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Resumen Ejecutivo
La cuarta semana de junio fue la de la confirmación y el desenlace. En el plano global, los datos validaron el giro que la edición anterior había documentado como apuesta: el índice de precios del gasto en consumo personal de Estados Unidos mostró una inflación subyacente del 3,4% interanual, máximo de dos años, entregándole a Kevin Warsh la munición que su debut prometía pero todavía no tenía. El sesgo halcón dejó de ser una postura para convertirse en un diagnóstico respaldado por las cifras, y el consenso consolidó la expectativa de un alza en septiembre. Pero el dato que de verdad define el segundo semestre estadounidense no es la inflación, sino la trampa que encierra el resto del cuadro macro: una economía que creció 2,1% en el primer trimestre, un consumo que sorprendió al alza y un mercado laboral que se niega a enfriarse despojan a la Fed de la cobertura que un recorte necesitaría, de modo que la solidez se convierte en el argumento que sostiene las tasas altas por más tiempo. Bajo esa superficie agregada, sin embargo, se consolida la economía en forma de K que Moody’s y Bank of America documentaron: el 20% más rico concentra el 60% del gasto, y el colchón de depósitos que sostiene a los hogares de menores ingresos es, por reconocimiento de los propios analistas, transitorio.
El segundo gran vector de la semana fue el petróleo, que invirtió su papel histórico. La materia prima que durante meses fue la fuente del choque inflacionario se convirtió en el motor de la desinflación: el mercado apostó por el retorno de los flujos del Golfo Pérsico —con Saudi Aramco reactivando sus cargas en Ras Tanura tras cuatro meses de interrupción— y empujó al Brent y al WTI a caídas semanales cercanas al 9,5%, perforando el crudo estadounidense la barrera de los 70 dólares. El alivio convive con una tregua frágil que un solo ataque a un carguero cerca de Ormuz bastó para tensar, y con tensiones internas en la OPEP que añaden un sesgo bajista estructural, pero la dirección quedó clara y reorganizó todos los activos. Los Treasuries se valorizaron al reducirse las apuestas de alza, el dólar consolidó su mayor ganancia mensual desde marzo sobre el sesgo de Warsh, y los metales preciosos pagaron el costo de oportunidad de las tasas, con el oro cayendo brevemente por debajo de los 4.000 dólares. La renta variable global dio un giro de liderazgo: la rotación fuera de la inteligencia artificial invirtió la jerarquía del Nasdaq, que se desplomó 4,6% mientras los sectores defensivos resistían, y las advertencias de burbuja de Jeremy Grantham arreciaron en abierta disputa con la tesis de ganancias reales que defienden BlackRock, Morgan Stanley y Goldman Sachs.
En Europa, el PMI compuesto ofreció la primera evidencia de que el pico del choque energético podría haber quedado atrás, validando el diagnóstico de choque moderado de Lane, pero el bloque cerró con dos recordatorios de que sus riesgos son cada vez menos monetarios y más estructurales: la dimisión de Keir Starmer abrió la séptima transición de gobierno británica en una década —materializando el riesgo fiscal que la curva de gilts había detectado— y una ola de calor sin precedentes amenazó con reabrir el frente de los alimentos justo cuando el de la energía cedía. Asia confirmó que la inflación se generaliza: el dato de Tokio que excluye energía se aceleró al 1,9%, señal de que el choque se filtra más allá del crudo y mantiene al Banco de Japón en ruta de endurecimiento, aunque el yen siguió expuesto a la gravedad del diferencial con Washington. China batió un récord de superávit por cuenta corriente de 184.300 millones de dólares y aceleró la internacionalización del yuan con un banco de liquidación en África, una ofensiva desdolarizadora a la que Brasil se sumó desde el otro extremo al anunciar su primera emisión de bonos en yuanes. En América Latina, Banxico confirmó la pausa prolongada con la inflación de vuelta dentro del rango, mientras las exportaciones mexicanas se dispararon 25,4% con una primera grieta reveladora: la caída de las ventas automotrices a Estados Unidos.
Colombia vivió la semana de su desenlace. La segunda vuelta resolvió el evento binario sobre el que el mercado había tomado su apuesta de alta convicción, y lo hizo validando el escenario: Abelardo de la Espriella es el presidente electo, y JP Morgan estrenó un marco optimista de cinco ejes —T.I.G.R.E.— que ve en el país una ventana de reactivación anclada en la inversión petrolera. Pero el desenlace electoral, lejos de cerrar el capítulo fiscal, lo abrió en su forma más cruda. La misma semana, el Comité Autónomo de la Regla Fiscal entregó el veredicto más severo en años: frente al déficit de 5,3% del PIB que proyecta Hacienda, el CARF estima 7,4% —un nivel de pandemia—, con la deuda neta en un máximo histórico del 61% y un ajuste requerido que en 2027 equivale al esfuerzo de los tres años anteriores juntos. La coincidencia temporal entre el marco optimista de la banca de inversión y el dictamen de los técnicos es la imagen más honesta del momento: un mercado que celebra el cambio de expectativas frente a una aritmética que ningún cambio de gobierno disuelve por decreto.
Y el cierre de los mercados locales lo confirmó con elocuencia. Si la edición anterior documentó una triple valorización sostenida por el ancla electoral, esta semana —consumada la apuesta— el COLCAP cayó 8,7% arrastrado por un Ecopetrol que se desplomó 16,1% con el petróleo, el tramo largo de los TES se desvalorizó castigado por las preocupaciones fiscales del CARF, y el peso se debilitó al quedar de nuevo expuesto a la caída del Brent y a la prima de riesgo país. La triple valorización de la euforia anticipada dio paso a una triple corrección sincronizada, y la lección es nítida: el trade electoral cumplió su función y, al desactivarse, devolvió al activo colombiano a sus fundamentos reales —el precio del crudo que exporta y la sostenibilidad de la deuda que hereda—. El apetito no desapareció, una subasta de TES sobredemandada 4,9 veces con tasas a la baja lo demuestra, pero ese apetito es ahora un crédito de confianza condicionado a la ejecución futura, no una validación de fundamentos consumados.
La semana entrante y los meses que siguen concentran la prueba. Lo que el mercado compró el domingo no fue un resultado consumado sino una promesa de ejecución, y esa promesa tiene nombre y fecha cercana: la conformación del gabinete económico, el nombramiento del ministro de Hacienda y el primer presupuesto. Tanto JP Morgan como la Universidad EAFIT —que planteó once agendas para los primeros cien días— coinciden en lo esencial: el problema no es la falta de hoja de ruta sino la capacidad de ejecutarla con disciplina y márgenes legislativos estrechos. El Tigre tiene con qué; el reto, mayúsculo, es que las decisiones concretas confirmen que la confianza estaba bien puesta. El mercado global cerró la semana descontando un dólar fuerte y un petróleo en retroceso; Colombia la cerró descubriendo que, sin el ancla de la expectativa política, sus activos vuelven a moverse al compás de los fundamentos. El examen de esos fundamentos apenas comienza, y su primera evaluación llegará cuando el ajuste que todos reconocen inevitable pase del diagnóstico a la ley.
I. Estados Unidos: el PCE de mayo valida el giro de Warsh con la inflación subyacente en máximos de dos años, la economía se revela en forma de K y el mercado consolida la apuesta a un alza en septiembre
La semana entregó a Estados Unidos la confirmación cuantitativa de aquello que el debut de Kevin Warsh había dejado planteado como advertencia: la inflación no solo no cede sino que se acelera, y el dato lo validó con la claridad que el nuevo presidente necesitaba para sostener el giro restrictivo que estrenó en su debut, a contramano de la inclinación moderada con que llegó al cargo. El índice de precios del gasto en consumo personal —el indicador que la Reserva Federal privilegia para leer las tendencias de fondo— mostró en mayo una variación subyacente del 3,4% interanual tras avanzar 0,3% en el mes, su nivel más alto desde octubre de 2023. La lectura general endureció el diagnóstico: 4,1% interanual, máximo desde abril de 2023, con un repunte mensual del 0,4%. Ambas cifras llegaron en línea con el consenso de Dow Jones, de modo que no fueron una sorpresa en sí mismas, pero su nivel absoluto cierra cualquier ventana de discusión sobre un recorte a corto plazo y deja a la Fed exactamente donde Warsh quería situarla: con un mandato de estabilidad de precios que la propia inflación vuelve impostergable.
La composición del dato confirma el diagnóstico que la edición anterior anticipaba sobre el origen del repunte. La energía volvió a ser la mayor fuente de presión, con un alza del 4% en el mes en los bienes y servicios asociados, el rastro directo de la guerra con Irán que se filtra con rezago a lo largo de la cadena de precios. Pero el detalle más revelador no está en la energía sino en su difusión: los servicios financieros y de seguros saltaron 1,2% en el mes y el costo de la vivienda avanzó 0,3%, señales de que la presión se generaliza más allá del choque de oferta inicial. Es precisamente la inquietud que los funcionarios de la Fed expresaron en sus intervenciones de la semana: el componente que tradicionalmente se descarta por temporal —el pico energético— está dejando de ser el único motor, y la mecánica de difusión hacia el resto de la canasta es lo que vuelve el episodio más persistente de lo que el mercado descontaba.
El dato de inflación no llegó solo, y el resto del cuadro macro reforzó la lógica restrictiva en lugar de matizarla. El gasto de los consumidores sorprendió al alza con un avance del 0,7% mensual, una décima por encima de lo previsto y, lo más relevante, por delante de la propia tasa de inflación, lo que confirma que el consumo real no se ha debilitado. Los ingresos personales subieron también 0,7%, muy por encima del 0,4% esperado, y la tasa de ahorro se elevó al 3%. La revisión final del PIB del primer trimestre completó el cuadro de solidez: el crecimiento se ajustó al alza hasta 2,1% trimestral anualizado, frente al 1,6% preliminar y el 0,5% previo, con un avance interanual del 2,7%. La letra pequeña de esa revisión importa para no leerla como un fortalecimiento espurio: buena parte de la mejora se explica por un deterioro de las importaciones —que se restan del PIB— y por el esfuerzo inversor de las grandes tecnológicas en el despliegue de inteligencia artificial, que aceleró la inversión no residencial. No es, por tanto, una demanda interna recalentándose, sino un ajuste de inventarios y un ciclo de inversión en infraestructura de IA que sostienen el dinamismo. Los pedidos de bienes duraderos confirmaron esa fortaleza subyacente: cayeron menos de lo esperado en el agregado (-4,5% frente al -5,0% previsto), pero los pedidos de bienes de capital —el indicador adelantado de inversión empresarial que excluye transporte y defensa— repuntaron 1,6% frente al 0,6% estimado. Y el mercado laboral siguió firme, con las solicitudes iniciales de subsidio por desempleo cayendo a 215.000, por debajo de la estimación de 223.000. La conclusión analítica es inequívoca: la Fed se enfrenta a una inflación elevada asentada sobre una economía que no se ha enfriado lo suficiente para darle cobertura a un recorte, la combinación que más estrecha su margen.
