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En 2022 empecé a crear contenido sobre antropología en redes sociales sin tener muy claro cómo hacerlo. Lo único que tenía era una pregunta que me incomodaba desde hacía tiempo: ¿por qué tanto conocimiento antropológico y arqueológico termina encerrado en bibliotecas, repositorios institucionales o informes técnicos que casi nadie lee?
En ese momento hacía parte de la Asociación Colombiana de Antropología y estábamos escribiendo el segundo boletín de la organización, un encuentro raro con colegas que hoy admiro un montón, pero eso se los cuento después. Mientras discutíamos posibles temas, esa pregunta aparecía una y otra vez. No era una crítica al rigor académico ni al enorme trabajo que implica hacer investigación. Era más bien una inquietud y frustración por el hecho de que estos procesos de reflexión e investigación se quedaran estancados. Si la antropología estudia a las personas, sus culturas y sus formas de habitar el mundo, ¿por qué tantas veces sus hallazgos terminan siendo conocidos únicamente por otras antropólogas?
La situación, me atrevo a decir, es mucho más compleja en arqueología. Colombia produce investigaciones de enorme calidad, tanto desde universidades como desde proyectos de arqueología preventiva, museos e instituciones como el ICANH o el Instituto Humboldt. Sin embargo, muy pocas de esas investigaciones logran convertirse en conversaciones públicas. Cuando aparecen en medios de comunicación suele ser porque ocurrió un “gran hallazgo nunca antes visto y que lo cambia todo”, porque se descubrió una tumba o porque apareció un objeto que increíblemente aún está conservado. Y muchas veces, al usar el exotismo y la primicia, se suelen omitir detalles importantes de estos grandes eventos.
No creo que esto ocurra porque la investigación sea poco interesante. Todo lo contrario, y es justo lo que he comprobado cuando he hablado de hallazgos arqueológicos. El problema es que muchas veces seguimos comunicándola como si el único público posible fueran otros especialistas, y es que no aprendimos a hacerlo de otra manera.
También existen razones que resultan muy comprensibles en el mismo tramo laboral. En arqueología, por ejemplo, muchos investigadores trabajan durante meses elaborando informes para consultoras, empresas o instituciones. Es un trabajo exigente -por no decir que muchas veces explotador- con tiempos ajustados y responsabilidades significativas.. Después de escribir cientos de páginas, pensar además en divulgar esos resultados para públicos más amplios puede sentirse como una carga adicional. A eso se suma una desconfianza que escuché repetidamente durante estos años: muchos investigadores prefieren no hablar con medios porque han tenido experiencias donde sus investigaciones fueron simplificadas, exageradas o convertidas en titulares que poco tienen que ver con lo que realmente encontraron. A eso se le suma la recepción hostil de muchos colegas debido a la misma condición interpretativa de la arqueología.
Y si, es una una preocupación legítima.
Sin embargo, cerrar el conocimiento tampoco resuelve el problema. Si las investigaciones nunca salen de los circuitos académicos, difícilmente podrán alimentar conversaciones públicas sobre patrimonio, memoria, diversidad cultural o historia. Y eso termina limitando el impacto social de disciplinas que, precisamente, buscan comprender a las sociedades humanas.
Esa inquietud fue la que me llevó, casi por accidente, a abrir una cuenta donde hablaba de antropología. No sabía nada sobre comunicación digital. Mucho menos sobre divulgación científica. Lo único que tenía era curiosidad y muchas ganas de experimentar. Y cero vergüenza, a pesar de saber lo mal que lo estaba haciendo.
Los primeros videos eran ejercicios de prueba y error. Aprendí que una buena investigación no necesariamente se convierte en un buen video. Aprendí que explicar un concepto no es lo mismo que hacerlo comprensible y volver cotidiano o coyuntura. Aprendí que captar la atención durante los primeros segundos no significa sacrificar el rigor y la solemnidad propia de la academia. Y, sobre todo, entendí que divulgar no consiste en simplificar el conocimiento hasta vaciarlo, sino en traducirlo sin perder su profundidad, y eso, en un minuto y medio.
Ese aprendizaje fue lento. Mucho más lento de lo que imaginaba. Vi como muchas personas de otras áreas y experiencias de vida tenían cada vez más alcance y yo, seguía al parecer estancada.
Con el tiempo empecé a identificar ciertas preguntas que funcionaban mejor que las definiciones. Descubrí que una historia suele abrir más puertas que una explicación abstracta. Entendí que las personas no necesitan saber primero toda la teoría antropológica para interesarse por ella; muchas veces ocurre exactamente al contrario: una pregunta cotidiana despierta la curiosidad y solo después aparece el concepto que ayuda a comprenderla.
Años después, junto con Sergie, creamos Laberintos Digitales y decidimos convertir parte de ese aprendizaje en un curso sobre creación de contenido para antropólogos y antropólogas, en alianza con la Asociación Colombiana de Antropología. Esperábamos un grupo chiquito de personas interesadas en experimentar con redes sociales.
Se inscribieron cerca de 300 participantes de distintos países de Latinoamérica e incluso de España.
Ese número fue muy impactante para nosotras.
Demostró que el interés por comunicar la antropología ya existe, se está moviendo. Lo que muchas veces no existe son espacios donde esa conversación pueda darse. Durante el curso hablamos de herramientas técnicas para crear contenido en TikTok, Instagram u otras plataformas., pero muy rápidamente nos dimos cuenta de que la discusión iba mucho más allá de las plataformas. En realidad estábamos hablando de cómo traducir el conocimiento sin traicionarlo, cómo narrar investigaciones complejas en formatos breves y cómo construir nuevas formas de diálogo entre la academia y públicos mucho más amplios.
