Resumen Económico de la Semana del 29 de Junio al 03 de Julio de 2026

Resumen Ejecutivo

La primera semana de julio demostró cuánto puede mover un solo dato en un mundo sin brújula monetaria. Las nóminas estadounidenses de junio —57.000 empleos frente a los 115.000 esperados, con revisiones a la baja que redujeron el promedio trimestral previo— le quitaron a Kevin Warsh uno de los dos pilares de su argumento restrictivo y desactivaron la apuesta de un alza en septiembre que el mercado daba por consolidada. La lectura fina del informe es menos tranquilizadora que su efecto bursátil: el desempleo bajó al 4,2% porque la participación laboral se desplomó a mínimos de cinco años bajo las restricciones migratorias, de modo que la economía estadounidense mejora sus estadísticas mientras estrecha su capacidad de crecer sin inflación. Con una Fed que renunció a la orientación prospectiva, la decisión quedó genuinamente abierta a cuatro semanas vista, y el mercado global se reorganizó entero alrededor de esa duda: el dólar capituló, las bolsas rebotaron, el oro recuperó los 4.180 dólares y el capital regresó a los emergentes. De fondo, la encuesta del OMFIF dejó la señal estructural de la semana: por primera vez en trece ediciones, son más los bancos centrales que planean reducir sus reservas en dólares durante la próxima década que los que planean aumentarlas.

Europa recibió la confirmación de que su choque inflacionario cede más rápido de lo que sus propios modelos preveían —2,8% la general, 2,4% la subyacente, sin rastro de efectos de segunda ronda—, con lo cual la pausa del BCE en julio quedó sellada y la de septiembre gana terreno. La ironía europea es que su frente monetario se despeja justo cuando los riesgos migran hacia la política: Alemania compensa el estancamiento con el mayor endeudamiento de su historia reciente y un paquete de reformas apurado por el avance de la ultraderecha, el Reino Unido se contrae antes de estrenar gobierno, y Christine Lagarde abrió la puerta a dejar el BCE para disputar el debate presidencial francés donde Jordan Bardella lidera las encuestas. Asia, entre tanto, corre en dirección contraria al enfriamiento occidental: China exhibe su mejor pulso del año con los productores recuperando poder de fijación de precios, Japón registra en el Tankan la confianza corporativa más alta en décadas con salarios pactados sobre el 5% por tercer año consecutivo, y el acuerdo en negociación entre Japón y el Mercosur confirma que las potencias medias están tejiendo arquitectura comercial propia sin esperar al centro. México quedó del lado adverso de ese reordenamiento —Washington negó la extensión automática del T-MEC y abrió una década de revisión continua, sobre una economía donde la informalidad explicó ocho de cada diez pesos del crecimiento—, mientras Brasil elevó a 90.000 millones de dólares su proyección de superávit comercial y multiplicó acuerdos con la EFTA, Singapur y Tokio.

Colombia condensó en una semana el diagnóstico y la respuesta. El Banco de la República sorprendió con un alza de 75 puntos básicos hasta el 12% y escribió en sus minutas la admisión más seria en años: las expectativas desancladas revelan un deterioro en la credibilidad de la estrategia de inflación objetivo. La Contraloría cifró en $303 billones el faltante de financiación del presupuesto y Fitch demostró que el espacio fiscal de los últimos dos años fue en parte percepción construida con ingeniería de deuda cuyo costo —48% más de intereses futuros sobre un stock de TES que creció 17%— apenas comienza a pagarse. Frente a ese triple veredicto, el gobierno entrante puso secuencia, nombre y agenda: austeridad antes que reforma tributaria, Miguel Gómez en Hacienda, y una misión en Washington para renegociar plazos y tasas de la deuda. El mercado compró la señal con una contundencia que habla por sí sola: el peso se apreció más de 3% hasta $3.335 y lideró a los emergentes, los TES se valorizaron a lo largo de la curva pese al apretón monetario, y el COLCAP absorbió el alza de la tasa libre de riesgo sin ceder terreno. La triple valorización reapareció una semana después de la triple corrección, ahora anclada en la expectativa de ejecución fiscal.

El hilo que une el tablero es la fragilidad de los soportes sobre los que descansa el alivio general. La desinflación occidental depende de una tregua en Ormuz que el mercado ya cotiza en contango pero que sigue sin reglas; el rally emergente depende de una Fed que decidirá en cuatro semanas sin haberse comprometido a nada; y la bonanza colombiana depende de que las señales del 7 de agosto se conviertan en gestión verificable, con un BanRep que ya advirtió que la convergencia a la meta no llegará antes de 2028 y que el dinero seguirá caro mientras tanto. La semana entrante trae el dato de inflación de junio —que el mercado espera de vuelta sobre el 6%— y el arranque de la temporada de resultados en Estados Unidos. El giro de esta semana fue real; su duración se decidirá dato a dato, que es exactamente como los bancos centrales han querido que funcione el mundo.

 

I. Estados Unidos: el empleo de junio enfría la apuesta de un alza en septiembre, el alivio del crudo llega a los costos industriales y los bancos centrales planean por primera vez reducir su exposición al dólar

El argumento restrictivo de Kevin Warsh descansaba sobre dos pilares: una inflación subyacente en máximos de dos años y un mercado laboral que no daba señales de ceder. El informe de empleo de junio retiró el segundo. Las nóminas no agrícolas aumentaron apenas 57.000, frente a las 115.000 que anticipaba el consenso de Dow Jones y las 129.000 de mayo, cifra que además fue recortada en 43.000 puestos, con una revisión adicional de 31.000 a la baja en abril. El promedio de los tres meses previos, que se creía en 188.000, quedó en 164.000 una vez corregidas las series. El mercado laboral que la Fed describía como resistente venía creciendo bastante menos de lo que las cifras preliminares sugerían, y junio dejó claro que la desaceleración no es un mes flojo sino una tendencia que las revisiones habían estado tapando.

El informe trae una aparente paradoja que merece ser desarmada, porque de ahí sale su lectura completa. La creación de empleo se hunde y, aun así, la tasa de desempleo baja al 4,2%. El descenso no obedece a una demanda laboral vigorosa sino al desplome de la participación, que cayó tres décimas hasta 61,5%, su nivel más bajo desde marzo de 2021, en un entorno de políticas migratorias que están reduciendo la población activa. La encuesta de hogares registró 507.000 personas menos trabajando en el mes. Numerador y denominador se encogen a la vez, y la tasa mejora por las razones equivocadas. Una economía cuya fuerza laboral se contrae puede exhibir pleno empleo estadístico mientras pierde capacidad de crecer sin generar presiones salariales, y esa ambigüedad es la que complica el trabajo del banco central: el enfriamiento de la demanda de trabajo apunta a menos inflación futura, pero el estrechamiento de la oferta laboral apunta en sentido contrario. Los ingresos por hora, que avanzaron 0,3% mensual y 3,5% interanual en línea con lo previsto, mantienen por ahora el empate entre las dos fuerzas.

La composición sectorial confirma que el empleo se sostiene sobre una base cada vez más angosta. Los servicios profesionales y empresariales lideraron con 36.000 puestos, y la asistencia social junto con la salud aportaron 47.000. En el último año esos sectores de cuidado han generado 629.000 empleos, más que la creación neta total de la economía —506.000—, lo que significa que el resto del aparato productivo destruyó puestos en términos netos. La contratación sigue contraída en manufacturas, servicios financieros, tecnología y administración pública, y el golpe del mes lo puso el ocio y la hostelería, que perdió 61.000 empleos por una temporada de contratación estival más débil de lo habitual, frustrando incluso las estimaciones de Goldman Sachs sobre un impulso de 40.000 puestos asociado al Mundial de fútbol. El informe ADP, conocido días antes, había anticipado la misma dirección con 98.000 empleos privados frente a los 118.000 esperados. Las solicitudes iniciales de subsidio, en 215.000, siguen sin mostrar despidos masivos. El mercado laboral estadounidense no se está rompiendo; se está apagando por el lado de la contratación. Thomas Simons, de Jefferies, lo resumió al señalar que para la Fed la cifra “está bien” porque sostiene el desempleo estable sin acelerar los salarios, pero elimina cualquier imperativo de mover las tasas de inmediato.

El mercado de tasas reaccionó descartando el alza de septiembre que hasta la semana pasada daba por consolidada, aunque los futuros mantienen viva la posibilidad de un incremento en octubre y el consenso sigue descontando una subida de 25 puntos básicos antes del cierre del año. El reajuste más elocuente está en el horizonte de 2027: la probabilidad de una segunda alza en el primer trimestre cayó del 80% al 50% en cinco sesiones. Seema Shah, de Principal Asset Management, señaló que el freno de las nóminas desafía la narrativa de fortalecimiento del mercado laboral y, sobre todo, reduce la presión sobre la Fed para endurecer. El episodio dice algo sobre la función de reacción del banco central bajo su nueva conducción: al haber renunciado a la orientación prospectiva, Warsh consiguió que el mercado reprecie la política monetaria dato a dato, sin el costo de desdecirse de ningún compromiso. La volatilidad de las expectativas —de apuesta firme por septiembre a apuesta diferida por octubre en una semana— es el precio que los operadores pagan por la opcionalidad que la Fed se reservó.

