enero de 2016, pero lo hace desde un ángulo distinto: el de dos policías federales, interpretados por Alfonso Herrera y Noé Hernández, que se topan con el hombre más buscado de México en una revisión de rutina y tienen que decidir, en cuestión de minutos, qué clase de personas quieren ser. Y aunque la historia sucede en Los Mochis, buena parte se filmó en mi natal Chihuahua. Nuestras calles, nuestras carreteras y nuestro cielo prestaron su rostro para contar una historia que no es nuestra, pero que de alguna manera también lo es.
Confieso que ver la película me tocó de un modo curioso. Uno de los personajes lleva mi apellido, Barraza. No tuve nada que ver con ello; es una de esas coincidencias que la vida pone frente a uno. Pero hay más hilos. Hace años, cuando yo era estudiante, conocí al productor ejecutivo de la cinta. Y una de las casas que aparecen en pantalla la prestó la amiga de una tía. Son detalles pequeños, casi domésticos, y sin embargo me hicieron mirar la película de otra forma: como si detrás de cada plano hubiera una red de personas que uno conoce, o casi conoce, y que un día decidieron que Chihuahua podía ser también un escenario de cine.
Me inquieta que cuando el mundo mira hacia México, el algoritmo elija enseñarle casi siempre lo mismo: el narco, el túnel, la persecución.
Y aquí viene lo que más me inquieta. Celebro que una película mexicana ocupe el primer lugar de las visitas globales. Pero me parece triste que, una vez más, lo que le da la vuelta al mundo sea una historia de narcotráfico. No es culpa de la película, que hace bien su trabajo; es culpa de una lógica que ya conocemos: los algoritmos muestran lo que atrapa, y lo que atrapa de México, al parecer, sigue siendo el crimen. Me pregunto cuántas personas en otros países verán La Captura y creerán que eso es todo lo que somos. Que México es una carretera oscura, un auto robado y una bolsa de billetes ofrecida como soborno.
Los mexicanos somos mucho más que eso. Y creo que la propia película, sin proponérselo del todo, lo demuestra. Basta mirar el cielo. Ese cielo inmenso de Chihuahua que aparece en cada exterior, limpio, abierto, como si no supiera nada de lo que ocurre debajo. El trabajo de cámara lo capta con una sensibilidad que agradezco: sabe cuándo cerrarse en la tensión de una cabina de patrulla y cuándo abrirse al horizonte del desierto. Y en medio de ese contraste está la actuación de Poncho Herrera, que a mí me parece de lo mejor que ha hecho. No interpreta a un héroe de acción; interpreta a un hombre con miedo, con una familia que lo espera, que sostiene la mirada cuando sería más fácil bajarla. Chihuahua demuestra, además, que es un escenario para filmar. Tiene luz, tiene paisaje, tiene gente dispuesta a prestar su casa. Ojalá la industria lo note.
Nadie nace queriendo ese camino. El hambre, la falta de oportunidades y a veces una ambición mal encauzada empujan a las personas hacia donde el sistema les deja una puerta abierta.
Pero hay algo más que la película me llevó a pensar. Es fácil mirar a quienes siguen la vida del narco y ver solamente villanos. Yo no puedo hacerlo. Creo que nadie nace queriendo ese camino. La situación de nuestro país, el hambre, la falta de oportunidades y a veces una ambición mal encauzada empujan a muchas personas hacia el único trabajo que parece tener la puerta abierta. Eso no justifica nada, pero sí explica mucho. Y explicar es el primer paso para dejar de señalar y empezar a entender. Un país no se arregla capturando a un hombre; se arregla cuando el muchacho de la colonia tiene otra opción que no sea esa. Y en ese mismo sentido, celebro que La Captura engrandezca a los policías y a los militares. Lo tienen bien merecido. Nos hemos acostumbrado a pensar que todos son corruptos, que todos tienen precio, y la película se atreve a mirarlos desde otro lugar: como personas que también tienen miedo, que también tienen familia, y que en algún momento deben decidir quiénes quieren ser. Hay miles de agentes así, en silencio, que todos los días eligen lo correcto sin que nadie los grabe. Que una película los mire con respeto es, me parece, un acto de justicia.
Quizá porque en estos meses he aprendido a mirar hacia arriba cuando la tierra pesa demasiado, de toda la película lo que se me quedó no fue la persecución ni el túnel, sino ese cielo de Chihuahua, enorme, sobre la carretera. El mismo cielo que me recuerda a mi madre, cuando de niño me llevaba a pasear al centro de la ciudad y yo caminaba a su lado sin saber que aquellas tardes se iban a quedar conmigo para siempre. Ahí está México: no en la historia que el algoritmo elige contar, sino en todo lo que cabe arriba y alrededor de ella. Somos el cielo, no solo la carretera. Y ojalá, con el tiempo, el mundo también aprenda a mirarnos hacia arriba.
Sígueme en
facebook.com/rubeneduardobarraza
www.linkedin.com/in/rubeneduardobarraza/
Trailer:
https://youtu.be/uIaPDKA0-Y4?si=lATYq6Dn3dmtVqna














Comentar