Bajo esa superficie de solidez agregada, sin embargo, se consolida una fractura que merece registro porque condiciona la lectura del riesgo de consumo hacia el segundo semestre. El economista jefe de Moody’s Analytics, Mark Zandi, insistió en que la economía estadounidense conserva firmemente su forma de K: el 20% de mayores ingresos —hogares que perciben más de 175.000 dólares anuales— concentra ya cerca del 60% del gasto de consumo. La aparente resiliencia del gasto descansa, por tanto, sobre un grupo estrecho de hogares acomodados sostenidos por sus carteras de acciones, el valor líquido de sus viviendas y balances sólidos, mientras los consumidores de ingresos bajos y medios siguen lidiando con el alquiler, los comestibles, los seguros y el costo acumulado de los últimos años. El riesgo que esa concentración encierra es de fragilidad latente: si los hogares ricos se retraen, la resiliencia del consumo agregado podría desvanecerse con rapidez, porque no hay una base amplia que la sostenga. Bank of America matizó el cuadro con un dato de depósitos que apunta en dirección parcialmente opuesta pero igual de provisional: los saldos de los hogares de menores ingresos están casi 70% por encima de 2019 y 15% por encima de enero de 2026, impulsados por reembolsos tributarios más generosos, pero la propia firma advierte que ese colchón es transitorio y podría agotarse con rapidez en el segundo semestre, sobre todo en los hogares jóvenes y de rentas bajas. El trasfondo estructural que ambas lecturas comparten es el desplazamiento sostenido de los ingresos laborales hacia las ganancias corporativas como proporción del PIB: las mejoras de productividad —concentradas en servicios— se traducen en márgenes para las empresas más que en salarios reales, y esa misma dinámica alimenta tanto el rally bursátil como la forma de K que define la economía.
El debate sobre la función de reacción de la Fed se intensificó en la misma dirección. Dos consejeros endurecieron el tono: Goolsbee, de la Fed de Chicago, reconoció un destello de esperanza en los servicios pero advirtió que la presión sobre la subyacente sigue siendo excesiva y que el problema del mandato dual está claramente del lado de la inflación; Williams, de la Fed de Nueva York, calificó la inflación de incuestionablemente elevada y reclamó devolverla al objetivo de forma sostenible ante riesgos sustanciales sobre los precios. Desde el sector privado, Bob Kasman de JP Morgan fue más lejos al sostener que la historia de la inflación subyacente es más persistente de lo que el mercado percibe y que la Fed debería estar subiendo tasas antes de fin de año, con el consumidor doblándose un poco pero ciertamente sin romperse. La encuesta de Reuters capturó el giro del consenso: cerca del 40% de los economistas elevó sus pronósticos de tasas en el mes, y quince proyectan ahora al menos un alza este año —superando por primera vez desde 2023 a quienes anticipan recortes—, y Bank of America se posicionó como el más agresivo con tres alzas. La frase de Alex Pelle, de Mizuho, sintetiza la nueva doctrina del mercado: al público no le gustan las tasas altas, pero le disgusta aún más la inflación. Frente a esa lectura halcón, persiste una minoría que mantiene el escenario de recortes pospuestos a 2027 —Citi sigue proyectando dos recortes este año—, en la apuesta a que la moderación de precios llegará en los próximos meses y permitirá a la Fed flexibilizar sin prisa.
El componente institucional de la transformación de la Fed recibió esta semana un respaldo de peso y un nuevo matiz operativo. El economista jefe saliente del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas, avaló la decisión de Warsh de reducir la orientación prospectiva, argumentando que los marcos rígidos resultaron costosos en 2021 y 2022, cuando comprometieron a la Fed a mantener tasas estables justo mientras la inflación se disparaba; alejarse de esos compromisos vinculantes es, a su juicio, un ajuste necesario para preservar la agilidad de la política, aunque advirtió que los bancos centrales seguirán necesitando anclar expectativas y que intervendrán si el mercado se desvía demasiado de la trayectoria prevista. En el plano técnico, una funcionaria de la Fed de Nueva York restó importancia al nuevo lenguaje del FOMC sobre la gestión del balance, calificándolo de redacción de limpieza más que de cambio de rumbo: la Fed mantiene la flexibilidad para ajustar el ritmo de compra de letras del Tesoro según las condiciones de liquidez. El matiz no es menor para la lectura de fondo, porque Warsh es un escéptico declarado del balance como herramienta de política y quiere reducirlo —ha moderado las compras de 40.000 a 10.000 millones de dólares mensuales—, de modo que la dirección estructural apunta a una Fed que no solo comunica menos sino que aspira a operar con una huella de mercado más pequeña.
El frente geopolítico, por último, recordó que el alivio energético que sostiene la narrativa desinflacionaria sigue siendo precario. El tráfico por el estrecho de Ormuz se recuperó tras el acuerdo, con 125 tránsitos entre el 15 y el 21 de junio —el total semanal más alto desde el inicio de la guerra— a medida que los petroleros se apresuraban a mover el crudo almacenado antes de que expire la ventana de tregua de sesenta días. Pero el ataque del jueves contra un buque portacontenedores frente a la costa de Omán, atribuido a la Guardia Revolucionaria, fue el primero desde el alto el fuego y reintrodujo la incertidumbre: los armadores navegan ahora entre dos autoridades en competencia, sin reglas acordadas, con el carril comercial estándar aún cerrado por las minas y las primas de seguro en niveles muy elevados. La normalización energética que la Fed necesita para que su escenario de inflación transitoria se valide depende, en buena medida, de que esa tregua frágil se sostenga.
Valoración. El PCE de mayo le entregó a Warsh la munición que su debut prometía pero todavía no tenía: la inflación subyacente en máximos de dos años convierte el giro halcón de la semana anterior en una postura que los datos respaldan, no en una apuesta. La señal coyuntural es nítidamente restrictiva, y el mercado la leyó como tal al consolidar la apuesta a un alza en septiembre. Lo verdaderamente consecuente, sin embargo, no es el dato de inflación sino la trampa que encierra el resto del cuadro macro: una economía que crece por encima de lo previsto, un consumo que sorprende al alza y un mercado laboral que se niega a enfriarse despojan a la Fed de la cobertura que un recorte necesitaría, de modo que la solidez —que en otro contexto sería buena noticia— se convierte aquí en el argumento que sostiene las tasas altas por más tiempo. Pero esa fortaleza agregada esconde la fractura que define el verdadero riesgo del segundo semestre: el consumo descansa sobre el 20% más rico, y el colchón de depósitos que sostiene a los hogares de menores ingresos es, por reconocimiento de los propios analistas, transitorio. Si ese amortiguador se agota antes de que el mercado laboral ceda, la economía en forma de K podría revelar que su resiliencia era más estrecha de lo que los datos agregados sugieren, y la Fed se encontraría endureciendo —o sosteniendo tasas elevadas— sobre una base de consumo que se estrecha. La tensión de fondo que define el momento estadounidense es esa asimetría de riesgos: si la inflación cede en los próximos meses como espera la minoría que aún proyecta recortes para 2027, Warsh habrá tenido razón en preservar opcionalidad; si la persistencia que su propio PCE de 3,4% confirma se impone, el mercado descubrirá que septiembre no traerá una pausa sino un alza, ejecutada por una Fed que ha renunciado deliberadamente a anticiparla. El verdadero comodín no está en las tasas sino en Ormuz: toda la narrativa desinflacionaria depende de que una tregua que un solo ataque bastó para tensar se consolide, y esa es una variable sobre la que ni Warsh ni el mercado tienen control alguno.
II. Europa: el PMI sugiere que el pico del choque quedó atrás, Bruselas ratifica el pacto comercial con Washington y el Reino Unido entra en su séptima transición de gobierno mientras el calor amenaza los alimentos
La semana europea ofreció la primera evidencia tangible de que el peor momento del choque inflacionario importado podría haber quedado atrás, pero esa señal de alivio cíclico convivió con dos recordatorios de que los riesgos del bloque son cada vez menos monetarios y más estructurales: una inestabilidad política que volvió a estallar en el Reino Unido y una ola de calor que amenaza con reabrir el frente de los precios de los alimentos justo cuando el de la energía empezaba a ceder. El indicador que mejor capturó el punto de inflexión fue el PMI compuesto de la eurozona, que avanzó un punto en junio hasta 49,5 —todavía por debajo del umbral de expansión de 50, pero situando la media del segundo trimestre en 48,9 frente al 51,3 del primero—, con sus componentes de precios apuntando a una suavización de las presiones inflacionistas. La lectura analítica del dato es que la economía del bloque sigue en zona de contracción, pero la mejora marginal y, sobre todo, el alivio de precios respaldan el diagnóstico que Philip Lane había anticipado la semana anterior: el choque es moderado y la respuesta del BCE debe serlo también.
El detalle por países, sin embargo, revela que esa recuperación incipiente descansa sobre una base frágil y desigual. Francia protagonizó el repunte más vigoroso, impulsada por los servicios, aunque sin alcanzar niveles compatibles con un crecimiento positivo ni en el sector ni en el conjunto de su economía. Alemania, en cambio, volvió a decepcionar: su PMI cayó por tercer mes consecutivo por debajo de 50, lastrado por los servicios, y aunque el índice Ifo de confianza empresarial subió 0,6 puntos hasta 85,6, permanece muy lejos de los niveles previos al conflicto y en valores que confirman la debilidad de fondo de la mayor economía del bloque. España aportó el contrapunto de crecimiento confirmado —el INE ratificó un avance del PIB del 0,6% trimestral y 2,7% interanual en el primer trimestre—, pero la propia revisión expuso la fragilidad de su composición: el dinamismo se sostuvo en el consumo público, mientras la demanda interna privada y la inversión se desaceleraron, y los servicios ya mostraron un ligero debilitamiento en abril. El cuadro de conjunto es el de una eurozona que toca fondo sin despegar, donde el motor alemán sigue gripado y la recuperación periférica depende del gasto estatal más que de una reactivación genuina de la demanda privada.