El propio Warsh administró esa ambigüedad desde el foro del BCE en Sintra, donde anunció que la decisión se tomará en cuatro semanas y se limitó a prometer “un buen debate” a puerta cerrada. Su intervención dejó, eso sí, la reflexión más sustantiva de la semana: el boom de inversión en inteligencia artificial se convirtió en variable de política monetaria por derecho propio. Las empresas están desembolsando capital masivamente porque esperan que la capacidad de oferta de la economía se amplíe; si esa expansión llega, funcionará como un choque de oferta que absorbe presiones de precios, pero mientras no llegue, ese mismo gasto es demanda agregada pura compitiendo por recursos escasos. Warsh reconoció que corresponde a los banqueros centrales decidir si el fenómeno es inflacionario o no, y esa pregunta —hoy sin respuesta— condicionará las tasas del próximo lustro tanto como cualquier dato mensual de empleo.

El frente industrial aportó la evidencia de que el alivio energético de Ormuz ya se transmite a la economía real. El índice manufacturero del ISM se moderó siete décimas hasta 53,3, pero encadenó su sexto mes consecutivo de expansión, la racha más larga desde 2022, y entregó el dato que de verdad importa para la trayectoria de la inflación: el subíndice de precios pagados se desplomó 9,1 puntos hasta 73, la mayor caída mensual desde julio de 2022, arrastrado por el retroceso del petróleo tras el acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán. La desinflación de costos que la Fed esperaba del canal energético dejó de ser una proyección y empezó a aparecer en las encuestas de las propias fábricas, aunque el nivel del indicador —todavía muy por encima de los registros de comienzos de año— recuerda que el acero, el aluminio, los aranceles y las secuelas del conflicto siguen presionando. Llama la atención el contraste entre la cifra y el ánimo: pese a la expansión, dos tercios de los comentarios empresariales fueron negativos, con plazos de entrega alargándose y los inventarios en su punto más alto en más de un año, señal de que las empresas siguen acumulando existencias como seguro contra un entorno que no consideran normalizado. El PMI manufacturero mostró el mismo cuadro desde otro ángulo, con las exportaciones moderándose por duodécimo mes consecutivo bajo el peso de los aranceles.

La noticia de mayor alcance no salió de ningún indicador mensual sino de la encuesta anual del OMFIF entre 90 bancos centrales, fondos soberanos y fondos públicos de pensiones que administran cerca de 10 billones de dólares: por primera vez en las trece ediciones del sondeo, son más los gestores de reservas que planean reducir sus tenencias de dólares en la próxima década que los que planean aumentarlas. La razón declarada no es la fortaleza de una divisa rival sino el riesgo —la incertidumbre política en Estados Unidos y la tensión geopolítica—, con casi cuatro de cada cinco encuestados anticipando un sistema financiero más fragmentado y multipolar. La lectura correcta exige huir tanto del alarmismo como de la complacencia. No hay estampida: el dólar conserva el 56,77% de las reservas asignadas globales, desde un pico superior al 70% a finales de los noventa, y se ha apreciado cerca de 3% en 2026, de modo que el giro es un plan a diez años y no una reacción de mercado. Pero la señal es cualitativamente nueva. El banco de liquidación de yuanes en África, los Panda Bonds de Brasil y la repatriación del financiamiento tecnológico chino mostraban la desdolarización como estrategia de los emergentes; la encuesta del OMFIF la confirma ahora como intención declarada de los propios custodios del sistema. La diversificación dejó de ser un discurso de rivales del dólar para convertirse en política de reservas de quienes lo sostienen.

Valoración. El empleo de junio no cambió la dirección de la política monetaria estadounidense, pero sí su urgencia, y esa distinción define la semana. La solidez que atrapaba a la Fed —una economía demasiado firme para justificar recortes— se aflojó por el lado que menos convenía: no porque la inflación cediera, sino porque el mercado laboral se enfrió, y lo hizo con la complicación de que su oferta se contrae al ritmo de las restricciones migratorias, de modo que el desempleo mejora mientras la capacidad de crecimiento no inflacionario se estrecha. Warsh queda instalado en el escenario que buscaba al renunciar a la orientación prospectiva: una decisión genuinamente abierta a cuatro semanas vista, con el mercado obligado a reponderar cada dato sin red. Si la desinflación de costos que el ISM empieza a registrar se consolida antes que los efectos de segunda ronda, la pausa habrá sido acierto; si la subyacente del 3,4% resiste mientras el empleo sigue debilitándose, la Fed enfrentará en otoño la disyuntiva de endurecer sobre una economía que ya se enfría. Y por debajo del dilema cíclico, el OMFIF dejó la advertencia de fondo: el privilegio que permite a Washington financiar sus déficits a bajo costo descansa en una confianza que sus propios custodios, por primera vez, planean racionar. Eso no se cobra esta semana ni este año; se cobra en el precio que el Tesoro pagará por su deuda durante la próxima década.

 

II. Europa: la inflación vuelve a bajar del 3% y desarma a los halcones del BCE, Alemania compensa el estancamiento con expansión fiscal y reformas, y Lagarde abre la puerta a dejar el banco por la política francesa

Europa vivió una semana de simetría notable con la estadounidense: también aquí los datos le quitaron a los halcones la urgencia que traían. La inflación de la eurozona bajó en junio al 2,8% interanual, cuatro décimas menos que en mayo y por debajo del 3,0% que anticipaba el consenso de Bloomberg, mientras la subyacente retrocedió al 2,4% con el que había empezado el año. La moderación fue generalizada por partidas y por países —Alemania en 2,4%, Francia en 2,0%, Italia en 3,1%, con España estancada en 3,6% como excepción—, y su motor principal confirma la velocidad con que la distensión de Ormuz se transmite a los precios europeos. El Brent y el gas TTF cayeron en junio cerca de 15% y 5% frente a mayo, y el encarecimiento interanual de ambos pasó de registros del 60% y el 35% a un 20% en cuestión de un mes. La energía sigue explicando la mayor parte de la brecha entre el 2,8% actual y el 1,9% de febrero, pero la dirección del alivio quedó establecida, y con ella la evidencia de que el choque que obligó al BCE a subir en junio puede deshacerse tan rápido como se armó.

Lo que terminó de inclinar la balanza no fue el dato general sino la ausencia del contagio que Fráncfort más temía. Los efectos de segunda ronda, el argumento central de quienes pedían una segunda alza tras la de junio, no aparecen por ninguna parte. Los servicios volvieron al 3,2% de comienzos de año una vez disueltas las distorsiones de calendario de Semana Santa, los alimentos encadenaron su segundo mes de desinflación, los precios cobrados por las empresas que capturan los PMI subieron a su menor ritmo en tres meses y los costos empresariales al más bajo desde febrero. El rastreador salarial del propio BCE apunta a una moderación de los sueldos, coherente con un mercado laboral europeo que también se enfría. La lógica del banco central admite tolerar una inflación energética alta mientras no se filtre a las nóminas y al conjunto de los servicios; los datos de junio dicen que, por ahora, esa filtración no está ocurriendo, y sin ella el caso preventivo de los halcones pierde su fundamento empírico.

El giro de las expectativas fue de los más pronunciados que se recuerdan en tan pocas sesiones. Hace dos semanas el mercado asignaba cerca de 90% de probabilidad a una subida en septiembre; tras el cónclave de Sintra y el dato de inflación, la apuesta se fracturó, con la probabilidad de un movimiento en el otoño reducida a cerca del 60% y una parte creciente de las coberturas desplazando el alza hacia comienzos de 2027. Para julio la probabilidad es inferior al 5%. El trasfondo de actividad refuerza la prudencia: el PMI compuesto de la eurozona se situó en 50,0 puntos en junio —el empleo regional se estabilizó y la confianza empresarial tocó máximos desde el inicio del conflicto—, pero la media del trimestre quedó en 49,1, compatible según S&P Global con un estancamiento del PIB frente al avance del 0,2% que proyectaba el BCE. Una política monetaria que actúa con rezago, cuya alza de junio todavía no se ha trasladado plenamente al crédito, y una economía que no termina de carburar componen un cuadro donde el costo de esperar es bajo y el de sobrerreaccionar, alto. Los propios gobernadores lo verbalizaron en Sintra con una dispersión reveladora: Wunsch admitió que la opción de otra alza pierde probabilidad, Stournaras la ve menos factible, Kazaks acepta que el banco puede detenerse, mientras Demarco y Kaasik sostienen que podría ser necesaria incluso en escenarios favorables. El Consejo dejó de avanzar en bloque, y Lagarde selló el cambio de tono al reconocer que los riesgos para crecimiento e inflación están hoy más equilibrados, lejos de la urgencia que precedió a la subida de junio.

El detalle nacional de los PMI confirma que la estabilización del agregado esconde tres Europas distintas. España volvió a ser el motor con un salto del PMI de servicios hasta 54,2 y un compuesto de 53,3, apoyada en demanda interna y confianza, con la producción industrial repuntando 1,2% mensual en mayo y acelerando al 3,4% interanual. Italia regresó a terreno de expansión. Alemania y Francia, en cambio, apenas moderaron sus contracciones —el compuesto alemán en 49,5 tras cuatro meses de servicios en retroceso, el francés en 47,2 con los servicios contraídos desde diciembre—, y la producción industrial francesa volvió a caer en mayo arrastrada por el refino y los equipos de transporte. La eurozona que se estabiliza lo hace, otra vez, con la periferia tirando y el núcleo franco-alemán frenando, una composición que importa porque los dos países que definen la política del bloque son precisamente los que menos crecimiento aportan.

