
![]()
Más allá de las afinidades ideológicas, la política también es un ejercicio de conexión emocional. Gustavo Petro entendió eso durante la campaña de segunda vuelta de 2022. Su estrategia no consistió únicamente en presentar propuestas, sino en construir una narrativa alrededor de la gente común: conversó con mineros en Muzo, compartió con silleteros en Antioquia, escuchó pescadores en Honda y mujeres afrodescendientes en el Pacífico. Se mostró cocinando en hogares humildes, recorriendo barrios populares y proyectando la imagen de un candidato cercano a las realidades cotidianas del país.
Iván Cepeda, en contraste, parece haber optado por una comunicación mucho más cerrada y dirigida a quienes ya comparten sus convicciones. Su discurso resulta sólido para los sectores convencidos, pero carece de la capacidad de expandirse hacia públicos distintos o de generar identificación emocional más allá de su base política. La diferencia no radica en que deba imitar a Petro ni en cuestionar la autenticidad de uno u otro, sino en comprender que una campaña presidencial exige construir puentes con quienes aún no están convencidos.
La política moderna no se gana únicamente con argumentos; también requiere símbolos, relatos y cercanía. Mientras Petro logró transmitir la sensación de estar escuchando al país profundo, Cepeda corre el riesgo de proyectar una candidatura distante, más enfocada en reafirmar apoyos existentes que en conquistar nuevos sectores. Y en una elección presidencial, hablarle solo a los propios rara vez es suficiente para construir una mayoría.













Comentar