El frente fiscal alemán cerró la semana con un acuerdo que ilustra la tensión entre la nueva ambición de gasto y los límites presupuestarios reales. El ministro de Finanzas, Lars Klingbeil, finalizó el proyecto de presupuesto para 2027 tras cerrar un déficit de 21.000 millones de euros, recurriendo a parte de una reserva de 9.700 millones que inicialmente pretendía dejar intacta. El detalle relevante es la causa del desvío: los objetivos de ahorro previstos no se cumplieron por completo y los gastos no planificados asociados al conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán presionaron el plan fiscal, una confirmación de que el choque geopolítico que esta edición documenta en todos sus bloques tiene un costo fiscal directo y verificable en el corazón de Europa. La ronda de recortes permitió, eso sí, reducir la brecha proyectada para 2028 por debajo de los 30.000 millones, de modo que Berlín logra un equilibrio precario entre absorber el shock y preservar la disciplina que el mercado vigila como ancla de la estabilidad de la eurozona.
En el plano comercial, el bloque consumó el movimiento de mayor calado de la semana al ratificar definitivamente el pacto con Estados Unidos. El Consejo de la UE dio el visto bueno final al acuerdo que aceptan los bienes industriales estadounidenses libres de aranceles a cambio de un gravamen del 15% sobre las exportaciones europeas, sustancialmente por debajo del 25% que Washington pretendía imponer. La lectura estratégica del acuerdo es de daño acotado más que de victoria: Europa cede acceso preferencial a su mercado y acepta un arancel que encarece sus exportaciones, pero a cambio compra previsibilidad y evita una escalada que habría golpeado a una industria ya debilitada. Las salvaguardas que el bloque introdujo —la facultad de suspender el pacto si Washington incumple o si las preferencias provocan un aumento de importaciones que amenace con daños graves a la industria europea, además de la cláusula sobre acero y aluminio— revelan que Bruselas negoció desde una posición defensiva, asegurando una vía de escape ante un socio cuya fiabilidad ya no da por sentada. La frase del portavoz de Comercio, “un pacto es un pacto”, suena menos a confianza que a esperanza.
Ese pragmatismo comercial defensivo se enmarca en la misma angustia competitiva y de seguridad que recorre la agenda europea, y el frente de defensa la puso de manifiesto. Pese a que los 29 miembros europeos de la OTAN invirtieron 487.000 millones de euros en defensa en 2025 y Alemania elevó su gasto militar un 24%, los analistas advierten que el modelo de producción y adquisición del bloque no está a la altura del objetivo. El talón de Aquiles, según el NUPI, ya no es financiero sino institucional: el proteccionismo nacional, la aversión al riesgo y una toma de decisiones lenta y supeditada al consenso lastran la ejecución, como evidenció la reciente cancelación del proyecto franco-alemán FCAS. La fragmentación, la duplicidad y la concentración de la contratación en los diez mayores contratistas —que acaparan entre el 67% y el 90% de las adquisiciones en Alemania, Polonia y el Reino Unido— configuran un sector que llena carteras de pedidos pero que en el primer trimestre ya decepcionó en ingresos y beneficios, sembrando dudas entre los inversores sobre su capacidad real de convertir el auge del gasto en producción efectiva. Es el reverso industrial de la misma parálisis de coordinación que bloquea el presupuesto plurianual del bloque.
El Reino Unido protagonizó, sin embargo, el episodio de mayor consecuencia para los mercados, y lo hizo materializando exactamente el riesgo político que la edición anterior había detectado en la curva de gilts. La dimisión de Keir Starmer tras apenas dos años en el cargo —presionado por el alto costo de la vida, varios escándalos y la debacle de Reform UK en las locales— abre la séptima transición de gobierno en Downing Street en una década, con el exalcalde de Mánchester Andy Burnham como favorito, visto por el mercado como más partidario del intervencionismo y el mayor gasto. El episodio coincidió con el décimo aniversario del referéndum del Brexit, cuyo balance económico la semana puso en cifras: estudios basados en datos del Banco de Inglaterra estiman un impacto del 6% al 8% sobre el PIB británico, con las exportaciones a la UE cayendo cerca del 23% y las importaciones un 17%, mientras el propio gobernador Bailey reconoció que la reducción del tamaño de los mercados de exportación deprimió el crecimiento y la productividad. La conexión analítica es directa: la prima de riesgo fiscal británica que tensó los gilts la semana pasada no fue un episodio aislado sino el síntoma de una inestabilidad política crónica que el Brexit acentuó, y la llegada de un primer ministro percibido como más expansivo en un país con la productividad estancada y las cuentas tensionadas mantiene viva esa fuente de presión sobre la deuda soberana.
El frente que merece el seguimiento más atento de cara a las próximas semanas es, paradójicamente, el menos convencional: una ola de calor sin precedentes amenaza con reabrir el canal inflacionario de los alimentos justo cuando el energético empezaba a ceder. En Francia, tercer productor avícola de la UE, las temperaturas récord de 40 grados provocaron la muerte de cientos de miles de aves en Bretaña y Países del Loira —las regiones que concentran cerca del 60% del censo—, mientras el Gobierno maneja estimaciones provisionales de pérdidas de rendimiento de hasta el 30% en el maíz si persiste la sequía, con daños adicionales en hortalizas y fruta. La implicación macro-financiera es la que conviene registrar: a un bloque que apenas empezaba a ver moderarse el IPP y los precios energéticos se le suma ahora un choque de oferta agrícola que presiona al alza frutas, verduras y carne, precisamente el componente más visible para el consumidor y el más sensible políticamente. Si el episodio se prolonga, podría complicar la senda de desinflación que el PMI de junio empezaba a insinuar, y obligar al BCE a sopesar un riesgo de precios de alimentos que su propio diagnóstico de choque moderado no contemplaba.
Valoración. Europa cierra la semana con un mensaje cíclico más esperanzador que el de ediciones anteriores —el PMI sugiere que el pico del choque energético quedó atrás y los componentes de precios confirman la suavización que valida la respuesta mesurada de Lane—, pero ese alivio convive con una acumulación de riesgos estructurales que ninguna decisión de tasas puede resolver y que definen el verdadero pulso del bloque. El primero es la divergencia interna: una Alemania que no logra salir de la contracción y cuyo presupuesto solo cuadra recurriendo a reservas, frente a una periferia que crece apoyada en el gasto público; es una recuperación sin motor propio, dependiente del Estado y vulnerable a cualquier nuevo shock. El segundo es la posición defensiva del bloque frente al exterior, que el pacto comercial con Washington expone con honestidad: Europa firma para limitar el daño, no para ganar, y se blinda con salvaguardas porque ya no confía en la fiabilidad de su principal aliado, mientras su industria de defensa demuestra que el problema no es el dinero sino una incapacidad institucional de coordinarse que la deja rezagada justo cuando más necesita autonomía. El tercero, y el más inmediato para los precios, es el doble frente que se abre por los flancos: la inestabilidad política británica, que volvió a manifestarse en la curva de gilts con la dimisión de Starmer y que mantiene una prima de riesgo fiscal latente sobre un país atrapado por las secuelas del Brexit; y la ola de calor, que introduce un riesgo de inflación de alimentos capaz de contaminar la desinflación que el bloque empezaba a celebrar. La paradoja europea que vertebra el momento es que el choque que más preocupaba —el energético— es el que mejor evoluciona, mientras los riesgos que el mercado descuidaba —la parálisis competitiva, la fragilidad política y ahora el clima— son los que definirán si la incipiente recuperación se consolida o se revela como un suelo cíclico sin tracción. El BCE puede dar por controlado el frente que sabe gestionar; el problema es que los frentes decisivos del bloque ya no están en su mesa de operaciones.
III. Asia: la inflación de Tokio confirma que el choque energético se generaliza y mantiene al BOJ en ruta de alza, mientras China bate récords de superávit y acelera la desdolarización de su comercio
Asia entregó esta semana la confirmación del diagnóstico que la edición anterior había dejado planteado tras el histórico alza del Banco de Japón: la presión de precios derivada del choque energético está dejando de ser un fenómeno acotado a la energía para filtrarse hacia el resto de la canasta, exactamente el mecanismo de difusión que el banco central temía y que justifica su disposición a seguir endureciendo. China, por su parte, ofreció la otra cara de la tensión regional con un récord de superávit por cuenta corriente y un avance decidido en la internacionalización del yuan, dos expresiones de una misma estrategia: una economía que vuelca su sobrecapacidad hacia el exterior mientras construye, ladrillo a ladrillo, una infraestructura financiera que la independice del dólar. Son dos respuestas opuestas al mismo entorno de divergencia monetaria global, pero ambas alcanzaron esta semana un punto de definición.
El dato que vertebra el bloque japonés fue la aceleración de la inflación de Tokio, que funciona como indicador adelantado del registro nacional. El IPC subyacente de la capital —que excluye alimentos frescos— subió 1,6% interanual en junio, acelerándose desde el 1,3% de mayo, mientras que el índice que el BOJ sigue de cerca por reflejar mejor la tendencia de fondo —el que excluye además la energía— avanzó 1,9% tras el 1,6% del mes previo. La lectura analítica de ese segundo dato es la clave de la semana: el repunte de la métrica que descuenta la energía demuestra que las presiones de precios están comenzando a extenderse más allá del choque energético inicial hacia bienes no energéticos como los alimentos, precisamente la generalización que convierte un pico de oferta transitorio en un problema de inflación de tendencia. La economista de Daiwa lo planteó con claridad: la cuestión nunca fue si el choque del crudo —que se transmite gradualmente a la electricidad y el gas desde febrero— elevaría los precios, sino cuándo y con qué alcance contaminaría la inflación subyacente, y el dato de junio sugiere que esa transmisión ya está en marcha. La inflación mayorista, disparada a un máximo de tres años del 6,3% en mayo, confirma que las empresas ya trasladan los mayores costos.
Esa dinámica mantiene al BOJ en la ruta de normalización que inauguró con el alza al 1%, máximo en 31 años, pero el bloque expone también la disidencia analítica que vuelve incierto el ritmo futuro. No todos los economistas comparten la urgencia del banco: el economista jefe de Norinchukin advirtió que duda de que las presiones energéticas empujen la subyacente hasta el 3% que el BOJ anticipa, justo cuando las preocupaciones por la inflación se moderan en Estados Unidos y Europa, y sugirió que el banco podría estar siendo excesivamente cauteloso. La tensión es real y define el dilema japonés: el conflicto de Oriente Medio complica la decisión porque los mayores costos energéticos alimentan la inflación al mismo tiempo que exprimen a una economía estructuralmente dependiente de las importaciones de petróleo, de modo que cada alza que el banco ejecuta para contener los precios golpea simultáneamente la actividad. El IPC subyacente nacional, todavía por debajo del objetivo del 2% por quinto mes consecutivo, le da munición tanto a los halcones como a los cautelosos, y esa ambigüedad es lo que mantiene al mercado pendiente de la revisión trimestral de pronósticos del próximo mes.