Alemania decidió responder a ese estancamiento con la combinación más agresiva de expansión fiscal y reforma estructural que ha ensayado en décadas. El borrador del presupuesto de 2027 eleva el endeudamiento a más de 203.000 millones de euros —desde los 196.500 proyectados en abril— para financiar un gasto total de 555.400 millones, con la inversión en 117.500 millones, casi 40.000 más que la estimación original, canalizada a través del fondo de infraestructura y clima de 500.000 millones. El gasto militar central subirá a 109.000 millones desde los 82.000 de 2026, y el total vinculado a seguridad alcanzará 130.100 millones. Días antes de presentar ese presupuesto, la coalición de Friedrich Merz cerró el paquete de reformas que llevaba meses atascado: elevación gradual de la edad de jubilación más allá de los 67 años con ampliación de la base de cotización y un componente de capitalización, rebaja tributaria de 10.000 millones para rentas bajas y medias compensada con mayores impuestos a los ingresos superiores a 250.000 euros, endurecimiento de las bajas por enfermedad y una política declaradamente más firme hacia China. La lectura conjunta del presupuesto y las reformas es la de un Estado que intenta comprar con deuda e institucionalidad el tiempo que su modelo exportador ya no le da, y el calendario político explica la prisa: las elecciones regionales de septiembre en el este, donde la AfD supera en encuestas a los partidos de gobierno, convierten cada reforma en un argumento contra la tesis de que la coalición estaba condenada a la inacción. El presupuesto asume, además, que las tensiones en Oriente Medio remitirán durante el verano, y advierte de consecuencias severas si Ormuz se interrumpe de nuevo: la mayor economía europea ha atado su plan fiscal a la continuidad de una tregua que no controla.

La declaración de mayor consecuencia institucional de la semana la hizo, sin embargo, Christine Lagarde. En entrevista con Les Echos, la presidenta del BCE se negó a descartar una salida anticipada del cargo —cuyo mandato expira en octubre de 2027— para intervenir en el debate presidencial francés, donde Jordan Bardella, de Agrupación Nacional, lidera las encuestas para suceder a un Emmanuel Macron que no se presenta a la reelección en abril de 2027. Lagarde argumentó que una voz europea debe escucharse en esa campaña si el debate amenaza con disminuir el lugar de Francia en Europa, y ante la pregunta de si consideraría participar personalmente, respondió que se plantearía algunas preguntas. Matizó de inmediato su compromiso de corto plazo —el capitán del barco debe permanecer a bordo en tiempos de turbulencia—, pero el episodio tiene un precedente que dimensiona su sensibilidad: en febrero, un simple reporte del Financial Times sobre una eventual salida anticipada bastó para desplomar el euro. Que la máxima autoridad monetaria del continente condicione públicamente su permanencia al rumbo de una elección nacional introduce una prima de incertidumbre institucional que ningún dato de inflación puede compensar, y ata el futuro del BCE al mismo proceso político que ya tiene en vilo a los mercados de deuda franceses.

El Reino Unido completó el cuadro con un deterioro que ya no necesita episodios políticos para manifestarse. La actividad privada volvió a contraerse en junio, con el PMI de servicios cayendo a 48,8 —su peor nivel desde enero de 2023—, la manufactura desacelerándose, las ventas totales en mínimos desde abril de 2025 y el empleo acumulando 21 meses de caída bajo el peso de los costos salariales y las cargas a la seguridad social. La demanda débil y la inflación de insumos responden, según las propias encuestas, a la incertidumbre política interna y a las tensiones globales, de modo que la transición abierta por la dimisión de Starmer encuentra una economía que se contrae antes de que su próximo gobierno haya definido política alguna. La leve mejora de la confianza a doce meses, apoyada en optimismo tecnológico, es el único contrapeso de un cuadro que sigue justificando la prima de riesgo que los gilts vienen cobrando.

Valoración. La semana europea invita a leer dos relojes distintos. En el cíclico, el BCE ganó: la inflación converge más rápido de lo que sus propias proyecciones contemplaban, los efectos de segunda ronda no aparecen y la subida de junio puede terminar siendo suficiente, con lo cual la pausa de septiembre dejó de ser una concesión de las palomas para convertirse en la lectura natural de los datos. Esa victoria, sin embargo, es la del frente que Fráncfort sabe gestionar. En el reloj estructural, los riesgos del bloque se concentraron esta semana en tres apuestas políticas cuyo desenlace no depende de ningún banco central: Alemania fía su salida del estancamiento a una expansión fiscal condicionada a que Ormuz no se cierre y a que las reformas frenen a la AfD en septiembre; Francia encara una elección en la que el favorito propone realinear el lugar del país en la Unión; y la propia presidenta del BCE ha puesto sobre la mesa la posibilidad de abandonar la institución para dar esa batalla. La paradoja que deja junio es que la eurozona nunca estuvo tan cerca de cerrar el capítulo inflacionario y tan expuesta a que la política —la alemana, la francesa, la británica— escriba el siguiente. El mercado celebró el dato de precios; el riesgo que debería vigilar tiene fecha de abril de 2027.

 

III. Asia: China y Japón exhiben la actividad más sólida del tablero global, el Tankan toca máximos de décadas mientras el yen confirma cuatro décadas de pérdida de poder adquisitivo, y el Mercosur abre negociaciones con Tokio

Asia entregó esta semana el contraste más nítido del panorama global: mientras Estados Unidos enfría su mercado laboral y la eurozona apenas se estabiliza en el umbral del estancamiento, los indicadores adelantados de las dos mayores economías asiáticas apuntan a una expansión que gana tracción. En China, el PMI compuesto oficial subió a 50,6 puntos, su nivel más alto del año, con el manufacturero avanzando de 50,0 a 50,3 apoyado en un repunte de los nuevos pedidos y de unas exportaciones que siguen siendo el motor del aparato industrial, y el de servicios mejorando a 50,4. Las mediciones privadas fueron aún más expresivas, con el compuesto general en 53,6 y los servicios en 54,1, impulsados por demanda interna, exportaciones dinámicas y una contratación laboral sólida. El dato que merece la lectura más atenta está en los precios: los productores chinos lograron el avance más rápido de sus precios de venta desde marzo de 2022, sostenidos en un poder de fijación de precios que las empresas no exhibían desde antes de la crisis inmobiliaria, mientras la inflación de insumos se moderaba frente a mayo. Para una economía cuyo problema crónico ha sido la deflación y la sobrecapacidad que documentamos con el superávit récord de la semana pasada, que las empresas recuperen capacidad de trasladar precios es una señal temprana de que la demanda interna podría estar saliendo de su letargo, aunque un mes no hace tendencia. El Banco Popular acompañó el cuadro con un gesto de repliegue: redujo sus compras netas mensuales de bonos a 10.000 millones de yuanes, un retiro gradual de soporte coherente con una actividad que empieza a sostenerse sola.

Japón aportó la sorpresa mayor. La encuesta Tankan del segundo trimestre, el termómetro corporativo más seguido del país, mostró una economía bastante más sólida de lo que el consenso esperaba: la confianza de las grandes manufactureras saltó de 17 a 22 puntos, su registro más alto desde la crisis financiera de 2008, y la de las grandes empresas de servicios avanzó a 37, un máximo de tres décadas. Los PMI de junio confirmaron la dirección con los servicios en 52,2 y el compuesto en 52,8, encadenando quince meses de expansión pese a la mayor inflación de costos en cuatro años. El sustento de esa resistencia está en los salarios: los incrementos pactados del 5,01% para este año dan continuidad a las subidas del 5,25% y el 5,10% de los ejercicios previos, tres años consecutivos de negociaciones por encima del 5% que están construyendo, por primera vez en una generación, el círculo de salarios y consumo que el Banco de Japón persiguió durante décadas sin éxito. Esa es la base real sobre la que descansa la normalización monetaria: el BOJ sostiene su tasa en el 1% para contener la inflación importada, y el rendimiento del bono soberano a diez años escaló hasta cerca del 2,8%, un nivel impensable hace apenas tres años que confirma que el mercado japonés de deuda ya opera bajo un régimen distinto. El matiz que impide la euforia está en la letra pequeña del propio Tankan: las condiciones de las empresas de menor tamaño se deterioraron y el índice agregado se mantuvo en 18 puntos, de modo que la bonanza corporativa japonesa reproduce, a su escala, la misma economía de dos velocidades que el bloque estadounidense describe con su forma de K.

El Banco de Japón publicó, además, el dato que mejor explica por qué la normalización llegó tarde y por qué importa que llegue. Su Índice de Tipo de Cambio Efectivo Real muestra que el poder adquisitivo internacional del yen se redujo a menos de la mitad en cuarenta años, desde los 141,77 puntos de diciembre de 1986 hasta los 65,93 de mayo de 2026. La cifra condensa dos historias superpuestas: la deflación prolongada que siguió al estallido de la burbuja en los noventa, mientras Occidente mantenía alzas de precios constantes, y la flexibilización monetaria masiva aplicada desde 2013, que aceleró la depreciación nominal frente al dólar y al euro. El resultado es la trampa que define el momento japonés y que conecta con la inflación importada que motivó las alzas del BOJ: una divisa que encarece sistemáticamente la energía y los alimentos que el país no produce, cargando a hogares y empresas, al tiempo que subsidia la competitividad de las exportadoras y abarata el país para el turismo extranjero. Los máximos del Tankan y el desplome del kōbairoku son, en rigor, las dos caras de la misma moneda: las grandes corporaciones celebran lo que los hogares pagan. La normalización monetaria en curso es el intento de rebalancear ese reparto, y su éxito dependerá de que los salarios sigan corriendo por encima de los precios el tiempo suficiente para que el consumo interno releve a la divisa débil como fuente de rentabilidad corporativa.

