Un poeta

Javier Márquez Valderrama

Entre risas y sorpresas y la perplejidad ante ese real por nosotras vivido, una obra que es a la vez tragedia y comedia hecha con creatividad y sencillez, recogiendo semblanzas de personajes de un pueblo que sobrevive a la codiciosa y violenta acumulación de la que ha sido a la vez víctima y verdugo. Un pueblo que se hizo cómplice del egoísmo de una casta a la que se ingresa si pudiste por tu avispamiento acumular dinero y desde luego poder, y de la que también se sale si lo perdiste en la ruleta de la vida, pues caes en la desgracia de la pobreza.

Una región minera, territorio de miseria, desigualdad, opresión y opulencia insultante. Territorio de contrastes: de poetas desinteresados y banqueros tras intereses máximos; de Fernando González y León de Greiff y su periódico La Fragua, que aquí nacieron los Panidas; del Opus Dei y de Carlos Eugenio Restrepo, de monseñores y legiones cual cruzadas, las ligas de damas y caballeros católicos; del liberalismo popular de Uribe Uribe y el nadaísmo de Gonzalo Arango; del socialismo utópico de María Cano y Tomas Uribe Márquez y de las huestes conservadoras… ¡tierra de paradojas! Se inventaron una “raza” en un pueblo de “negroides”, mestizos, como bien lo expresó el maestro de Otraparte.

Aquí en esta tierra se hace esta película de fino casting —que la magia del director esta en imaginar cada detalle, sobre todo en saber elegir los actores que encarnarán los personajes, y lo que Simón Mesa -el director- logra con el profe Ubeimar Ríos como Óscar Restrepo, Rebeca Andrade como Yurlady y Allison Correa como Daniela, es maravilloso. No demerito a ninguno otro, ni a las actoras, ni a mi amigo Pacho Betancurt, alegría que me dio verlo haciendo de lo que es, de poeta, pero estas tres actuaciones son esenciales para decirnos del poeta fracasado, del padre inconcluso, del ingenuo bohemio, del bueno para nada.

Un poeta es una película que es un canto a la existencia hecha búsqueda del verso perfecto —que la poesía es la imperfección en sí misma. La angustia del creador sin musa, sin inspiración y la tranquilidad de la poeta que nació iluminada describiendo su vida, su soledad, su barriada y a la que la poesía no le arrebata nada. Versificar, arreglar uñas, un poema, una peinada, hacer una tarea escolar, ver TV en familia, normal.

El poeta que vive la ilusión de ser escritor de oficio y sobrevivir con sus versos y publicar y recitar en una tertulia, en un festival y la poeta de inspiración innata que escribe como come, camina y vive; capaz de decir que un cuarto, una modesta residencia en un barrio de una comuna de Medellín, es jaula y a la vez una casa de sueños de colores.

Cabe la pregunta ¿cómo se hace un poeta?  El poeta, la poeta, ¿nace o se hace? En la película se quería mostrar la actitud poética, no importó el poema mismo, excepto el Nocturno III de José Asunción Silva, escuchamos versos simples y hasta mal hechos, unos salidos del alma, unos versos de adolescente enamorado y los de Yurlady, pues a ella sí la habitaba la musa que había ya abandonado al poeta.

Sueños que esta joven mujer plasma en una libreta de asombrosos dibujos y sencillos poemas que conduelen y emocionan. Escritos por simple urgencia existencial, para que la melancolía amaine y la soledad la acompañe en esa casa repleta de hermanas, abuela, tío, madre… y niños y afugias y abrazos y encuentros hacinados que suben por una escalerita en caracol, estrecha, en la calle estrecha de la loma que permite ver esa Medellín comunal, popular que pobla las montañas.

La Película pone en escena el deseo imposible, la inconstancia, el azar, la falta de voluntad y de fe en sí mismo, la dependencia perversa del poeta -y de otros poetas- de la madre; un poeta triste que quiere ingresar al club de los poetas suicidas, —evocación de los poetas muertos con sus propias manos, con la Smith Wesson, un coctel de píldoras con Whisky, o cayendo a un abismo, métodos que lleven a la muerte perfecta, para hacer de este heroico acto el poema perfecto.  Tampoco lo logra.

Otra actora, una casa vieja, que con esta presencia de todo el equipo de la película y de la gente de la poesía, renovó sus fantasmas. Presencia acelerada de personas y luces, máquinas y todo el dispositivo para grabar una película ya escrita, ensayada, imaginada. Cada recoveco de esa casa que reconozco se hizo escenografía de la casa de poesía, la sede de un festival. Cuadros y carteleras, libros y muebles, sirvieron a la película que recoge una historia que nos compromete como espectadores. La casa también fue actora, quienes la han habitado adivinan que fue en Palacé con Cuba, en la casa grande de Penca de Sábila, donde casi ahorcan al poeta contra la puerta del centro de documentación.

El poeta recorrió nuestra casa de prado centro, su biblioteca, sus oficinas, su auditorio… para convertirse en Un Poeta, un poeta cualquiera de la calle, triste soneto inconcluso. La sátira a un festival de poesía, a los talleres, a esos rituales en la única ciudad del mundo, tal vez, en la que se escucha la lectura de poemas como si fuera un concierto de música rock.

Yo reí más de lo que lloré; mi compañera lloró más de lo que se pudo reír y me miraba como preguntándome por esa, a veces, carcajada. –¡Qué mejor podemos hacer que reírnos de nuestras tragedias! –le dije. Es que es un drama contado de tal manera que su crudeza se vuelve leve y, sin embargo, nos obliga a pensarnos, nos interroga profundamente, estremece. La segunda vez que la vi, claro, el drama pudo más que la comedia.

La película muestra el sórdido centro de Medellín y la comuna viva, muestra las montañas y el verdor entre el cemento, las rejas que encierran las casas como pequeñas fortalezas apiñadas y una bohemia que no es precisamente la de Manuel Mejía Vallejo.  No, es un bar cualquiera, con luces que cambian y oscuridades que esconden. Un bar para el que no puede mantener un empleo, que no es ya capaz de escribir, que no fue el escritor para vivir del oficio, que no produce libros para vender. Un bar que es un antro donde apuesta sus denarios a una pirámide financiera transnacional de un capitalismo capaz de robarle al más miserable y endeudar al más precario. Una especie de casino universal en el que el poeta también se juega, cual ludópata, su propia enajenación, como si no entendiera nada y ansiara la solución mágica en la que se monta el goce pasajero del apostador.

Quería escribir algo sobre esta obra. No se trata de una reseña, de una crítica, no es un resumen. Tal vez me importaba hablar de otra actora, la casa de la Corporación Ecologista y Feminista Penca de Sábila como locación que forma parte de esta historia tan lugareña, tan de aquí y tan universal.

Javier Marquéz V.

Pensador

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