El frente cambiario reveló, una vez más, la impotencia relativa de la política del BOJ frente a la gravedad del diferencial de tasas, y conectó el bloque asiático directamente con el endurecimiento de Warsh que documenta el bloque estadounidense. La depreciación persistente del yen llevó a la ministra de Finanzas, Satsuki Katayama, a sostener una cumbre virtual con el secretario del Tesoro Scott Bessent, de la que ambos salieron ratificando un compromiso para tomar medidas firmes ante la volatilidad financiera, una advertencia explícita a los especuladores que mantiene viva la amenaza de intervención coordinada. El episodio ilustra la trampa estructural del momento japonés que la edición anterior ya había identificado: el BOJ sube tasas para contener la inflación importada, pero mientras la Fed de Warsh endurece su tono y ensancha el diferencial, la presión bajista sobre el yen persiste, y un yen débil encarece justamente las importaciones energéticas que motivaron el alza. Que Tokio recurra ahora a la coordinación verbal con Washington, en lugar de confiar solo en su propia política de tasas, es el reconocimiento implícito de que un cuarto de punto no basta para romper ese círculo mientras el vector dominante siga siendo la divergencia con Estados Unidos.
China ofreció el contrapunto con cifras de fortaleza exterior que esconden, sin embargo, su desequilibrio interno. El superávit por cuenta corriente del primer trimestre alcanzó un récord de 184.300 millones de dólares, impulsado por un saldo comercial de bienes de 187.900 millones y un alza exportadora del 14,6%. El matiz analítico que conviene registrar es el origen de ese récord: no responde a un auge de demanda externa saludable sino a la sobrecapacidad interna que el aparato productivo chino vuelca hacia los mercados internacionales ante la debilidad de su consumo doméstico, el mismo patrón que la edición anterior documentó cuando las ventas minoristas se contrajeron. Las ganancias industriales lo confirman con su composición: crecieron 18,8% en el acumulado a mayo, pero el liderazgo correspondió a la manufactura (74,3%), los servicios públicos y la minería, con los equipos de computación y comunicación disparándose 103,9%, reflejo del auge de inversión en inteligencia artificial y del apoyo estatal a las industrias avanzadas, mientras el sector inmobiliario permanece deprimido. Es una economía que canaliza su esfuerzo hacia la oferta tecnológica y exportadora mientras su demanda interna sigue sin encontrar relevo, una asimetría que el superávit récord no corrige sino que evidencia.
El movimiento de mayor calado estratégico fue, sin embargo, financiero. El Banco Popular de China autorizó a Standard Bank e ICBC para operar como banco de liquidación de renminbi en 19 países africanos, creando una infraestructura que da a las instituciones del continente acceso directo a los mercados de capitales chinos y elimina las conversiones intermedias que suelen pasar por el dólar. La medida forma parte de un patrón más amplio: se inscribe en una ofensiva sistemática de internacionalización del yuan —el gobernador Pan Gongsheng autorizó también a seis bancos estatales para operar en la zona franca de Shanghái— y se apoya en un giro comercial verificable, con el intercambio China-África creciendo casi 18% el año pasado tras la eliminación de aranceles a 53 naciones africanas, y un 35% de las empresas en diez mercados africanos prefiriendo ya socios asiáticos frente al 24% de 2024. La implicación de fondo trasciende lo comercial: China está construyendo de manera deliberada un sistema de pagos paralelo que aísle el comercio de los mercados emergentes de la infraestructura financiera occidental, un proyecto de largo aliento que avanza precisamente cuando las sanciones y la fragmentación geopolítica hacen más valiosa esa autonomía. La tramitación de una ley de litigios de interés público para demandar a entidades extranjeras que afecten sus cadenas de suministro o impongan sanciones occidentales completa el cuadro de una potencia que se blinda en todos los frentes.
El frente de mercados de capitales chino aportó la señal de que esa estrategia de autosuficiencia tiene también un componente bursátil. Las salidas a bolsa tecnológicas en China continental recaudaron 3.150 millones de dólares en lo que va del año hasta el 18 de junio, más de cinco veces el nivel del período previo, con la tecnología representando ya el 34% del total de OPI nacionales frente al 14% del año anterior. El repunte responde a un impulso regulatorio explícito: Pekín respalda las salidas a bolsa de empresas de chips, inteligencia artificial e incluso de sectores como la computación cuántica, la fusión nuclear y las interfaces cerebro-computadora, mientras facilita la cotización de empresas de modelos de lenguaje en el mercado STAR. La lógica es coherente con todo lo anterior: en plena guerra tecnológica con Estados Unidos, China repatria el financiamiento de sus campeones tecnológicos —revirtiendo la fuga hacia Hong Kong que dominó 2024— para construir un mercado de capitales doméstico capaz de sostener su carrera por la autosuficiencia sin depender del capital extranjero.
Valoración. Asia ilustra esta semana, con más nitidez que la anterior, cómo la divergencia monetaria global se transmite con efectos opuestos según la posición estructural de cada economía. Japón confirma el riesgo que más importa para la región y para los flujos globales: la generalización de la inflación más allá de la energía valida la ruta de endurecimiento del BOJ, pero el desplome del yen frente a un dólar que el giro de Warsh refuerza expone la impotencia de esa política —el banco puede subir tasas y aun así reimportar la inflación que combate mientras el diferencial con Washington siga ensanchándose—, y el recurso a la coordinación verbal con el Tesoro estadounidense es la confesión de que la herramienta de tasas, por sí sola, no alcanza. La señal latente de mediano plazo sigue siendo la misma que la edición anterior identificó: cuando el BOJ acumule alzas suficientes y el diferencial empiece a estrecharse, el desarme de las posiciones de carry trade podría reorganizar capitales con efectos que excederían ampliamente a Asia, y la disidencia sobre el ritmo del endurecimiento solo añade incertidumbre a ese cronograma. China encarna el problema inverso y más profundo: su récord de superávit y su ofensiva desdolarizadora proyectan una fortaleza exterior innegable, pero ambas son, en el fondo, síntomas del mismo desequilibrio —una economía que crece volcando su sobrecapacidad al exterior porque su demanda interna no responde, y que construye un sistema financiero alternativo en parte por ambición geopolítica y en parte por necesidad de blindarse frente a un Occidente que la presiona. La internacionalización del yuan en África y el repunte de las OPI tecnológicas son movimientos de largo plazo de indudable calado estratégico, pero no resuelven la pregunta que define el momento chino: cuánto tiempo puede una economía sostener su crecimiento sobre las exportaciones y la inversión en oferta tecnológica mientras su consumo permanece deprimido y sus principales socios comerciales —Europa y Estados Unidos— levantan barreras justo contra el canal del que depende. El eje asiático del segundo semestre se define por ese contraste: un Japón que normaliza contra la gravedad del dólar y una China que se expande hacia afuera precisamente porque no logra crecer hacia adentro.
IV. México y Brasil: Banxico confirma la pausa prolongada con la inflación dentro del rango, las exportaciones mexicanas se disparan pese a los aranceles y Brasil estrena el financiamiento en yuanes
América Latina cerró la semana con sus dos mayores economías gestionando de formas distintas el mismo entorno de incertidumbre comercial y alivio energético en curso. México confirmó la conclusión de su ciclo monetario que la edición anterior había anticipado: Banxico mantuvo la tasa y telegrafió una pausa prolongada, respaldado por una inflación que ya regresó al rango objetivo. Brasil, en cambio, cedió esta semana el protagonismo de su política monetaria —que la edición pasada había situado en el centro tras el polémico recorte de la Selic— para dar un paso estratégico de mayor alcance estructural: la apertura de su financiamiento soberano al mercado chino, un movimiento que lo inserta de lleno en el tablero de desdolarización que el bloque asiático documenta desde el otro extremo.
En México, la Junta de Gobierno mantuvo de forma unánime la tasa de referencia en 6,50%, su nivel más bajo desde 2022, confirmando el fin del ciclo de relajación de dos años y señalando explícitamente que considera apropiado mantener la tasa en su nivel actual hacia adelante. El respaldo de esa decisión fue una inflación que ofreció margen claro: la tasa general desaceleró por sexta quincena consecutiva hasta 3,55% anual en la primera mitad de junio, su lectura más baja en siete meses y medio y cómodamente dentro del rango de variabilidad de Banxico. El detalle de la composición, sin embargo, introduce el matiz que el propio banco vigila con cautela. La desaceleración descansó en buena medida sobre el componente no subyacente —que cayó a 1,61% gracias a la deflación de los pecuarios, con la carne, la leche y el huevo aportando el grueso del alivio—, justo el rubro más volátil y de menor valor de señal, porque sus precios pueden revertir al alza con facilidad. La inflación subyacente, la métrica que de verdad refleja la tendencia, sigue por encima del 4% en 4,12%, y los servicios continúan siendo la amenaza persistente: repuntaron a 4,57% y representan más de la mitad de la inflación general, una rigidez que se ha mantenido sobre el 4% desde finales de 2024 y que resiste la acción de la política monetaria. Banxico fundamentó su decisión en los niveles del tipo de cambio, la ausencia de presiones de demanda y el grado de restricción ya vigente, pero advirtió que los cambios de política de la administración estadounidense y la posible prolongación de los conflictos geopolíticos podrían presionar la inflación en ambas direcciones del balance, de modo que la pausa no es complacencia sino prudencia ante un horizonte cargado de riesgos.
El dato que más sorprendió en México fue, sin embargo, el del sector externo, y obliga a una lectura matizada. Las exportaciones se dispararon 25,4% interanual en mayo hasta 69.544 millones de dólares, el quinto mes consecutivo al alza, con un superávit comercial acumulado en el año de 5.767 millones que multiplica con holgura los 918 millones del mismo período de 2025. El motor fue la exportación no petrolera, con la maquinaria y equipo especial para la industria disparándose 98,1% y la minerometalurgia 47,2%. La cifra agregada parece desmentir la narrativa de una competitividad mexicana erosionada por la incertidumbre del T-MEC que la edición anterior documentó, pero la letra pequeña matiza el optimismo en dos sentidos. Primero, el dinamismo se está moderando mes a mes: las exportaciones a Estados Unidos crecieron 27,2%, un ritmo inferior al 34,5% de abril, y el debilitamiento es aún más marcado en las ventas al resto del mundo. Segundo, y más revelador, las exportaciones automotrices —el corazón del modelo industrial mexicano— cayeron 2,2% anual, con un retroceso del 3,5% en las ventas a Estados Unidos, justo el sector más expuesto a la revisión del tratado comercial. El cuadro, por tanto, no es el de una economía que ha esquivado el riesgo del T-MEC, sino el de un sector exportador que crece con fuerza en sus segmentos de equipo industrial mientras su rama más estratégica y más vulnerable a la política arancelaria empieza a sentir el golpe, un dato que conviene seguir porque anticipa dónde se materializaría primero el daño si la incertidumbre comercial se prolonga. Un apunte institucional relevante para nuestra región: esta fue la primera decisión de Banxico tras la modificación del reglamento que lo faculta a conducir política monetaria mediante compra de valores gubernamentales en el mercado secundario, un cambio que amplía su caja de herramientas y que merece vigilancia por sus implicaciones sobre la autonomía operativa del banco.
