La democracia posible

La democracia no se rompe de un día para otro, primero se deteriora lentamente en las conversaciones cotidianas, en el desprecio por quien piensa distinto, en la incapacidad de escuchar sin rabia. Después llegan los insultos, las descalificaciones y el lenguaje que convierte al contradictor en enemigo. Y, finalmente, aparecen las violencias que Colombia conoce bien. A pocos días de la primera vuelta presidencial, el país vuelve a entrar en ese terreno peligroso donde la política parece debatirse menos con argumentos y más con agresiones.

Basta mirar las redes sociales para entender el camino que estamos recorriendo. La conversación pública se ha ido llenando de ataques personales, burlas, desinformación y una necesidad permanente de humillar al otro. Muchas veces no importa la verdad, sino quién logra gritar más duro o viralizar más rápido la indignación.

Colombia tiene una historia muy dolorosa como para trivializar el odio político. El volumen No matarás de la Comisión de la Verdad recuerda que buena parte de nuestra violencia ha tenido raíces partidistas e ideológicas. Desde las confrontaciones entre liberales y conservadores, pasando por el exterminio de movimientos políticos y las persecuciones a líderes sociales, este país aprendió durante décadas a desconfiar del otro por pensar distinto. Tuvimos épocas en las que un color político podía costar la vida, y aunque hoy vivimos un contexto diferente, sería ingenuo creer que las palabras violentas son inofensivas en una sociedad atravesada históricamente por la guerra.

Las agresiones simbólicas nunca son solo simbólicas. El lenguaje crea climas sociales, cuando normalizamos la humillación o compartimos una noticia falsa, cuando celebramos el insulto o justificamos el matoneo político dependiendo de quién lo haga, vamos erosionando lentamente la posibilidad democrática. Ninguna sociedad puede sostenerse si convierte el odio en su principal forma de participación política.

Tal vez por eso este tiempo previo a las elecciones exige madurez democrática. Entender que la diversidad no es una amenaza, sino una condición necesaria de cualquier democracia viva, que el país no se construye únicamente con quienes piensan igual a nosotros, que votar o tener ideas distintas no nos hacen más o menos colombianos.

Necesitamos volver a hacer algo elemental: conversar. Hablar de política sin destruir relaciones, escuchar antes de reaccionar, preguntarnos por qué alguien piensa distinto en vez de asumir automáticamente que es ignorante. La democracia también es la capacidad de compartir la mesa y la vida con quien tiene otra visión del país.

Después del 31 de mayo vamos a seguir viviendo juntos, seguiremos compartiendo oficinas, universidades, barrios, buses, restaurantes y familias. Ninguna elección debería costarnos los afectos, las amistades o la posibilidad de encontrarnos con otros. Y aunque suene obvio, conviene repetirlo en tiempos tan crispados: no vale la pena perder un vínculo humano por defender un candidato.

Eso también implica una responsabilidad enorme para quienes lideran políticamente el país. Las palabras importan, los gestos importan, la manera en que se tramitan las diferencias desde el liderazgo público puede contribuir a calmar los ánimos o incendiar el ambiente. Colombia necesita menos caudillos alimentando resentimientos y más liderazgos capaces de convocar conversaciones diversas, responsables y serenas.

El reto de estos días no es dejarnos arrastrar por la lógica del miedo y la rabia. Votar con esperanza, elegir desde las ideas, entender que la democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el único camino que nos permite construir colectivamente un país posible.

Al final, cuidar la democracia también significa cuidar la manera en que nos tratamos entre nosotros. Porque ninguna victoria electoral tendrá sentido si para alcanzarla terminamos perdiendo aquello que hace posible vivir en sociedad.

Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

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