Receta para desmontar relatos en menos de un minuto

La palabra relato proviene del latín relatus, participio de referre, cuyo significado puede entenderse como “llevar de nuevo”, “volver a traer” o “referir algo”. Desde una perspectiva morfológica, está compuesta por el lexema relat-, que concentra la idea principal asociada con la acción de transmitir un acontecimiento a la memoria colectiva; y el morfema derivativo -o, que permite su funcionamiento como sustantivo dentro de nuestra lengua castellana.

El origen etimológico de este vocablo resulta particularmente revelador, pues un relato no representa únicamente la sucesión de palabras, sino una reconstrucción de algo que vuelve a presentarse mediante el lenguaje. Es decir, relatar implica traer nuevamente una realidad —o una interpretación de ella— para que otros puedan conocerla, comprenderla o incluso asumirla como cierta. Aquello que se cuenta, la forma en que se cuenta y la frecuencia con que se repite pueden influir considerablemente en lo que terminamos aceptando como verdadero; incluso, en determinados escenarios, ciertos relatos llegan a endilgar responsabilidades, explicaciones o juicios sobre personas y situaciones sin que necesariamente exista una revisión profunda de los hechos

Desde tiempos remotos, los seres humanos hemos necesitado relatos para explicar nuestro entorno, y no es gratuito que las sociedades se hayan construido alrededor de historias que permitieron interpretar fenómenos, justificar decisiones y transmitir conocimientos entre generaciones. Sin embargo, existe una tendencia particular a recibir con mayor agrado aquellos relatos que coinciden con nuestras ideas previas, pues lo que confirma nuestras convicciones lleva a generar una sensación de certeza incluso antes de ser sometido a un análisis riguroso. En ocasiones, basta con que un testimonio reafirme lo que ya pensamos para otorgarle una credibilidad casi inmediata, como si escuchar esas palabras simbolizara una especie de armonía celestial perfecta con nuestras propias creencias; una experiencia comparable a escuchar la novena sinfonía de Beethoven, donde la emoción que produce la obra puede superar el análisis detallado de sus componentes. De forma similar, algunos relatos son aceptados no porque hayan demostrado su veracidad, sino porque producen en nosotros una sensación de familiaridad y aprobación, y es en este punto donde el relato deja de ser una herramienta para comprender la realidad y comienza a convertirse en un sustituto de ella.

Una de las particularidades del ser humano es su inclinación a reconocer patrones y encontrar sentido incluso donde la información resulta incompleta. Esta característica, aunque fue fundamental para nuestra supervivencia, también puede convertirse en una vulnerabilidad cuando aceptamos determinadas ideas únicamente porque han sido repetidas numerables veces o porque quien las pronuncia parece revestido de una autoridad incuestionable, pues, lamentablemente, para muchos no es lo mismo escuchar a un Boina Verde estadounidense que a un dragoneante colombiano.

No es extraño observar cómo ciertos relatos alcanzan una posición privilegiada en el imaginario colectivo. Son repetidos por familiares, medios de comunicación y redes sociales hasta adquirir una especie de legitimidad automática. En ocasiones, incluso, la fuerza con la que son expresados, acompañados de movimientos semirrígidos con los brazos, infunden hasta miedo; como si el volumen del discurso pudiera otorgarle mayor validez a aquello que se afirma. Esto llega a ser simple gritería, intensidad verbal capaz de generar la impresión de certeza allí donde apenas existe persuasión. En este escenario, las redes sociales han intensificado una dinámica particular; una frase contundente, una imagen llamativa o una explicación sencilla pueden difundirse miles de veces antes de que alguien cuestione sus fundamentos. Así, muchos relatos son compartidos inercialmente, no porque hayan atravesado un proceso riguroso de verificación, sino porque ya forman parte de una corriente colectiva difícil de detener

Ahora bien, desmontar un relato no significa rechazar automáticamente todo aquello que escuchamos ni asumir una postura de permanente desconfianza. La crítica sin criterio puede convertirse en otra forma de credulidad; dicho sea de paso, quien duda de todo sin analizar nada no está pensando críticamente, simplemente ha reemplazado una certeza por otra. Se trata, más bien, de recuperar una práctica que parece cada vez más necesaria (detenerse, analizar y preguntar antes de aceptar).

¡Ahora sí, la guinda del pastel! Para desmontar un relato en menos de un minuto deberán seguirse los siguientes pasos:

1) Pregunta de dónde salió: “¿Eso dónde lo viste, lo escuchaste o lo leíste?”. Muchas veces repetimos información sin conocer realmente su origen.

2) Pide que diferencie hechos de opiniones: “¿Eso está comprobado o es una simple afirmación de alguien?”. No todo lo que suena convincente tiene respaldo; y, si existen pruebas, que se exponga a las autoridades competentes. Crear sensacionalismo en redes y medios de comunicación es fácil.

3) Pregunta qué falta por analizar: “¿Otras personas expertas han examinado ese hecho?”. Una sola perspectiva rara vez explica completamente la realidad.

4) No aceptes algo solo porque muchas personas lo repiten: Que una idea sea popular no significa automáticamente que sea verdadera.

5) Deja abierta la posibilidad de cambiar de opinión: Porque así como otros pueden estar equivocados al contar un relato, nosotros también podemos estar equivocados al aceptarlo.

En definitiva, el problema con el relato aparece cuando dejamos que las historias sustituyan al análisis y la repetición adquiera más autoridad que la evidencia. En una época donde cualquier persona puede reproducir información en cuestión de segundos, la verdadera responsabilidad no consiste únicamente en saber comunicar, sino también en aprender a cuestionar aquello que recibimos. A veces creemos estar informados de la A a la Z simplemente porque hemos escuchado una misma versión en múltiples ocasiones, sin advertir que conocer un relato no equivale necesariamente a comprender lo real. Porque, al final, un relato puede explicar la realidad, pero también puede convertirse en la forma más pueril de alejarnos de ella.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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