Brasil, que la edición anterior situó en el ojo del debate monetario por su recorte de la Selic a contracorriente de la inflación, ofreció esta semana un cuadro doméstico de relativa estabilidad y reservó su movimiento de fondo para el frente del financiamiento soberano. En el plano de actividad, la tasa de desempleo descendió a 5,6% en el trimestre cerrado en mayo, en línea con lo esperado, confirmando la resiliencia del mercado laboral que el propio COPOM había identificado como una de las presiones de demanda que complicaban su decisión de recortar. Pero el desarrollo de mayor calado estratégico fue la decisión de Brasil de emitir, por primera vez, bonos soberanos en el mercado chino denominados en yuanes —los llamados Panda Bonds—, formalizada cuando el ministro de Hacienda Dario Durigan presentó la Carta de Presentación de la República ante los reguladores chinos. La operación, parte de una estrategia del Tesoro para diversificar las fuentes de financiación y reducir la dependencia de una sola divisa, se inscribe en un acercamiento más amplio a Asia: la misión oficial vinculó la emisión al programa Eco Invest Brasil de finanzas verdes —que aspira a movilizar 50.000 millones de reales adicionales y que ha canalizado ya más de 140.000 millones hacia proyectos sostenibles— y se extenderá a Japón y Corea del Sur en busca de capital tecnológico y financiación de largo plazo.
La implicación analítica de ese movimiento trasciende a Brasil y conecta los dos extremos del tablero que esta edición documenta. Mientras el bloque asiático mostró a China construyendo activamente la infraestructura para internacionalizar el yuan —desde el banco de liquidación en África hasta la repatriación de las OPI tecnológicas—, Brasil aparece aquí como la contraparte latinoamericana de esa misma estrategia, dispuesta a financiarse en renminbi y a anclar su agenda de transformación ecológica en el capital asiático. Para una potencia emergente, emitir en yuanes es a la vez una decisión pragmática de diversificación y una señal geopolítica: reduce la exposición al dólar y al ciclo de tasas de la Fed —precisamente el endurecimiento de Warsh que tensa al resto de emergentes— y posiciona a Brasil como puente entre el capital chino y los proyectos verdes de la región. El movimiento no está exento de costos ni de dependencias nuevas, pero revela una lectura estratégica clara: en un mundo donde la divergencia monetaria estadounidense encarece el financiamiento en dólares, abrir un canal alternativo en la moneda del mayor acreedor emergente es una forma de ganar grados de libertad.
Valoración. México y Brasil exhiben esta semana dos formas distintas de gestionar el mismo entorno de incertidumbre comercial y transición global. México eligió consolidar: con la inflación de vuelta dentro del rango y el ciclo monetario concluido, Banxico se permite una pausa prolongada que ancla la convergencia, pero el dato a vigilar no está en las tasas sino en la composición de su desinflación y de sus exportaciones. La moderación de precios descansa demasiado en los componentes volátiles —los pecuarios— mientras la subyacente y los servicios se mantienen rígidos por encima del 4%, lo que advierte que la convergencia al objetivo del 3% será más lenta de lo que la cifra general sugiere. Y el espectacular avance exportador esconde la primera grieta del modelo: la caída de las ventas automotrices a Estados Unidos es la señal temprana de que el riesgo del T-MEC, lejos de ser una abstracción, ya empieza a morder el sector más estratégico justo cuando el resto de las exportaciones todavía compensa. Brasil, por su parte, sustituyó esta semana el ruido monetario por una apuesta estructural de mayor visión: la emisión en yuanes es el movimiento más significativo de la región porque reconoce explícitamente que en un mundo de divergencia con la Fed conviene diversificar el financiamiento más allá del dólar, y porque inserta a Latinoamérica en el proyecto de desdolarización que China lidera desde Asia. La lección regional que vertebra esta edición es que, para los emergentes, el endurecimiento de Warsh y el alivio energético de Ormuz definen el costo del dinero y la trayectoria de la inflación, pero la respuesta estratégica empieza a divergir: México apuesta por la prudencia monetaria mientras gestiona su exposición a un socio comercial impredecible, y Brasil por abrir canales de financiamiento alternativos que reduzcan su dependencia del ciclo estadounidense. Ambas son lecturas racionales del mismo mapa de riesgos; lo que las distingue es que México juega a la defensiva sobre el terreno que conoce, mientras Brasil mueve ficha en un tablero nuevo cuya geometría —la del capital asiático y la moneda china— apenas comienza a dibujarse.
V. Colombia: el mercado consuma el trade electoral con De la Espriella presidente y JP Morgan estrena el marco T.I.G.R.E., mientras el CARF eleva el déficit a 7,4% del PIB y traslada al nuevo gobierno un ajuste de proporciones históricas
La semana cerró para Colombia con el desenlace que la edición anterior había dejado en suspenso: la segunda vuelta resolvió el evento binario sobre el que el mercado había tomado su apuesta direccional de alta convicción, y lo hizo validando el escenario que los activos venían descontando. Abelardo de la Espriella es el presidente electo, y la reacción de los mercados —lejos del fogonazo de euforia que algunos titulares anticipaban— confirmó algo más valioso desde la óptica del análisis: la confianza no fue producto de una sola jornada sino una tendencia construida durante semanas, desde la primera vuelta. Pero el desenlace electoral, lejos de cerrar el capítulo fiscal, lo abrió en su forma más cruda. La misma semana en que JP Morgan estrenaba un marco optimista sobre el país, el Comité Autónomo de la Regla Fiscal entregaba el veredicto más severo en años sobre las cuentas públicas, dejando planteada la tensión que definirá el primer año de la nueva administración: un mercado que celebra el cambio de expectativas frente a una aritmética fiscal que ningún cambio de gobierno puede disolver por decreto.
El documento que mejor capturó el optimismo del momento fue la nota de JP Morgan, que tomó el apodo de campaña del presidente electo y lo convirtió en un marco de cinco ejes —T.I.G.R.E.: comercio, inversión, crecimiento, ajuste fiscal y seguridad—. El gesto no es menor: una de las entidades más influyentes del mundo, en un país acostumbrado a leer cautela en los informes de la banca internacional, identifica una ventana de reactivación, y ese cambio de tono merece registrarse. El corazón de la tesis es la inversión, que el banco describe como el frente de mayor potencial transformador tras años de restricciones a la exploración: la propuesta de reabrir contratos y llevar la producción de crudo hacia 1,3 millones de barriles diarios es, según JP Morgan, uno de los motores de la reacción positiva de los activos. Y esa reacción tiene respaldo cuantitativo verificable: la tasa representativa del mercado cayó hasta 3.406 pesos, su menor nivel en más de seis años, con el peso apreciándose cerca de 9,5% en lo corrido del año y ubicándose entre las monedas emergentes de mejor desempeño, mientras el diferencial de la deuda colombiana frente a pares de calificación BB se comprimió desde cerca de 40 puntos básicos antes de la primera vuelta hasta alrededor de 10. El marco no se agota en la inversión: en comercio, el banco anticipa un clima de mayor cooperación que abriría la puerta a recuperar la certificación antidrogas; en crecimiento, apuesta por la agroindustria, un programa de vivienda ambicioso y la formación técnica de los jóvenes que ni estudian ni trabajan.
La precisión analítica que el propio JP Morgan introduce es, sin embargo, la más importante, y conviene subrayarla porque separa el análisis del entusiasmo. El banco es explícito en que la variable decisiva no será la orientación del programa —que valora favorablemente— sino la capacidad de ejecutarlo, en un contexto de margen legislativo ajustado y una situación fiscal de partida exigente. Es decir, la entidad que estrena el marco optimista es la misma que advierte que la llave para activarlo es la disciplina fiscal y la buena ejecución, y que esas decisiones tienen nombre y fecha cercana: la conformación del gabinete económico, el nombramiento del ministro de Hacienda y el primer presupuesto. La lectura responsable del momento combina, por tanto, confianza y exigencia: el cambio de clima es real y tiene fundamento en los datos, pero honrar esa confianza exige que las decisiones concretas confirmen el rumbo.
Y es precisamente sobre esa “situación fiscal de partida exigente” que la semana entregó su dato más contundente y preocupante. El Comité Autónomo de la Regla Fiscal presentó su concepto técnico sobre el Marco Fiscal de Mediano Plazo y se distanció frontalmente de las proyecciones de Hacienda, en términos que no admiten lectura complaciente. Mientras el Ministerio proyecta un déficit fiscal de 5,3% del PIB para el cierre del año, el CARF estima 7,4% —un nivel que devolvería a Colombia a registros similares a los de la pandemia, cuando en 2020 se alcanzó el histórico 7,8%—. La raíz de la discrepancia es analíticamente limpia y por eso más difícil de rebatir: en ingresos, las dos entidades apenas difieren en 2,6 billones de pesos (el CARF proyecta 322,6 billones frente a 325,2 de Hacienda, una diferencia de 0,1 puntos del PIB); toda la brecha está en el gasto, donde el Comité estima 471 billones frente a los 431 billones del Gobierno, una diferencia de 40 billones equivalente a casi dos puntos del PIB. El origen de ese desfase es concreto: Hacienda anunció un decreto de aplazamiento y la contención del plan anualizado de caja que, en palabras del director del CARF, Juan Carlos Ramírez, “no se ha producido”. Si la ejecución del gasto continúa como en el primer semestre, el déficit superará lo previsto por Hacienda en cerca de dos puntos del PIB.
