
El objeto mismo de la acción moral se ha relativizado
El objeto mismo de la acción moral se ha relativizado. Difícilmente podría haber sido otro el desenlace de una época absorbida por el entretenimiento. Como explicaría Baudrillard, el orden de lo factual ha terminado por confundirse con dispositivos de simulación que ya no representan lo verdadero, sino que pretenden sustituirlo. A la sombra de esta transformación, permanecemos expuestos a un conflicto de narrativas cuyo principio de legitimidad no reside en la verdad, sino en la pretensión de autenticidad.
Nos hastía lo políticamente correcto y lo confundimos con la censura a nuestros impulsos escatológicos de repudiar lo todo lo que no se identifica conmigo. La historia nos produce vergüenza, y los cánones, lejos de suscitar adhesión, provocan fastidio. Nuestra época ya no amerita un revisionismo, no hace falta responder a la pregunta sobre cómo fue que llegamos hasta aquí, porque su efecto no consiste tanto en interpelarnos desde el pasado como en devolvernos una imagen fracturada de nosotros mismos. En ese gesto, toda idea corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de clausura, confinándonos a un horizonte de desencuentros cada vez más radicales y, acaso, definitivos, ya vamos en la búsqueda de destripar al oponente, y tal vez, en cercenar los principios del laicismo y el pluralismo desde la educación de la niñez.
Con todo, las instituciones y los valores no parecen simplemente desgastarse: han ido cediendo su lugar a una sensibilidad dominante cuya consigna es el odio por la diferencia. Bajo esta lógica, aquello que fracasa ya no convoca a la corrección ni a la reforma; exige, más bien, ser sustituido por su inversión. No asistimos solo a una crisis de la democracia y sus instituciones, sino a una mutación más profunda de sus condiciones de legitimidad: fuerzas que nunca se han sentido cómodas con eso de los derechos humanos ganaron el debate electoral con la ayuda de exacerbar lo visceral, el espectáculo; los algoritmos se han logrado imponer en lo humano, y con ello, tienden a transvalorizar sus propios fines: el ambiente es para producir, la educación es para discriminar, las finanzas son para privilegiar a los que más ganan y la política para priorizar la ventaja de unos pocos. El Brexit, Trump, Bukele, Bolsonaro, Milei, ADLE y muchos otros, son el resultado del descubrimiento de una mina de oro para los políticos, sólo comparable con la invención de la neuropublicidad.
Como ya ocurriera, bajo otras formas en pleno siglo XX, y bajo las mismas ahora, en Europa, EEUU y gran parte de América Latina y el Caribe, la democracia liberal vuelve a mostrar su vulnerabilidad ante la figura de la supremacía personal. Nuestras apelaciones a la justicia y a la libertad revelan una fragilidad tal que, frente a cualquier conmoción, ceden su lugar a la retórica de la grandeza nacional, al patriotismo rudimentario y a esa pulsión destructiva que Russell supo reconocer detrás de las causas más triviales. No elegimos un gobierno, elegimos una revancha.
Escribo esta diatriba contra nosotros mismos, no contra un otro fácilmente identificable. Lo hago para señalar el cinismo con que nos hemos entregado a rituales simbólicos cuyo único rendimiento parece consistir en permitirnos ocupar una posición distinta de aquella que repudiamos, aunque no menos repudiable para quienes se sitúan del lado opuesto. Sujetos del juego de tecnología. La dificultad que la democracia siempre ha tenido no ha dejado de acompañarnos: ¿cómo llegamos a depositar la función decisoria en un cuerpo social mal informado? Pero acaso la pregunta decisiva ya no sea por qué votamos como votamos, sino qué sentido conserva ya el acto mismo de votar. En la tecnocracia, y en ese desplazamiento de los fines se perfila, precisamente, el cinismo democrático.













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