La tristeza hermosa

Hay una ciudad donde todavía vivo, aunque hace años que no la piso. No aparece en los mapas, no tiene alcaldía, ni iglesia, ni parque principal. Existe solamente en mi cabeza. A veces regreso a ella cuando escucho una canción vieja en una tienda, cuando siento el olor de la lluvia cayendo sobre el pavimento caliente o cuando alguien menciona el nombre de una calle que creía olvidada. Entonces vuelve. Completa. Con sus esquinas, sus ruidos y sus fantasmas. Vuelven las tardes interminables en las que uno creía que la juventud era una condición permanente, como el color de los ojos o la forma de las manos. Vuelven las conversaciones sin importancia que terminaron siendo importantes. Vuelven las personas que uno perdió sin darse cuenta de que las estaba perdiendo. Porque nadie sabe cuál será la última tarde. Ese es el problema.

Uno crece creyendo que las despedidas hacen ruido. Cree que las cosas importantes terminan con una puerta cerrándose, con una carta, con una explicación, con un llanto. Pero la mayoría de las veces no ocurre así. La mayoría de las veces simplemente dejamos de volver. Dejamos de sentarnos en cierto andén, dejamos de llamar a cierta persona, dejamos de caminar por determinada calle. Nada dramático. Ninguna tragedia aparente. Y sin embargo, años después, entendemos que ahí terminó algo. Que aquello que parecía cotidiano era en realidad irrepetible. La vida tiene una enorme habilidad para disfrazar de rutina los momentos que más vamos a extrañar.

Pienso mucho en eso cuando veo fotografías antiguas. No porque las fotografías sean extraordinarias, sino porque las personas que aparecen allí no saben lo que les espera. Son felices de una manera despreocupada. Están ocupadas viviendo y por eso no sospechan que algún día alguien observará esa imagen con nostalgia. Miro esas fotos y quisiera avisarles. Decirles que aprovechen más el tiempo. Que se queden un rato más conversando. Que abracen más fuerte. Que no tengan tanta prisa por llegar al futuro. Pero el futuro es una enfermedad propia de los jóvenes. Siempre creemos que la vida está adelante, a la vuelta de la esquina, esperándonos. Casi nunca imaginamos que algún día vamos a pasar más tiempo recordando que esperando.

Y sin embargo no escribo esto desde la tristeza. O al menos no desde una tristeza amarga. Lo escribo desde esa melancolía que se parece al agradecimiento. Porque si algo he aprendido es que la nostalgia no viene de las pérdidas. Viene del amor. Nadie extraña lo que no amó. Nadie vuelve mentalmente a una tarde cualquiera si en esa tarde no dejó un pedazo de sí mismo. Por eso recordamos. Por eso duele. Porque cada recuerdo es una prueba de que estuvimos vivos, de que pertenecimos a un lugar, a una familia, a una época, a una versión de nosotros mismos que ya no existe pero que todavía nos acompaña cuando caminamos solos.

Hay noches en las que no extraño personas concretas. Extraño épocas. Extraño maneras de mirar el mundo. Extraño la sensación de que todo estaba por ocurrir. El sonido de una motocicleta alejándose por una calle vacía. La luz amarilla de una tienda de barrio. El bullicio de unos amigos reunidos sin ninguna razón especial. Extraño cosas tan pequeñas que resultaría ridículo explicarlas. Y tal vez ahí está el secreto. La vida nunca sucede en los grandes acontecimientos. Sucede en esos momentos diminutos que pasan desapercibidos mientras ocurren y que años después se convierten en el material con el que construimos la memoria.

Por eso creo que todos llevamos una ciudad perdida por dentro. Un lugar al que regresamos cuando el mundo se vuelve demasiado rápido. Una casa que ya no existe. Una voz que ya no escuchamos. Una calle que demolieron. Un amor que se quedó detenido en cierta esquina del tiempo. Y aunque sabemos que no podemos volver, algo en nosotros insiste en buscar el camino. Tal vez porque crecer consiste precisamente en eso: aprender que algunas puertas nunca se abrirán de nuevo y seguir caminando de todas formas, llevando sus llaves en el bolsillo.

 

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.