Las implicaciones de esa aritmética sobre la deuda y el ajuste futuro son las que trasladan el problema directamente al escritorio del nuevo gobierno. Con el escenario del CARF, la deuda neta llegaría al 61% del PIB en 2026, la más alta de la historia reciente, y se mantendría por encima del 60% hacia 2028. El balance primario se ubicaría en -4,1% del PIB frente al -2,1% previsto por el Gobierno. Pero el dato que mejor dimensiona la herencia es el del esfuerzo de ajuste requerido: cumplir la meta de balance primario de 2027 exigiría medidas equivalentes a 3,7% del PIB, y restablecer la Regla Fiscal demandaría un ajuste de 5,5% del PIB en 2028 y de 6,1% en 2030 frente a un escenario sin nuevas medidas. El Comité fue enfático en que el simple anuncio de medidas, sin decisiones de política concretas, no permite restablecer la confianza, y advirtió que postergar el ajuste estructural podría llevar al país a una situación de estrés financiero con efectos posiblemente devastadores, especialmente para los más vulnerables. Incluso en un escenario de cumplimiento de la Regla Fiscal, la deuda neta seguiría subiendo hasta 64,2% del PIB en 2030. La frase de Ramírez sintetiza la dificultad de la herencia: como el déficit se ha ampliado y no se cumplió la trayectoria de ajuste, en 2027 habría que hacer un esfuerzo equivalente al de los tres años anteriores juntos.
Ese diagnóstico no es aislado. La Mesa Fiscal —que reúne al Observatorio Fiscal de la Javeriana, el propio CARF, los Andes, la Nacional y Fedesarrollo— publicó esta semana un documento convergente, señalando que la deuda neta alcanzó el 58,5% del PIB en 2025, un incremento de 16,8 puntos frente a 2015, y que el déficit primario pasó de un promedio de 0,2% del PIB entre 2005 y 2019 a 2,6% entre 2020 y 2025. Sus recomendaciones perfilan el contenido del ajuste estructural que el país tendrá que tramitar: revisar beneficios tributarios, fortalecer la DIAN, reducir la tarifa de renta corporativa condicionada a eliminar exenciones, ampliar la base del impuesto de personas naturales, racionalizar el plan de beneficios en salud, avanzar en reformas paramétricas pensionales y redefinir la fórmula del Sistema General de Participaciones. La Mesa advierte, además, que en 2026 podrían surgir presiones de gasto adicionales de 0,7% del PIB por la reforma laboral y los incrementos del salario mínimo por encima de la productividad, precisamente los compromisos que estrechan aún más el margen del ajuste.
El frente prospectivo lo completó la Universidad EAFIT, cuyo centro Valor Público planteó once agendas para los primeros cien días del próximo gobierno, abarcando política fiscal, descentralización, seguridad y justicia, salud, educación, energía, economía del cuidado, empleo, emprendimiento, datos para el agro y finanzas del clima. El nuevo gobierno recibirá un país con fortalezas institucionales construidas durante tres décadas, y con fragilidades acumuladas que necesitan correcciones urgentes en múltiples frentes simultáneos. El diagnóstico de EAFIT converge con el de JP Morgan en lo esencial: el problema no es la ausencia de una hoja de ruta sino la capacidad de ejecutarla en múltiples frentes a la vez, con la política fiscal y la crisis de las EPS intervenidas como los puntos de choque más urgentes. La coincidencia entre la banca de inversión internacional y la academia local es, en sí misma, una señal: ambos miran los primeros cien días como la prueba de fuego donde la expectativa de mercado tendrá que convertirse en gestión verificable.
Mientras el debate de mediano plazo se libraba en las proyecciones, el mercado de deuda primaria ofreció una señal de corto plazo inequívocamente favorable que conviene leer con precisión. La subasta de TES del 24 de junio colocó 5 billones de pesos —el doble del monto base, tras activar las cláusulas de sobreadjudicación— con una demanda de 12,2 billones, equivalente a 4,9 veces lo convocado. Y las tasas de corte cayeron en los cuatro plazos: la referencia a 2030 se colocó a 12,48%, 58 puntos básicos por debajo del corte anterior, con descensos de 29, 23 y 26 puntos en los vencimientos de 2035, 2040 y 2058. La combinación de sobredemanda y menores tasas confirma el apetito por el riesgo colombiano que el trade electoral venía alimentando, y el descenso del costo de financiamiento de la Nación en plena incertidumbre fiscal es la prueba de que, por ahora, el flujo de confianza posterior a la elección sigue absorbiendo la presión de oferta. El recaudo tributario aportó un soporte adicional: la DIAN reportó 139,2 billones de pesos entre enero y mayo, un crecimiento de 9,4% que representa el 47% de la meta anual. La tensión de fondo, sin embargo, queda intacta: el mercado financia hoy al Gobierno a tasas decrecientes sobre la expectativa de que el nuevo gobierno haga el ajuste que el CARF considera impostergable, de modo que ese apetito es, en última instancia, un crédito de confianza condicionado a la ejecución futura.
El frente del Banco de la República y del sector externo añadió los matices que completan el cuadro macro. La Encuesta de Opinión Financiera de Fedesarrollo confirmó que el mercado espera que el Emisor continúe su ciclo de alzas: tras mantener la tasa en 11,25% en mayo, los analistas proyectan incrementos a 11,75% en junio y 12,00% en septiembre, con cierre de año en 12,00% —una expectativa que, notablemente, se ajustó a la baja frente al 12,25% de la edición previa—. Las proyecciones de inflación, en cambio, subieron: 6,08% para junio y 6,54% para el cierre de 2026, con la variación de mayo en 5,84%. El dólar se proyecta a la baja (mediana de 3.500 para junio y 3.650 para diciembre, frente a los 3.800 estimados antes), y los analistas señalaron que las condiciones sociopolíticas son ahora el factor más relevante para invertir, seleccionado por el 62% frente al 40% del mes anterior —el reflejo directo del peso que el evento electoral tuvo sobre las decisiones de cartera—. En el sector externo, las remesas confirmaron su papel de ancla: llegaron a 1.189 millones de dólares en mayo, 24 meses consecutivos por encima de los 1.000 millones, consolidándose como la principal fuente de divisas del país por encima de una inversión extranjera directa que tocó mínimos de cinco años. El dato que mejor ilustra el reordenamiento de las cuentas externas es elocuente: por cada dólar que entra por IED, ingresan 1,56 por remesas. Esa dependencia, si bien estabiliza la cuenta corriente, es también una señal de alerta sobre la debilidad de los flujos que financian el aparato productivo, justo el componente que el marco T.I.G.R.E. de la inversión aspira a revertir.
Valoración. Colombia cierra la semana del desenlace electoral con la tensión que esta edición y las anteriores venían documentando llevada a su resolución parcial: el mercado consumó su apuesta, validó el escenario que descontaba desde la primera vuelta, y la moderación de la reacción posterior a los comicios —lejos de decepcionar— confirma que la confianza era tendencia y no euforia. Pero esa misma semana dejó claro que el evento electoral resolvió la incógnita de corto plazo sin tocar el problema de fondo, y la coincidencia temporal entre el marco optimista de JP Morgan y el veredicto severo del CARF es la imagen más honesta del momento colombiano. El dato más relevante de la semana no es la victoria de De la Espriella ni el bautizo del marco T.I.G.R.E., sino la cifra del CARF: un déficit de 7,4% del PIB que devuelve al país a niveles de pandemia y una deuda neta en máximos históricos, con un ajuste requerido que en 2027 equivale al esfuerzo de los tres años anteriores juntos. Esa aritmética traslada al nuevo gobierno una herencia cuya magnitud excede cualquier reforma tributaria viable en un solo período, y sobre la cual tanto la banca de inversión como la academia coinciden en lo esencial: el problema no es la falta de hoja de ruta sino la capacidad de ejecutarla con disciplina y márgenes legislativos estrechos. El apetito del mercado —la triple señal de un peso fuerte, un spread comprimido a 10 puntos básicos y una subasta de TES sobredemandada con tasas a la baja— es real, pero descansa enteramente sobre la expectativa de que la nueva administración haga el ajuste que el CARF declara impostergable; es, en rigor, un crédito de confianza condicionado, no una validación de fundamentos. Los primeros cien días que EAFIT señala —el gabinete económico, el ministro de Hacienda, el primer presupuesto— son, por tanto, la prueba donde esa confianza de mercado tendrá que convertirse en gestión verificable, o revelarse como una expectativa que la realidad fiscal terminará corrigiendo. El Tigre, como lo plantea el propio análisis, tiene con qué; el reto, mayúsculo, es que las decisiones concretas confirmen que la confianza estaba bien puesta. Lo que el mercado compró el domingo no fue un resultado consumado sino una promesa de ejecución, y el costo de esa deuda de confianza se cobrará en los meses en que el ajuste pase del diagnóstico a la ley.
VI. Mercados financieros
Renta variable: la rotación fuera de la inteligencia artificial invierte el liderazgo del Nasdaq, las advertencias de burbuja arrecian y el COLCAP corrige con fuerza arrastrado por Ecopetrol y el petróleo
La renta variable global cerró una semana de signo negativo y, sobre todo, de cambio de liderazgo: la rotación que sacó capitales del sector tecnológico y de los nombres asociados a la inteligencia artificial invirtió la jerarquía que había dominado las ediciones anteriores, cuando el Nasdaq encabezaba las ganancias. Esta vez fue exactamente al revés. El S&P 500 retrocedió 2,0% en la semana hasta 7.354,02 puntos, el Nasdaq Composite se desplomó 4,6% hasta 25.297,62 —su peor desempeño relativo en semanas—, mientras el Dow Jones resistió con un avance del 0,6% hasta 51.876,11, sostenido por el mejor comportamiento de los sectores defensivos y tradicionales (salud, consumo básico, financieros, industriales y utilities) que se beneficiaron precisamente de la rotación. La corrección se concentró en las acciones tecnológicas y de semiconductores tras valorizaciones extendidas en el segmento de IA, con caídas en Micron, AMD, Intel, Alphabet, Apple y Microsoft, y se intensificó por las preocupaciones sobre una posible desaceleración del gasto en infraestructura tecnológica ante los reportes de un eventual retraso en la salida a bolsa de OpenAI.
La lectura analítica de esa rotación conecta directamente con el bloque de Estados Unidos. El PCE de mayo confirmó una inflación elevada, y aunque llegó en línea con lo esperado, reforzó la cautela del mercado ante un doble riesgo de precios: el derivado del conflicto en Medio Oriente y el del encarecimiento de los componentes tecnológicos. El mecanismo es el que vertebra el momento de los activos de crecimiento: una inflación persistente que sostiene la expectativa de una Fed más restrictiva eleva la tasa de descuento aplicada a las ganancias futuras, y son justamente los nombres de IA —cuya valoración descansa en beneficios proyectados a años vista— los más castigados por ese ajuste. La rotación hacia sectores cíclicos y defensivos no es, por tanto, un mero reacomodo táctico, sino la traducción bursátil del giro de Warsh: cuando el dinero deja de ser barato, el mercado deja de pagar por el futuro y vuelve a valorar el presente.