La noticia estratégica de la semana desbordó lo monetario. El Mercosur anunció formalmente en Asunción el inicio de negociaciones para un acuerdo de asociación económica con Japón, concretando lo pactado el 16 de junio entre la primera ministra Takaichi Sanae y el presidente Lula da Silva al margen de la cumbre del G7. De materializarse, el acuerdo articularía un bloque de unos 400 millones de personas y cerca de 7 billones de dólares de PIB, con acceso ampliado a mercados e inversión recíproca en agroindustria y manufactura, y con el sector automotor japonés mirando con particular apetito el mercado sudamericano. La pieza encaja en el rompecabezas que esta publicación viene armando: Brasil emitió Panda Bonds en yuanes, busca capital tecnológico en Tokio y Seúl, y ahora negocia con Japón desde el Mercosur, mientras China teje su red de liquidación en renminbi por África. Las potencias medias están construyendo arquitectura comercial y financiera entre sí, sin pasar por Washington ni por Bruselas, y la encuesta del OMFIF que abre esta edición sugiere que los gestores de reservas ya descuentan ese mundo más multipolar. Lo notable del acuerdo Japón-Mercosur es quiénes lo protagonizan: no dos rivales del orden occidental, sino un aliado central de Estados Unidos y una región históricamente ligada a él, buscándose mutuamente porque la fiabilidad del centro ya no se da por sentada.

India puso el matiz de enfriamiento en un cuadro regional por lo demás expansivo. El PMI de servicios retrocedió a 57,4 puntos, su menor nivel desde enero de 2025, y el compuesto cedió a 57,1, con presiones inflacionistas al alza y moderación de ventas, producción y demanda externa. Los niveles siguen siendo los más altos de Asia con holgura —una desaceleración india se parece a un auge en cualquier otra latitud—, pero la combinación de menos volumen y más inflación merece seguimiento, porque es exactamente la mezcla que erosiona los márgenes primero y el crecimiento después.

Valoración. La semana asiática obliga a actualizar el mapa de riesgos globales en una dirección que pocos tenían en el radar: el riesgo ya no es que Asia se enfríe, sino que se caliente. China exhibe su mejor pulso del año con productores recuperando poder de fijación de precios, Japón registra la confianza corporativa más alta en décadas con salarios corriendo al 5% por tercer año consecutivo, y ambos fenómenos empujan en el mismo sentido: más demanda asiática, más presión sobre las materias primas y más inflación exportable justo cuando Estados Unidos y Europa empiezan a celebrar su desinflación. Si el alivio de Ormuz le dio a Occidente su tregua de precios, una Asia que acelera podría acortarla. Para Japón, la solidez del Tankan y el bono a diez años cerca del 2,8% consolidan el argumento de nuevas alzas del BOJ, y cada paso que estrecha el diferencial con una Fed que ahora duda acerca el momento en que el desarme del carry trade deje de ser hipótesis. Para los emergentes, y para Colombia en particular, la lectura es ambivalente: una Asia fuerte sostiene la demanda de crudo, café y materias primas —el soporte que los términos de intercambio locales necesitan tras el desplome del Brent—, pero también apuntala un mundo de tasas largas más altas del que ningún tesoro endeudado escapa. El acuerdo Japón-Mercosur, en fin, recuerda que la reconfiguración del orden económico no espera a que nadie resuelva su coyuntura: los bloques se están armando ahora, y la pregunta relevante para la región no es si ese mundo multipolar llega, sino con qué cartas se sienta cada país a negociarlo.

 

IV. México y Brasil: Washington niega la extensión automática del T-MEC y abre una década de revisión continua, la informalidad explica ocho de cada diez pesos del crecimiento mexicano, y Brasil eleva a 90.000 millones de dólares su proyección de superávit comercial

Las dos mayores economías de América Latina quedaron esta semana en orillas opuestas del mismo fenómeno: la reorganización del comercio global que atraviesa toda esta edición. A México le tocó el costado adverso. Estados Unidos optó por no otorgar la extensión automática de dieciséis años al T-MEC que México y Canadá habían propuesto, y activó en su lugar un periodo de revisión continua durante los próximos diez años. La decisión no rompe el tratado —su vigencia se mantiene, con las garantías legales que permiten a exportadores y productores seguir accediendo a los mercados del norte—, pero transforma su naturaleza: un acuerdo que daba certeza de largo plazo pasa a ser un marco permanentemente renegociable. Guillermo Rosales Zárate, presidente de la AMDA, lo dimensionó con una franqueza útil al descartar la ruta catastrófica pero admitir que se entra en un proceso donde no se sabe qué va a pasar. Para la industria automotriz, el corazón del modelo exportador mexicano, esa distinción es sustantiva antes que retórica: cada nuevo modelo vehicular exige al menos cuatro años de desarrollo, de modo que la falta de claridad sobre las futuras reglas de origen puede congelar decisiones de inversión y complicar el calendario de renovación de plantas. El gremio recordó, además, la incongruencia que agrava el cuadro: los aranceles de la sección 232 coexisten con el tratado y sitúan a México por encima de los gravámenes que pagan competidores como Alemania, Japón y Corea. La caída de las exportaciones automotrices a Estados Unidos que la edición anterior registró como primera grieta encuentra aquí su explicación institucional: el sector más estratégico del país opera bajo el régimen de mayor incertidumbre.

Puertas adentro, México conoció el dato que mejor retrata la fragilidad de su crecimiento. Según el análisis del ITESO sobre las cuentas nacionales, la economía informal explicó ocho de cada diez pesos del crecimiento del PIB en 2025: mientras la economía en su conjunto avanzó apenas 0,7%, el valor agregado de la informalidad creció 2,3%, más del triple, pese a representar solo una cuarta parte de la producción total. La radiografía desborda el estereotipo del puesto ambulante. El comercio informal sigue siendo el rubro mayor, con 38% del valor agregado del sector, pero la expansión más reveladora ocurrió en los servicios profesionales y técnicos, que crecieron 9,6% —el diseñador que cobra por transferencia y no factura—, y el fenómeno se concentra en el Estado de México y la capital, que suman más de la quinta parte del total. Las causas que identifica el estudio componen un círculo que se retroalimenta: la inversión encadena diecinueve meses a la baja, los patrones registrados en el IMSS cayeron 2,5% con las microempresas retrocediendo 3,4%, y la inversión extranjera directa, pese a su récord de 23.590 millones de dólares en el primer trimestre, fue en un 94,2% reinversión de utilidades de empresas ya instaladas, con apenas 1.705 millones en proyectos genuinamente nuevos. La informalidad no está creciendo porque la economía prospere en los márgenes, sino porque cubre el hueco que dejan la inversión ausente y el empleo formal que se debilita, y su avance erosiona la base fiscal justo cuando el Estado más la necesita.

El contrapunto mexicano llegó del norte, y con una ironía que merece registro. Pese a la hostilidad migratoria de la administración Trump, las condiciones laborales de los migrantes mexicanos en Estados Unidos mejoraron: su tasa de participación subió de 65,8% a 66,3% entre noviembre y mayo, y su desempleo cayó de 4,6% a 3,9%, según el informe de BBVA sobre la Current Population Survey. Esa mejora sostuvo las remesas, que crecieron 3,8% anual en mayo hasta 5.611 millones de dólares y encadenaron cuatro meses al alza, con 25.287 millones acumulados en el año y un monto promedio por envío que subió 5,8% hasta 404 dólares. El matiz está en el tipo de cambio: la apreciación del peso hace que los hogares receptores obtengan 11,1% menos recursos por cada dólar que hace un año, de modo que la fortaleza cambiaria que celebran los mercados se descuenta directamente del ingreso de las familias más dependientes de esos flujos. El cuadro mexicano completo tiene una coherencia incómoda: el empleo que el país no genera adentro lo encuentran sus trabajadores afuera, y las remesas que ellos envían sostienen un consumo que la inversión doméstica no respalda.

Brasil ocupó la orilla opuesta con la semana comercial más expansiva de su historia reciente. El MDIC elevó la proyección del superávit de la balanza comercial para 2026 de 72.100 a 90.000 millones de dólares, que de confirmarse sería el segundo mayor de la serie histórica, con un crecimiento del 32,3% sobre el saldo de 2025. La revisión se apoya en cifras verificadas, no en expectativas: junio cerró con un superávit de 9.800 millones sobre exportaciones récord de 36.300 millones de dólares —un salto interanual del 24,9%—, y el semestre acumula 42.400 millones de saldo positivo frente a los 30.200 del mismo periodo del año pasado. El motor fue la industria extractiva, con ventas creciendo 58,4%, y dentro de ella el petróleo, favorecido por la doble combinación de un precio internacional 67,6% más alto que hace un año —el legado del conflicto de Ormuz que el crudo aún conserva en la comparación interanual pese a su desplome reciente— y un volumen embarcado que creció 6,8%. La soja, las carnes y los combustibles completaron el impulso. La aritmética expone la paradoja de la posición brasileña: el mismo choque energético que castigó a los importadores del mundo engordó las cuentas externas del mayor exportador emergente de crudo fuera de la OPEP, y la corrección del Brent que alivia a la Fed y al BCE es, para Brasilia, una amenaza a la proyección recién revisada.

Sobre esa base comercial, Brasil aceleró la diplomacia económica en todas las direcciones a la vez. Ratificó los acuerdos del Mercosur con la EFTA —Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza— y con Singapur, el primero con un país del sudeste asiático, que desde el 1 de agosto garantizará arancel cero al cien por ciento de las exportaciones brasileñas hacia ese destino. Con ambos tratados, y sumado el recientemente negociado con la Unión Europea, la proporción del comercio brasileño amparado por preferencias aduaneras saltará del 12% al 31,2%. A eso se añaden las negociaciones con Japón que el bloque asiático documenta y, en el frente más delicado, la intensificación de las conversaciones con Washington para rebajar los aranceles de Trump, con una agenda de seis puntos que va del comercio digital y los aranceles preferenciales al etanol y la deforestación ilegal. El único lunar de la semana fue doméstico: la producción industrial cayó 0,2% mensual en mayo cuando se esperaba un avance de 0,3%, y su crecimiento interanual de 0,2% quedó muy por debajo del 1,3% proyectado. Es un recordatorio de que el auge exportador brasileño descansa en el agro y la extracción, no en la manufactura, y de que la Selic en los niveles que el COPOM ha defendido sigue cobrándole el precio a la industria de transformación.

