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Hace cuatro años logré lo que parecía imposible: que mi mamá votara por Gustavo Petro. Y no fue fácil porque mi mamá es un prototipo del elector promedio que para ese momento se creía el cuento del fantasma comunista que le pusieron a cargar a Petro desde la elección del 2018; además, se trataba de su primera participación en un proceso electoral, sí, ¡mi mamá fue primivotante a sus 59 años! Nunca es tarde, y, no me cabe la menor duda, su voto fue con decisión y convicción. Ahora, cuando el Gobierno Petro se va agotando –y degradando– y algunos temores de antaño se disiparon, pero otros se afianzaron, mi mamá, con la misma convicción y determinación, decidió votar por Abelardo de la Espriella, en pocas palabras: se “abelardió”.
Y sí, sé que el voto es secreto y siempre debe ser secreto, pero con la autorización de mi amada madre he querido reflexionar sobre las circunstancias que mediaron en el radical cambio de su preferencia electoral, pues creo, en mi constante deriva politológica, que mi mamá encarna la angustia indicativa de un elector promedio; es decir, el elector no ideológico con cero militancia partidista; el elector poco interesado en hacer un seguimiento exhaustivo o demandar una rendición de cuentas constante a sus elegidos; el elector altamente expuesto a la toxicidad de las redes sociales y las cadenas de WhatsApp; en síntesis, el elector que cambia de preferencia entre elecciones y que al final de la jornada define quien gana la elección.
Me anticipo a lo evidente y respondo de una vez: sí. Mi mamá sí ha visto todos los videos con las declaraciones de Abelardo, siendo una mujer estrictamente católica –algo que estructura su visión del mundo–, desestima sus formas agresivas y su ostentación, pero sí reconoce, con mínima reserva, su calidad de ateo converso. Ese leitmotiv que su campaña ha sabido posicionar muy bien entre el segmento religioso –con el apoyo poco velado de sacerdotes y pastores evangélicos– ha resultado bastante creíble y le veo una particularidad, de entrada, neutraliza las críticas a sus “declaraciones del pasado”. Se trata de un hijo pródigo que vuelve al redil de la fe y que en su conversión refleja la “necesidad de Cristo”, son sus palabras.
No hay mucho que hacer cuando un elector sustenta el sentido de su preferencia electoral en una cuestión de fe religiosa, aunque sí logré, tras varias conversaciones difíciles, que no creyera que con Cepeda llegaría un régimen comunista que cerraría las iglesias (por cortesía de la desinformación amplificada por sacerdotes herederos de los curas instigadores de La Violencia, volvió a creer en la existencia del fantasma del comunismo). Esa barrera cognitiva que condiciona la preferencia electoral a una cuestión de mera fe, reduce, casi que, de forma total, cualquier posibilidad de una candidatura que no eche mano de la cuestión religiosa o que no envié mensajes tranquilizadores ante una angustia impostada; infortunadamente, en la campaña de Cepeda no encontré un solo mensaje tranquilizador para ese elector que estructura su sentido de vida en la fe religiosa.
Pero quiero aclarar que por ningún motivo estaba buscando que mi mamá votara por Cepeda, para nada, la campaña de primera vuelta de Cepeda poco me gustó, desde un principio la vi muy tirada a la izquierda y nunca estuve de acuerdo con eso de no asistir a los debates, también hay muchas cosas del Gobierno Petro que me generan un profundo asco y vergüenza como para insistir en un continuismo a rajatabla, el Cepeda moderadamente más autónomo a Petro que emergió luego de la primera vuelta me gustó más, pero creo que despertó algo tarde… volviendo a mi mamá, con esas conversaciones difíciles que sostuvimos solo estaba buscando que viera los candidatos desde una perspectiva más integral y no solo a partir de su sesgo religioso. No fue posible.
Otro factor que pesó en el cambio de su preferencia fue la incapacidad de diferenciar a Petro de Cepeda, y eso que mi mamá, por allá en el 2022, le tenía cierta admiración a un candidato que sí le enviaba mensajes a los creyentes, hasta se animó a escucharlo en plaza pública, aunque esa admiración se evaporó por una confluencia de circunstancias, por un lado, a raíz de las salidas en falso, comentarios machistas, irrespetuosos y estigmatizantes del Petro presidente, y, por otro lado, los escándalos o montajes sobre su vida personal que lo convirtieron en un “adicto”, mal esposo y mal padre.
Esa percepción negativa sobre Petro, quien, en 2022, a diferencia de Cepeda, si se presentó como candidato desde una dimensión familiar, pesó mucho en mi mamá al no poder diferenciar a Cepeda de Petro. La respetable opacidad de Cepeda con su vida familiar, en contraste con la puesta en escena de Abelardo, solo reforzó ese imaginario.
Ahí me quedo. El amor por mi mamá esta por encima de cualquier diferencia política, si me gustaría, lo reconozco, que tuviera una visión más integral o que hiciera un seguimiento más exhaustivo a sus elegidos, pero tengo claro que sus inquietudes existenciales están en otro lado. En resumen, mi mamá se “abelardeó” por tres motivos: por la sobreposición de su fe religiosa a la preferencia electoral –algo que ningún mensaje de la campaña de Cepeda neutralizó–; por su rechazo a un supuesto comunismo encarnado en la izquierda; por su intención de “castigar” la inmoralidad de Petro en las urnas.
Sé que son “razones” que no se sostienen en términos programáticos o si miramos lo que está en juego, pero que le voy a hacer, es lo que ella cree y lo que seguramente motiva a miles o millones de colombianos y colombianas a votar por el producto Abelardo de la Espriella. Esa es la realidad.
- D. Para la segunda vuelta llegamos a un acuerdo moral de madre a hijo.













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