Ese reacomodo coincidió con un recrudecimiento del debate sobre si el rally de la IA es una burbuja, y la advertencia más sonora la aportó Jeremy Grantham, cofundador de GMO y uno de los observadores de burbujas más respetados de Wall Street por haber anticipado el colapso japonés de 1989, las puntocom de 2000 y la crisis inmobiliaria de 2008. Grantham calificó el episodio actual como la mayor burbuja en la historia de Estados Unidos y advirtió que los nombres más caros respaldados por IA podrían caer hasta un 70% si estalla, argumentando que, a diferencia de los ferrocarriles o internet —que tenían una utilidad y un impacto económico visibles—, el entusiasmo actual se vende sobre supuestos mucho mayores de mercados y ganancias futuras. La contraparte, sin embargo, es robusta y conviene registrarla para mantener el equilibrio: BlackRock sostiene que los gigantes tecnológicos actuales se apoyan en rentabilidad real y adopción generalizada, no en espuma especulativa; Morgan Stanley anticipa que el rally podría ampliarse a medida que las ganancias de productividad se trasladen más allá de los hiperescaladores; y Goldman Sachs trata la IA menos como un frenesí de software y más como un ciclo de infraestructura física, estimando una inversión global de 7,6 billones de dólares entre 2026 y 2031. El propio Powell trazó la línea con las puntocom al señalar que los líderes actuales sí tienen ganancias. La disputa, en el fondo, se reduce a la misma variable que define todo el tablero: si la inflación cede y las tasas bajan, las valoraciones de crecimiento encuentran oxígeno; si la persistencia se impone y la Fed endurece, los líderes que sostuvieron el mercado serán los primeros en pagarlo.
En Colombia, el COLCAP protagonizó el movimiento más llamativo de la semana al cerrar en 2.286 puntos con una caída del 8,7%, y su lectura exige precisión para no confundir el origen del retroceso. La corrección no fue una decepción con el resultado electoral —que, como documenta el bloque colombiano, validó el escenario que el mercado descontaba—, sino el producto de dos fuerzas distintas que conviene separar. La primera y dominante fue el desplome de Ecopetrol, que cayó 16,1% en la semana arrastrada por los menores precios internacionales del petróleo, un golpe de enorme incidencia dado el peso de la petrolera en el índice. La segunda fue la debilidad del sector financiero, con descensos relevantes en Grupo Cibest, su preferencial y las acciones de Aval, a lo que se sumó la rotación negativa de la mayoría de los holdings de inversión, apenas moderada por valorizaciones puntuales en ETB, PEI, BVC y Grupo Argos. El matiz analítico es decisivo: el COLCAP cayó esta semana no porque el trade electoral se desmintiera, sino porque la materia prima que mueve a su acción de mayor peso retrocedió a la vez que la marea global anti-riesgo golpeaba a los emergentes. Es la prueba de que, una vez consumada la apuesta política, el activo colombiano vuelve a quedar expuesto a la gravedad de los precios del crudo y de los flujos globales, los mismos factores de los que el ancla electoral lo había aislado temporalmente.
La sesión de cierre ofreció, no obstante, una señal de estabilización que conviene matizar dentro del cuadro semanal negativo. El MSCI COLCAP rebotó 1,09% en la última jornada, moderando parcialmente las fuertes caídas previas, en un mercado emergente que digería la liquidación tecnológica global: el MSCI Emerging Markets perdió 4,5% en la semana, con la bolsa de Corea del Sur desplomándose hasta 9,0% y forzando suspensiones de operaciones. En el frente corporativo local, Canacol aclaró que su suspensión de contratos de suministro de gas incorpora protecciones para hogares y pequeñas empresas en el mercado regulado, el Grupo Energía Bogotá puso en venta seis predios, y en el plano regional Cencosud anunció la adquisición del 100% de Makro Supermayorista en Colombia por cerca de 158 millones de dólares. Las acciones de mayor volumen fueron Ecopetrol, PF Cibest y Cibest, mientras ETB, Villas y PF Grupo Argos lideraron las valorizaciones del cierre. El rebote final no revierte la corrección semanal, pero sugiere que el castigo más agudo —concentrado en Ecopetrol y el financiero— encontró un suelo táctico una vez que el desplome del crudo se estabilizó.
Renta fija: los Treasuries se valorizan por el alivio del crudo y la reducción de las apuestas de alza, mientras los TES colombianos exhiben un comportamiento mixto donde el tramo largo paga la factura fiscal del CARF
El mercado de deuda cerró una semana de dos lógicas que terminaron convergiendo en un mismo factor: el petróleo. En Estados Unidos, los Treasuries se valorizaron de forma generalizada, con los rendimientos a 2, 10 y 30 años cayendo 8,5, 8,5 y 3,4 puntos básicos respectivamente, en un movimiento sustentado en la reducción de las preocupaciones inflacionarias. El detonante fue la caída del crudo —el WTI perforó los 70 dólares con un retroceso del 3,7%— que alivió los temores sobre un choque de oferta energética tras la distensión alrededor del estrecho de Ormuz, en combinación con un PCE que llegó en línea con las expectativas y una demanda defensiva por duración. La consecuencia más relevante para la lectura de la política monetaria es que las apuestas de endurecimiento de la Fed se moderaron a cerca de 31 puntos básicos para el cierre del año, un ajuste que matiza —sin anularla— la narrativa halcón que el bloque estadounidense documenta. El mercado, en síntesis, leyó el alivio del petróleo como un contrapeso parcial al sesgo restrictivo de Warsh: la inflación de oferta que más preocupaba pierde fuerza, y eso le devuelve algo de aire a la parte corta de la curva. Un factor técnico de fin de mes y trimestre presionó al alza las tasas repo a la vista, reflejo de las necesidades de liquidez de los operadores institucionales para ajustar balances por requerimientos regulatorios, pero se trata de un movimiento estacional sin lectura de fondo.
Europa replicó parcialmente esa dinámica, con un matiz que conecta directamente con el bloque del bloque europeo. El rendimiento del Bund alemán a dos años descendió hasta 2,50% ante las proyecciones de una política menos restrictiva del BCE, coherente con el diagnóstico de choque moderado que Lane sostiene. Pero los gilts británicos volvieron a desmarcarse a la baja —los rendimientos a 10 y 30 años subieron 8 y 9 puntos básicos— en un movimiento asociado a la toma de beneficios y, sobre todo, a la incertidumbre fiscal de cara a la definición de la política económica del próximo primer ministro, Andy Burnham. Es la materialización, en la curva, del riesgo político británico que la edición anterior detectó y que esta semana se confirmó con la dimisión de Starmer: el mercado de deuda sigue cobrando una prima por la combinación de inestabilidad de gobierno y un perfil entrante percibido como más expansivo, justo en un país con la productividad estancada y las cuentas tensionadas.
En Colombia, el comportamiento de los TES fue decididamente mixto, y su lectura es la más rica de la semana porque expresa con precisión la tensión entre el apetito de corto plazo y la preocupación fiscal de fondo. El tramo corto y medio de la curva de tasa fija se valorizó con fuerza —los vencimientos de agosto de 2029 cayeron 40,6 puntos básicos, febrero de 2030 cedió 28,0, abril de 2028 retrocedió 26,5, y noviembre de 2027 bajó 26,0—, favorecido hacia el cierre por el movimiento bajista de los Treasuries y por el cierre de posiciones tras la volatilidad del resultado electoral. Pero el tramo largo se desvalorizó de manera notable: marzo de 2058 subió 26,1 puntos básicos, septiembre de 2036 avanzó 18,0, junio de 2032 ganó 13,5 y octubre de 2050 sumó 13,4. El contraste entre ambos extremos de la curva no es casual ni técnico, sino la expresión más nítida del diagnóstico que vertebra el bloque colombiano: el tramo largo es donde se descuenta la sostenibilidad fiscal de mediano plazo, y fue castigado por la triple presión de la elevada adjudicación de la subasta primaria —4,99 billones de pesos—, la devaluación del peso y, de manera central, las preocupaciones que el CARF señaló sobre el MFMP 2026 en materia de ingresos, gasto, déficit y trayectoria de deuda. La curva colombiana, en otras palabras, separó con claridad lo que celebra de lo que teme: valoriza el corto plazo sobre el apetito posterior a la elección y el flujo extranjero, pero exige más prima en el largo plazo porque ahí es donde pesa la aritmética fiscal que el nuevo gobierno tendrá que resolver.
Los flujos confirmaron que el soporte de demanda sigue siendo robusto pese a la cautela fiscal. Los fondos de capital extranjero lideraron el apetito por riesgo con compras netas de 4,57 billones de pesos en las primeras semanas de junio, y al aislar el efecto técnico de los Total Return Swap, el saldo neto foráneo supera los 22,69 billones en lo corrido del año, una cifra que dimensiona la magnitud del reposicionamiento internacional hacia el activo colombiano. Las AFP fueron las segundas mayores compradoras netas, con 3,98 billones en UVR, absorbiendo las ventas de los bancos comerciales y de los comisionistas. En el segmento UVR, la curva replicó el patrón mixto de la tasa fija —los nodos cortos se valorizaron en un contexto de inflaciones implícitas a la baja, mientras las referencias largas se desvalorizaron con fuerza—, presionada además por el anuncio del Ministerio de Hacienda de un canje de TES UVR orientado a reducir los vencimientos de 2027 mediante la entrega de papeles de plazos largos, una operación de gestión de pasivos que alivia la concentración de amortizaciones de corto plazo a costa de cargar el tramo largo. El recaudo de la DIAN —139,26 billones de pesos hasta mayo, un alza del 9,41% interanual— aportó el contrapunto fiscal favorable, pero no bastó para descomprimir la parte larga de la curva.
Divisas: el dólar consolida su fortaleza mensual sobre el sesgo de Warsh, la libra no sostiene el repunte por la salida de Starmer y el peso colombiano se debilita al quedar expuesto de nuevo al crudo y a la prima fiscal
El mercado cambiario cerró la semana con el dólar consolidando la fortaleza que el giro restrictivo de la Fed venía alimentando, aunque con un retroceso puntual en las últimas sesiones que no alteró la tendencia de fondo. El índice DXY subió 0,5% en la semana hasta 101,37 unidades, impulsado por una mayor aversión al riesgo, las expectativas de inflación persistente en Estados Unidos y los comentarios de los consejeros de la Fed que dejaron abierta la puerta a una postura más restrictiva. El matiz relevante es que, pese a algún descenso diario asociado a la caída del petróleo y a unos datos de inflación que llegaron en línea con lo esperado —lo que moderó temporalmente las perspectivas de un endurecimiento acelerado—, el dólar se encamina a su mayor ganancia mensual desde marzo. La lectura es coherente con todo el tablero: el sesgo de Warsh y la confirmación del PCE sostienen la divisa estadounidense como vector dominante, y los retrocesos puntuales por el alivio del crudo son contrapesos tácticos que no revierten la dirección. Esa fortaleza se tradujo en depreciaciones generalizadas entre las divisas desarrolladas, con el dólar australiano (-1,7%) y el euro (-0,8%) a la cabeza, mientras la libra, el franco suizo, el yen, el yuan y el dólar canadiense retrocedieron en un rango más moderado, reflejando también las señales de inflación en servicios estadounidense y la expectativa de aceleración del PCE.