Valoración. México y Brasil ilustran esta semana que, en el comercio global que se está reordenando, la variable decisiva no es el tamaño ni la cercanía a los grandes mercados sino el grado de opcionalidad. México construyó durante tres décadas la posición más envidiable del mundo emergente —acceso preferencial y de largo plazo al mayor mercado del planeta— y descubre ahora que esa fortaleza tenía la debilidad de su concentración: cuando el socio único convierte la certeza en revisión permanente, no hay plan alternativo al cual acudir, y la inversión que exige horizontes de años no espera a que la incertidumbre se resuelva. El dato de la informalidad es la otra cara de esa parálisis: sin inversión formal que genere empleo, la economía mexicana crece desde las sombras, con el costo fiscal y social que eso arrastra, y sostenida por las remesas de una diáspora cuyo ingreso el propio peso fuerte erosiona. Brasil, que nunca tuvo un acceso privilegiado equivalente, convirtió esa carencia en su ventaja actual: negocia con todos porque no depende de nadie, y cada acuerdo —EFTA, Singapur, la UE, Japón, los Panda Bonds— añade grados de libertad a una economía cuyo superávit récord le da margen para esperar mejores términos incluso frente a Washington. La asimetría tiene, con todo, su propia advertencia para Brasilia: un auge exportador apoyado en el crudo caro y el agro es rehén de los mismos precios internacionales que ya empezaron a corregir, y una industria doméstica que se contrae mientras las ventas externas baten récords sugiere que el país exporta commodities con la misma facilidad con que desindustrializa. La lección regional apunta a la diversificación como la única política comercial robusta en un mundo donde hasta los tratados firmados se renegocian; la pregunta es cuánto cuesta construirla cuando no se empezó a tiempo.

 

V. Colombia: el Banco de la República sorprende con un alza de 75 puntos hasta el 12% y admite deterioro en la credibilidad de su meta, mientras el gobierno entrante anuncia austeridad primero, renegociación de deuda en Washington y recibe un presupuesto amarrado por $255 billones en vigencias futuras

La semana colombiana giró alrededor de una decisión que el mercado esperaba en su dirección pero no en su tamaño. El Banco de la República subió la tasa de política monetaria en 75 puntos básicos hasta el 12%, tras haberla sostenido en 11,25% desde marzo. En la encuesta de Citi, la mitad de las veinte entidades consultadas esperaba un movimiento de 50 puntos, y según ANIF apenas seis de veinte analistas acertaron la magnitud. La lectura posterior fue casi unánime en que el Emisor no ha terminado. Itaú ve la tasa escalando hasta el 13% este año y Bancolombia proyecta un cierre en 12,75% si las presiones persisten, con lo cual los analistas recalibraron en días hacia un ciclo más agresivo del que sus modelos contemplaban hace apenas unas semanas. Detrás de la decisión hay un número que se resiste a ceder. La inflación de mayo llegó al 5,84% y la básica al 6%, el doble de la meta, y Alejandro Reyes, de BBVA Research, advirtió que de mantenerse la tendencia el país completaría siete años consecutivos incumpliendo su objetivo, un punto que el propio gerente Leonardo Villar reconoció. Villar fue igualmente explícito en los plazos. Los efectos plenos del ajuste se sentirán en 2027 y la convergencia a la meta no llegaría antes del cierre de 2028. El dinero caro dejó de ser un episodio para convertirse en el entorno con el que hay que planear.

Las minutas de la reunión contienen la admisión institucional más seria que el Emisor haya hecho en años. Los cuatro directores de la mayoría escribieron que las expectativas de inflación para fin de año, alrededor del 6,5% frente a una meta del 3%, muestran “un deterioro en la credibilidad de la estrategia de inflación objetivo”. Un banco central que reconoce por escrito que su ancla nominal se está soltando no describe un problema técnico sino que justifica una terapia de choque, y el alza de 75 puntos fue, en la lógica de la mayoría, el precio de recomprar una confianza que la persistencia inflacionaria venía erosionando. El diagnóstico de fondo agrega demanda interna creciendo por encima de la producción, empujada por un déficit fiscal elevado que trabaja en contra de la política monetaria, la indexación del salario mínimo de 2026 filtrándose a múltiples rubros de la canasta, y la probabilidad alta de un fenómeno de El Niño que amenaza alimentos y energía. La disidencia tampoco fue menor. Dos directores votaron por recortar 50 puntos argumentando que la inflación responde a choques de oferta —clima, insumos agrícolas, indexación de arriendos— que la tasa no corrige, y que el apretón adicional castiga la inversión, amplía el diferencial cambiario y atrae capital especulativo que revalúa el peso contra la competitividad exportadora; un tercero votó por no mover nada. Una Junta dividida en tres posiciones frente a una decisión de esta magnitud anticipa que cada reunión del segundo semestre será una batalla, y que la señal de esta semana —credibilidad primero, actividad después— tendrá que revalidarse dato a dato. El primer examen llega el martes, cuando el DANE revele la inflación de junio. El mercado espera una aceleración a 6,08%, de vuelta sobre el 6% por primera vez desde agosto de 2024, empujada por restaurantes y hoteles en plena temporada mundialista, arriendos y servicios públicos, con Bancolombia proyectando un cierre de año en 6,4%.

El frente fiscal entregó la contraparte exacta del diagnóstico monetario, esta vez con la voz de los órganos de control. La Contraloría General identificó que, de un presupuesto de $555,72 billones, se han recaudado $252,68 billones, dejando pendiente la financiación de cerca de $303 billones —el 54,5% del total— cuando el año ya cruzó su mitad. La cadena de desajustes que documenta el informe es aritméticamente implacable. La meta de recaudo presupuestal de $321,46 billones tuvo que ajustarse a $294,28 billones en el Marco Fiscal, un recorte de $27,18 billones que, sin nuevas fuentes de ingreso, exige reducir el gasto en ese mismo monto, y aun frente a la senda rebajada el recaudo efectivo al 16 de junio muestra un faltante de $32 billones. A eso se suman el 48% de las reservas presupuestales de inversión de 2025 aún sin pagar, ejecuciones sectoriales que alarman —Transporte en 10,8%, Salud en 9,48%— y una aceleración del endeudamiento que ya comprometió el 76% del cupo de largo plazo, $64,79 billones frente a $47,28 billones un año atrás. La conexión entre los dos frentes de la semana es directa y perversa, porque cada colocación nueva se hace a tasas que el propio BanRep acaba de subir, de modo que el déficit que presiona la inflación encarece la deuda que financia el déficit.

Fitch Ratings añadió la pieza que faltaba para entender cómo se llegó aquí. En su informe sobre estrategias de financiamiento soberano en la región, la calificadora describió el proceder colombiano como el más “poco convencional” de América Latina, y su hallazgo central valida retroactivamente la discrepancia que el CARF planteó la semana pasada. Las recompras de bonos bajo la par, las permutas de retorno total y las colocaciones privadas crearon, en palabras de la firma, una percepción de espacio fiscal que no era de naturaleza estructural, haciendo que el déficit del gobierno central de 2025 pareciera de 6,4% del PIB frente al 7,4% de la proyección inicial. El costo de ese maquillaje quedó cuantificado. Para retirar deuda vieja con cupones bajos se emitió deuda nueva a las tasas actuales, con lo cual el stock de TES creció 17% en 2025 pero los pagos futuros de intereses se dispararon 48%, y la tasa efectiva pasó de 8,3% a 9,4% en un año. La colocación privada de $23 billones con Pimco se hizo 70 puntos básicos por encima de las emisiones competitivas y motivó investigación de la Contraloría, y la conversión de deuda externa hacia euros y francos suizos —cada uno ya en 17% del total— redujo la tasa nominal al 4,2% a cambio de un riesgo cambiario cuyo desenlace nadie garantiza. Para Fitch, las métricas de corto plazo se aliviaron a cambio de más intereses, más dependencia del mercado interno y presión persistente sobre el perfil crediticio. Es la síntesis fiscal del cuatrienio que termina.

Sobre ese terreno pisó esta semana, por primera vez con nombres y anuncios, el gobierno entrante. El ministro de Hacienda designado, Miguel Gómez Martínez, definió una secuencia de austeridad primero y reforma tributaria después. El plan contempla revisar el presupuesto vigente para identificar recortes, construir un presupuesto 2027 que crezca por debajo de la inflación —una reducción del gasto en términos reales—, y una reforma del Estado que ponga sobre la mesa la fusión de ministerios bajo el argumento de que no hay con qué pagar diecinueve carteras. Su lectura de la herencia coincide con la de Fitch y el CARF antes que con la oficial, al estimar el déficit real entre 7% y 8% del PIB, con un gasto mensual cercano a $40 billones contra ingresos de $28 billones. La eventual reforma tributaria, precisó, no buscará apretar más a quienes ya pagan sino estimular el crecimiento para ampliar el recaudo, y en lo energético anunció la reactivación de la exploración —incluido el fracturamiento hidráulico bajo criterios ambientales— para revertir lo que llamó un empobrecimiento energético de cuatro años. El presidente electo Abelardo de la Espriella sumó el movimiento internacional al instruir a Gómez para iniciar una agenda en Washington con la banca internacional y los multilaterales orientada a renegociar plazos y tasas de la deuda pública. El alcance técnico del anuncio merece precisión. Una refinanciación no reduce el saldo adeudado sino que reperfila los pagos, y su éxito dependerá de las condiciones de mercado y de la credibilidad fiscal que el nuevo gobierno logre construir, exactamente el activo que, según Fitch, las operaciones creativas del gobierno saliente erosionaron. El empalme arrancó formalmente con la reunión entre el ministro Ávila y el vicepresidente electo José Manuel Restrepo, quien pidió al gobierno saliente abstenerse de radicar su reforma tributaria del 20 de julio por considerar que el ajuste fiscal es atribución de la administración que llega, mientras el programa Arca de Noé despliega 1.300 expertos en 22 mesas técnicas hasta el 27 de julio.