Mientras organizábamos el curso intentamos encontrar personas que trabajaran específicamente en divulgación científica de antropología y arqueología. Buscamos referentes, experiencias previas, metodologías y literatura especializada sobre estos formatos.
No encontramos prácticamente a nadie en Colombia que hiciera esto.
Sí existen profesionales que trabajan procesos educativos con comunidades, proyectos de apropiación social del patrimonio o pedagogía alrededor de la arqueología. Todo ese trabajo es fundamental y tiene una trayectoria importante. Pero otra pregunta aparecía con fuerza: ¿quién está pensando específicamente cómo hacer divulgación antropológica y arqueológica en redes sociales? ¿Quién está investigando qué significa contar una etnografía en un video de minuto y medio? ¿Cómo adaptar debates complejos sin convertirlos en caricaturas? ¿Qué recursos narrativos funcionan? ¿Qué errores se repiten? ¿Qué tipo de preguntas acercan a las personas a estas disciplinas?
Para mi, esa ausencia de respuestas también era una respuesta, casi un llamado urgente a hacer algo al respecto.
Al curso pudimos invitar a antropólogos creadores de contenido de otros países, entre ellos una divulgadora argentina y un creador mexicano. Aunque trabajábamos en contextos distintos, las conversaciones terminaban llegando a los mismos lugares.
Ahí tuve otra gran iluminación que me hizo sentir más tranquila: Todos compartíamos la sensación de estar construyendo un camino que tenía cero rutas.
También aparecían problemas comunes. La divulgación suele ser un trabajo profundamente solitario. Persiste cierta resistencia desde algunos sectores académicos, donde las redes sociales todavía son vistas como espacios incompatibles con el rigor científico. Y, al no existir muchas referencias dentro de nuestras disciplinas, cada decisión implica experimentar: desde la manera de escribir un guión hasta la elección de una imagen o la duración de un video.
En otras áreas del conocimiento, la divulgación científica ya constituye un campo consolidado. Existen investigaciones sobre comunicación pública de la ciencia, metodologías para diferentes públicos y comunidades enteras dedicadas a mejorar estas prácticas. En antropología y arqueología, al menos en el contexto latinoamericano, todavía queda mucho camino por recorrer.
Quizás esto tenga que ver con las particularidades de ambas disciplinas. La antropología no suele ofrecer respuestas simples; trabaja con contextos, contradicciones, relaciones de poder y significados que cambian según quién los mire. La arqueología tampoco consiste únicamente en descubrir objetos antiguos, sino en reconstruir historias a partir de evidencias fragmentarias. Traducir toda esa complejidad exige creatividad, pero también una profunda responsabilidad ética.
Divulgar no significa convertir la investigación en entretenimiento vacío. Significa encontrar formas para que más personas puedan acceder a preguntas que ya existen dentro de la disciplina. Significa abrir conversaciones sobre patrimonio, diversidad cultural, memoria, desigualdad, identidad o tecnología sin asumir que esos temas pertenecen únicamente a la universidad.
Fue a partir de todo este recorrido que entendí que mi interés ya no era únicamente crear contenido para redes sociales. Me interesa profundamente pensar la divulgación antropológica y arqueológica como un campo de estudio en sí mismo.
¿Cómo cambia una investigación cuando se convierte en un video? ¿Qué tipo de “autoridad” construye un antropólogo en redes sociales? ¿Cómo se mantiene el rigor cuando los algoritmos premian la velocidad? ¿Qué responsabilidades éticas aparecen cuando miles de personas comentan una interpretación antropológica? ¿Cómo se comunican conceptos complejos sin caer en explicaciones reduccionistas?
Son preguntas para las que todavía no tengo respuestas definitivas. Pero quizás ese sea precisamente el punto (y eso que está casi final no les moleste, por lo contrario les provoque a pensarse también desde estos lugares).
Así como la antropología ha dedicado décadas a estudiar las formas en que las personas producen significado, también necesita observar cómo circula hoy el conocimiento sobre ella misma. Las redes sociales, los formatos audiovisuales, los pódcast o los boletines digitales no son únicamente canales de difusión. Son espacios donde también se construyen imaginarios sobre qué es la ciencia, quién puede hablar de ella y qué lugar ocupa en la vida cotidiana.
Por eso creo que la divulgación ya no puede entenderse como un paso final de la investigación, algo que ocurre cuando el artículo ya fue publicado o el informe ya fue entregado, justo cuando ya queremos soltar eso que creamos. También es una forma de producir conocimiento, porque obliga a revisar nuestras propias preguntas, a encontrar nuevas maneras de explicar y a escuchar las dudas de personas que nunca habían entrado en contacto con la disciplina.
Tal vez la antropología y la arqueología no solo necesiten mejores estrategias para comunicar lo que hacen. Tal vez necesiten reconocer que la comunicación también es parte de lo que hacen.
Y que aprender a contar historias, sin renunciar al rigor, puede ser una de las formas más importantes de ampliar el alcance social de nuestro trabajo. Y pues a ver si así algún día le decimos a alguien que estudiamos antropología y nos deja de preguntar: ¿qué es eso?, para decirnos: ahh, yo leí o vi un video sobre eso.













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