La libra esterlina ofreció el episodio más ilustrativo de cómo la política puede mover una divisa sin alterar su tendencia. El repunte puntual que registró tras la renuncia de Keir Starmer no logró sostenerse, y la moneda cerró la semana con pérdidas. La lectura analítica es que el mercado interpretó la dimisión menos como un alivio que como la apertura de una nueva fase de incertidumbre fiscal —con Andy Burnham, percibido como más expansivo, en el horizonte—, de modo que cualquier ganancia inicial quedó rápidamente neutralizada por la misma prima de riesgo que tensó los gilts en el bloque de renta fija. Es la coherencia entre dos mercados leyendo el mismo evento: la libra y la deuda británica castigaron, cada uno a su manera, la combinación de inestabilidad política y giro hacia un mayor gasto.
En los emergentes predominó la depreciación, y el factor común fue la fortaleza del dólar agravada por dinámicas locales. El peso chileno lideró las pérdidas (-2,0%) pese al alza del cobre, lastrado por preocupaciones presupuestales internas; el peso mexicano y el sol peruano cedieron 0,9% cada uno —este último a la espera de la declaración oficial del ganador de sus elecciones presidenciales—, y el real brasileño retrocedió 0,4%. México encontró un soporte temporal en la decisión de Banxico de mantener la tasa en 6,50%, aunque persisten las preocupaciones por la débil inversión y la próxima revisión del T-MEC que el bloque regional documenta.
El peso colombiano protagonizó el giro más significativo respecto a la edición anterior, y su debilitamiento exige la misma precisión que aplicamos en renta variable. La moneda cerró con una pérdida semanal del 0,3%, cotizando en torno a 3.451 pesos en sus referencias de cierre —un desempeño que en algunas sesiones la situó como la más débil de los emergentes—. El contraste con la semana previa es elocuente: si entonces el peso se apreciaba a contracorriente de un dólar en máximos, sostenido por el ancla electoral, esta semana se debilita precisamente porque esa ancla cumplió su función y se desactivó. Consumada la apuesta política, el peso vuelve a quedar expuesto a las dos fuerzas de las que el trade electoral lo había aislado: la caída del Brent (-9,4%), que golpea los términos de intercambio de una economía petrolera, y el aumento de la prima de riesgo asociado a las preocupaciones fiscales del CARF. El movimiento revela que los inversionistas internacionales, una vez resuelto el evento electoral, demandan ahora planes fiscales concretos antes de incrementar su exposición al riesgo país, de modo que el flujo de oferta de dólares y los eventos políticos locales favorables resultaron insuficientes para sostener la moneda. Es la misma factura que pagaron el COLCAP y el tramo largo de los TES, vista ahora en el frente cambiario: el peso colombiano dejó de moverse por la política doméstica y volvió a hacerlo por el crudo y por la sostenibilidad fiscal, los fundamentos reales que el ajuste del nuevo gobierno tendrá que validar.
Commodities: el petróleo profundiza su caída al apostar el mercado por el retorno de los flujos del Golfo, los metales preciosos pagan el sesgo de Warsh y el dólar fuerte castiga a los granos
El mapa de commodities consolidó esta semana el giro que ha venido tejiendo la edición, con la energía profundizando su retroceso y el resto del complejo subordinado a los dos vectores dominantes del momento: la normalización energética y la fortaleza del dólar derivada del sesgo de Warsh. El petróleo fue, una vez más, el protagonista. El WTI cerró cerca de 69,23 dólares y el Brent en torno a 73,02, con caídas semanales del 9,6% y 9,4% respectivamente, perforando el primero la barrera psicológica de los 70 dólares. El movimiento se explica por una menor percepción de riesgo sobre la oferta del Golfo Pérsico: los avances en las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, la expedición de una licencia temporal que permitiría a Teherán vender crudo en los mercados internacionales, y las señales de normalización logística reforzaron la expectativa de mayor disponibilidad. El dato que mejor materializó esa normalización fue la reactivación de las cargas de Saudi Aramco en Ras Tanura, su gran terminal en la costa este saudí, tras casi cuatro meses de interrupción.
La lectura analítica de fondo es que el mercado tomó una decisión direccional clara: priorizó la evidencia de continuidad en la salida de buques petroleros sobre los episodios de riesgo geopolítico que persisten. Porque la tregua sigue siendo frágil —el ataque al carguero vinculado a Evergreen cerca de Omán, que Washington atribuye a Irán y sobre el que Teherán declina garantizar la seguridad de los navíos fuera de las rutas designadas, provocó un breve rebote alcista que el mercado descartó con rapidez—. A esa dinámica de corto plazo se suma un factor estructural que conviene registrar por sus implicaciones de mediano plazo: las tensiones internas de la OPEP. Tras la salida de los Emiratos, Irak reclama una cuota de producción más alta —dispone de una capacidad cercana a los 4,7 millones de barriles diarios— y amenaza con reevaluar su participación en el grupo. Si esa presión se intensifica, reforzaría las anticipaciones de un excedente de oferta a medio y largo plazo, lo que añadiría un sesgo bajista de naturaleza distinta al geopolítico: ya no la resolución de un choque puntual, sino la erosión de la disciplina de oferta que sostiene los precios. Esa combinación —normalización del tránsito en Ormuz más fractura interna del cartel— es la que explica que el crudo profundizara la caída, y es también el origen del golpe a Ecopetrol y al peso colombiano que documentan los subbloques anteriores.
Los metales preciosos cambiaron de driver respecto a ediciones previas y pasaron a pagar el costo de oportunidad de las tasas. El repliegue arrancó a comienzos de semana, empujado por la caída de las bolsas, el fortalecimiento del dólar y el tono firme de la Fed, una combinación que llevó a los inversionistas a reducir su exposición al riesgo. El oro cayó brevemente por debajo de los 4.000 dólares la onza, penalizado por el dólar al alza y por la perspectiva de tasas elevadas durante más tiempo en Estados Unidos, aunque las cifras de inflación en línea con lo esperado permitieron frenar después la caída. La plata sufrió la corrección más severa, con una perspectiva sombría en torno a 58 dólares tras un desplome del 25% en un mes. El cobre acompañó el repliegue hasta cerca de 13.270 dólares por tonelada en Londres, presionado por las expectativas de tipos estadounidenses más altos que refuerzan al dólar y pesan sobre las perspectivas de demanda industrial. El patrón es coherente con todo el tablero: cuando el sesgo de Warsh eleva la tasa de descuento y fortalece la divisa, los activos que no generan rendimiento —como el oro— y los sensibles al ciclo industrial —como el cobre— pierden atractivo simultáneamente.
En el frente agrícola, los granos sufrieron un doble revés que ilustra cómo los commodities se contagian entre sí. El abaratamiento del petróleo redujo el atractivo de las materias primas usadas en biocombustibles —especialmente la soja y el maíz—, mientras que el dólar más fuerte restó competitividad a las exportaciones estadounidenses. El trigo retrocedió a 591 centavos por bushel, con el maíz y la soja estabilizándose en 442 y 1.150 centavos respectivamente, en un mercado donde la meteorología prestó cierto soporte aunque las temperaturas por encima de lo normal en Estados Unidos amenazan con pesar sobre los rendimientos. El frente climático conecta, además, con el riesgo de oferta agrícola que el bloque europeo identificó en la ola de calor: el clima se está consolidando como una variable de precios transversal, capaz de presionar al alza o a la baja según la región y el cultivo.
En el plano local, el café cerró la semana con una leve baja: la Federación Nacional de Cafeteros cotizó la carga de pergamino seco en 2.145.000 pesos este 26 de junio, frente a los 2.160.000 de la jornada previa. El dato, modesto en su variación, mantiene sin embargo el grano en niveles históricamente altos, coherentes con la presión internacional del precio del café que el bloque de Asia documentó al explicar el repunte de las bebidas en la inflación japonesa. Para Colombia, un café elevado sigue siendo un soporte relevante de las divisas de exportación en un año en que las remesas ya superan con holgura las ventas externas de café y carbón.
Valoración. Los mercados financieros de esta semana revelan con claridad cuál de los catalizadores en disputa terminó imponiéndose, y la respuesta es doble: el alivio energético de Ormuz y el sesgo restrictivo de Warsh actuaron en la misma dirección bajista sobre los precios, pero por canales distintos, y entre ambos reorganizaron todo el tablero. El petróleo, que durante meses fue la fuente del choque inflacionario, se convirtió esta semana en el motor de la desinflación al apostar el mercado por el retorno de los flujos del Golfo, y esa caída del crudo arrastró consigo a los Treasuries —que se valorizaron al reducirse las apuestas de alza— pero golpeó con dureza a los activos petroleros, con Ecopetrol desplomándose y el peso colombiano debilitándose. El sesgo de Warsh, por su parte, sostuvo al dólar en su mayor ganancia mensual desde marzo y castigó simultáneamente a los metales preciosos, al cobre y a los nombres de crecimiento, en la traducción más nítida de lo que significa que el dinero deje de ser barato. El caso colombiano es, una vez más, el más instructivo del tablero, pero esta semana con el signo invertido respecto a la anterior: si entonces el ancla electoral aislaba al activo colombiano de la gravedad global y producía una triple valorización, esta semana —consumada la apuesta y validado el resultado— el COLCAP, el tramo largo de los TES y el peso pagaron de forma sincronizada la misma factura, compuesta por la caída del Brent y por la prima de riesgo fiscal que el CARF reactivó con su veredicto sobre el déficit. Es la lección de fondo de la semana: el trade electoral cumplió su función y, al desactivarse, devolvió al activo colombiano a sus fundamentos reales —el precio del crudo y la sostenibilidad de la deuda—, exactamente los dos frentes sobre los que el nuevo gobierno tendrá que demostrar gestión. El resto del mundo cerró la semana descontando un dólar fuerte y un petróleo en retroceso; Colombia la cerró descubriendo que, sin el ancla de la expectativa política, sus activos vuelven a moverse al compás de la materia prima que exporta y de las cuentas fiscales que hereda. La euforia anticipada de la edición anterior dio paso al examen de los fundamentos, y ese examen apenas comienza.
Nota del Autor
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