La restricción más severa que encontrará ese equipo no está, sin embargo, en el déficit corriente sino en el gasto ya comprometido. Según el Marco Fiscal, las autorizaciones respaldadas con vigencias futuras alcanzan $255,3 billones, con el 77,4% del saldo ya comprometido y el 67% pagadero antes de 2034. El desglose muestra dónde quedó hipotecado el margen. Transporte concentra $190,9 billones —el Metro de Bogotá, el Regiotram, los trenes de cercanías—, defensa suma $29 billones con el programa Gripen exigiendo cerca de $3 billones anuales entre 2027 y 2030, y el grueso del crecimiento reciente vino por vigencias futuras excepcionales que no requieren apropiación en el año en que se autorizan, es decir, que facilitan contratar hoy trasladando el costo a los gobiernos siguientes. Con una caja proyectada de apenas $7,1 billones al cierre de 2026 —el segundo nivel más bajo en dos décadas— y los intereses de la deuda escalando al 3,9% del PIB en 2027, el nuevo gobierno recibirá un presupuesto donde la inversión pública es un componente rígido más. La propuesta de Daniel Gómez Gaviria, ex subdirector del DNP, de prohibir las declaratorias de importancia estratégica en los últimos seis meses de mandato resume el malestar técnico con un mecanismo legítimo que el uso ha desnaturalizado.

La economía real, entre tanto, ofreció los contrapuntos que impiden un cuadro monocromo. El PMI industrial de Davivienda saltó a 53,7 puntos en junio, su mejor registro desde noviembre de 2025, con cinco meses consecutivos de expansión, ventas creciendo por decimoquinto mes al ritmo más rápido desde finales del año pasado y la creación de empleo manufacturero más alta en 17 meses, apoyada según los propios encuestados en un entorno político más estable tras las elecciones. El PIB creció 2,2% en el primer trimestre, el desempleo de mayo se ubicó en 8,1% —niveles históricamente bajos que la mayoría de la Junta leyó como espacio para el apretón—, y las transacciones comerciales internas repuntaron 7,52% al calor del Mundial. El café completó la nota favorable. La producción de junio subió 43% interanual hasta 1,30 millones de sacos, segundo mes consecutivo al alza tras siete caídas por las lluvias, aunque el semestre acumula un retroceso del 10% y las exportaciones cayeron 18%, recordando que la recuperación apenas comienza a compensar el daño climático. En el mapa regional, el DANE confirmó la concentración estructural de la economía. Bogotá, Antioquia y Valle generan la mitad del PIB nacional de $1.852 billones, seis departamentos reúnen el 67,3%, y la Amazonía-Orinoquía aporta el 2,4%, el dato que, visto desde esta región, dimensiona tanto el rezago como el espacio de crecimiento que una agenda seria de promoción de inversión territorial tiene por delante. Las ganancias del Banco de la República, en fin, cayeron 37,2% a mayo, un deterioro patrimonial del Emisor que reduce las transferencias futuras de utilidades a la Nación justo cuando cada billón cuenta.

Valoración. La semana dejó a Colombia con su política monetaria y su política fiscal diciendo, por fin, lo mismo desde orillas institucionales distintas. El desorden fiscal es hoy el principal motor de la inflación, y corregirlo es condición para que las tasas bajen. El BanRep lo dijo con 75 puntos básicos y una confesión de credibilidad deteriorada que no admite lecturas amables; la Contraloría lo dijo con $303 billones sin financiar; Fitch lo dijo demostrando que el espacio fiscal de los últimos dos años fue en parte percepción construida con ingeniería financiera cuyo costo —48% más de intereses futuros— apenas empieza a pagarse. Frente a ese triple diagnóstico, el gobierno entrante hizo lo que el mercado le venía pidiendo desde la elección. Puso secuencia con la austeridad antes que los impuestos, puso nombre con Gómez en Hacienda y puso agenda con Washington para reperfilar. Es el tipo de señal que el crédito de confianza condicionado surgido de la segunda vuelta necesitaba para sostenerse. Pero conviene medir la distancia entre anunciar y ejecutar. La austeridad prometida choca con un presupuesto donde las vigencias futuras, los intereses y las transferencias dejan un margen discrecional mínimo; la renegociación en Washington requiere una credibilidad que aún no se ha construido; y la reforma del Estado exige mayorías legislativas que nadie ha contado. El BanRep, mientras tanto, ya fijó el precio de la espera en tasas al 12% —quizás al 13%— hasta que la convergencia sea verificable, lo que significa que el costo del dinero castigará la actividad durante toda la primera fase del nuevo gobierno, precisamente cuando este necesita crecimiento para que su apuesta de recaudo sin más impuestos funcione. La tenaza es esa. Sin ajuste fiscal no bajan las tasas, y con tasas al 12% el crecimiento que debe financiar el ajuste se encarece. Salir de ella exige que la señal de disciplina del 7 de agosto sea tan contundente que mueva las expectativas antes de que la aritmética muerda. El mercado ya compró la promesa; desde esta semana empezó a cronometrar la entrega.

 

VI. Mercados financieros

Renta variable: el empleo débil devuelve el apetito por riesgo en Wall Street, Europa marca máximos históricos y cierra la brecha con el S&P 500, y el COLCAP absorbe el alza del BanRep con una valorización moderada

La renta variable global cerró la semana con el signo invertido respecto a la anterior, y la explicación está menos en las empresas que en la Reserva Federal. El dato de empleo de junio, con apenas 57.000 nóminas frente a las 115.000 esperadas, fue leído por los mercados como la mejor noticia posible dentro de las malas, porque redujo el temor a nuevas alzas de tasas y devolvió el apetito por riesgo que el giro halcón de Warsh había congelado. Las malas noticias económicas volvieron a ser buenas noticias bursátiles, la vieja lógica de un mercado que cotiza la política monetaria antes que la actividad. El S&P 500 avanzó 1,8% en la semana hasta 7.483,24 puntos, el Dow Jones subió 2,0% hasta 52.900,07 y el Nasdaq Composite recuperó 2,1% hasta 25.832,67, en una semana acortada por la fiesta nacional del 4 de julio que redujo los volúmenes de negociación. El rebote se apoyó también en un componente técnico tras cinco jornadas consecutivas de caídas en el S&P 500 y el Nasdaq, aunque la recuperación de los índices no borró la selectividad de fondo. La rotación fuera de la tecnología, los semiconductores y los nombres de inteligencia artificial hacia sectores defensivos y de alta capitalización siguió operando por debajo de la superficie, y la toma de utilidades en el segmento de IA confirma que el debate sobre las valoraciones extendidas que Grantham encendió sigue abierto, solo que esta semana con una Fed menos amenazante como telón de fondo. El segundo trimestre que acaba de cerrar dejó, con todo, una cifra que dimensiona lo que está en juego en esa disputa, pues el S&P 500 acumuló un alza trimestral de 14,9%, su mejor desempeño desde 2020.

Europa protagonizó el hito de la semana. El Stoxx Europe 600 alcanzó un máximo histórico en 653 puntos, encadenó su cuarta semana consecutiva de ganancias y cerró la brecha de rentabilidad con el S&P 500, con ambos índices avanzando más de 9% en lo corrido del año. La convergencia tiene lectura macro-financiera directa, porque combina el alivio de precios que el bloque europeo documenta —una inflación de vuelta bajo el 3% que desactiva al BCE— con una rotación global que favorece a los mercados menos concentrados en tecnología, exactamente el perfil europeo. El detalle sectorial de la última sesión mostró a los operadores de centros de datos —Siemens, Schneider— y a las utilities —Iberdrola, Enel— capturando el flujo que sale de los fabricantes de chips, mientras ASML rebotaba 3,7% tras la semana volátil del sector y los bancos —BBVA, Deutsche Bank— se apoyaban en el descenso de los rendimientos cortos. En el Reino Unido, el sector financiero lideró con Close Brothers subiendo 7,9%, y las mineras avanzaron 1,4% siguiendo al oro, que retomó impulso precisamente por los débiles datos laborales estadounidenses. Asia acompañó el giro con el MSCI Asia Pacific subiendo 1,9% y los emergentes 2,2%, encabezados por la recuperación de los gigantes surcoreanos de memoria, SK Hynix y Samsung, los mismos que la semana anterior habían forzado suspensiones de negociación en Seúl. La velocidad con que el mercado coreano pasó del desplome al liderazgo regional ilustra el carácter de la corrección tecnológica en curso, más una disputa de valoración que una revisión de fundamentos.

