
Laissez faire, laissez passer, le monde va de lui-même…
Imagina que estás en una fila. No es una fila importante. No es la fila de un banco, no es la de un aeropuerto. Es una fila cualquiera. De esas que suelen aparecer sin que nadie las organice; gente llega, mira, se acomoda detrás del último y ya. Nadie dio la orden. Nadie diseñó el sistema. Y, sin embargo, funciona.
Avanza lento, sí. A veces alguien intenta colarse, alguien protesta y alguien se equivoca. Pero en general, la fila se sostiene sola. No es perfecta, pero es suficiente.
Ahora imagina lo contrario. Alguien llega y decide que la fila necesita un orden. Marca el suelo, asigna posiciones, define tiempos, pone reglas para cada movimiento. Ya no es solo esperar: ahora hay que cumplir ciertas normas. Y sí, probablemente todo se vea más organizado, más “correcto”. Aunque también más rígido: menos propio.
Esa diferencia —ejemplificada de manera tan pequeña en una fila— es más grande de lo que podemos percibir. Porque no todo lo que funciona necesita ser diseñado. Y no todo lo que se diseña funciona mejor.
No es una idea reciente. Desde los fisiócratas hasta Adam Smith, se ha planteado que no todo orden responde a un diseño. En ocasiones, sencillamente ocurre.
Todavía nos cuesta aceptarlo. Nos incomoda que algo no funcione sin una directriz. Siempre queremos saber quién está a cargo, quién corrige, quién responde. Y cuando no encontramos a nadie, lo inventamos. Inventamos una norma, una regla, una intervención que por favor llegue a salvarnos y nos organice.
No porque necesariamente haga falta. No. Únicamente porque tranquiliza.
Pese a ello, en más de una ocasión se ha evidenciado que el exceso de regulación provoca consecuencias contraproducentes. Puede reducir la creación de empresas y encarecer la formalidad, además de limitar la innovación de un país. La paradoja es que el intento por controlar todo termina afectando lo que ya venía funcionando.
Nos metieron la idea en la cabeza de que, si algo no está supervisado, entonces no funciona del todo bien. Esta idea —por cierto, cero inofensiva— se traslada a una mirada más amplia, en la que se asume que las personas, por sí solas, no podemos encontrar ninguna solución sin una guía previa.
Así que hoy quiero que te lleves algo claro: no todo orden mejora las cosas.
De hecho, muchas de las dinámicas que sí funcionan —las que generan crecimiento, innovación, oportunidades— no nacen de un diseño perfecto, sino de algo mucho más desordenado: gente probando cosas. Gente equivocándose, gente ajustando, gente insistiendo. Como en la fila. Funciona no porque sea perfecta: funciona porque nadie intenta controlarla del todo.
El Estado no siempre sabe qué es lo mejor. Y cuando actúa bajo esa premisa, el costo no es solo económico: es la reducción del espacio en el que una persona puede intentar algo sin pedir permiso primero.
La libertad no debería ser el resultado final de un sistema bien diseñado: debería ser el punto de partida. Y quizás el problema no es que tengamos demasiadas reglas: es que ya nos acostumbramos a vivir dentro de ellas… sin preguntarnos cuántas cosas dejamos de hacer por su culpa.
Dejen hacer, dejen pasar. El mundo funciona por sí mismo.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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