En el frente corporativo, Tesla entregó la sorpresa del arranque de la temporada al reportar 480.126 vehículos en el segundo trimestre, 25% más que un año atrás y muy por encima del consenso, con China y Europa como motores, aunque BYD retuvo el liderazgo mundial en eléctricos puros con 557.090 unidades. El dato relevante para el mercado no está, sin embargo, en los vehículos sino en el capital. La compañía prevé triplicar su inversión hasta más de 25.000 millones de dólares este año para acelerar los robots Optimus y los Cybercab autónomos, una cifra que la suma de lleno al ciclo de capex de inteligencia artificial que Warsh identificó en Sintra como la nueva incógnita de la política monetaria. La temporada de resultados que arranca con Delta Air Lines y PepsiCo ofrecerá las primeras señales sobre el gasto del consumidor estadounidense, la variable que la economía en forma de K vuelve más difícil de leer que nunca.

El COLCAP cerró en 2.295,72 puntos con una valorización semanal de 0,4%, un avance modesto que esconde una semana de fuerzas encontradas y que culminó con la mejor sesión en dos semanas, un alza de 1,57% el viernes. El índice tuvo que digerir simultáneamente el impulso y el freno. A favor operaron la expectativa alrededor de la transición política y el perfil promercado del gabinete económico que se anunció, junto con la estabilización del petróleo que permitió a Ecopetrol valorizarse 3,24% en el cierre semanal tras el desplome de la semana anterior. En contra pesaron las preocupaciones por el déficit fiscal y la deuda que la Contraloría y Fitch pusieron en cifras, la incertidumbre sobre la gobernabilidad de un presidente sin mayorías en el Congreso y, de manera central, la decisión del BanRep. El alza de 75 puntos básicos eleva la tasa libre de riesgo contra la que se descuentan los flujos de las empresas listadas, un viento de frente directo para las valoraciones accionarias, aunque el mercado la leyó también como un refuerzo de credibilidad antiinflacionaria que reduce la prima de incertidumbre de mediano plazo. Ese equilibrio entre el costo presente y la credibilidad futura explica que el índice avanzara apenas 0,4% en una semana en que los emergentes subieron 2,2%: el activo colombiano pagó su prima local. En lo corporativo, ISA Energía evalúa una oferta pública secundaria de preferentes en Brasil por 650 millones de reales, los mayores volúmenes se concentraron en Ecopetrol, PF Cibest y Mineros, y las mayores valorizaciones del cierre fueron para ETB, PF Davivienda Group y Ecopetrol.

 

Renta fija: los TES se valorizan sobre la expectativa de la renegociación de deuda pese al alza del BanRep, mientras los Treasuries y los Bunds elevan su pendiente y la deuda global cotiza más crecimiento

El mercado de deuda entregó esta semana una divergencia que vale la pena leer con calma, porque los bonos colombianos y los de las economías desarrolladas se movieron en direcciones opuestas por razones que, en ambos casos, son constructivas. En Estados Unidos, los rendimientos de los Treasuries subieron de forma generalizada —4,5 puntos básicos el bono a 2 años, 11,5 el de 10 y 12,1 el de 30—, un movimiento que a primera vista parece contradecir el dato débil de nóminas pero que tiene su explicación en la estructura del ajuste. Los plazos cortos apenas se movieron porque las expectativas sobre la Fed ya estaban recalibradas tras el informe laboral, mientras el tramo largo repuntó por el aumento de la prima temporal, el precio que los inversionistas exigen por sostener duración cuando la confianza en el crecimiento mejora. La curva estadounidense se empinó, en síntesis, no por miedo a la inflación sino por menor apetito de refugio, y esa lectura es coherente con el regreso del apetito por riesgo que la renta variable documentó. Con el contado cerrado el viernes por la fiesta nacional, los futuros dejaron la referencia a 10 años en 4,48%.

Europa replicó el empinamiento con un matiz de política monetaria que la distingue. El Bund alemán a 10 años extendió su avance por quinta sesión consecutiva hasta 2,94%, y los swaps de la eurozona pasaron a descontar 21 puntos básicos de endurecimiento del BCE para fin de año, frente a los 12,5 del cierre previo. El movimiento tiene algo de paradoja frente al dato de inflación del 2,8% que desactivó la subida de julio, pero se resuelve al separar los horizontes. El mercado descarta el movimiento inmediato y, al mismo tiempo, con una actividad que se estabiliza y una Alemania que anuncia 203.000 millones de euros de endeudamiento para 2027, recarga la apuesta de que el ciclo restrictivo europeo no ha terminado, solo se ha espaciado. La deuda francesa e italiana acompañó el ajuste con los rendimientos a 10 años en 3,73% y 3,71%, y los gilts británicos mostraron un comportamiento defensivo relativo —apenas un punto básico al alza hasta 4,78%—, con las expectativas sobre el Banco de Inglaterra ancladas en 18 puntos de endurecimiento para el cierre del año. El mensaje agregado de las curvas desarrolladas es que la era de las tasas largas altas no se negocia: la prima temporal sube en ambos lados del Atlántico, y el financiamiento de largo plazo seguirá caro incluso si los bancos centrales pausan.

Los TES colombianos se movieron a contracorriente de ese entorno global, y el contraste con la semana anterior no puede ser más elocuente. La curva de tasa fija registró valorizaciones generalizadas, con caídas de 46,3 puntos básicos en junio de 2032, 36,6 en noviembre de 2027, 23,6 en marzo de 2031 y descensos relevantes en abril de 2028 y febrero de 2033, apoyadas en la revaluación del peso, la reducción de la prima de riesgo país y, de manera destacada, las expectativas frente a las eventuales negociaciones del nuevo Ministerio de Hacienda para mejorar las condiciones de la deuda pública. El anuncio de la agenda en Washington, cuya ejecución está a semanas de distancia, ya se cotiza. El tramo largo que la semana pasada pagaba la factura fiscal del CARF encontró alivio en la promesa de reperfilamiento, una muestra de la velocidad con que este mercado convierte señales políticas en precio, en ambas direcciones. Lo notable es que esa valorización conviviera con el alza sorpresiva de 75 puntos del BanRep, que en condiciones normales habría golpeado toda la curva; el efecto restrictivo quedó parcialmente absorbido porque el mercado leyó el apretón como refuerzo de la credibilidad antiinflacionaria de mediano plazo, la misma interpretación que moderó el impacto sobre las acciones. Los TES UVR acompañaron con valorizaciones en casi todas sus referencias —27,5 puntos básicos en marzo de 2027, 19,3 en enero de 2031—, respaldadas por una subasta primaria con demanda de 3,5 veces el monto convocado y compras de extranjeros en el tramo medio, con la única excepción del UVR 2062, que se desvalorizó moderadamente por menor apetito en el extremo más largo. La sesión de cierre matizó el balance semanal con un empinamiento local: el tramo corto se comprimió mientras la parte media y ultralarga absorbía presiones vendedoras, con los TES de octubre de 2034 y octubre de 2050 repuntando 11 y 14 puntos básicos, señal de que la confianza recuperada todavía se concentra donde el riesgo fiscal pesa menos.

El frente primario y de gestión de pasivos dejó cifras que dimensionan tanto la presión de oferta como la capacidad de absorción del mercado local. El Ministerio de Hacienda emitió $1,15 billones en Títulos de Corto Plazo con vencimiento a junio de 2027 para saldar $1,02 billones de la deuda del FEPEC, elevando el saldo circulante de estos papeles a $47,3 billones, aunque el manejo de caja del semestre —con cancelaciones y redenciones anticipadas por $41,75 billones— mantiene intacto el cupo anual de $67 billones del instrumento. En el largo plazo, las colocaciones directas en UVR rozan ya su techo anual de $24,25 billones, y el saldo total de TES en circulación alcanzó un máximo histórico de $781 billones, con un crecimiento mensual de 2,28%. La contracara de esa oferta es una liquidez interbancaria excepcional. Los creadores de mercado han tomado en préstamo un volumen récord de $150,2 billones mediante Transferencia Temporal de Valores hasta mayo, prácticamente el doble que un año atrás, el mecanismo que está garantizando la profundidad del mercado secundario frente a la volatilidad de tasas. La foto completa muestra un Tesoro que coloca deuda a ritmo récord sobre un mercado que, por ahora, la absorbe sin fracturas, pero cuya disposición a seguir haciéndolo a tasas razonables depende de que la expectativa de ajuste fiscal que esta semana valorizó la curva se convierta en hechos.

 

Divisas: el empleo débil quiebra la racha del dólar, el peso colombiano lidera a los emergentes con una apreciación superior al 3% y el carry trade del BanRep se convierte en imán de flujos

El mercado cambiario procesó la semana bajo una sola fuerza dominante, la capitulación del dólar tras el dato de empleo. El índice DXY cayó 0,5% y perforó la barrera de las 101 unidades, rompiendo una racha ganadora de dos semanas y devolviendo el terreno que el sesgo de Warsh le había conquistado. La mecánica del retroceso fue la del desarme: el enfriamiento sorpresivo del mercado laboral obligó a los operadores a deshacer aceleradamente el posicionamiento restrictivo construido tras el PCE, reduciendo a cerca del 50% las probabilidades de un alza de la Fed en septiembre, y con ellas el soporte de tasas que sostenía al billete verde. Los comentarios de Warsh mantuvieron viva la expectativa de una política contractiva por más tiempo, lo que explica que la caída fuera contenida y no un desplome, pero la dirección semanal quedó definida por los datos antes que por el discurso. Entre las desarrolladas, la libra esterlina lideró con un avance de 1,1% hasta consolidarse sobre los 1,3344 dólares, el franco suizo ganó 0,8%, el euro capitalizó mecánicamente la debilidad del dólar para cerrar 0,5% arriba, justo sobre los 1,14 dólares, aunque su tracción quedó frenada por el tono moderado de Lagarde en Sintra y una inflación regional más suave de lo esperado que enfrió las apuestas de nuevos ajustes agresivos del BCE. El dólar australiano avanzó 0,6% apoyado en los PMI chinos que confirmaron la expansión de la actividad, el yen y el yuan cerraron con ganancias moderadas, y el dólar canadiense fue la excepción al permanecer estable, presionado hacia el cierre por la misma incertidumbre del T-MEC que golpea a México.

El peso colombiano protagonizó la semana cambiaria de los mercados emergentes, y lo hizo con una contundencia que exige registrar cada componente del movimiento. La tasa de cambio se desplomó 3,3% hasta cerrar en $3.335,46, con mínimos intradiarios de $3.323,01, la mejor moneda del bloque emergente en la semana y una extensión del rally que ya acumula el peso entre las divisas de mejor desempeño global del año. La lista de motores es larga y, por una vez, todos empujan en la misma dirección. El alza de 75 puntos del BanRep convirtió el carry trade colombiano en uno de los más atractivos del mundo emergente —una tasa nominal del 12% frente a una Fed que duda—, y la estabilización de las tasas IBR tras el ajuste consolidó ese diferencial; la reducción del CDS a 10 años reflejó la menor percepción de riesgo país; los flujos de oferta de dólares en el mercado spot se mantuvieron robustos con un volumen semanal de 800 millones de dólares pese al festivo estadounidense; el Brent repuntó y devolvió soporte a los términos de intercambio; y las señales de disciplina fiscal del próximo Ministerio de Hacienda —la secuencia de austeridad, el anuncio de Washington— completaron el cuadro. Las monedas andinas acompañaron el giro como las de mejor desempeño emergente, con el peso chileno destacando como tercera divisa del bloque apoyado en la recuperación de la aprobación del presidente Kast por encima del 54%, mientras el sol peruano, el peso mexicano y el real brasileño registraron avances más moderados, entre 0,1% y 0,4%, en un bloque que celebró la debilidad del dólar pero siguió cargando la incertidumbre comercial abierta por la decisión estadounidense sobre el T-MEC.

La lectura de fondo del episodio colombiano pide, con todo, separar lo estructural de lo circunstancial. La apreciación de esta semana es la suma de un diferencial de tasas que el BanRep acaba de ampliar deliberadamente y de una expectativa fiscal que aún no se ha materializado, dos soportes de naturaleza distinta y de distinta fragilidad. El carry es real y verificable, pero es también el mecanismo que los dos codirectores disidentes de la Junta señalaron como riesgo: un peso sostenido por capital que llega a cosechar tasa —no a financiar inversión productiva— se aprecia contra la competitividad del aparato exportador y manufacturero, y se revierte con la misma velocidad con que llegó si el diferencial se estrecha o el apetito global gira. La expectativa fiscal, por su parte, cotiza hoy anuncios cuya ejecución empieza el 7 de agosto. Un peso en $3.335 es, para los importadores y para la inflación de bienes transables, el mejor aliado que el BanRep podría pedir en su lucha contra la persistencia de precios; para los exportadores de café, flores y manufacturas livianas, y para los hogares receptores de remesas —el mismo fenómeno que México exhibe con su 11,1% menos de poder de compra por dólar recibido—, es un costo que se acumula en silencio. La moneda más fuerte del mundo emergente es una bendición selectiva, y su sostenibilidad depende de que la promesa fiscal que ayudó a construirla se cumpla.

 

Commodities: el petróleo encadena su cuarta semana de caídas y la curva vuelve al contango, el oro rebota sobre los 4.180 dólares con el empleo débil y el café colombiano recupera terreno

El petróleo profundizó el retroceso que viene reorganizando todo el tablero y sumó su cuarta semana consecutiva de caídas, con el Brent en 71,90 dólares y el WTI en 68,60. Los precios operan ya cerca de los niveles previos al conflicto, y la señal más reveladora de la semana no está en el nivel sino en la estructura. La curva de futuros volvió al contango —los contratos de entrega inmediata cotizan por debajo de los de mediano y largo plazo—, la configuración característica de un mercado que percibe oferta abundante y ningún riesgo de escasez, exactamente la inversa de la prima de urgencia que dominó durante la guerra. Ese cambio de forma vale más que cualquier declaración, porque incorpora la apuesta agregada del mercado a que la normalización llegó para quedarse. Los fundamentos que la sostienen avanzaron en la misma dirección: las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán progresan, el tráfico por el estrecho de Ormuz se reanuda parcialmente con el regreso progresivo de los petroleros reduciendo la prima geopolítica —aunque los flujos siguen por debajo de su nivel normal—, y la Administración de Información de Energía reportó que la producción y las exportaciones estadounidenses alcanzaron niveles récord. La combinación de un Golfo que se reabre y un productor americano en máximos configura el sesgo bajista de oferta que las tensiones internas de la OPEP, documentadas en ediciones anteriores, solo refuerzan. Para Colombia, el mensaje es doble: el Brent estabilizado sobre los 70 dólares le dio esta semana soporte al peso y a Ecopetrol tras el castigo previo, pero una curva en contango advierte que el mercado no espera precios significativamente mejores hacia adelante, un dato que las cuentas fiscales y externas del nuevo gobierno —y la meta de producción de 1,3 millones de barriles del marco T.I.G.R.E.— deben incorporar con realismo.

El oro protagonizó el giro de la semana entre los metales, y su movimiento es la traducción más pura del episodio monetario estadounidense. La onza rebotó con fuerza por encima de los 4.180 dólares tras el dato débil de nóminas, recuperando en días lo que el sesgo de Warsh le había costado, porque la reducción de las expectativas de alza de la Fed baja el costo de oportunidad del activo que no rinde. Las compras de los bancos centrales siguen apuntalando la demanda de fondo, y la encuesta del OMFIF que abre esta edición sugiere que ese soporte tiene raíces estructurales: los gestores de reservas que planean reducir dólares en la próxima década necesitan destinos alternativos, y el metal es el más antiguo de todos. El efecto se propagó a las bolsas con exposición minera, con el índice compuesto de Toronto cerrando en máximo histórico de 35.275 puntos liderado por las auríferas —Agnico Eagle, Wheaton y Barrick con avances entre 2,4% y 2,7%—. Los metales industriales evolucionaron de forma desigual: el aluminio retrocedió penalizado por la mejora de las perspectivas de oferta en Oriente Próximo, mientras el cobre resistió en torno a los 13.326 dólares en Londres, sostenido por la vigilancia sobre las conversaciones con Irán y la ausencia de anuncios de la Casa Blanca sobre eventuales aranceles al refinado, con el movimiento corporativo de BHP transfiriendo su propiedad de San Manuel en Arizona a Faraday Copper como recordatorio de que el metal de la transición energética sigue atrayendo capital de largo plazo aun en semanas de precios laterales.

El café cerró la semana en $2.230.000 por carga de pergamino seco, recuperando terreno frente a los $2.145.000 del cierre de la edición anterior. El repunte del precio interno coincide con la mejora productiva que el bloque colombiano documenta —dos meses consecutivos de cosecha al alza tras siete de caídas—, y la combinación es la más favorable posible para el caficultor: más volumen a mejor precio, en un mercado internacional donde la oferta de los grandes productores sigue comprometida. Para las cuentas externas del país, un café en niveles históricamente altos compensa parcialmente la debilidad de las exportaciones acumuladas del semestre y añade un flujo de divisas que, junto con las remesas, sostiene la oferta de dólares detrás de la apreciación del peso. La advertencia cambiaria del subbloque de divisas aplica aquí con nombre propio: cada peso que la tasa de cambio cede es margen que el productor pierde sobre un precio internacional que se liquida en dólares, y la moneda más fuerte del mundo emergente le cobra su factura precisamente al sector que más divisas genuinas genera por fuera del petróleo.

Valoración. Los mercados de esta semana ofrecen la imagen especular de la anterior, y la simetría es instructiva. Hace siete días, el sesgo de Warsh y el desplome del crudo castigaban en sincronía a los activos de riesgo y a los emergentes; esta semana, un solo dato de empleo invirtió la polaridad completa: el dólar capituló, las bolsas rebotaron con Europa en máximos históricos, el oro recuperó los 4.180 dólares y el capital volvió a los emergentes con el peso colombiano a la cabeza. La lección que deja el episodio es la que define el régimen de mercado vigente: con una Fed sin orientación prospectiva, cada dato macro es un evento de mercado global, y la volatilidad de las expectativas —de alza segura en septiembre a moneda al aire en cinco sesiones— se transmite instantáneamente a todos los precios del planeta. Colombia vivió esa transmisión en su versión más favorable: el BanRep amplió el diferencial de tasas justo cuando el dólar cedía, el nuevo gobierno puso señales fiscales justo cuando el mercado buscaba razones para comprar, y la triple valorización —peso, TES, COLCAP— reapareció una semana después de la triple corrección. Pero conviene retener de dónde viene el impulso: el carry, la expectativa de reperfilamiento y el rebote del Brent son soportes que dependen, respectivamente, de una Fed que no suba, de un gobierno que ejecute y de una tregua que aguante. Ninguna de las tres condiciones está garantizada, y la curva del petróleo en contango recuerda que el mercado ya no paga primas por el optimismo. La semana entrante trae el dato de inflación de junio en Colombia y el arranque de la temporada de resultados en Estados Unidos; ambos dirán si el giro de esta semana fue el inicio de un régimen más benigno o apenas el contragolpe de un mercado que sigue peleando consigo mismo.

 

Nota del Autor

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Enrique Ariza

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